¡Vamos Las Pelotas!

Por Juan Ignacio Provéndola

Para llegar, tuve que tomarme un subte y tres colectivos. Me despedí en una esquina coqueta de Recoleta y aparecí dos horas después en el último rincón que Valentín Alsina tiene sobre el riachuelo. El tramo final lo definen la Villa Castellino y un edificio abandonado de la fábrica SIAM. Son dos kilómetros que solo pueden hacerse a pie. Todo termina en una península de basura ganada al riacho. Allí estaba el estadio.

Estaba un poco entusiasmado porque llevaba varios años atajando en niveles aceptables, y últimamente venía jugando en el fútbol universitario. En Estados Unidos, eso puede ser mérito suficiente para acceder a una beca o participar en una selección juvenil. Acá, todo se resume a ir a entrenar alguna vez a la semana, no faltar a ningún partido y, fundamental, tener la cuota al día: para jugar en la liga universitaria hay que ser alumno de una de sus universidades, y todas ellas son privadas, ya que la UBA (un megamonstruo de 250 mil alumnos) tiene sus propias competencias.

Yo iba a la USAL pero jugaba para Di Tella. Una historia que no viene al caso. Lo cierto es que, a pesar de ciertas limitaciones deportivas notables, armar un equipo constituía todo un hecho encomiable. Ya no hablo de un plantel, un grupo humano o una mística de conjunto. Me refiero a juntar once pibes dispuestos a cortar el sábado por la mitad viajando horas y horas el conurbano con el objetivo de jugar los partidos que nos indicaba esa liga cheta en la que se codeaban el opus de la UCA, los neoliberalitos de la San Andrés, los ingenierios de ITBA y los despreciados de la UP. Uf.  La cosa es que nosotros logramos armar uno, le dimos continuidad y conseguimos un ascenso inédito para el equipo de la facultad, que históricamente había jugado en la Segunda. Un éxito que festejamos con una sucesión de asados, placeres y salidas nocturnas.

Y, en plena borrachera, veo la noticia en una de las páginas que yo leía sobre fútbol de ascenso: Victoriano Arenas, un equipo de la Primera D, iba a probar jugadores. La convocatoria estaba abierta no solo a jugadores sin club, sino también a interesados en general, incluso sin experiencia en fútbol de AFA. Esto no era habitual. Un primo me empezó a hacer la cabeza. Entonces me preparé un tiempito. Y aparecí en Valentín Alsina con los botines, mis guantes y una remera de Las Pelotas.

Pero no era una remera cualquiera. No era el típico trapo negro. Que lo amamos, desde luego (Locuras en mi corazón). Pero esto era otra cosa. Se trataba de un modelo rarísimo que sacó la banda en 2002. Una remera de fútbol, con un diseño de fútbol (los colores y el motivo la emparentan un poco con la de Almagro) y con tela para una pilcha de fútbol. En el medio -en el pecho-, el escudito del Capitán América y la insignia: “Las Pelotas, Argentina”. Un producto Premium que no pudo abastecer la inesperada demanda: al poco tiempo, el grupo explotó en popularidad con el disco Esperando el milagro y no pudieron sostener la producción de casacas. Jorge Kasparián me había regalado una poco antes de eso. Él las hizo en su taller de Córdoba. Una idea genial que, si se le ocurre a Kiss, generaría dividendos millonarios. Esa tarde, la elegí al azar, entre otras opciones.

las pelo

Ni bien llegué al estadio de Victoriano Arenas, me presenté ante el DT. No fue difícil distinguirlo: era el único que no corría. Lo saludo y me pide que espere unos minutos. Mientras más alto trepo en la tribuna, más se abre ante mí un panorama revelador: sucesivamente, aparecen la pelota, los jugadores, la cancha, el basural, la fábrica SIAM, la Castellino, el riachuelo y, más allá de él, los humos de la Zabaleta. Somos una resaca de la existencia. ¿Merecemos algo mejor que esto? Todo se vuelve pequeño, como el tiempo. El DT me chifla. Quiere mis antecedentes. “Estoy jugando en la Liga Universitaria”, le dije, impostando una entidad digna de mayúsculas. Los ojos se le agrandaron como dos granos de pus a punto de explotar. Entonces, mi última carta: “Hice Inferiores en un equipo de mi ciudad, que juega el Argentino C. O sea, en la división equivalente a la D, pero para equipos del interior”. Aunque era el único arquero en la prueba, me anotó en una planilla, como si necesitara distinguirme. No había más arqueros en esa puta prueba, y si los habría, no tendrían era remera de Las Pelotas en un partido de la Primera D en Valentín Alsina. A la puesta en escena le quedaba un capítulo más: sólo iba a atajar un tiempo, el segundo, después del arquero suplente. Que no estaba a prueba. Solo para romperme las pelotas.

Se trataba de un partido amistoso contra Muñiz, otro equipo de la D. Mi turno llegó una hora después, tras el primer tiempo y el entretiempo. El DT solo me habló unos minutos antes, para decirme que me preparara. No entré ni bien comenzó el segundo tiempo, sino cuando la pelota se fue afuera. Era saque de arco a favor. Mi estreno en Primera D fue un tiro malogrado, invadido por el temor, que dejó la pelota agonizando cerca del área. “¡Vamos, Pelotas, la puta madre!”, me gritó un defensor. No le gustaba la banda: simplemente ignoraba mi nombre, como todos, y encontró en mi remera una referencia para personalizar sus reprimendas.

Busqué revancha sacando con las manos. Era uno de mis fuertes. La clave estaba en darle el efecto correcto; si eso se lograba, la pelota podía arrimarse hasta la mitad de la cancha. Excitado, le di con convicción, pero sin pericia, y la dejé rebotando en una empalizada de cemento, cinco metros a un costado de la cancha. Después intenté salir a anticipar más allá del área y, en pleno arrebato, le sacudí un gemelo a un compañero que abandonó la cancha gritando de dolor.

Poco pude demostrar a la hora de los centros, acaso el examen más rudo que me propuso el esquivo fútbol de la D. Condicionado por un escenario desfavorable, intenté entonces hacer un humilde aporte desde la verba a través de las típicas sugerencias orales que los arqueros le dan a sus defensores. Solo recibí risas cómplices e indiferencia. Sobre el final, la última oportunidad: avance mano a mano de un rival. Solo él, la pelota y yo. El delantero viene con el arco de frente y tiene todas las cartas a su favor. El partido estaba por acabar y mi suerte ya no tenía remedio. La del tipo tampoco: invadido por la ansiedad, resuelve torpemente, pegándole de puntín directo adonde yo estaba parado. La pelota se me estrella en el hombro y sale disparada hacia arriba. A nadie le importó donde cayó: el árbitro, que era el DT local, pitó tres veces y le dio fin a la historia.

Aproveché el clima disperso que sucede al final de un partido y, tratando de que nadie me viera, me escapé. Literal. Manoteé el bolso y me fui por donde vine: la fábrica, la Castellino, los bondis y el subte. Huía como un refugiado que fue desplazado del universo de la dignidad. En unos de esos trasbordos, caminando por la calle, alguien me grita: “¡Vamos Las Pelotas, la puta madre!”. Creí que era aquel defensor de Victoriano Arenas que me reprochaba algún error. Pero no: me estaba halagando la remera. Miro al tipo y luego veo mi remera. Tenía una mancha negra. Era una pelota tatuada en tierra, a la altura del hombro. El rastro de la única bola que había atajado, entre el logo de la banda y el escudito del Capitán América.//z

Foto: Seba del Grosso

Juan Ignacio Provéndola (Villa Gesell, 1982). Cuando está contento, escribe cuentos. Cuando está triste, escribe haikus. Y se lo regala a quien lo inspiró, o lo sube en Pastillas de Colores, su blog. En el medio, colabora en el suple NO de Página/12, las revistas El Gráfico y Rolling Stone y el sitio Perfil.com. Alguna vez, lo hizo para las revistas Un Caño, Noticias y Pelo, y también para los diarios Clarín y Tiempo Argentino. Dirige el portal www.PulsoGeselino.com.ar y acaba de reeditar “Historias de Villa Gesell”, su primer libro. Cubrió una guerra para el diario Perfil y ganó un premio con la revista THC, pero todo fue producto de la casualidad. Cuando el dólar estaba a mano, viajó todo lo que pudo y conoció mucha gente. Ahora inició un viaje más caro: dentro suyo, tratando de conocerse un poco a sí mismo. Su sueño es tratar de cagarle la vida lo menos posible a la gente que lo rodea, y que su epitafio diga: “Muy rico todo. No sé si vuelvo”.

 

 

 

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