Turner, el octavo pasajero

Arecia_Agosto

Cambia, todo cambia parece ser el leitmotiv de los Arctic Monkeys, una banda que desde sus inicios fue en constante transformación y que con Tranquility Base Hotel + Casino, su sexto disco, va todavía un poco más lejos.

Por Matías Roveta

“Yo solo quería ser uno de los Strokes” es lo primero que dice Alex Turner apenas arranca Tranquility Base Hotel + Casino (2018) con “Star Treatment”, una balada lounge que tiene una profusa riqueza de detalles sonoros a partir de las cuerdas programadas, un vibráfono y vapores futuristas de sintetizadores. Turner abandonó la guitarra y ahora toca el piano, mientras canta en un registro bajo y elegante deudor de artistas como Serge Gainsbourg o Leonard Cohen, lo que permite pensar que esa primera línea refiere al impacto inicial de una influencia innegable del pasado que hoy no está presente en el sonido de los Arctic Monkeys. Esa frase sirve, en todo caso, para marcar distancia, entender el largo recorrido de la banda y cómo ha ido cambiando de estilos en cada nuevo lanzamiento discográfico.

Este giro experimental propuesto en Tranquility Base Hotel + Casino es algo que no debería sorprender a nadie, ya que patear el tablero y empezar de nuevo fue una constante en el andar de la banda: primero se llevaron al mundo puesto con un puñado de enérgicos himnos de pub punk (Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not, de 2006) para luego convertir ese desparpajo garagero en potencia arrolladora y hard rock preciso de guitarras en Favourite Worst Nightmare (2007); después viajaron al desierto californiano de la mano de Josh Homme y el sonido ganó en pesadez y densidad (el oscuro Humbug, de 2009), abrazaron el aroma pop rock de guitarras retro de Suck It and See (2011) y, finalmente, para la época de AM (2013), los Arctic Monkeys ya eran una banda de estadios con riffs monumentales e influencias varias que cruzaban soul con glam y a The Velvet Underground con Black Sabbath.

Tranquility Base Hotel + Casino se inserta con naturalidad en esa lógica aventurera de la banda y, si bien es cierto que el cambio en este caso fue mucho más radical, la calidad de las canciones justifica de plano la decisión del grupo. Turner compuso buena parte de los temas con el piano (de hecho, tuvo que tomar clases con el instrumento) y en “Star Treatment” hace honor al título del disco: es música ideal para escuchar de noche en el lobby de un hotel espacial, con un whisky en la mano. El imaginario de la letra recrea un lugar extraño, influenciado por la ciencia ficción (buena parte del cuerpo narrativo de la obra): el narrador que construye Turner dice que el suyo es un gran nombre en el espacio profundo, que tiene aceite de cohetes surcando las grietas de sus nudillos y hasta se sorprende porque la chica con la que habla no vio Blade Runner.

AM

Y, si en esa primera canción el personaje estaba adentro del hotel, cuando llega “One Point Perspective” ya salió a dar una vuelta en un auto y piensa en consumos culturales (“Este impresionante documental que nadie más vio por desgracia”, dice en la letra) o escucha las noticias en la radio. Dice que “nada con los economistas” y que estuvo manejando mientras escuchaba “los resultados”, al tiempo que se mantiene el pulso aletargado del disco y (de nuevo) un piano hilvana la canción acompañado por los fraseos electrizantes de una guitarra (uno de los pocos punteos del álbum, que solo vuelven a aparecer en el diálogo de guitarras que propone “She Looks Like Fun”) y por arreglos de cuerdas que tal vez estén influenciados por el trabajo de producción de Phil Spector en Death of a Ladies’ Man (1977) de Leonard Cohen, uno de los discos que Turner citó como referencia. En algún momento del trayecto Turner decide parar el paseo y sube a una terraza (¿la del mismo hotel en donde empieza el recorrido?) para abrir una taquería que recibe críticas gastronómicas de cuatro estrellas sobre cinco. Es una mirada irónica (después de todo, el humor siempre fue una gran herramienta para el rol de Turner como escritor) sobre las críticas en general, que dicho sea de paso siempre fueron muy buenas en el caso de los Arctic Monkeys (basta con mirar la puntuación que la NME inglesa le dio a cada uno de los discos de la banda). “Four Out of Five” es el momento Bowie del álbum, desde las reminiscencias glam de los ’70 hasta el casi único estribillo triunfal de todo el disco.

En algunos casos el hilo narrativo es mucho más pesado. “American Sports” es uno de los pasajes más oscuros y está definido por un piano y varias guitarras con trémolo en donde Turner canta acerca de observar “el aura de los campos de batalla” de la Tierra desde el espacio exterior, sobre que se le trabó “su máscara de realidad virtual” en la “riña del Parlamento” y que va a usar su batería de emergencia para hablar con Dios por videollamada. ¿Una crítica solapada a las guerras, los debates por el Brexit y la dependencia humana hacia los dispositivos electrónicos? El mismo tono continúa con la canción que da título a la obra, en donde la letra dice: “Los avances tecnológicos realmente me ponen de mal humor”, mientras de fondo la canción se sostiene por el groove de la base rítmica de una línea de bajo y el swing de una batería irregular, decorado con un paisaje musical armado por capas con un clavicordio y los arreglos de cuerdas y vientos simulados desde un mellotrón que le dan al track un clima sesentoso.

En ese sentido, Turner apela en buena parte del disco a una temática espacial y parece ser el viejo recurso de la ciencia ficción de hablar de mundos de fantasía para describir problemas terrenales. En la citada “Four Out Of Five” se lamenta por un proceso de gentrificación que acontece en la luna y en “Science Fiction” directamente titula la canción con el nombre del género, del que además da una buena definición: “La forma en que una parte de la ciencia ficción lo hace, reflejos en la pantalla de plata de sociedades extrañas”, canta en el contexto de un tema que suena como si los Bad Seeds tocaran en el espacio. Pero no es un disco conceptual y tampoco es que Turner suene siempre tan serio: también se permite armar escenas con imágenes inconexas (mezcla hamburguesas con queso, snowboarding o las artes marciales en la mencionada “She Looks Like Fun”) o directamente hace chistes: “¿Alguna vez te conté de esa vez que fui succionado dentro de un hoyo a través de un dispositivo de mano?”, pregunta en “Bathphone”.

Con lo que sí cuenta Tranquility Base Hotel + Casino es con muchos momentos inspirados, y uno de los mejores es “Golden Trunks”, una especie de marcha lenta con la guitarra eléctrica saturada y distorsionada en un primer plano y un riff circular acompañado por arreglos de teclados que invitan a pensar en los Beatles psicodélicos y pasados por un filtro sombrío. Turner, que canta casi en un falsete lúgubre que hace acordar, además de a Bowie, al Jarvis Cocker de This Is Hardcore (1998), parece disparar una crítica burlona contra Donald Trump: “El líder del mundo libre te recuerda a un luchador vestido con un ajustado traje de baño dorado”. Con “The World’s First Ever Monster Truck Front Flip” los Arctic Monkeys abren un nuevo abanico de posibilidades musicales y desnudan una de las principales influencias del disco, Pet Sounds (1966) de los Beach Boys, con esa clara marca barroca de superponer arreglos sutiles de guitarras, pianos y cuerdas. “The Ultracheese” es una balada soul con una impronta romántica en la voz (puede ser fascinante dedicarse a escuchar solamente los matices que Turner desarrolla a lo largo de todo el disco) que funciona como epílogo, deja en claro que el piano es motor de la obra (unos hermosos acordes cristalinos) y tiene su remate con un solo de guitarra sentido y con cierto sonido vintage. Tranquility Base Hotel + Casino no es un disco para sacudir cabezas, bailar o cantar estribillos a los gritos. Es un muy buen álbum que invita a sumergirse en las texturas para descubrir detalles musicales fascinantes de una banda que vuela y no tiene techo a la vista.  //∆z

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