Sandro, el fuego eterno, de Mariano del Mazo

En medio del fervor por Sandro de América, la serie que cuenta la vida del cantor popular, analizamos su biografía reeditada y revisada.

Por Pablo Díaz Marenghi

“A veces me preguntaba: ¿Por qué canta Sinatra si tiene como ochenta años y está forrado en guita? (…) es el público, la energía que te tira, es como una vitamina. Uno vive de eso. Por decirlo de alguna manera, uno le chupa la sangre al público. Es mi alimento”. En esta reflexión, sobre el final de su carrera, Roberto Sánchez describe con justeza cómo era su relación con la música y el lugar trascendental que ocupaba para él la actuación en vivo. Todo esto se percibe en El fuego eterno (Aguilar, Random House), la biografía que escribió Mariano del Mazo en 2009 y que se reeditó recientemente con una correspondiente revisión, aunque respetando el tono del original. El autor, a partir de una investigación y varias entrevistas, reconstruye el fenómeno desde sus comienzos para comprender el por qué de la consagración del Gitano como una leyenda de la música popular. Su rol como pionero del rock argentino, su injusta vinculación con “lo mersa”, su consagración en el cine y su especie de camino del héroe: pasó de ser un pibe de barrio, de Valentín Alsina, a ser uno de los nombres más respetados de la canción argentina, un híbrido entre Elvis Presley y Charles Aznavour. Del Mazo, con rigurosidad documental, prosa ágil y pulso de crítico, no se conforma con narrar de modo enciclopédico la vida de Sandro sino que analiza el peso de su obra dentro de la cultura nacional, describiendo el lugar que ocupaba como “equidistante entre El Club del Clan y el rock argentino”.

Viajero Solitario

El libro cuenta la infancia de Roberto Sánchez, nacido en Buenos Aires en 1945 en plena irrupción del peronismo, cuyo arribo al poder produjo para del Mazo “una serie de cambios sociales que en relación con la cultura popular significó, ampliamente, la diversificación de actividades en sociedades de fomento, clubes, bibliotecas y salones. Se potenció la autonomía de los barrios respecto del Centro”. Sandro, que vivía en un conventillo en la pobreza más honda, creció con ello.

Comenzó cantando en pequeños bares por unas pocas monedas o dando serenatas a pedido. Su familia valoraba el sacrificio, sobre todo su madre, que padeció artritis toda su vida y se desvivía por él. “La solidaridad era una condición innata”, diría Sandro, recordando su infancia años después. Y el barrio le aportaría esa impronta de arrabal, de masculinidad, tan propia de la sociedad de mediados de los cuarenta y principio de los cincuenta que puede observarse en el cine clásico y a la que Sandro se acercaría pero con reservas. Por ejemplo, sería tildado de “poeta” por su afición por la escritura.

Hay mucha agitación

Uno de los primeros mojones dentro del adn de Sandro se da con su acercamiento al rock and roll. Cautivado desde el comienzo por este género revulsivo, vanguardista y contracultural para la época, lo conoció en sus excursiones por Plaza Francia y La Cueva, donde se encendió la chispa del “Rock Argentino”. Allí entabló relación con Pajarito Zaguri y Moris (a quien le prestó su guitarra para que grabara “Rebelde”, tema que se considera el primero del “Rock Argentino”), entre otros.

Su primera banda, Los de Fuego, es reconocida como iniciática y fundamental dentro del movimiento, y sus performances en vivo, junto con su look, lo eternizaron como el “Elvis argentino”. Su sonido se nutría de los pioneros del rock del momento: Chuck Berry, Bill Haley and His Comets, Little Richard, The Animals, los primeros Beatles y The Kinks. Eran tiempos en donde los padres se escandalizaban por la música que escuchaban sus hijos, y Sandro, con la ropa ajustada al cuerpo y los movimientos de pelvis, colaboraba con eso. A la vez, la juventud, que se consolidaba como un atractivo sector de consumo para la industria discográfica y para el sistema capitalista en general, abrazaba a Sandro y los de Fuego con fervor. Un grupo que, al lado de los muchachos bien peinados y maquillados de El Club del Clan, parecía los Sex Pistols.

Pese a esto, la relación de Sandro con el rock es conflictiva. El libro lo deja en claro al describir que Los de Fuego quedaron sometidos a cierto “sonido estandarizado de las orquestas que solían proponer las compañías discográficas”. Esto, sumado al viraje posterior que tuvo Sandro en su carrera (más cercano al bolero romántico y a la chanson francesa), lo dejó más bien parado en el universo de Leo Dan, Palito Ortega, Leonardo Favio y otros cantores populares. Su influencia en el rock local es innegable y, rastreando sus huellas y las versiones que hizo (notable “La casa del sol naciente”, de The Animals), queda claro que su reconocimiento en este punto debería ser mayor. Un gesto que fue en esa línea fue el Tributo a Sandro (1999) grabado por bandas y solistas de rock como Divididos, Erica García, Attaque 77, León Gieco y otros.

Quiero llenarme de tí

A mediados de los sesenta Sandro se alejó de Los de Fuego y profundizó su sonido hacia lo que del Mazo llama “la industria del amor”. Esto ampliaría su mercado y lo catapultaría al estrellato internacional. La representación máxima es, quizás, su show en el Madison Square Garden -el primero para un latinoamericano, el 11 y 12 de abril de 1970. Sandro apelaba a la sensualidad, a la seducción desde su modo de cantar, al grano en la voz y a su capacidad interpretativa (algo que le abriría las puertas para incursionar en el cine).

Del Mazo lo describe como “el huracán erótico”, una imagen que Sandro profundizaría hasta el final de su carrera al punto de convertir sus presentaciones en una mezcla entre concierto y obra de teatro. Entre 1967 y 1980 gozó de su mayor éxito y popularidad: “editó veinte long play, filmó once películas y recorrió América” llegando hasta, incluso, el Carnegie Hall de Nueva York. En el medio ocurrió la muerte de su padre, en 1968, que, sumado a un deterioro físico y mental producto de la vorágine de su carrera, le dejarían consecuencias a futuro. Además comenzaba a acentuarse allí su tendencia a la reclusión: una cierta agorafobia que se cristalizó en su casa bunker construida en Banfield, el santuario hacia el que todavía peregrinan sus “nenas”.

“Muchas veces me sentí prisionero de Sandro”, decía quien por momentos atravesó su vida casi en clave de superhéroe que afrontaba una doble identidad. Cuando colgaba el traje de Sandro se resguardaba en su casa para no salir ni atender el teléfono. Esto se haría más fuerte en la década del ochenta, época en la que Sandro realizó una serie de proyectos sin demasiado éxito.

Vengo a ocupar mi lugar

En los noventa su obra comenzó a valorarse un poco más y la prensa volvió a tener interés por él. Sandro se encontraba cada vez más volcado “a la balada y a los rudimentos del decidor”. Eran tiempos de la bata roja y el canto casi susurrado en penumbras sobre un escenario. Ante los gritos de “te mato, papito” de sus nenas, bromeaba: “Soy como el sable corvo de San Martín, viejo y curvo, todavía doy batalla”.

Grabó una versión de “Rompan Todo”, de Los Shakers, en el disco Tango 4 (1991) de Charly García y Pedro Aznar y se reencontró con el rock que lo vio nacer como artista. Al mismo tiempo su cuerpo le empezaba a dar las primeras señales del maltrato al que lo había sometido, sobre todo por los sesenta cigarrillos diarios que fumó durante décadas y por su predilección por el gin, el whisky, el martini y “un amplio espectro culinario que iba de las milanesas a la napolitana caseras a las costillitas a la villeroy del restaurante La Petanque de San Telmo”.

Le diagnosticaron enfisema pulmonar en 1997. Comenzarían los problemas de salud e internaciones que preocuparon a sus fans y que lo obligaron a utilizar en los shows un micrófono especial en el que tenía un suministro de oxígeno permanente. Sandro terminaría recibiendo un trasplante de pulmones y de corazón luego de un periplo interminable en la lista de espera del Incucai que conmovió al país. Pero no resistió y murió el 4 de enero de 2010. Del Mazo narra sus últimos días con lujo de detalle, contando la pasión con las que sus fans siguieron el minuto a minuto de los partes médicos del ídolo.

El fuego eterno reivindica la figura de Sandro alejada de cierto lugar lindante a lo “mersa” o a lo comercial en el que se la suele posicionar. El ídolo popular con todas las letras le gana a cualquier tipo de categoría o género y lo posiciona a Sandro como un personaje clave para la cultura de los setenta y ochenta. Su legado musical se extiende hasta el rock (en bandas como Babasónicos, por ejemplo), y se le reconoce su capacidad como un intérprete que supo seducir a las masas.

Su espíritu fue complejo y diverso (“el rock and roll y la balada, el conventillo y el auto sport estacionado en la puerta”), y del Mazo sintetiza: “esa complejidad de fans, máscaras, vértigo, sosiego y desesperación determina una de las historias más apasionantes y genuinas de la cultura popular argentina (…) define las aristas afiladas, nunca ingenuas, de un artista total. O una simple ilusión suburbana que se disolvió en el mito”. //∆z

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Arecia_Octubre

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