Gabo Ferro: la flor con un hombre en la boca

El 8 de octubre de 2020 una de las voces más peculiares de la autogestión musical argentina se unió a la inmensidad y terminó de convertirse en mito. Trovador suburbano, ex frontman de la banda hardcore Porco, poeta, performer queer, dejó cientos de canciones y recuerdos hechos carne, piel y sentimiento. Diversas plumas que lo conocieron, admiraron y acompañaron le dicen hasta siempre en este homenaje coral.

Escriben: Paulina Aliaga, Lisandro Aristimuño, Julián Delgado, Pablo Díaz Marenghi, Mariana Enríquez, Natalia Gelós, Carlos Noro, Carolina Pacheco, Gonzalo Penas, José Peña, Rodrigo Piedra, Ivana Romero y Matías Roveta. 

Fotos: Alejandra López, Diego Moyano, Dante Martínez

Ilustraciones: Paula Rosa, Gonzalo Ruggieri

Producción periodística: Pablo Díaz Marenghi y Juan Martín Nacinovich

Aún no habíamos terminado de decirle “Hasta siempre” a la inmensa Rosario Bléfari que el 2020, el año que más nos sorprendió en el peor de los sentidos, decidió que Gabriel Fernando Ferro —inmortalmente será sólo Gabo, nada más, nada menos— dejara este mundo. Será un lugar común decir que Gabo no se murió ya que sus canciones viven y el amor de sus fans permanece grabado en sus retinas o tatuado en sus pieles. Será un lugar común pero es necesario escribirlo. Uno ve una foto de Gabo de alguno de sus shows y observa, en general, una puesta en escena minimalista (una silla, una guitarra española, su cuerpo) y un tipo dejándolo todo. Uno escucha una de sus canciones y siente que está cantando allí mismo, en algún lugar misterioso e indescifrable. Su voz, una de las más versátiles de la canción popular argentina, podía mutar de un vozarrón gutural a un pequeño susurro. Su rasguido acústico era más hardcore que la distorsión más podrida. Sus letras no son verdades reveladas sino, más bien, preguntas que lo ayudan a uno a transitar el misterio de la existencia.

Ilustración: Paula Rosa – Instagram: @paularosapintura

En ArteZeta lo entrevistamos en varias oportunidades y hemos seguido su trayectoria a lo largo de todos sus discos y proyectos. Por eso decidimos convocar a periodistas, escritoras/es, músicos/as, fotógrafos/as e ilustradores a que escribiesen algunas líneas generadas a partir de su vida, obra y recuerdo. Por eso, también, la decisión de la semblanza colectiva. Tal como hemos hecho con otros artistas que nos marcaron como Rosario Bléfari, Federico MouraCharly García y Nick Cave. El resultado es diverso. La mayor parte evoca su modo de entender la corporalidad a la hora de sentarse en una silla, pelar criolla, garganta y dejarlo todo. Además de su música, su cuerpo como entidad expresiva se extrañará y mucho. Otros, resaltaron su capacidad andrógina y ambivalente para narrar el amor, el deseo, la perdida o, inclusive, el terror. Porque en las canciones de Gabo habita el miedo, la incertidumbre y el terror a la vez que convive con la luminosidad. Porque tal es la vida. Algunas claves las dejó desperdigadas para que nosotros, sus escuchas devotos, continuemos descifrándolas desde la perplejidad. Como aquella frase que, hoy, se resignifica: “Todas las cosas que no tienen nombre vienen a nombrarse en mí”.


Paulina Aliaga (Poeta)

“Lo que te da terror te define mejor/no te asustes, no sirve, no te escapes, volvé” se convirtió, para quienes amamos a Gabo, en una especie de mantra para exorcismos cotidianos; una canción de cuna descarnada y, a la vez, amorosa. Una canción de cuna para cuando ya no sos bebé y te hallás ante la inmensa vida con la disyuntiva de buscar un nuevo chupete o escupirlo y gritar, de dolor o felicidad, sin ignorar que son dos caras de la misma moneda. Todo eso mientras la única constante en la vida, el cambio, y la única certeza, la muerte, transcurren impasibles. A que dan ganas de reír, y llorar a la vez. En esa línea fina habitaba el bardo. Y nosotrxs con él.

“Hay un terror a la naturaleza”, me dijo una vez que lo entrevisté. Hablaba del miedo que infunde y cómo se busca culturizarla, aplacarla. Y cómo un grito puede conllevar un gesto animal. Un grito ancestral para mover, desbaratar, deconstruir, patear la silla, en lugar de propiciar un cómodo arrellanamiento en la butaca. La incomodidad no buscada que conduce a la rehuida lucidez.

Belleza es verdad y verdad belleza, dijo Keats. Gabo buscaba poner la belleza en crisis, para verla mejor. En días en que la marea verde inunda el espacio y el feminismo trabaja para soplar como lobx feroz el polvo en el que hace ya mucho se convirtieron tantas ideas caducas, no puedo —ni quiero— evitar pensar que Gabo Ferro habitó la belleza con el valor implacable de una mujer, de cada cuerpa disidente, trans, no binarix, de todo ser insumisx que se reapropia de verdad y belleza, patea la silla, las avalanchas de mandatos, prejuicios, prerrogativas, violencias y se atreve a nombrar lo que existe. A decirle belleza al horror y horror a la belleza.

La primera vez que lo escuché en vivo me enamoré perdidamente. Cómo no amar a quien no quiere seducir con una canción perfecta, aunque pueda, sino hacernos vibrar en la complejidad de lo vivo, en la libertad de habitar unx cuerpx como lo que es: una infinita masa de interacciones imperfectas con la intensidad.

Gabo se subía al escenario a recordarnos cómo habitar la forma humana; informe, aullante, única.

Lobo feroz del bien, te vamos a extrañar…

Lisandro Aristimuño (músico)

Gabo era un hermano y un amigo. Su muerte me partió al medio. Estuve cinco días en posición fetal en la cama con la tele prendida en cualquier programa para que haya algo de ruido, lloraba cada media hora. Me impactó muchísimo. Sobre todo porque entre los dos nos teníamos mucho respeto y cariño, cuando nos veíamos nos dábamos grandes y largos abrazos. 

Sentíamos una sensibilidad muy especial entre nosotros que incluía una admiración mutua. También nos juntábamos a charlar y a tomar mate. Él era una especie de libro abierto con el que podía hablar de cualquier cosa, además de que coincidíamos mucho ideológicamente. Teníamos una concepción del sentir y el pensar muy parecida.

Julián Delgado  (Historiador, docente, autor de Tu tiempo es hoy, Una historia de Almendra, Eterna Cadencia)

Como las canciones, los artistas nos permiten construir biografías personalizadas y sociales. Estuve pensando en Gabo Ferro, cuya muerte me tomó como a muchospor sorpresa. Pensé en las veces en que lo escuché en vivo, buscando significados sobre esas experiencias. Pensé, sin miedo al lugar común, en volver a las canciones para encontrar un refugio ante el dolor y la tristeza, una verdad que permanezca.

La primera vez que vi a Gabo Ferro en concierto fue con mi hermano en Harrods. Era una época en la que se organizaban varios recitales en ese edificio histórico. ¿Cuándo exactamente? Internet me ayuda con los datos: fue un martes del año 2007, en el marco del BAFICI.  Esa noche entramos por la calle Florida pero el show fue en una sala que estaba más cerca de la salida de Avenida Córdoba. Siempre recuerdo que Gabo cantó el tema “Calvas margaritas” y no me gustó para nada. Me da risa: ahora lo escucho y me parece muy bueno. Esa noche también tocó Ariel Minimal en plan solista.

Varios años después, a finales de 2014, lo fuimos a ver con una chica que empezaba a conocer y que hoy es mi novia. Esa vez era el protagonista de una ópera contemporánea basada en Fragmentos de un discurso amoroso.  La música y el libreto de la obra, que se llamaba Ese grito es todavía un grito de amor, eran de Gabriel Valberde; la régie de Rubén Szuchmacher. No sé si el texto de Barthes era muy apropiado para una primera cita (¡aunque puedo dar fe de que funcionó!) pero sí estoy convencido de que encajaba muy bien con la voz de contratenor de Gabo. Lo descubrí de nuevo.

Foto: Diego Moyano

Más recientemente, me puse los auriculares y escuché bastante dos discos que sacó en dúo. Uno, que grabó con la folklorista Luciana Jury y se llama El veneno de los milagros. Tiene un comienzo tremendo, muy conmovedor con la canción “Una deuda del bien”. El otro con Sergio CH., ex Los Natas, es para mí una pieza clave dentro de una genealogía de obras que construyen una épica pampeana/bonaerense. El videoclip del tema “El Pescador” colabora en el mismo sentido.

Tal vez la oportunidad en que más me impactó Gabo Ferro fue cuando hizo el papel de “El Astrólogo” en la ópera de Abel Gilbert del mismo nombre. El personaje de Arlt delirante, omnipotente, fascinante y espeluznante cobró vida en su voz y en su cuerpo. En aquel momento se hicieron tan sólo unas pocas funciones en el Teatro de la Ribera. Una verdadera pena porque era una obra para que viera todo el mundo mil veces. Por suerte, está entera online.

Decir que cuando un artista se va queda su obra es medio trillado pero cierto. Por eso, después de repasar estos recuerdos musicales, me pareció interesante contarlos. El etnomusicólogo peruano Julio Mendívil plantea que “nuestras historias de vida son determinantes al momento de relacionarnos con las canciones”. Como decía al principio, esta frase también puede formularse al revés: los artistas son personas fundamentales en la construcción de nuestras biografías.

Pablo Díaz Marenghi (Periodista, docente)

Gabo Ferro: canciones que un hombre no debería cantar*

La leyenda es harto conocida. Gabo Ferro era el frontman de Porco, banda hardcore de los noventa que le cantaba a la muerte, a lo escatológico, al VIH y a los conflictos juveniles. El 31 de marzo de 1997, en un recital en el Hotel Bauen, Ferro se quedó sin voz. Al tercer tema del show, dejó el micrófono sobre el escenario como quien acuesta a un bebé y se marchó. Mudo. Ese silencio le duraría siete años.

Un joven Gabo en tiempos de Porco

Al otro día, empezó a estudiar la carrera de Historia y se graduó con honores, con una tesis sobre vampiros y homoerotismo en la época de Rosas. En un encuentro con sus viejos amigos Ariel Sanzo y Fósforo, de Pez, se envalentonó para regresar a la música y así grabó, en un día, Canciones que un hombre no debería cantar (2005) editado por el sello de Minimal, Azione Artigianale. Para algunos, Ferro “bajó un cambio” y se dedicó a un sonido más acústico, más cantautor. Para otros, su música se recrudeció y se volvió más rockera que nunca. Lo cierto es que desde entonces inundó la escena independiente con sus composiciones, creó una gramática del cantar y se convirtió en aire fresco dentro de una escena post Cromañón en donde varios músicos se presentaban en formatos minimalistas de guitarra y voz. Ferro, con su marca registrada de editar un disco por año, se convirtió en una usina creativa de canciones. Una de las voces más exquisitas y potentes de la música contemporánea que navegó por los océanos de lo amoroso, lo andrógino, lo acuático y lo esotérico.

Cuando Ferro recuerda los años noventa, recuerda épocas en donde “amigos y amigas caían por el VIH”. Eso reflejó en Porco, su banda, en donde conoció el mundo del rock tan de cerca que lo abrumó. Canciones como “Puto Mandril” o “La vida es una mierda” emanaban furia. Eran un grito hacia el futuro por ese presente que dolía tanto. En su reclusión estudiando historia, Ferro tomó fuerzas para escupir nuevas canciones. En su disco debut, armado con su guitarra, compondría canciones que se volverían eternas como “Sobre madera rosa” o “Felicidad Vitamina” en donde arriesga que “la felicidad es artificial”. También afirma que “El amor no se hace” y le canta a una relación homoerótica en “El amigo de mi padre”. Ferro daba las primeras pinceladas de un mundo que se expandirá a pasos agigantados.

Luego vendría Todo lo sólido se desvanece en el aire (2006) y Mañana no debe seguir siendo esto (2007). La prensa ya comenzaba a hablar de un cantor revolucionario. Letras que eran poesía y melodías despojadas que hacían de cada acorde, cada arpegio, una totalidad inabarcable. Su sonido mezclaba el género canción más desnudo con el folklore, el valsecito, la ranchera, el country, el folk norteamericano o la canción popular rioplatense. Punteos cuidadosos y arreglos vocales barítonos daban muestras de la calidad del sonido que Gabo Ferro había inventado. “Costurera y carpintero” sería otro de sus hits y el agua se convertiría en uno de sus tópicos de cabecera (“El agua sabe”, “Toda el agua del mundo”).

Gabo Ferro expone una filosofía. Como canta en “Los recuerdos son reflejos”: “Voy a pedirte un favor, despabilame si pido que vuelva, lo que se ha ido, que se aquiete lo movido, que vuelvan los que han partido, que vuelva el amor perdido,los recuerdos son reflejos de espejos turbios torcidos”. Y los aplausos de su público estallan entre canción y canción. Ferro suele experimentar en sus discos. Ya sea en los formatos, en la grabación o en la composición. Amar, temer, partir (2008) fue grabado en directo. También, compuso un disco con un escritor (Pablo Ramos, El hambre y las ganas de comer, 2010) y grabó en colaboración con Flopa y el artista Ral Varoni (Nada para el destino, 2009), o con Luciana Jury (El veneno de los milagros, 2014). Una de sus última rarezas fue grabar un disco en vivo sin público. En el ND Ateneo vacío, durante dos días, con tan solo la asistencia del ingeniero de sonido Alejandro Pugliese, grabó 14 temas inéditos. Así nació El lapsus del jinete ciego (2016), su primer disco fuera de la autogestión (producido por Ferro y co editado por Sony Music).

“Uso la primera persona para generar identificación —explicaba al diario Página 12 en 2013— y siempre hay un otro. Es ese vos muy apelativo, urgente. Mis canciones son urgentes. Quiero contarlo todo en dos minutos, la duración me la apropié del punk. No tengo tiempo. No puedo crear un personaje. Entonces sale el ‘vos’. Mi idea es correrme inmediatamente, quiero tener poco que ver con lo que le pasa al que escucha. Cada disco y cada vivo es un trabajo de desaparecer. Cuando canto, no estoy” reflexiona y conduce el pensamiento hacia su forma de entender el arte, más relacionada con lo esotérico. Para Ferro cantar es “hacer hablar a los muertos”. Así lo explicaba a Página 12 en 2010: “Mis maestros en lo académico y en la interpretación me dijeron que cantar e investigar es hacer hablar a los muertos. El historiador hace hablar a los muertos a través de los documentos. Y a mí me encanta buscar esa voz perdida, en algún lado hay voces que te dicen, como una radio prendida, que te dictan y te dicen contá esto por mí. Con la música aprendí lo mismo: me dijeron que uno es un médium, uno tiene que afinarse y dejarse atravesar por esa energía. Y por eso hago estas dos cosas: yo no encuentro diferencia, salvo en el modo, en los métodos. En definitiva es traer algo de otra dimensión a ésta y ponerlo en formato de libro, en formato de canción, de interpretación, que es el que me parece más interesante por lo efímero”.

Gabo Ferro le canta a un amor sublime. A un amor que trasciende los géneros. No hay hombres y mujeres en sus canciones; hay sujetos que aman, con masculinidades y feminidades. Como en “Mi vida es un vestido” en donde canta “Mi vida es un vestido descosido con una manga al hombro y otra a la falda, el cuello sin bordado y el escote ajustado, asfixiante, ahogado, deslucido”. En varias entrevistas habla de sacudir a la clase dominante y afirma que se siente más rockero que nunca sin apretar ni un sólo pedal de distorsión. Tan solo una guitarra, una voz y su experiencia le alcanzan para conmover hasta las tripas a quienes se dispongan a escuchar su canto. Porque como afirma en “Como la maleza”: “Yo soy como la maleza, que nadie la está esperando, que no la arrancan por mala sino por lo que sabe del campo”.

Ilustración: Gonzalo Ruggieri – Instagram: @gonzaloruggieri

*Una versión de este texto se publicó en Códex, música contemporánea (2016), Maten al Mensajero Ediciones.

Mariana Enríquez (Escritora, periodista, subeditora del suplemento Radar del diario Página 12)

Una despedida a Gabo Ferro*

Su cuerpo tenía algo elástico, de bailarín y de fauno, la barba y el pelo en los brazos, los ojos oscuros y filosos, de párpados pesados, la sonrisa gigantesca: un animal mitológico, sexual y antiguo. Así se lo veía en el escenario, a pesar de que estaba solo con su guitarra y su voz tan difícil de definir, porque parecía virtuosa pero no había sido educada, porque era andrógina, porque podía ser muy dulce pero también de una ferocidad temible. Gabo cantaba como un joven dios y sabía decir: pronunciaba con una claridad decidida que no dejaba dudas, una dicción envidiable y bastante rara en el rock argentino. Escribir “rock” respecto de Gabo es extraño, porque él mismo tenía una relación ambigua con el género y abrazaba las expresiones de otras músicas populares. Sin embargo se sentía una lejana parte del rock, lo vivía desde la periferia, su lugar natural y el que investigó en la vida, en los libros, en las canciones.

Hay tanto en las canciones de Gabo que habla de oportunidades perdidas y de decepciones. Pero en su lírica no hay queja o, en todo caso, hay mucha más furia. Y cierta noción de claroscuro y grandeza, como si una ruptura fuese el equivalente a un terremoto, una inundación, una catástrofe natural. En la película Melancolía, el cineasta Lars Von Trier compara la depresión con el fin del mundo y esa exageración no es tal: así se siente el desgarro de la rotura del amor. Lo que Gabo hacía como nadie era disfrazar ese mar de fondo desdichado de tal modo que, para muchos, sus canciones podían parecer luminosas, pero es sólo el reflejo de la nieve en la montaña, un sol frío que enceguece y lastima. “¿Éramos infelices o sublimes?”, se pregunta John Ashbery en su poema “Honestly”. En esa duda trabajó Gabo Ferro, tratando de equilibrar la carne viva con la técnica impecable: “solo tenemos ciencia para tanto dolor”, cantaba. No sé si, en los últimos años, se vio a algún otro artista argentino tan desnudo sobre el escenario, tan valiente en la soledad radical: parte de la fascinación de un público que lo adoraba sinceramente, con una admiración cercana (“quiero ser su amiga”, me decía una de sus fans más fieles) era tratar de arropar y acompañar ese despojarse. Gabo Ferro, sin embargo, podía con su fragilidad. Un disco por año. Escribir, investigar, respetar a sus colaboradores, tomar decisiones sobre discográficas y salas y compañeros de ruta, el cuidado del arte de los discos, la elección de los fotógrafos que tomarían su imagen. Quería hacerlo cada cosa con cuidado y en detalle, con calidad obsesiva, nada era a lo que te criaste y todo era con respeto a la tradición elegante de Leonardo Favio y David Bowie y María Elena Walsh.

Todo el arte es profecía. Toda vida es otra cosa. En 2016, cité a Gabo en un cuento que, además, es el título del libro donde quedó incluido: “Las cosas que perdimos en el fuego”. Un grupo de mujeres decide arrojarse a hogueras encendidas por voluntad propia como forma de protesta ante la violencia machista, en un futuro paralelo. Usé “Ahí va tu cuerpo al fuego”, porque imaginaba la ceremonia en el campo como un rito de volumen bajo y altísima intensidad. Creo que no vi a Gabo desde entonces. Lo había entrevistado mucho, pensaba que era el momento de que otros periodistas pudieran pensar su trabajo y, además, siempre iba a estar ahi, ¿no? Cuando quisiera ir a verlo, escribirle, avisarle que iba a un show, ¿cómo no iba a contestarme? Lo fui posponiendo, como se posponen las cosas que nos parecen permanentes. Tengo a mi lado su libro Recetario panorámico, elemental, fantástico y neumatico (2015). Está dedicado. Dice “gracias por acompañar siempre”. Yo respondo: perdón, porque no acompañé como debía. No me gusta presumir estas medallas. Es que no sé cómo decirle a Gabo que lo quiero y avisarle que no, que las canciones y la voz y las palabras no son suficientes, ni de cerca, querido. Ni de cerca.  

*Una versión más extensa de este texto se publicó en el suplemento Radar del diario Página 12 el 18 de octubre de 2020.

Natalia Gelós (Periodista)

Al costado de la ruta, un chimango picotea a una serpiente. El calor es una nube amarilla que flota en el campo. Camino en línea recta hasta el puente que está a unos cinco kilómetros de mi pueblo. Es la línea de llegada para quienes salen a caminar. Desde ahí se pega la vuelta. Mi psicóloga está de vacaciones. Mi año se cayó al piso y se rompió. Gabo canta en mi playlist. Habla de jardines con maleza, de jaulas invisibles que hay que aprender a mirar. Nadie sale limpio de ciertos lugares. Es un chamán. Una vieja curandera en la montaña que de alguna manera hace volutas con su voz y cura eso que no se ve. En aquel verano, escucharlo en loop fue mi rincón seguro. Me envolvió en un paño tibio, como a un pájaro lastimado, hasta que estuve bien.

Este 2020 se llevó muchas cosas. Se llevó mucha gente. Cuando le tocó a Maradona, decían que no importaba qué había hecho él con su vida, sino qué había hecho con las nuestras (usando una frase que era de Fontanarrosa). Creo que con Gabo se ajusta también esa segunda parte. No lo conocí. Sí lo vi en vivo algunas veces. De la última recuerdo la guitarra sola en el escenario, al lado de una rosa roja en el Centro Cultural de la Cooperación. De alguna manera me recordó al ruiseñor y la rosa, del cuento de Oscar Wilde. Algo que dijo alguien más sobre él: Liniers habló de una luz blanca que se veía de fondo en los recitales, era el reflejo de los proyectores, y le formaba una aureola que luego quedaba, como la de un santo, la de un mártir, la de un demonio desterrado.

Foto: Diego Moyano

No sé de música como para analizar desde lo formal sus silencios. Desconozco cómo hablar con sapiencia del uso de esa voz que, por momentos, era juglar, por momentos, sirena, por momentos, el mismísimo viento. No tengo anécdotas ni recuerdos ¿Pero acaso eso impide sentir a ciertos artistas como cercanos, como uno de los nuestros? Gabo murió en el año más raro de todos. En el año en el que, justamente, el cuerpo fue límite, peligro y añoranza. Él, que andaba en la frontera, que le cantaba a la sangre, la carne, todo eso que está ahí afuera, pero mirando desde adentro. Desde el lugar de los artistas piadosos, como Leonard Cohen. Esos que saben caminar entre la luz y la oscuridad, como la carta La Fuerza, del Tarot, que agarra al león desde sus fauces, la fiera que llevamos dentro. Cantaba sobre jardines con bichos, plantas muertas, brotes salvajes, gusanos y mariposas. Cantaba desde la tierra, ahí donde nace y enterramos al amor. Cantaba y aquel verano, mientras el chimango picoteaba a una serpiente, me sanó. Después de haberlo escuchado tanto, tanto, tanto, desbarranco en la cursilería tal vez, pero uso estos caracteres para decirle gracias.

Carlos Noro (Periodista)

Gabo Ferro en vivo: Canciones hechas cuerpo

Escuchar los discos de Gabo es una experiencia disruptiva. Si se realiza una escucha inmersiva, las distintas dimensiones de su música afloran con una crudeza pocas veces vista. Era como una especie de colibrí voraz. Curioso y sensible a la hora de encontrar lo que pedían sus canciones, obstinado en encontrar el tono y la palabra justa para que todo suene y resuene tal como se lo imaginaba. “Nadie puede cantar el dolor si no lo siente a nivel interpretativo. No se puede decir dolor como si dijeras cualquier cosa” dijo en algún momento sobre una palabra que no casualmente era parte de su poética y cantaba a viva voz. No solo se ponía en la piel de ese dolor; era capaz de tocar las fibras más íntimas, atravesarlas e interpelar al escucha sin concesiones. De eso se tratan sus canciones y en eso consiste gran parte de su irrepetible legado.

Foto: Dante Martínez

“Todos los días busco una excusa para llegar al vivo. Los discos no me importan nada. Mi show tiene elementos de lo teatral y lo performático que no puedo improvisar porque son improvisaciones en sí”, decía jocosamente el mismo Gabo en una entrevista realizada antes de presentar El agua de espejo, uno de sus últimos gestos de deconstrucción de sus propias canciones. En aquel momento se unió a Juan Carlos Tolosa para llevarlas al formato mínimo del piano. Antes se había aliado a Rubén Szuchmacher para realizar una apuesta teatral de las mismas. Mucho antes había probado circunstancialmente el formato banda, había trabajado con Pablo Ramos y más acá con Luciana Jury y Sergio Ch., en lo que tal vez dé cuenta de una búsqueda permanente, de un deseo insaciable por revolucionar sus canciones y su propia historia.

Un show de Gabo Ferro era una experiencia extrasensorial que iba más allá de la simple escucha. Un aquí y ahora que impactaba en el oyente porque podía remitir a esa dimensión entrañable del amar, del temer y del partir. Tal vez en ese lugar haya estado el Gabo más inmenso y, por qué no, genuino. Ninguno de sus shows era igual al otro porque más allá de la puesta, el repertorio o el lugar, el Gabo médium —como le gustaba definirse— era capaz de dejar que las canciones se hicieran cuerpo en él a través de las intensidades, colores y atmósferas de su voz. Ese tal vez haya sido el mayor gesto de resistencia de Gabo Ferro. Así lo definía: “Mi lugar de resistencia es acto. Mirá si será viejo que está fijado en latín antes que en castellano y se dice res non verba, frase que tengo tatuada en algún lado. Hay una verdad actual y contemporánea. El decir no me mueve un pelo, necesito el acto”. En ese punto aparece lo irremediable de su pérdida. Ya nadie saldrá transformado luego de un show suyo ni nadie encontrará en esa voz un reflejo para su realidad. Quedarán sus discos para celebrar su obra pero algo estará ausente de un modo irreparable.

Carolina Pacheco (Música, cantautora)

Conocerlo fue amarlo. Nada en su obra fue casual pero, también, sus palabras en una charla informal tenían sentido, contenido, dirección. No porque se midiera sino porque, al menos yo siempre sentí, no era de hablar en vano.

La importancia de la palabra, en todo sentido.

Conmigo tuvo gestos incalculables. No sólo aceptó la invitación a cantar en una canción de mi primer disco cuando solamente éramos alguito más que conocidos de MySpace sino que me dio valiosísimos consejos esa y otras veces. Por entonces vino a varios shows. Respondía el mailing y newsletter que yo enviaba. Cada uno.

Foto: Alejandra López

Luego reseñó minuciosamente mi segundo y tercer disco antes de editarlos con muchísimo amor. Son mails que atesoraré siempre por esto del cuidado de la palabra, la exactitud, el peso, la calidez. Había escuchado todo.

Eso era Gabo para mí. Siempre un gesto generoso. Su obra me modificó a nivel celular y estoy segura que, para mucha gente cercana y lejana, también fue así.  

Gratitud absoluta por los abrazos, sobre todo, y el amor que siempre demostró con nosotrxs, la familia que somos. Cada foto de Eliseo, cada ñoñez que pude decirle por WhatsApp. Él, creo, lo sabía: sus canciones son y serán parte de nuestra casa.

Gonzalo Penas (Docente, periodista, Lic. y prof. en Ciencias de la Comunicación, UBA) 

Gabo Ferro era una leyenda para un adolescente que deambulaba por el punk y el hardcore en los primeros años de este milenio. Había sido la voz de una banda llamada Porco, de la que no se podía escuchar casi nada en tiempos previos a YouTube, y contaban los rumores que se había retirado de la música dejando el micrófono apoyado en el piso de un escenario en pleno show, harto de toda la escena. En años donde todo se iba volviendo menos artesanal y el espectáculo le ganaba la pulseada a la autenticidad —con el marketing y los grandes empresarios metiendo la mano en la lata—, la idea de dejar la carrera de esa manera parecía mítica pero fue real. Gabo también era consciente de los resultados —y las secuelas— que estaba dejando y por aquellos años se dedicó, entre otras cosas, a la academia. Poco se sabía de actualidad artística.

Por eso para cuando publicó su primer disco solista, Canciones que un hombre no debería cantar (2005), gracias a la insistencia del gran poeta Vicente Luy —que ayudó hasta económicamente— muchos chicos y chicas que lo conocían de nombre empezaron a seguirlo. Y rápidamente nos encantó a todos con su poesía, su armonía y su voz. Un mismísimo trovador porteño en una escena musical que se empezaba a expandir por distintos géneros dentro de la denominada independencia. Sus shows en lugares cálidos y pequeños, sus visitas a medios comunitarios y alternativos, sus bellísimas letras que se sucedían disco tras disco, su camaradería con otras personas de distintos ámbitos artísticos se transformaron en moneda corriente.

Foto: Alejandra López

Una actitud que lo pinta entero: si lo invitabas a ver una obra, le acercabas un libro propio, un fanzine o le compartías un link con un proyecto siempre te hacía una devolución, gentil, honesta y amable, por correo o alguna red social. Quizás la palabra correcta para hablar de Gabo, y para resumir caprichosamente todo lo dicho, sea compromiso. Con su voz y con su guitarra, con la poesía como espada, con su entorno y con el arte entendido, por supuesto, como algo político. Y una voz que atraviesa de esa manera los cuerpos y los interpela de la manera en la que lo hizo durante toda su carrera nunca se olvida. Por eso celebraremos su obra toda la vida.

José Peña (Escritor, poeta)

Hay quienes dicen que a través de los ojos, en cierto momento, con cierta luz, si ayuda la suerte, se puede ver el espíritu de una persona. Esta premisa no tiene nación ni época. Muchas bocas paladearon la mística dulzona de la idea. Lo cierto es que ahora, frente a estas teclas, en esta mañana, no creo estar en condiciones de decir que así es. Es más, prefiero rebatirlo, prefiero decir que de haber un lugar donde un espíritu se expone al llano terrenal es en el canto. El canto. Digo: cantar por supuesto es más que afinar, cantar nadie sabe con justeza qué es y quien describa cabalmente qué es cantar será un impostor, un charlatán, un racional; siempre una voz esconde cosas. Cada cual al caer de la vagina de su madre fue impregnado por una voz. No hay una voz igual a otra. Y, hoy, en esta mañana, pega y resbala en toda la casa la voz de Ferro. Juega con los vértices de la casa la voz de Ferro. Nada es más gratis que cantar, nada contiene más romance que cantar, nada es más intrigante que cantar. Ferro bien lo sabía. 

En su voz concentró la épica necesaria para vivir en este mundo difícil, de a momentos demasiado extraño, caprichoso hasta en las chucherías. No me interesa la solemnidad; si hay algo que no me interesa es la solemnidad. No me interesa pensar en la eternidad de su voz ni en su figura. Prefiero pensar que ahora mismo alguien escucha por primera vez una canción que lo desvía. Prefiero pensar que en el acto físico del canto él entendió, sin palabras, algo. Parecido a los trovadores que iban de pueblo en pueblo, guitarra a cuestas, llevando una verdad que solamente toma forma cuando se la canta. 

Rodrigo Piedra (Periodista, director de Indie Hoy)

Canciones que un hombre no debería cantar. Como adolescente dentro del clóset, un título así inevitablemente me llamaba la atención. No recuerdo cómo me topé con la música de Gabo Ferro pero sí que fue con ese disco y en una época en la que el folk dominaba el espectro del indie. Mis iconos queer venían de otro palo, ¿Qué hacía un barbudo ex hardcore cantando sobre la relación entre el padre y su amante varón? ¿Qué significaba niño costurera y niña carpintero? La suya era una poesía sensible que desafiaba los límites de los géneros y la masculinidad misma. 

Sus presentaciones en vivo no requerían de mucha puesta en escena. Su voz acaparaba todo el salón y por momentos sin amplificadores mediante. Llegaba un punto en el que parecía que se iba a doblar o quebrar. Había una entrega física que dejaba a todos perplejos, mudos; como si la entrega emocional no fuese ya suficiente. Sus shows solían ser en lugares populares y con el tiempo, leyendo entrevistas, entendería que eso formaba parte de su visión política. Son muchas las entrevistas jugosas que Gabo dio, y sus entrevistadores coinciden en que era alguien muy “fácil” de entrevistar porque hablaba mucho y para todo tenía algo que decir. “Siempre pensé que la cultura de la canción y del rock desatendían tres políticas: la de género, la de raza y la de clase” le dijo a La Nación en 2018, casi fundamentando su cuerpo de obra.   

Su nombre también me vinculaba con otros nombres: Gabo funcionaba para mí como un nexo entre escenas. Quizás de ningún otro modo hubiese llegado a la música de Luciana Jury ni le hubiese prestado atención a la carrera solista de Sergio Ch. Gabo excedía a una escena porque las abrazaba a todas.

“¿Qué cosas deberíamos, entonces, cantar los hombres?” le pregunta Gabo a Edith Piaf sobre el final del librito que acompaña ese templo a la sensibilidad que es Canciones que un hombre… Su debut solista fue un repartir y dar de nuevo en múltiples sentidos. La respuesta no importa tanto. Cuestionarlo desde el lugar en que lo hizo fue un acto emancipatorio en sí mismo. Fue una declaración de independencia de la que cualquierx podía ser firmante. 

Matías Roveta (Periodista)

Historias de pescadores y ladrones en la Pampa argentina (2018) – Gabo Ferro y Sergio Ch.

A priori la unión entre Gabo Ferro y Sergio Ch. podía sonar extraña o, por lo menos, como el choque de dos fuerzas creativas de distinta naturaleza. Pero no menos cierto es que ambos habían compartido en el pasado el amor por la distorsión (Sergio al frente de Los Natas, Gabo en tiempos de Porco) y además existían otros antecedentes para entender mejor Historias de pescadores y ladrones en la Pampa argentina (2018), un disco creado a partir de las guitarras criollas procesadas con equipos valvulares de los ’70 y apenas acompañadas por algún piano de ocasión, un colchón de sintetizadores, un bombo legüero o una armónica: Sergio Ch. había abandonado el sonido pesado y eléctrico de su guitarra cuando disolvió a Natas (en Ararat asumió un rol de bajista) y también había coqueteado con el folklore en Toba Trance Vol 1 y 2 (2004) o editado su disco solista 1974 en 2015 (antecesor directo del estilo de Historias de pescadores…); por el lado de Gabo, bastaba con pensar en el perfil acústico de Canciones que un hombre no debería cantar (2005) o Todo lo sólido se desvanece en el aire (2006).

Pero la raíz de esta colaboración podía entenderse además como resultado de una sensibilidad compartida: “Somos dos personas a las que la vida las sacude y arremete. Y nosotros en nuestra música traducimos eso. La música que componemos y grabamos queremos que sacuda y arremeta”, le dijo Sergio Ch. a este medio hace unos años. Poco antes de juntarse con Gabo a componer estas canciones, el ex Natas redescubrió el catálogo de Atahualpa Yupanqui y José Larralde desde una radio AM, dato que puede sumarse a la condición de historiador de Gabo para pensar en este álbum que narra historias de caza, pesca, gauchos, animales heridos, ríos, sangre seca en la tierra, cuchillos clavados en el piso y vasos de vino para atravesar vendavales. El diálogo y los contrapuntos de las criollas siempre mandan (potenciadas por el maridaje entre la voz rota y misteriosa de Sergio Ch. junto al registro lírico y dramático de Gabo), y regalan distintos colores: desde el stoner acústico con guitarras apuradas que invitan al galope sobre las llanuras pampeanas en “Cruz del sur invertida”, hasta el blues vía versión “Personal Jesus” de Johnny Cash en “El pescador” o el folk de guitarras sufrientes (con algo de “The House of the Rising Sun”) en “1974”. 

“Yo que era fuerte, ya no lo soy / Pero no extraño tu distorsión”, canta Sergio Ch. como resumen conceptual en “El pescador”. Esa idea se reforzó en vivo cuando ambos –sentados cada uno en su silla con su instrumento y envueltos por la oscuridad de un escenario despojado que recreaba visualmente la portada del álbum- presentaron el disco en el Konex: allí quedó claro que la clave estaba en sumergirse en la riqueza de esos rasgueos (“Guitarras muy picantes, tienen mucha sal, mucha pimienta, mucho orégano, tienen pimentón, putaparió”, según Sergio en esa misma entrevista) y en entender que la potencia estaba en la tocada y no en el volumen.

Ivana Romero (Periodista, escritora)

“La música, cuando termina, genera en un músico auténtico un silencio sólido y preciso que roza las ganas de llorar”, leí. Pensé en vos y le mandé esta frase a Celia, tu manager y amiga y hermana, para que te la hiciera llegar. Ese día, en abril de 2019, te iban a reconocer en la legislatura como Personalidad Destacada en el Ámbito de la Cultura (no te rías de las mayúsculas, el título que te dieron se escribe así, de modo mayestático). Habíamos hablado unas cuantas veces del silencio como refugio. Y también, como acto mágico. Es que lo que hacías en escena era impresionante. Podías estar en silencio unos cuantos minutos ahí, en el escenario, con esa obstinación escorpiana tan subyugante como tu sonrisa. Era como sostener una copita de cristal en el aire. No tenías miedo. Lxs aterradxs éramos nosotrxs.

“¡¡¡Cantaaaaaaá!!!”, te exigió alguien, una vez, desde la platea. El tipo te fue a buscar después del recital para pedirte disculpas. No sabía qué le había pasado, te dijo. No le preguntaste.

Ahí donde huimos, vos te quedás. Donde no queremos ver, mirás. Señalás el lugar exacto de nuestra herida porque antes mostrás la tuya. Todo eso hacías en escena. Te subiste allí muy joven, el pelo larguísimo de un muchacho de Mataderos que se convertía en demonio y ardía a la vista de todxs a través de Porco, esa banda hardcore que se consumió cuando te dijeron que por qué no firmabas contrato con equis industria, por qué no te parecías, por ejemplo, a Babasónicos. Dejaste el micrófono. Hiciste silencio. La “industria” no te interesaba. Te convertiste en profesor de historia, escribiste libros singulares sobre los bordes donde habitaban los desviados, los malandras, los vampiros, los que se consumen en su propia sangre mientras desandan la pampa argentina a todo galope. Y después volviste, con un puñado de canciones que Vicente Luy, Flopa y otrxs miraron con el asombro de lo que refulge y no se parece a nada.

Siempre apostaste por esas canciones que un hombre no debería cantar. Siempre trabajaste con materiales complejos, de alta combustión: el silencio, el amor, los fantasmas, el movimiento imperceptible de lo inerte, los hechizos, el lobo que aúlla al fondo del bosque. Aún, la muerte. No hablabas mucho de política pero tus recitales eran profundamente políticos porque estaba claro cuál era la silla de pensar que ocupabas. Ardías en cada recital porque habías sido sobreviviente de muchas batallas desde que descubriste el amor en tiempos del sida, allá en los ochenta. Lo contabas si te lo preguntaban: empezaste a amar mientras tus amigos caían como moscas ante el miedo y la indiferencia de una peste desconocida.

Vos amaste hasta el último momento de tu vida de un modo intenso y diáfano, casi como respuesta constante a aquel pavor primero. Tu amor se multiplica como la llama, se hace voraz, incendiario, se quedó, se queda, se queda. Es una semilla con una gota de oscuridad para que no olvidemos que venimos del barro. Y que, a fin de cuentas, somos un montón de cenizas alumbradas durante un instante por un soplo divino.

El silencio es ahora un modo de visitar lo que nos precede y lo que continúa mucho más allá de nosotrxs. En una cultura del ruido constante, el silencio es la caverna prohibida, el lugar del encuentro con nuestro lado b, con otrxs que también han decidido mirar. Allí nos invitaste antes de saludar al borde del escenario con esa galanura tan tuya que te hacía parecer un pájaro a punto de remontar vuelo.

En el silencio estamos. Mientras arde el fuego, el viento se llena de chispas y nos reunimos aquí con Celia y Silvio, con Gonchi y Luciana y Rosa, con Alejandro, Agnese y Dante y Virginia, entre tantos otrxs, mientras nos venís a visitar en sueños para avisarnos que no hay fin, que lo bello no empieza ni termina: sólo acontece. Como el perfume insistente que despiden esas florcitas de lavanda que sembraste en tu jardín. Celia las sigue regando, te lo juro. //∆z

Foto: Alejandra López