Benjamin Naishtat: “El cine nos da un sentido de pertenencia y de hacia dónde ir, y eso el macrismo no lo entiende”

Hablamos con el director de Rojo, película que refleja la complicidad y la ignorancia de una parte de la población argentina frente a la violencia política en la década del ’70.

Por Iván Piroso Soler

 

«Cualquiera puede ver el futuro,

es como un huevo de serpiente.

A través de la fina membrana

se puede distinguir un reptil ya formado»

El huevo de la serpiente (1977), de Ingmar Bergman

 

A fines de septiembre pasado, desde el estrado de la ceremonia de cierre del Festival de Cine de San Sebastián, Benjamín Naishtat (Buenos Aires, 1986) denunció las políticas de vaciamiento de la gestión de Cambiemos. Lejos de quedarse en lo declamativo, el realizador de Historia del miedo y El Movimiento elaboró algunas hipótesis al respecto en su último filme, Rojo (2018). La obra, premiada en el festival español por Mejor Dirección, Mejor Fotografía y Mejor Actor, narra a una parte de la sociedad argentina previa a la última Dictadura cívico-militar y a su supuesta ingenuidad ante el terror que se avecinaba: desiertos, casas tomadas y cinismo al calor del golpe. En un descanso de su gira de promoción de la película, Naishtat dialogó con ArteZeta.

AZ: Resulta significativo el estreno de Rojo pocos días antes de la elección de Jair Bolsonaro en Brasil. ¿Cómo influyó en la producción este clima de época, con el retorno de figuras y sectores autoritarios y hasta fascistas en la región?

Benjamín Naishtat: Bueno, hoy (2/11/2018) me encuentro en Río de Janeiro ya que se estrena aquí la película en el marco del Festival de Río. Llegué ayer pero ya venía hablando con varios colegas brasileños de los que soy amigo sobre el clima que se está viviendo. No son pocos quienes meditan seriamente irse unos años a otro lado. Concretamente hay en algunas regiones -sobre todo en el nordeste- un clima de amenazas que va deviniendo en un serio problema de seguridad para los artistas y las minorías en general. Hace un año, cuando filmamos la película, nadie hubiera dicho que Bolsonaro (que por entonces medía acaso 10 puntos) iba a ser presidente. Pero a veces el clima epocal es más o menos consciente y permea las películas de formas inesperadas. Que Rojo cobre actualidad no es algo que me ponga contento; el diálogo con la actualidad no era, al menos en 2012, cuando la empecé a escribir, un objetivo central del proyecto. Y sin embargo distintos hechos fueron configurando una película que, a partir de los ’70, podía proyectarse al presente.

AZ: ¿Qué pensás del aluvión de películas ambientadas en los ‘70 que se produjeron en la región durante estos últimos años? Con diferentes enfoques, hablo del caso de La noche de 12 años, El ángel, La larga noche de Francisco Sanctis y mismo Rojo. ¿Los autores y las autoras tienen tantas ganas de escribir historias sobre esos años como el público de verlas?

BN: Por diversos motivos es una época magnética para el cine, no solamente el argentino. Por otra parte, el fenómeno no es nuevo, se vienen haciendo parejamente películas de los ‘70 en diversas cinematografías desde los años ‘90. La estética, y la sensación que fue una década bisagra, tanto para las grandes disyuntivas históricas, ideológicas y sociales, hacen que los ‘70 siempre estén volviendo al cine. Dicho eso, cada generación tiene a su vez una distinta perspectiva, y eso hace que siga siendo interesante, que siempre haya algo por descubrir. El público argentino en particular no es indiferente a la década. Aunque sea por pura intuición en los sectores menos interesados en conocer su pasado, entiende que los ‘70 pueden explicar algo de lo que somos. A mí me gusta mucho La mirada invisible, de Diego Lerman, y también me gustó La larga noche de Francisco Sanctis. Creo que las próximas generaciones van a seguir aportando y enriqueciendo el vínculo de los ‘70 con el cine, perdiendo ciertos pudores formales y de tono y redescubriendo muchas historias que no se han contado.

AZ: Es interesante cómo funciona la dinámica de pareja de los personajes de Darío Grandinetti y Andrea Frigerio. ¿Cómo se desarrolló el trabajo con ellos? ¿Influyó en la construcción de su relación la crítica a la familia que se está discutiendo en la actualidad?

BN: Actoralmente el trabajo fue distinto con cada uno, pues tienen experiencias y herramientas diversas que obligan a componer personajes de maneras distintas en cada caso. Dicho eso, la pareja que componen es un elemento de cohesión en la película. Representan una familia conservadora y banal, y la Argentina, con muchísimo retraso respecto a otros lugares, hoy cuestiona esas cosas, desaprende el vicio de la normalidad. No sé cuanta consciencia hubo de eso en la escritura, sí puedo decir que son personajes que, si bien tienen su humanidad, sus ambigüedades que los humanizan, a la vez son claramente miserables, y de eso no se redimen, al menos en esta película. Cualquiera que haya crecido en una familia altamente disfuncional desarrolla más o menos conscientemente un rencor hacia esas familias argentinas tipo, normalizantes, y algo de eso puede ser que flote en la película.

AZ: Rojo viene teniendo una excelente recepción en el exterior. ¿Cómo pensás que recibe el público europeo una historia que hace foco en la violencia política previa al golpe?

BN: La película habla de complicidades y miserias. Más o menos, en cualquier parte del mundo, eso puede tener un eco, una resonancia. Otros se enganchan acaso por el lado del género, el policial, aunque serán los menos, porque es bastante disgregado ese policial. Me gustaría pensar que si la están por estrenar más o menos en 10-12 países en salas es porque hay algo extraño en la forma y el estilo en que filmamos esta película, un poco gagá, llena de anacronismos burdos, pero frescos, es decir honestos, por momentos un tanto experimentales, y creo que eso genera que, al menos en la sala de cine, haya por momentos algo parecido una experiencia, al menos es lo que yo espero, porque también me pregunto los motivos por las cuáles la van a estrenar en salas en Grecia, Italia, Francia y otros tantos lugares.

AZ: Tu mirada en toda tu obra es abiertamente política. Rojo toma posición sobre la lucha política de los ‘70 y ejerce una fuerte crítica a la clase media desde varios personajes con un fuerte arraigo actual. ¿Con qué material bibliográfico contaste para caracterizar de esta manera a gran parte de la sociedad?

BN: Libros de corte sociológico, más bien recientes, y también archivos bibliográficos, revistas de ocio o de generalidades como 7 Días. También un libro sobre el rol de los abogados en los setenta, que se llama ¿Usted también, doctor? (Editor: Juan Pablo Bohoslavsky, Siglo Veintiuno Editores, 2015).

Hay un corpus de libros de los últimos años sobre los ‘70 que renovaron mucho, y acaso le dieron amplio rigor, a un análisis más macro de lo que pasó en este país. Luego están los libros de los ‘80 y ‘90, donde primaban las experiencias vivenciales, que también ayudan a reconstituir un imaginario. Y claro, los relatos familiares. Y los archivos audiovisuales. Todo.

AZ: Las subtramas que se van revelando en Rojo modelan un fresco sobre la sociedad del interior de la Argentina de 1975, tal como lo hiciste en Historia del miedo sobre una familia en 2015 y en El Movimiento sobre la sociedad del siglo XIX. ¿Qué elementos no omitirías al describir la Argentina de 2018?

BN: Lo interesante del presente es que estamos asistiendo a una agudización de las contradicciones del modelo económico global, donde pueden acaso descifrarse los trumps, los bolsonaros y los que vienen, que van a ser cada vez peores. Tengo la sensación de que la técnica juega un rol mucho más preponderante del que somos conscientes en todo lo que está pasando.

Las pantallas, la automatización, la alienación de entender cada vez menos qué y dónde es el presente. Todo eso produce una masa cuantiosa de gente sin herramientas para combatir la desesperanza, y que frente a la certeza de que cada año que viene va a ser peor que el anterior genera una potencia destructiva importante, que es aprovechada por los ricos y sus medios de comunicación. Sin ser politólogo ni nada, esta es más o menos mi lectura macro, más allá de las particularidades argentinas. Pero, como te decía, en este momento estoy en Brasil, que tiene una historia social, política y económica bastante distinta, y que sin embargo es víctima de un proceso similar al nuestro: clases medias que vienen precarizándose desde hace décadas -salvo quizás el período 2006-2012-, cuyo mayor goce dentro de su precariedad es la certeza de que las clases bajas no van a acceder a lo mismo que ellos tienen. Y ahí el odio, la frustración aspiracional, el desencanto.

AZ: Tuvo mucho rebote tu crítica al modelo económico y cultural de Cambiemos, sobre todo por cómo afecta a la industria audiovisual. ¿Cómo entendés que está reaccionando el sector frente al ataque que viene sufriendo?

BN: El sector está organizado y activo, y si lo comparamos con otros sectores, resiste bastante bien. Nos hicieron mucho daño a la comunidad del cine, pero hubieran querido hacernos mucho más daño del que pudieron hasta el momento. Sin duda les juega en contra que quienes trabajamos en cine tenemos un profundo e irracional amor por lo que hacemos. Si bien necesitamos vivir de lo que hacemos, porque, al menos yo, no tengo otras competencias más allá de las del rubro audiovisual, lo cierto es que la motivación principal pasa por otro lado, porque el cine nos da un sentido de pertenencia y de hacia dónde ir. Y eso el macrismo sin duda no lo entiende. Yo creería que al productor de cable que maneja el Incaa le debe generar un profundo misterio que vayamos a las reuniones del consejo asesor en días de semana a hacer ruido para defender al cine. Y es que este gobierno es uno de gente sin pasión, sin deseos, con una noción muy pobre de lo que puede ser la felicidad y el compartir.

Arecia_Octubre

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