Slash: de cuando el fuego se apaga

World On Fire, nuevo disco solista de Slash junto a Myles Kennedy and The Conspirators. Otra oportunidad perdida para este tipo de hard rock americano que necesita jubilar algunas cosas y procedimientos con urgencia si su intención es pisar el siglo XXI.

Por Sergio Massarotto

Para algunos irreverentes después de determinados sucesos el mundo cambia y las matrices de explicación quedan estériles para interpretar el actual estado de cosas. Durante algún tiempo el flogisto ocupó el principio para comprender fenómenos como la inflamabilidad de los objetos. Pero el descubrimiento del oxigeno abarató costos teóricos y prácticos desechando con su mayor alcance predictivo y práctico la teoría flogística. Lo mismo, por ejemplo, con la ley de la gravedad.

Apuro el argumento: similar a la ciencia, en el rock hay dos o tres fenómenos que desordenaron la caja de herramientas para siempre. El punk es a la vista uno y el grunge, con la canción, otro más actual. Quien haga rock hoy no puede eludir que existió, al menos, Nirvana. Tales instancias parecen discutir todo; desde vestuarios, estructuras musicales, de trabajo, letrísticas. Ya se sabe, la vigencia exige tener conciencia de donde está parada la actualidad. Bueno, Slash y sus secuaces parecen no haber tomado el cambio en el tiempo como algo que valga la pena tenerse en cuenta. Para prueba dejó World On Fire (2014) un disco aburrido, repetitivo y exhibicionista, notable en yerros.

Se puede interpretar que el álbum llega tarde desde la tapa, con la presencia de personajes Simpson como quien pretende originalidad estética poniéndose una remera de Bart u Homero. Pero, en rigor, hay que salvar el empalago de insistir con la imagen de los de Springfield; no hay tal repetición, en la portada aparecen derretidos, quemados en un mundo que cae.

Lo que sí ya es un error es la cantidad de canciones, diecisiete, como si estuviésemos en mil novecientos noventa y uno y haya que exprimir el nuevo formato CD. La época busca la emoción surfeando en lo mínimo, sin tiempo para tanta información. Tercer yerro, la monotonía. Canciones que son iguales en estructura y ritmo. La aparición de la baladita y el viejo efecto de chorus nos envía veinte años atrás, a vomitar fuerte de cara a un inodoro.

Cuarto, el más importante. World On Fire es un disco hecho en vano. A esta gente no le importan las canciones, la sensibilidad, la ironía y ni siquiera el humor. Solo quieren grabar un solo de guitarra tribunero, lleno de yeites standard. Los diecisiete tracks son una excusa para mostrar lo rápido que se toca la guitarra y lo agudo que se puede cantar. Lo peor de estos músicos –y contra los cuales se burlan desde el nombre y a buen tiempo The Eagles Of Death Metal y todos los secuaces de la California post grunge- es que se creen los mejores cuando son solo el amor con acné por cierta técnica primitiva. Con esta coherencia de opuestos, Slash se rodeó de un baterista casi tan apático como Bin Valencia, el actual Almafuerte, y un cantante tan estúpido que repite durante las diecisiete excusas el mismo coro esperando ansioso cada ocasión en que una vocal abierta le permita estirarse en lo agudo para mostrar su garganta. Sigo. Estoy seguro -conozco músicos de acá transitando ese camino- que miran al espectador con soberbia pre adolescente, queriendo gritar ‘’¿viste lo bien que toco?’’, solo que claro, son los ojos del que no escuchó a Zappa ni vio a Peter Capusotto. En resumen, la mirada del que se toma demasiado en serio, gente que debe volver al jardín de infantes.

Ojala esta nota la lean ¿metaleros? que bastardean a Iorio por su abrazo a la canción pero que consumen con entusiasmo esta música para ingresantes a la ingeniería informática. Sepan que esto no es rock, es la estupidez autocomplaciente y prehistórica del que no sabe escuchar. Solo algún riffito y letra para destacar de esta obra. Para Slash, un diez en lealtad a su escuela y un cero en rocanrol.

Sin embargo – y vuelvo a la analogía- se puede insistir con las herramientas del otro universo. Hay excéntricos que no creen en la ley de la gravedad. El mundo es grande y en algunos sitios tiempo y dinero sobran. Como sea, en la comunidad científica mora una aproximada conciencia del contexto que se rechaza. El caso de este disco es distinto, acá impera la sordera.

Traigo una escena del film “El abogado del crimen”, basada en el libro de Cormac McCarty. El narcotraficante interpretado por Rubén Blades explica al abogado que es imposible cumplir el pedido de devolución con vida de su mujer; la razón: aquello ocurrió en otro mundo ya cancelado, donde regían reglas que no fueron respetadas. Añade que no es posible en este nuevo orden rehacer los sucesos del primero, y le encantaría pero, insiste, son dos mundos distintos. El abogado llora desconsolado y Blades se va a dormir una siesta con la tranquilidad del relativista convencido, poseedor de las balas y la organización para sostener su postura. Peor que esto, el hard rock glam que predica World On Fire es como aquel abogado, solo que no llora ante la noticia susurrada día a día por el rock, ni la escucha. Sigue, tierno, intentando explicarse con el flogisto por qué las cosas se prenden fuego a su alrededor.//z

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