Samanta Schweblin: “Me gusta mucho el terror de lo no dicho”


Hablamos con una de las escritoras más relevantes de la literatura argentina contemporánea y exploramos sus obras e influencias.

Por Joel Vargas y Pablo Díaz Marenghi
Foto de Alejandra López

¿Cuál es la fórmula para escribir el cuento perfecto? ¿La cantidad de palabras necesarias para construir un texto demoledor, contundente? Un misterio, como los ingredientes de la Coca-Cola. Lo que sí podemos distinguir son los que manejaron a la perfección esa fórmula indescifrable en la literatura argentina: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Abelardo Castillo, Rodoldo Fogwill, por citar algunos. En la actualidad una de las referentes del cuento argentino es Samanta Schweblin.

En el año 2002 editó su primer libro, El núcleo del disturbio, una colección de relatos que rozaban lo fantástico, lo oscuro. Pero el hit es Pájaros en la boca (2009), reeditado recientemente por Literatura Random House, donde su maquinaria de narrar altera el estado de quietud de los lectores.

A Schweblin podría encuadrársela dentro del género terror aunque en otra vertiente. Una poco habitual. La que retrata con crudeza el terror más profundo: el terror cotidiano. Ese horror que se vuelve más horroroso porque sus historias podrían estar a la vuelta de la esquina: creer que la vida ya no tiene sentido y anhelar la muerte, atormentarse por la pérdida de un hijo o padecer a una madre trastornada. La cuestión de la maternidad implosiona en su primera novela (en realidad nouvelle), Distancia de rescate (Literatura Random House), que aborda la historia de Amanda, una madre desesperada por el bienestar de su hija y David, un niño con un aura perturbada que irradia misterio. El relato dispara preguntas existenciales como ¿cuál es el punto exacto en el que, sin saberlo, se da el paso en falso que finalmente nos condena?

Siete casas vacías (Páginas de espuma), su más reciente libro de cuentos ganó el Premio Internacional Narrativa Breve Ribera del Duero y reúne perversión, delirio, oscuridad y luz. En otras palabras, sintetiza aquello que llamamos humanidad. Con un título que no es casual, ya que las casas cobran relevancia, ya sea como protagonistas o como escenarios silenciosos. Un recurso que se asemeja a lo hecho por Cortázar en “Casa tomada” o a la perturbadora “La casa” de Manuel Mujica Láinez. Su modo de narrar es asfixiante. Se despliega de a poco, como una tormenta que se agiganta en cada nube negra, en cada relámpago en la oscuridad. De esta forma, cuentos como “Mis padres y mis hijos”, “Nada de todo esto” o “Un hombre sin suerte” reúnen personajes oscuros como suegros desnudos en el patio de atrás, una madre delirante o un sutil corruptor de menores.

ArteZeta habló con Schweblin acerca de sus obras más recientes, sus influencias y sobre su particular universo literario.

AZ: ¿De dónde surge la figura de “la casa” a veces presente, a veces ausente, como hilo conductor  de los relatos de Siete casas vacías?

SS: Es un espacio que fue dándose naturalmente. Cuando escribo cuentos, cada historia es un mundo, me cuesta pensarlas en relación al resto de las historias. Cuando tengo seis, siete cuentos con los que me siento conforme, empiezo a pensar en el libro, en cómo juntos podrían además crear un segundo espacio. Por supuesto que uno hace entonces una selección, y algunos de esos cuentos que por sí solos funciona, no tienen sin embargo lugar en el libro. Así que encontré muchas cosas en común: la desnudez como exposición, las cajas, la ropa, la pérdida, las complejas relaciones entre padres e hijos, la muerte. Pero curiosamente, una de las cosas que más presencia tenía era el tema de las casas. Las casas como estructuras cerradas de las que a veces incluso parece difícil salir. Por eso en estos cuentos las casas se ven casi siempre desde afuera: son historias que suceden en las puertas de las casas, en los patios, en los jardines, los personajes dejan ese espacio de confort y seguridad, y se animan a salir.

AZ: Podríamos decir que “Un hombre sin suerte” es el único cuento “sin casa”. ¿Lo ves así también? ¿Qué creés que tiene este cuento de particular que lo distingue del resto?

SS: “Un hombre sin suerte” lo escribí junto con el resto de los cuentos, y lo siento absolutamente parte del libro. De hecho, es quizá uno de los cuentos que más quiero, y tuve que sacarlo del libro cuando lo presenté al premio Rivera del Duero de España, porque ya había ganado el premio Juan Rulfo. Fue una decisión difícil porque, sin ese cuento, el libro se me desarmaba, no era el mismo. Por suerte, pasado el premio me permitieron volver a integrar el cuento. Entonces el libro trae esa aclaración de la inclusión tardía de “Un hombre sin suerte”, pero en realidad siempre estuvo ahí. Por supuesto que en este cuento la casa no es un tema central, pero el accidente de Abi sucede en la casa, y a la narradora le cuesta mucho salir, a pesar de toda la urgencia. Y luego estar sola y fuera de ese espacio de seguridad es lo que la lleva a su propio accidente. En este libro las cosas buenas y malas pasan siempre fuera de las casas, en las casas solo está la espera, la ansiedad, o la muerte, como en la historia de Lola.

AZ: Hay un halo de terror que sobrevuela tus relatos. En general el misterio y la incertidumbre rodean tu obra pero siempre en contextos realistas o cotidianos. ¿Cómo es tu relación con el género de terror?  

SS: Me fascina la tensión, como escritora y como lectora. Toda mi búsqueda tiene que ver con esto. Pero la tensión no está solo en los thrillers y las películas de terror. Rebecca Solnit dice que un libro es un corazón que palpita en el pecho de otro. Es decir, el objeto al que llamamos libro no es el libro real, sino su potencial. Por eso hay tensión, porque hay dos energías atadas. Tensión es saber algo de lo que va a pasar pero no saberlo del todo. Es poder anticipar una historia que se confirma, pero dando siempre un paso al costado. Así que sí, me gusta mucho el terror, pero el terror de lo no dicho, o de lo construido junto al lector. No me interesa la violencia caprichosa, ni la sangre, ni los gritos. Hay algo curioso en el cine de terror: ahora es mucho más fácil mostrar lo monstruoso. Fascina la técnica, pero también hay algo que se pierde. Si tengo que hablar de mis películas de terror preferidas, casi siempre tengo que volver a los ’70, o los ’80, donde todavía las posibilidades de mostrar lo monstruoso era algo mucho más complejo.

AZ: En tus cuentos, y también en tu novela, se leen relaciones familiares enfermizas y, también, luminosas. Vínculos entre padres e hijos o relaciones de pareja que eclosionan y renacen. ¿Cuánto hay de autobiográfico en tus relatos?

SS: Cada uno escribe con su propia experiencia, y con sus lecturas, que son otra forma de experiencia. Así que debería decir que mis cuentos tienen muchísimo de autobiográfico. Pero me cuesta verme en los cuentos, para mí son historias absolutamente independientes de mi mundo. Sin embargo, este libro en particular, es el único de los cuatro en el que sí encuentro algunos momentos. Vengo de una familia en el que varias mujeres han muerto con Alzheimer, vi la crueldad del dolor, el desamparo y la violencia que genera esta enfermedad, y Lola, de “La respiración cavernaria”, tiene mucho de dos abuelas y una tía abuela. Toda la primera parte de “Un hombre sin suerte”, el accidente de la lavandina y hasta que la narradora llega al hospital, es autobiográfico y con lujo de detalles. También el ejercicio de “salir a mirar casas” en el cuento “Nada de todo esto” es algo de mi familia. Y otros detallecitos que me guardo.

AZ: Sos reconocida como cuentista pero también experimentaste en la novela. ¿Qué ventajas y desventajas le encontrás a cada uno de estos géneros para contar historias? ¿En cuál te sentís más cómoda para narrar?

SS: Cuando me siento a escribir una historia no pienso en su extensión, por lo menos no en sus primeros borradores. Una idea ya viene con un género, un ritmo, determinados personajes, y la extensión es para mí solo el resultado de todo eso. Hay historias que cuento en diez páginas, historias que cuento en cuarenta, y hubo una historia que me llevó ciento treinta páginas más de las que yo estoy acostumbrada a escribir y mis editores decidieron publicar como novela. Me cuesta verlo de otra forma. Quizá también porque, al ser una novela corta, su forma se parece más a la de un cuento que al de una novela. Me animaría a decir que la ventaja del cuento es la posibilidad de tener muchas más cuestiones en claro antes de sentarse a escribir, lo que evita dudas y bifurcaciones. Los cuentos que se escriben de una sentada, aunque luego se trabajen por meses, guardan una frescura y una energía que difícilmente se logre en escrituras interrumpidas. Quizá también por la posibilidad de hacer todo un bollo, tirarlo a la basura y volver a empezar desde cero, que frente al trabajo de una novela es mucho más complejo hacer. En la novela uno va atándose más al material, no se puede escribir con tanto desapego y eso tiene un precio. Como sea, disfruté mucho de ambas experiencias.

AZ: Tus historias empiezan a trascender el papel. Hace poco se estrenó la película La valija de Benavidez, dirigida por Laura Casabé, y la obra de obra de teatro Un hombre sin suerte, adaptada por Osmar Nuñez. ¿Cómo te sentís con eso?

SS: Es extraño. A veces me cuesta soltar algunas historias. Digo mucho que no, soy un poco miedosa. Pero de a poquito me las van sacando. El teatro no me asusta tanto. Pero creo que el cine cristaliza en los lectores la mirada de un director en particular, y entonces los textos pierden su facultad de espejos, quedan atados a esa única mirada. Por otro lado, tanto el cine como el teatro me dan algo que siempre añoro. Y es que para un músico, para un actor debe ser muy gratificante ver en tiempo real el impacto de lo que hacen sobre sus espectadores. Los escritores siempre estamos ausentes, no podemos ver qué ocurre en las cabezas de nuestros lectores, qué dispara palabra a palabra lo que escribimos. Pero una obra de teatro, una película, un cortometraje, es justamente eso, es la posibilidad de ver con precisión, en movimiento, la lectura de alguien en particular sobre un texto propio, y eso es una maravilla que siempre me deja encandilada.

AZ: Fuiste al taller de Liliana Heker, ¿cómo fue esa experiencia?

SS: Heker fue mi gran maestra, y siempre voy a estar en deuda con esos años de taller. La mayoría de los talleres a los que yo había ido se ocupaban sobre todo de lo que no funciona en un texto. Eran talleres de corrección, donde escribir bien implicaba eliminar, sacar, pulir, hasta que el texto quedaba lo suficientemente liso para que el lector no tropezara con ninguna piedra. Y es verdad que era muy agradable circular por esas pistas de hielo, pero a la larga te congelabas, y sobre todo, te morías de aburrimiento, porque todas se parecían bastante. El concepto de taller de Liliana Heker es radicalmente opuesto. Se trata, por sobre toda cuestión estilística, de entender a fondo qué es lo que uno quiere decir, cómo lo quiere decir, y por qué quiere decirlo. Cuando uno entiende esto, puede proponerle al lector caminos mucho más osados. Ver con claridad qué es lo que uno quiere decir es también otra forma de depuración, pero una mucho más fiel a la voz propia, y  a la mirada personal que cada uno tiene sobre el mundo.

AZ: ¿Cuál fue el primer libro de cuentos que leíste?

SS: Me leían y leo desde que tengo memoria, así que no podría decir cuál fue el primero. Sí recuerdo que el primer libro de cuentos que me impactó al punto de leer y releer con devoción, fue una colección de cuentos de Kafka. También, mi abuelo me regalaba cada tanto algún número viejo de la revista “El Péndulo”, creo que esa fue mi gran puerta a la literatura de lo extraño, ahí leí mis primeros cuentos de Ballard, Lem, Asimov, Levrero, Sturgeon, Le Guin, por favor, ¡esa revista era una mina de oro!

AZ: ¿Quién es tu cuentista preferido?

SS: No tengo un preferido. “Los preferidos” son un ecosistema variable y caprichoso, que muchas veces tiene que ver con qué estoy escribiendo o qué nueva forma estoy buscando. Por supuesto, hay organismos de ese ecosistema que se repiten: Amy Hempel, Colm Tóibín, Tobias Wolff, Kelly Link, Kjell Askildsen, Adolfo Bioy Casares, Ray Bradbury, Elizabeth Strout. Pero ninguno es mi preferido, transformo esta lista constantemente.

AZ: Si tuvieras que elegir uno de tus cuentos ¿cuál elegirías? ¿Por qué?

SS: Para leer en público, en voz alta, elegiría “Un hombre sin suerte”. Me gusta porque, aunque nunca fue mi intención, la gente suele reírse con las primeras páginas de este cuento. Quizá sea más por los nervios que por el humor que pueda tener el cuento, pero me sorprende siempre ese desfasaje entre mi intención de oscuridad, y la risa de los lectores. Para que me represente, elegiría “Distancia de rescate”. Creo que tiene un poco de todos los espacios, las situaciones y los límites que busco cuando escribo. El juego entre géneros, la tensión, la sensualidad, las relaciones entre padres e hijos, el miedo a la pérdida, el horror, la muerte y también cierta luz en algunos descubrimientos.

AZ: ¿En qué estás trabajando actualmente? ¿Tenés pensado volver al género de la novela pronto?

SS: Estoy trabajando en algunos cuentos nuevos, y un cuento un poco más largo, pero todo está muy verde todavía. No me gusta hablar mucho de lo que estoy escribiendo porque siento que, una vez contado, quedo atada a esa idea, y prefiero trabajar con toda la libertad posible. Quizá vuelva a la novela, claro. Pero de ninguna manera siento que debo tomar esa decisión a priori. Espero atenta a cada nueva historia, y su majestad dirá.//z

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