Son las luces del norte

Este año tres de las bandas más importantes de Canadá editaron un disco: The New Pornographers, Broken Social Scene y Arcade Fire. ¿Qué está pasando en la escena musical canadiense? Lo analizamos  junto con los periodistas Joaquín Vismara y Daniel Jiménez; y el musicalizador Santiago Casserly.

Por Santiago Berisso

Durante mucho tiempo a Canadá se la ha descripto como una suerte de nación intachable que vive sumergida en una infinita irrelevancia, cuando no está practicando curling. No pocos lo pensaban como el país más aburrido de la tierra, el lugar donde sencillamente no pasa nada. Da la impresión de que por estas latitudes, los altos niveles de calidad de vida suelen devenir una existencia anodina. Sin embargo, parecería ser que en el último tiempo algo ha cambiado dentro del imaginario colectivo. Y quizás en los últimos meses, con la llegada de Donald Trump al poder –sumado al anterior arribo de Justin Trudeau a fines de 2015 en Canadá– ayuda a profundizar no sólo el contraste de políticas concretas, sino también de estilos entre ambas naciones.

En su libro ¿Dónde queda el Primer Mundo?, las periodistas Hinde Pomeraniec y Raquel San Martín, luego de recabar información sobre aquellos sitios que reflejan cierto bienestar y desarrollo en el planeta Tierra, explican que Canadá es admirada como nación por tres razones fundamentales: “el control de armas, su educación pública y la asistencia en salud, gratuita y universal”. Aspectos, aclaran, sobre los que Estados Unidos está lejos de poder jactarse. Si bien ha transitado tiempos en que los índices le sonreían un poco más, el país no deja vivir en un marco dentro del que la mayoría de sus necesidades básicas están satisfechas. “A partir de la llegada al poder del liberal Justin Trudeau, un personaje extrovertido y más cercano a las cámaras y los flashes que el ciudadano promedio canadiense, las políticas sociales, de género y de apertura a las problemáticas globales comenzaron a ganar terreno”, señalan. Ahora, ¿puede esta nueva coyuntura afectar a ciertos elementos de su cultura? Aunque sin la habitual intensidad que le toca al país hermano, los reflectores parecen iluminar su actividad más que nunca y la industria musical se hace eco de ello, en particular el rock, en su sentido más amplio. Pero, ¿puede el presente de un puñado de artistas o bandas transformarse en una marca, echar luz sobre una escena con características propias? ¿Puede una imagen refrescante de país dar lugar a una identidad musical?

En 2017, tres de las bandas de rock más reconocidas de Canadá en la actualidad editaron disco nuevo. Se trata de The New Pornographers, Broken Social Scene y, en un destacado al margen, Arcade Fire. Por más que Spotify pueda arrojar la data de la cantidad de escuchas o seguidores que tiene una banda o un artista, medir la popularidad de un producto artístico siempre va a contar con una cuota de arbitrariedad. Y la selección de estas tres bandas, seguramente, no escape a ello. Sin embargo, lo que es indiscutible es que son canadienses y que tienen material aún con el calor del horno.

Arcade Fire

Semanas atrás, Everything Now, quinto álbum de Arcade Fire, salió a la luz en su totalidad luego de algunos adelantos y, de alguna manera, el universo de la industria musical detuvo su rutina, agarró los auriculares y se puso a escucharlo. Simultáneas escuchas desperdigadas por todo el mundo se dieron cita en lo que era uno de los discos más esperados del año. “El de Arcade Fire es un caso particular, porque durante mucho tiempo fue una banda independiente que creció cada vez más hasta volverse una figura de estadios. En la historia de la música suelen darse este tipo de casos, en los que una vez que eso ocurre (como le pasó a Oasis en su momento, por ejemplo) se dan cuenta de que ya se convirtieron en una máquina que no puede manejarse con una estructura de banda/sello independiente”, señala el periodista Joaquín Vismara, editor de la web silencio.com.ar y colaborador en medios como Rolling Stone y La Nación. Pasaron cuatro años desde la salida de su último trabajo (Reflektor, 2013), y con él la curva de la mutación sonora se terminó de pronunciar. Lo que años antes podía ser una sospecha hoy es una realidad: el beat y los sintetizadores  pisan más fuerte que nunca, por lo que la guitarra se hace a un lado, incluso dentro amplio espectro del rock. La foto actual muestra que no son pocas las bandas que, a la hora de jugar, experimentar y dejarse, deciden jugar con pistas en vez de con una guitarra. El mainstream marca que la idea de resignificación creativa, dentro de los márgenes de la canción, se define por ese pulso constante que no se presta a la retorsión o a la turbulencia. Todo aquel que quiera la ruptura deberá alejarse de esta idea de trabajo.

Y Arcade Fire parece ser, precisamente, la punta de lanza del retrato predominante en la industria musical, pero no sin ciertas particularidades. “Arcade Fire es uno de los casos más atípicamente exitosos del mundo, al no ser una banda con un frontman con status y exposición de estrella de rock donde lo más importante es la música. Y al mismo tiempo su estilo no se podría definir justamente como un pop comercial, pero llenan estadios y su música es profunda, más allá de que a veces se vuelva más electrónica. Y eso no le pasa a todos”, dice Daniel Jiménez, periodista y conductor de Delicias de un charlatán, al aire en las noches de Vorterix, en cierta sintonía con lo que comenta su colega. Vismara agrega, a su vez, que “Everything Now es el primer disco que sacan por Sony/Columbia en vez de por Merge –sello establecido en Carolina del Norte, que encabezan los miembros de Superchunk Mac McCaughan y Laura Ballance–, y su difusión estuvo acompañado de una campaña de marketing que buscaba ‘burlarse´ de las reglas de la industria”. Con ello, las cabezas gachas y el ocre de su universo quedaron atrás para dar paso a un jolgorio extrovertido de vestimentas que acompañan un grito aparentemente más desvergonzado. “El chiste –continúa– creo que terminó saliéndoles por la culata, porque se ríen de la industria siendo una parte vital de ella, un engranaje más en su sistema de producción”.

Si Arcade Fire ha logrado llegar al punto más alto de ese iceberg llamado Canadá, vale preguntarse qué hay por debajo y qué vínculo tiene con ello. ¿Se trata, en definitiva, de un raquítico y deambulante hielo o de un masacote robusto que se planta ante lo que se le acerque? ¿Hay un espacio formado por debajo de aquello que vemos con más facilidad? La inquietud pasa por ver cómo se generan las escenas musicales hoy, y si existe en Canadá un sonido que pueda adjudicarse esa placa. “Creo que el rock que se hace y desarrolla a nivel nacional no necesariamente marca una escena. Existen casos donde la escena del momento estuvo representada en forma regional (Manchester, Detroit, Seattle)”, dice Daniel Jiménez, y añade que el término escena refiere tanto a una corriente musical como a “la sonoridad, vestimenta, las calles de su ciudad, inclusive, una paridad generacional”. Asimismo, Vismara no tiene la certeza de que se pueda hablar de escena con un país entero como referencia geográfica, “porque de hecho muchos de estos referentes canadienses son de lugares distintos: Arcade Fire es de Montreal, Broken Social Scene es de Toronto y The New Pornographers es de Vancouver. De todos modos, todos estos grupos suelen ser en cierto modo la punta de lanza de un montón de artistas que vienen detrás y que permiten pensar que hay una escena a la cual pertenecen”.

Broken Social Scene's new album, Hug Of Thunder, is out July

Santiago Casserly, musicalizador de Radio Simphony FM 91.3, hace foco en cómo se da el vínculo entre las escenas musicales y la industria que se desarrolla en simultáneo: “La escena se construye (y construyó) a pesar de la industria, que, de todos modos, en su momento le ha visto la utilidad y sacado rédito; la escena no necesita a la industria, pero sí se da al revés. La industria suele ver en una escena una oportunidad de un mercado que ya está formado y conformado e intenta conocer sus códigos y formas para mercantilizarlo”. En el particular caso de las bandas canadienses, Santiago prefiere hablar de “ola” o “movimiento”, más que de una escena. En este sentido, añade que en la escena  aún se puede ver cierto “espíritu tribal”, establecido sobre “el placer de pertenecer, de verla crecer y mantenerla con vida”. Lo que ocurre con el Rap y el Hip-Hop, con base en el Río de la Plata, considera que es hoy un claro ejemplo de una escena instalada y, al mismo tiempo, en desarrollo. A su vez, cree que no menos atención hay que prestarle a lo que está ocurriendo con el rock en los casos de Chile y España. Códigos, formas y tamaños: algunos de los conceptos que parecen dar sentido a una escena y que exceden a lo puramente musical.

“Imaginate a Sigur Ros escribiendo sus canciones en una metrópolis en vez de en un escenario rodeado de geiseres, o a Bob Dylan sin haber crecido en Duluth”, plantea Joaquín, con la certeza de que el resultado estaría lejos de ser el mismo. La globalización se queda en una mera apariencia cuando se piensa en lo determinante que al día de hoy puede seguir siendo el ritmo inherente a un lugar, a una ciudad. Por más que las diferencias entre las vivencias de un nacido en Oslo con un catalán vayan disminuyendo con el tiempo, algo hace que un piano o un violín jamás puedan sonar de la misma manera aunque ambos toquen exactamente las mismas notas. Hay personas que en apenas diez segundos de escucha pueden asegurar de qué lado del atlántico proviene una guitarra. La conexión no desecha el bagaje; lo complementa, en todo caso. “Las ciudades no determinan el sonido definitivo de un artista, pero pueden ayudar a definir cierto espacio de música. Como los conflictos sociales en Detroit de finales de los ‘60, que fueron el contexto para el nacimiento de un movimiento de rock salvaje, inconformista y revoltoso como MC5, Stooges y Alice Cooper. Y cada generación aporta, además, un elemento extra a tener en cuenta, si lo pensamos de esta manera”, subraya Daniel. También en este sentido, Joaquín toma a la ciudad de Detroit como exponente de lo que fue una indiscutible escena y confía en que, aún hoy, las escenas siguen existiendo, aunque con la particularidad de que “muchas veces se las confunde por modas o tendencias, y por eso es que tienen una duración más efímera. También es cierto que antes aparecían con más facilidad en un contexto en el que la información tardaba en circular (y por ende en renovar lo “nuevo”), y era más fácil ubicar qué ocurría en, por ejemplo, Detroit con el garage rock, la música house en Chicago, el acid house en Manchester”.

Más descreído, el conductor de Delicias de un charlatán piensa que “hoy la escena es la falta de escena”; que dentro de la industria musical hay entre ocho y diez “multivendedores (Adele, Foo Fighters, Muse, Coldplay, Rihanna, etc) que son los que mueven la aguja de las industrias, pero son números absolutamente mainstream. Y después hay miles de bandas, cada una haciendo lo suyo en su propio universo, y compartiendo vivencias y espacio con muchas otras”. Lo que sucede, continúa, es que estas bandas no están enarboladas bajo una bandera o etiqueta que determine un movimiento o escena particular. Y creo que es muy saludable que eso suceda. Hoy la versatilidad es un rasgo que se adapta muy bien al mundo musical de hoy, al menos hablando de rock”.            

A propósito de las etiquetas, el anfitrión de la noche de Vorterix es consciente del ámbito del que ellas brotan: “Los periodistas de rock particularmente nos encanta etiquetar cosas que no nacen con una definición. Pero lo hacemos para, una vez que lo nominamos, la podemos analizar desde allí. Y creo que es un error. Histórico y común, pero no deja de ser un error. No necesariamente una escena tiene que construirse sobre las bases de un movimiento anterior. De hecho pienso que uno de sus puntos más importantes es su sentido disruptivo, romper con lo que estaba y hacer algo distinto, más excitante”.

Versus

Por un lado, un escenario que da cuenta de un multiculturalismo presto a recibir al inmigrante y llenar, y poblar así su territorio de diversidad. Se estima que el gobierno de  Justin Trudeau  acogió  cerca de 50.000 refugiados sirios. Mientras, en el jardín de al lado, se escucha hablar de muros; la idea de otredad está cada vez más apegada a la de enemistad, en un contexto en que los brotes de intolerancia se desnudan con cada vez menos reparos. En consecuencia, la comparación entre ambas realidades está a la orden del día. “Creo que un claro ejemplo de cómo funciona la relación-rivalidad entre Estados Unidos y Canadá –considera Santiago– es cuando el hermano menor tiene mucho potencial, y el mayor, como mecanismo de defensa, desestima todo lo que hace el menor, con argumentos que no tienen nada que ver con la acción en sí, sino con factores que van más allá. Si el hermano menor (Canadá) fuera un gran guitarrista, el hermano mayor (Estados Unidos) hablaría de su ropa o su poco carisma. El temor a verse superados, creo, es lo que mantiene esa rivalidad. En definitiva, es una calle de una sola mano ya que, bien sabemos, los canadienses no se suben a ninguna”. Joaquín también traza un paralelismo, pero en continuidad con la óptica de lo nacional: “En cierto modo, Canadá es a Estados Unidos lo que Uruguay es para la Argentina: un país más chico, menos conservador, con políticas socioculturales más progresistas. En este sentido, es imposible que ese contexto no se cuele en tu mirada sobre el mundo, y sobre todo en el arte. Hasta un grupo como Fucked Up, que hace un post-hardcore que nada tiene que ver con Arcade Fire o Broken Social Scene, lo hace con una cuota de sensibilidad, por llamarlo de algún modo, que no predomina en otros grupos del mismo género nacidos en Estados Unidos”. Para Jiménez, las marcas distintivas no son tan notorias entre la música rock de ambos países, debido a que su procedencia, su origen, es similar: música country y blues, sumado a la influencia melódica europea. “Al menos de base, si pensamos en términos folclóricos”, aclara. A diferencia con lo que sucede en el caso del rock británico, entiende, los Estados Unidos y Canadá “comparten el mismo espíritu de concepción sonora, con sus obvios matices que radican más en la personalidad única de cada artista y no tanto en condiciones geográficas”.

El todo es mayor que la suma de sus partes, suele decirse. Y, hablando justamente de lo único de cada personalidad a la hora de crear música, Broken Social Scene parece ajustarse a este tipo de idea. Con Brendan Canning y Kevin Drew a la cabeza, este inquieto colectivo –más de quince músicos y músicas llegaron a pasar por el proyecto– está próximo a cumplir veinte años en actividad, con un aire descontracturado desde el cual sus miembros se han movido con libertad, como si se tratara de una enorme casa (siempre enfiestada) a la que se puede entrar cuando pinta. Los proyectos paralelos son casi iguales al número de miembros que ha llegado a reunir la banda. Entre ellos, es Feist la integrante que quizás se ha ganado mayor renombre por fuera de la agrupación. Mientras el resto iba y venía, Canning y Drew cuidaban la casa. La premisa de colectivo no sólo refiere al dinamismo de una dada cantidad músicos: todo se supedita al norte de hacer la mejor música posible, en conjunto, más allá del rostro que está empuñando el instrumento. Hug of thunder es el título de su reciente disco, con el que, al igual que Arcade Fire, quieren pisar fuerte para no quedar fuera de lo que sea que el ahora signifique. Sin embargo, fiel al camino que han sabido trazar, lo hacen bajo un marcado multiinstrumentalismo –da la impresión de que todos saben tocar todo– y una mayor predisposición a lo amorfo, a pintarrajear esos círculos que no cierran del todo bien.

En The New Pornographers –Whiteout Conditions, su séptimo y más reciente LP fue editado en abril–, el sonido se aleja de ese jugueteo con el post-rock que se puede encontrar en determinados pasajes de la discografía de Broken Social Scene, y se aboca más al gancho del formato canción, dando lugar tanto a la elegancia de los coros como a una furia adolescente.

“No existe una manera de hacer música en Canadá, y de hecho las tres bandas tienen bastantes puntos en común, sobre todo en sus primeros discos. Quizá The New Pornographers haya sido la que más firme se mantuvo a su estilo inicial, pero creo que eso dice más de ellos que de la música de su país. Todas ellas, además, tienen la misma particularidad de que de cada banda se desprenden varios proyectos solistas/satélite (Feist, Destroyer, AC Newman, Neko Case, etc.) que terminan de hacer entender cómo funciona la dinámica interna de estos grupos”, amplía el cofundador del portal Silencio. En un breve ejercicio tanto de memoria como de búsqueda, el abanico de propuestas musicales en suelo canadiense se abre y, como menciona Daniel Jiménez, la música rock allí ha arrojado proyectos interesantes y variados en todas sus vertientes: Desde Joni Mitchell a Moxy, de Timber Timbre a Hot Hot Heat!

TNP

Si tuviera que optar por una de estas tres bandas como la más icónica del sonido canadiense, Santiago Casserly elegiría a The New Pornographers: “Tiene que ver con la evolución, disco a disco, que han tenido; que cada uno de ellos se puede sostener por sí mismo y porque (aunque acá Arcade Fire también juega) mantiene vivo el espíritu ecléctico y libre reconocible en la música canadiense a través de los años. De todas maneras, y afortunadamente, no sé si al día de hoy podemos hablar de un sonido canadiense (y por el bien de todos ojalá nunca suceda)”. En vínculo con lo último que menciona Santiago, Daniel Jiménez también intenta encontrar la idea de un sonido canadiense y se aventura en “la historia de The Guess Who y su rock más clásico de guitarras, la progresión de Rush, y la canción de Leonard Cohen y Neil Young, más un update con Arcade Fire. Todos distintos y todos canadienses. Creo que eso habla mucho mejor de la música rock canadiense: el no tener un sonido que lo determine del todo”.//∆z

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