5×5: Libros para leer en junio

Cinco obras de ficción y no ficción que estuvimos leyendo.

Por Pablo Díaz Marenghi


El Visitante, de Stephen King (Plaza & Janes)

Terry Maitland es un profesor de literatura oriundo del (ficticio) condado de Flint City, Oklahoma. Goza de buena salud, casado, con hijos; pasa sus ratos libres entrenando al equipo de béisbol  juvenil del instituto. Lo que menos se imaginaría es que una tarde, en pleno partido, un grupo comando de la policía liderado por el detective Ralph Anderson lo detuviera acusándolo de un homocidio brutal. Él se defiende. Dice no haberlo hecho. Parece haber pruebas irrefutables, testigos y huellas que señalan su presencia en la escena del crimen. Sin embargo también hay evidencias que corroboran que él estaba, al mismo tiempo, en otro lugar, a kilómetros de distancia. ¿Esto es posible? ¿Puede un ser humano estar en dos lugares a la vez? Así arranca El Visitante (2018), la más reciente novela de Stephen King publicada en español. El maestro del terror decidió, una vez más, recurrir a la novela negra y al policial para situar su historia tal como lo viene haciendo en los últimos tiempos con la trilogía de Bill Hodges (Mr. Mercedes–Quien pierde paga–Fin de Guardia). Esta vez, los elementos fantásticos y sobrenaturales emergerán dentro de la trama para acrecentar el misterio y la intriga acerca de si realmente el profesor bonachón y querido por todo el barrio fue quien cometió el horrendo homicidio de un niño de once años.

King dosifica la información en función de construir un argumento asfixiante, digno de los mejores thrillers. Recurre a piezas textuales diversas (declaraciones testimoniales, artículos de prensa, órdenes judiciales) recreando el estilo de Carrie (1974), su primera novela. Influenciado por las series policiales y haciendo eco a un pulso de época, King se mueve en el género negro con mayor ductilidad, luego de sus tres novelas enlazadas publicadas en los últimos tiempos, aunque aún se lo muestra algo encorsetado en ciertos pasajes. Logra romper con este enclaustramiento propio del género de policías y criminales con toques fantásticos que se encarnan, en esta oportunidad, en el personaje de “el visitante” y el mito de la duplicidad explorado, entre otros, por José Saramago en su novela El hombre duplicado (2002). Una entidad sería la responsable de generar el misterio en torno a este homicidio y será nada más ni nada menos que Holly Gibney (personaje de la trilogía del Mercedes) quien aparezca en un cameo estelar para aclarar las cosas.  Hay guiños a otras obras de King (como It o Thinner) vampirismo, mitos populares y un terror que se muestra diferente. Juega con la incredulidad del ciudadano promedio ante lo sobrenatural volviéndolo todo más verosímil y beneficiando la identificación con el personaje de Anderson. Este detective protagonista se mueve entre la culpa y el nerviosismo mientras intenta resolver un crimen que se presenta como cada vez más imposible y que, al parecer, tendrá su adaptación televisiva a cargo de HBO y Richard Price (The Wire, The Night Of, The Deuce). Aún hay más.


El malón que no fue, de Marcelo Valko (Ediciones Continente)

Alcides Greca (1889-1956) fue un cineasta, político y abogado argentino orgulloso de haberse críado entre poblaciones originarias y consciente de la causa indígena. Llegó a declarar a la prensa: “Me enorgullezco que mi cuna se meciera en medio de una reducción de indios mocovíes y de haber convivido con ellos muchos días de mi vida”. En 1917 registró la película El último malón, primer largometraje argentino filmado en 35 milímetros. Un record para las producciones de la época, pionero en muchos aspectos de la técnica visual y basado en los hechos sucedidos en abril de 1904: el asesinato de un centenar de indígenas mocovíes acusados de intentar tomar el pueblo de San Javier. El historiador y psicólogo Marcelo Valko se encarga de investigar estos hechos en su libro El malón que no fue (Continente) y demuestra, en base a rigurosidad historiográfica y a material de archivo recabado, que la aparente defensa de un pueblo fue, en realidad, una masacre planificada y justificada a partir de un accionar en pos de un ideal blanco y occidental sustentado en la Ley de Territorios de 1884. “Fue convenientemente maquillada para ser funcional al relato del poder”, afirmará el autor. En la primera parte, Valko contextualiza las políticas en torno a la cuestión indígena en la Argentina, sobre todo en relación al accionar de Julio A. Roca, la cabeza de goliath detrás de la tristemente célebre “Campaña del desierto”, uno de los eufemismos empapados de sangre más grandes de la historia nacional. Luego, se encarga de demostrar que más allá de las buenas intenciones que pudo haber tenido Greca a la hora de “defender” la causa indígena, peca de ingenuo o de poco riguroso replicando la versión que la “historia oficial” quiso imponer, construyendo a un indígena bárbaro y salvaje que debe ser civilizado por los blancos/occidentales/criollos. Algo bautizado como “El problema indio”. Uno de los datos esclarecedores que aporta es que, por ejemplo, los defensores sufrieron sólo una única baja, mientras que los mocovíes fueron asesinados de a decenas en una más que sospechosa desigualdad de fuerzas. Valko, quien también supo acompañar a Osvaldo Bayer en su campaña de eliminar los homenajes a Roca y exponer su accionar genocida hacia los pueblos originarios, construye un libro que funciona como muestra de que los vencedores escriben la historia y que, parafraseando la poética ricotera, es trabajo de la historia y el pensamiento construir vencedores vencidos.


Serotonina, de Michel Houellebecq (Anagrama)

El universo que comenzó a elaborar el escritor francés de apellido difícil es sólido y redondo. Como aquellas bolitas pequeñas, símbolo de las infancias argentinas criadas en las veredas previas a la era digital y que esconden, en su interior, una especie de constelación colorida. La literatura de Houellebecq funciona de un modo similar. Tópicos como el sexo como motor de la historia, la apatía de la posmodernidad capitalista, el agotamiento del deseo, la prostitución vip y la crítica social sin escrúpulos atraviesan todas sus novelas, ensayos y poesías. Su más reciente publicación, Serotonina, no es la excepción que rompe sus propias reglas. Más bien es el resaltador que subraya todavía más lo logrado. Con todo lo que ello implica. Aquí el protagonista es Florent-Claude Labrouste, un empleado del Ministerio de Agricultura que ya está harto de su novia japonesa y que se medica con un antidepresivo llamado Captorix que inhibe su libido, le genera impotencia y segrega en cantidades excesivas la hormona que bautiza a esta obra. Narrado en primera persona, este ser contará todo lo que ve, siente y piensa. A lo largo de 352 páginas expande su tedio. Lo vuelve, por momentos, insoportable. El lector acompañará su periplo por las costas de Almería, París y Normandia y sentirá que, más bien, todo es una excusa para que Michel despotrique, una vez más, contra todos y todas. Su Francia amada y odiada, las mujeres, la burocracia, la sexualidad reprimida. Todo es parte del campo de batalla en esta novela que se siente algo forzada. Pacería ser que el autor está rozando cierto techo. Sus ideas (claramente sus novelas podrían ser descriptas como “novelas de ideas”) siguen metiendo el dedo en la llaga de la herida social aunque, leídas en una pluma que viene insistiendo sobre lo mismo hace más de veinte años (la depresión, la sexualidad como mercancía que se compra y se vende, las mutaciones socio-cognitivas del sujeto contemporáneo occidental promedio), rozan el agotamiento.

En su última visita al país, dijo que “para escribir una novela hay que estar persuadido de que es la última. La última posibilidad. No hay que ocuparse del buen gusto y la armonía. Que pase todo”. En esta novela se siente que pasa poco. Por su propio bien, sería interesante que repase esta fórmula.


Fue primicia: historia de Crónica TV, el canal de noticias firme junto al pueblo, de Marcelo Figueroa (Ediciones Continente)

“Accidente fatal en Flores: mueren dos personas y un boliviano”. “Le decían el as del fratacho”. “Conductor borracho casi provoca una tragedia: Batman único testigo”. “Denuncia que lo discriminaron por ser muy fachero”. ¿Qué tienen en común todas estas frases? Todas son placas rojas, con la rimbombante “The Stars and The Stripes” de fondo, de la señal televisiva Crónica TV creada por Héctor Ricardo García en 1994. Este canal, emblema del sensacionalismo y el periodismo más bizarro que puede existir, se convirtió en parte central de la cultura popular argentina. Diversas escenas de la vida de dicho canal se grabaron a fuego en el inconsciente colectivo nacional. El meme de “me importa un carajo” se cruza con Carozo y Narizota, Riverito cantando el “oooocho” en la Lotería Nacional, las carreras de caballo o las entrevistas de Anabella Ascar que introdujeron a personajes que parecerían imposibles de imaginar hasta para la mente más truculenta, como El hombre del chip o Zulma Lobato. Crónica, también, incluyó destrozos, violencia, sangre que chorrea de la pantalla, especiales sobre muertes famosas, recitales de cumbia a cualquier hora, el suicidio en directo del inefable “Malevo Ferreyra” o las andanzas de “El Pitufo Enrique”. Todo esto se encuentra en Fue Primicia, libro de Marcelo Figueroa que recapitula la historia del canal de noticias “firme junto al pueblo”, forjador de un estilo.

García, creador de la bestia, es un animal periodístico y emerge como el protagonista de esta historia. Como antecedente del canal televisivo aparece la revista Así, donde patentó un estilo de presentar las noticias, con títulos sensacionalistas y tipografía catástrofe que luego trasladaría a Crónica. Primero al diario homónimo, luego a la señal televisiva. Allí García, admirador del diario Crítica y de Natalio Botana (sus ineludibles modelos) planteó algunas cosas interesantes, como la mayor preponderancia a las noticias locales, algo que no solía ocurrir. De Crítica emuló el predominio de la sección policiales y hasta eligió un nombre y tipografía similar para el logotipo de su proyecto. “A cualquier lugar de la Argentina o más allá de las fronteras irían los enviados de Crónica en busca de noticias”.

El libro repasa el tratamiento noticioso de ciertos hechos relevantes desde la creación del diario hasta el canal de televisión, lo que terminaría forjando una identidad ineludible. Por momentos, minimiza los desfalcos éticos de Crónica (transmitir una muerte en vivo, tergiversar datos y hechos para construir titulares bizarros) los mitifica y los vuelve “cool”. Se entiende que tenga que ver con el propósito general del libro pero se lee poco equilibrado. Toma partido por un estilo bizarro y por momentos poco ético que es tanto innovador como cuestionable.

Desde el aterrizaje de un avión argentino en Malvinas comandado por Dardo Cabo y compañía hasta las protestas de Norma Pla en los noventa reclamando por los derechos de los jubilados. El suicidio del empresario Alfredo Yabrán, la muerte nunca esclarecida de Carlitos Menem Jr, el accidente de LAPA o el desopilante “comando guerrillero Sabino Navarro”. Todo era materia noticiable para Crónica aunque, como lo deja entrever su creador, con el pueblo como eje central. En un pasaje del libro afirma: “No tenemos complejo de ser masivos, queremos llegar a la gente. Primero está el drama, la suerte que corren nuestros semejantes”.


Insurrección Cultural, vino natural y agricultura para salvar el mundo, de Jonathan Nossiter (Piloto de Tormenta)

¿Qué tienen en común el vino, el cine, la agricultura biodinámica, Federico Fellini y Rudolph Steiner? Todos esos elementos, al parecer inconexos, convergen en la biografía de Jonathan Nossiter y en las páginas de este libro, traducido y editado al español por la editorial independiente Piloto de Tormentas. Escritor y cineasta, Nossiter posee un adn cosmopolita (producto de un padre periodista y corresponsal en el exterior): nació en Brasil, se crió como estadounidense y vivió en Francia, Italia, Grecia, Gran Bretaña e India. Estudió Bellas Artes, griego antiguo y pese a dedicarse a la ficción con relativo éxito, su obra cobró relevancia cuando se volcó al documental. Más precisamente, cuando contó la historia del cultivo de vino natural, es decir la producción de esta bebida alejada de los cánones industriales y pensada de manera sustentable. Este libro se conecta con uno de sus documentales, Natural Resistance (2014), ya que recoge testimonios de los productores vitivinícolas que se alejan de los cánones de la enología y de las grandes industrias para proponer un nuevo modelo que se preocupa por causar el menor daño posible al medio ambiente. Mientras relata estas historias, con notables pinceladas de cronista, Nossiter intercala sus memorias personales, su primer enamoramiento hacia el séptimo arte de la mano de Fellini y Wim Wenders, y reflexiones sobre lo que significa ser artista. Sobre este punto es tajante: “los artistas son tan responsables de su creciente irrelevancia social como lo son las estructuras de poder que los exiliaron”. Además, propugna una verdadera revolución cultural retomando el origen etimológico del término y acercando fronteras que, al parecer, no eran tan lejanas: al fin y al cabo, la palabra cultura significa “cultivo”. De este modo, propone una “renovación total de los sistemas de producción, intercambio y retribución cultural” tomando el vino natural como un ejemplo, la punta de un iceberg que puede generar una insurrección que evite el “apocalipsis ecológico y la desaparición de lo humano”. //∆z

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