Un disco de vieja escuela

Para hacer Wasting Light – el nuevo disco de Foo Fighters -, Dave Grohl convocó a Krist Novoselic y Butch Vig, dos de las patas fundamentales del revolucionario Nevermind (1991), y grabó todo el disco en el garage de su casa y con equipos analógicos.

Por Matías Roveta

A 4 días de cumplirse un nuevo aniversario por la muerte de Kurt Cobain, Dave Grohl le hizo el mejor homenaje posible. Desde la página oficial de su banda, permitió la escucha en “streaming” de Wasting Light, en el cual vuelve a reunirse -después de casi veinte años-, con dos de los pilares fundamentales del fenómeno Nirvana: el bajista Krist Novoselic, y el productor del icónico Nevermind (1991), Butch Vig. Wasting Light es un disco que mira al pasado por varios motivos. A ésa histórica reunión, se le suma el detalle (no menor) de cómo fue concebido el álbum, de cómo fue grabado: luego de la monumental gira de Echoes, Silence, Patience & Grace (2007), Dave Grohl se sintió asfixiado por tanta grandiosidad, por lo cual decidió volver a las raíces. Y lo hizo a lo grande. Wasting Light fue grabado íntegramente en el garage de su casa, con cintas analógicas de 24 pistas. Un disco a la vieja “usanza”, donde se priorizó la autenticidad en el sonido y el realismo de la grabación, y donde el valor, en última instancia, de esa actitud demoledora que tiene el álbum, es el estar escuchando a 5 tipos rockeando furiosamente en un garage de California.

Dave Grohl, más allá de su afiliación generacional a la década de los 90’, siempre tuvo un sentido de pertenencia a la “vieja escuela”. Repasemos: idolatra a Lemmy, grabó con Slash y Queens of The Stone Age, versionó a Creedence, Pink Floyd y Paul McCartney, se sacó las ganas de hacer un disco con un ex Led Zeppelin (Them Crooked Vultures, de 2009, con John Paul Jones) y aparece en cuanto documental sobre alguna leyenda rockera haya dando vuelta. Ese es el objetivo en este nuevo disco: reivindicar esa forma de hacer música. Todas las ventajas que permiten las nuevas tecnologías de grabación, con modernas computadoras y programas como Pro Tools, donde toda anomalía puede ser corregida, Foo Fighters las equiparó, de manera natural, con un tremendo nivel de química rockera. Para poder grabar un disco así, sin artificios y que suena con esa potencia bestial, era necesaria esa combustión rockera que logran los Foo Fighters cuando tocan juntos. Resultados a la vista: los instrumentos se retroalimentan y suenan con una precisión notable, los riffs se entrelazan, se pelean y se desafían sobre la marcha de las canciones, dándole un sonido muy rockero al disco, en parte gracias a la incorporación de Pat Smear como tercer violero junto a Grohl y Chris Shiflett. La base está más ajustada que nunca con un Taylor Hawkins endemoniado (ya convertido en el corazón definitivo del grupo) al frente de su batería (tuvo en Grohl a un gran maestro, ¿no?) y secundado de cerca por el bajo de Nate Mendel. Todo contribuye para lograr un disco de rock grandioso, de rock genuino, y de canciones puramente Foo Fighters. Canciones con guitarras filosas y crudas, con la potencia arrasadora de las bases y con el grito desgarrado de Grohl, que parece estar escupiendo sus pulmones.

El mismo Dave Grohl había anunciado que este disco sería el más pesado en los 16 años de carrera de Foo Fighters. Y muchas canciones le dan la razón: en “Bridge Burning”, cada guitarrista dispara un riff punzante, sobre ellos arremete Taylor Hawkins con su batería, que parece estar disparando esquirlas de acero, y la canción explota como una bomba de acordes pesados con distorsión. “White Limo” (la del video con Lemmy), tiene unos riffs pesados de speed metal, la furia del primer Nirvana en Bleach (1989), y la voz de Grohl que se acerca al stoner de Queens of The Stone Age. Lo mismo para “Miss The Misery”, que le da el nombre al disco (“Don’t change your mind, you’re wasting light”, ladra Grohl en la letra), y tiene un riff de grueso calibre al estilo Tony Iommi. En “Rope”, una nota de guitarra suspendida en el tiempo, con eco y efecto psicodélico, recuerda a “Won’t Get Fooled Again” de los Who, y cuando la canción llega al puente, Hawkins ejecuta varias series de redobles y la canción es rematada en un súmmun de potencia rockera. Hay, también, un poco de pausa: “Dear Rosemary” es más a medio tiempo y más cercana a ese costado baladístico de “Wheels”, del disco de grandes éxitos de 2009, y suena como sonaría una versión pesada de algúna canción de Tom Petty.

Aún así, lo mejor del disco son sus momentos Nirvana: en “Arlandria” y “These Days” (que tiene, además, destino de nuevo himno de estadio), el espíritu de Kurt Cobain pareciera estar sobrevolando las canciones. La dos están trabajadas a partir de esa conocida dinámica calma-ruido que Cobain tomó de los Pixies para Nevermind (1991)y con ellas queda claro que el productor del disco es Butch Vig: a estrofas melódicas y pausadas, les siguen repentinos estribillos furiosos y distorsionados. Pero sin dudas, el momento más emocionante del disco llega con “I Should Have Known”: una sentida power ballad, con un amargo sabor a derrota y la presencia de Krist Novoselic tocando el bajo y algunas partes de acordeón. Grohl la canta con sentimiento, con el registro más bajo de todo el disco, y a casi dos décadas del trágico final de Nirvana, dispara “Yo debería haber sabido que no había otro camino. No escuché tu advertencia, maldito sea mi corazón en esto” (¿estará hablando de Kurt?). Sin palabras.//z

AZ Recomienda: “White Limo”, “Dear Rosemary” y “I Should Have Known”.

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