Tres veces luz, de Juan Mattio

Aquilina Ediciones, dentro de su colección de novela negra (Negro Absoluto), acaba de publicar la primera novela de Juan Mattio, que obtuvo una mención en el premio Casa de las Américas 2015.

Por Juan Alberto Crasci

El autor cuenta en los agradecimientos del libro que durante el año 2013 trabajó en una agencia de noticias jurídicas y policiales, y allí fue donde se interiorizó en el caso de los cuatro congoleños asesinados en ultramar por la tripulación de un buque de carga. De allí parte esta historia, en la que un buque con dos polizones africanos a bordo cruza el Atlántico desde el Golfo de Guinea hasta el puerto de Rosario.

Lo destacable de la novela es el despliegue de las dos líneas argumentales abordadas. Por un lado, la historia de Patrice –un militante revolucionario– y Chucke –un niño de la calle–, los polizones a bordo del buque carguero Propp, y por otro lado, la de la fiscal santafesina que tiene como jurisdicción el puerto donde amarró el barco. Mientras que los acontecimientos narrados por la fiscal se desarrollan en tres días –entre el 24 y el 26 de julio–, los narrados por Patrice comienzan el día 16, para concluir el 26 de julio. Podría decirse que lo sucedido a bordo del barco se nos va acercando, como el mismo carguero, mientras que lo acontecido en tierra es lo dado, pero no lo sabido, sino lo que hay que conocer. Y es allí donde puede anclarse la novela dentro del género negro. Género que, por otro lado, expande sus límites año tras año con cada libro que se publica.

La narración de Patrice, a bordo del barco, es la que nos acerca al sufrimiento de los pueblos africanos divididos y masacrados en las guerras raciales, y del intento de romper ese destino cruel por parte de algunas de esas personas. Así es como Patrice y el niño Chucke intentan zafar de esa circularidad en la que están inmersos, escondidos dentro de un barco carguero que tiene la orden de no detenerse jamás, porque detenerse es perder tiempo y dinero.

Patrice y Chucke se encuentran recluidos en un container dentro de la bodega del barco, por lo que el medio que pareciera acercarlos a la libertad los mantiene encerrados, a oscuras, enfermos y sin alimento. Patrice pasa sus horas escribiendo en su diario, y contándole historias a Chucke para que pueda hacer más llevadero el viaje. Por eso no es casual que el barco se llame Propp –como el antropólogo y lingüista ruso que analizó la morfología de los cuentos populares–, o que se remita en varias ocasiones de la narración a la Odisea. Porque es una verdadera travesía la vivida por los dos polizones dentro del barco. Mientras tanto, la fiscal llega al caso porque en el puerto santafesino, un tripulante se entrega a la justicia con un papel escrito con la palabra “asesino” en su idioma natal y, con las limitaciones de comunicación existentes, más el pacto de silencio de la tripulación, tendrá que esclarecer las causas de las muertes de los personajes.

Desde la primera página sabemos el destino de los dos polizones por la lógica de las historias que se cruzan, pero no es motivo para desentenderse de la lectura de esta novela, que con gran ritmo y sin golpes bajos desnuda las condiciones de supervivencia de la humanidad en estos tiempos, a pesar del encierro, la oscuridad y el fatal desenlace. Porque la humanidad sobrevive en la rectitud de la fiscal, y sobre todo en la palabra, en lo escrito por Patrice, que se convierte en la voz de los sin voz. Como dice la canción: “si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia, quien quiera oír que oiga”.//z

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