“Rock”, de Valeria Groisman

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Presentamos un cuento de Las cosas que se arreglan solas (2017), libro de Valeria Groisman, editado por Colección Mulita.

La idea de ir pergeñando algo se había instalado en mi cabeza como un puñal. Un puñal que la atravesaba limpia y contundentemente, llevándose todos los demás pensamientos que daban vueltas sin prosperar, sin llegar a convertirse en nada que tuviera una forma que se sostenga.

Oí unos pasos dispersos, impares, que se acercaban por el ala Este del pasillo, pasaban cerca de mi puerta y volvían alejarse hacia el Oeste. Adivinaba por el sonido de los tacos si se trataba de un paseante habitual o de un visitante pasajero. El ritmo, el timbre, los ecos. La premura e incomodidad del taco alto contra la eficiencia y la parsimonia de la suela de goma: del que sabe que tendrá que estar eternas horas parado a diferencia del que no esperaba terminar en un hospital.

Todo lo que en un momento creí saber, ahora lo dudo. La imposibilidad de moverme hizo que se me detuviera también el tiempo. Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él. Ahora lo comprendo. El cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz impresa y ocurre según la línea recta a lo largo de la cual aquella fuerza se imprime.

Estoy quieta por tiempo indefinido. Eso puede significar un rato o para siempre. Siempre quise decir “para siempre” en referencia a algo. Tenés talento para el drama, decía mi madre. Ahora veo que “para siempre” puede estar ligado realmente a la idea de eternidad.

Siento una picazón aguda y certera en la punta de la nariz. Pienso en otra cosa. En una playa, un bosque con sonidos plácidos, las clases de yoga, Buda. La picazón sigue ahí. Quizás pase una enfermera pronto, si tengo suerte. O tal vez desarrolle la habilidad de la telepatía. Lo que suceda primero.

Mamá debería estar llegando en una hora como mucho. Con el correr de los días aprendí a palpar el tiempo por el recorrido de la luz que atraviesa la ventana. Va subiendo hasta esconderse, traza un arco desde el piso al techo hasta desaparecer, cambiando de color durante su trayecto. Desde hace unos días oscurece más temprano. Empieza despacio hasta que la tarde se evapora súbitamente. Sin aviso ya es de noche a una hora inadecuada. Antes lo vivía como una estafa. Ahora es lo mismo. Mejor aún, siento que puedo dormirme más temprano.

Anoche soñé con varias cosas que me hicieron feliz. Es decir, feliz en el sueño. Fui feliz mientras soñaba y la felicidad se disipó al despertar. Como una pesadilla pero al revés. La sicóloga viene mañana. Voy a decirle que soñé que era una estatua o una muñeca de madera. Algo al estilo Pinocho. Le va a encantar.

Oigo unos pasos más suaves y livianos desde hace un par de días. Surcan el pasillo a veces como un rayo, otras lentamente. Irrumpieron en mi habitación esta mañana de sopetón. Yo quise esconderme o taparme: un acto reflejo que no desemboca en nada. Todo queda suspendido en el pensamiento. Me sentí como cuando abre la puerta del baño un desconocido sin golpear.

Vi sus ojos interrumpiendo el trayecto entre los míos y el techo. Me observaba con la precisión de un entomólogo. Cada poro, cada pelo. Después recorrió la habitación con pasos teatrales, exagerando las distancias hasta llegar a la ventana.

Es grande, dijo. Y da al jardín. La mía da a una pared de ladrillo por la que entra olor a pollo hervido.

Tenía un tutú rosa chicle por encima del camisón gastado: dibujos que alguna vez fueron mariposas o flores, o las dos cosas. Una vincha con incrustaciones brillantes de plástico le sostenía parte del pelo. La otra parte se le rebelaba sobre la cara y, cuando era demasiado molesto, lo acomodaba tras la oreja hasta que se le volvía a escapar.

Soy Tatiana, dijo. ¿Y vos?

Tatiana suena a Rusia y todo lo ruso suena a serio, a estricto, a profesional. Suena a gente que no se equivoca nunca, a frío, a gimnasia artística, a ajedrez.

Me gusta patinar y también me gusta el ballet, dijo, como adivinándome. Mi mamá dice que tengo que elegir uno de los dos. Pero hay cosas que son tan difíciles de elegir, ¿no te pasa?

Ella parece no registrar que yo no le contesto, o debe pensar que también estoy muda, o no debe necesitar respuestas inmediatas para el diálogo. Yo retraso el momento hasta que pregunta, desfachatada:

¿Es cierto que no te podés mover?

Es cierto, pienso, pero no me gusta decirlo en voz alta. En cambio digo:

Por favor, ¿no me rascarías la nariz?

Tatiana apoya la mano diminuta de una Barbie en la punta de mi nariz y la rasca con fuerza, lo que provoca en mí no sólo alivio sino también una carcajada estrepitosa. Ella se ríe también, no sé si contagiada por mi risa o porque igual que a mí su ocurrencia le causó gracia. Se sienta en la cama al lado mío. Su cuerpo hunde las sábanas que adivino tiesas. Sigue largando risas cada vez más espaciadas y tenues, como desacelerando, hasta frenar.

Es como hacer la plancha, ¿no? Me encanta hacer la plancha, dice. Aunque no todo el tiempo. Los dedos te quedan como salchichas.

Mi madre entra con varias bolsas de distintos tamaños y materiales que va distribuyendo por toda la habitación. Plástico para las que contienen cosas que pueden chorrearse, cartón para lo más pesado, tela para la ropa y elementos de su entretenimiento personal. Nota recién la presencia de Tatiana cuando llega a darme un beso, como si no esperara a nadie al lado mío y tuviera el poder de convertir en verdad todo lo que cree.

Tatiana la observa buscando ese parecido que nos conecte. O tal vez se siente desconcertada ante la idea de un adulto con padres que vengan a cuidarlo. O simplemente ella es así: observa. Sus ojos son como la tira de papel de un electroencefalograma. Se presenta nuevamente, le encanta presentarse. Da un giro volátil, entre el patín y el ballet. Mamá la aplaude y le pide si puede volver más tarde. Ella dice que sí, por supuesto. Que va a volver con cosas.

¿Qué cosas?

Es una sorpresa. No hay muchas chicas en este piso, y a los otros no me dejan bajar.

Cuando nos quedamos solas creo que mi madre me va a decir algo revelador, o sabe de la inminente entrada de un médico o enfermera que me va a hacer algún procedimiento que Tatiana no puede ver. Pero eso no sucede. Saca de las bolsas comida que dudo que yo pueda ingerir. Dice que si no la como yo, alguien seguro la comerá. Siempre hay alguien que tiene hambre. Dice que últimamente está tan poco tiempo en su casa, que tiene miedo de que se le empiece a pudrir todo. Y eso no lo soportaría.

Después desarma un bolso con ropa llena de botones y cierres que le recomendaron que traiga. Dice que se olvidó el ipod, o que no lo encontró. Que no puede creer que en algo tan chiquito entre tanta música. Que es muy práctico pero después nadie lo encuentra, de tan chiquito que es. Si fueran discos los hubiese encontrado. En cambio trajo revistas de actualidad, de las que sólo puedo disfrutar del olor.

La imagino revisando mi placar y ruego que no se haya cruzado con ciertos elementos. Si lo hizo, no dijo nada. Siempre pensé que debería dejar bajo resguardo lo que no quisiera que encontraran, por si alguna vez me pasaba algo. Nunca lo hice. Igualmente, tarde o temprano terminan encontrando todo.

Mamá me cuenta sucesos del exterior. Asuntos familiares, noticias nacionales e internacionales: un popurrí de información que considera que alguien aislado no puede perderse si tiene la intención de volver al mundo alguna vez. Después saca un tejido que comenzó, junto con mi internación, con sobrantes de lanas, porque no tiene tiempo de ir a comprar lana nueva, y que aún no sabe si será un chaleco, una bufanda, o un camino de mesa. Un camino de mesa. Un camino de mesa. Repito la oración en mi cabeza hasta que pierde sentido.

Ella se da cuenta de que dijo “camino”, que falló en su misión autoimpuesta de no mencionar nada que tenga que ver con el movimiento por propulsión propia, y piensa que puedo estar afectada por su descuido, pero no. Yo sólo imagino un camino sobre una mesa y pienso en cosas fuera de escala. En la Barbie de Tatiana, por ejemplo, desfilando por el camino sobre la mesa del comedor de mi mamá.

Más tarde viene el especialista, dice, como para cambiar de tema.

Pobre mamá. El tema es siempre el mismo. Después va hacia la ventana. Todos en algún momento van hacia la ventana, a ver si ven algo inesperado. Un descubrimiento. Se queda parada allí un rato, dándome la espalda, mira el reloj y vuelve a sentarse. Pienso en lo mucho que me gusta la palabra “especialista” y que me encantaría ser especialista en algo. Cualquier cosa. Ahí viene la especialista.

Escucho un deslizarse casi imperceptible en el pasillo. Un silbido constante y chiquito que suena como el raso. Tatiana patina en medias de una punta a la otra. Choca contra una puerta de doble hoja que se bambolea hasta apagarse, va hacia el otro extremo y vuelve repitiendo la embestida.

Alguien debería decirle algo, dice mamá.

Yo intuyo que Tatiana está esperando ver salir a mi madre para volver a entrar, entonces le pregunto a mamá si quiere irse a dar una vuelta, a tomarse un café. Si hay algo que aprendí de mi madre es a implantar el deseo propio en la cabeza del otro como si fuera suyo. Igual, ella es la reina y yo a ese poder lo uso con cuidado.

Mamá agarra entonces su cartera, a la que nunca deja sola, y sale de la habitación. Se esfuma. Todo en estos días me remite a la física: los cuerpos están en un lugar y al tiempo en otro. Y en el medio qué. Sólidos que se trasladan. Aparecen y desaparecen, llenan espacio y lo vuelven a dejar vacío. Trato de sacar esta idea de mi mente pero no puedo dejar de verlos así. Son como un jueguito que tenía en el teléfono (mi teléfono, dónde está mi teléfono).

Tatiana entra con un maletín lleno de stickers, que en vez de dar cuenta de los lugares por donde anduvo, son un muestrario de sus pasiones. Una carta de presentación efectiva y rápida. Despliega sus objetos preciados sobre la cama y, como parece no alcanzarle, arrima la bandeja con rueditas que uso para la comida y sigue extendiéndose: el contenido de la valijita no tiene fin.

Hay hebillas de distintos tipos y tamaños, cepillos, peines; accesorios para algunas partes del cuerpo que identifico y otras que no. El denominador común es el brillo. Un brillo insistente. Su convicción por lo femenino es abrumadora. Me dice que tengo un pelo precioso. Lacio, remarca. “Lacio” parece ser un credo al que ella no tiene acceso. Lo peina y luego lo cepilla, quiere que brille como todo lo que según ella vale la pena. Mientras puebla mi pelo hasta que no hay lugar para más, me pregunta qué me pasó.

Me caí, le digo, esperando que no pregunte más. No porque sus preguntas me incomoden. No sé muy bien qué más decirle. Por su cara me doy cuenta de que está pensando que cualquier caída puede dejarte en posición horizontal. Ella y todos los niños como ella que se caen todo el tiempo. Le aclaro entonces, lo más rápido posible, como para borrar esa expresión de espanto que ahora nubla todo su brillo, que me caí de muy alto.

Tatiana relaja los músculos. Aclara, con una risa nerviosa, que a ella no la dejan andar por lugares altos, que incluso la madre sufre de vértigo. La miro mientras habla, veo su mirada transformarse, y creo que llegó a ese primer momento revelador en que se da cuenta de que la prohibición materna tiene un sentido concreto y real. Ah, era esto.

¿Y de dónde te caíste?, me pregunta.

De un escenario, le contesto.

¿Sos artista?

No.

¿Sos actriz?

No.

¿Sos cantante?

No.

¿Sos vedette?

No.

¿Sos bailarina? (A esta pregunta la hace con una lentitud especial, como retrasando el final para que pueda llegar a ser verdad. Me conmueve que piense que con estas pantorrillas de maceta puedo llegar a ser bailarina).

No.

¿Entonces qué sos?

Me gusta el rock.

Ah…, dice. Y me cuenta de Martina, una amiga de ella a la que también le gusta el rock, pero para que te guste el rock hay que usar muchas cosas negras, y eso a ella no le gusta. Prefiere los colores, que son tantos y tan lindos. Con Martina ahora tienen este problema, que en realidad no es un problema, pero bueno, un poco las está distanciando, así es la vida, tienen gustos distintos.

Pero nosotras no vamos a tener ese inconveniente, me aclara. Podemos ser amigas igual.

Porque yo soy grande y ella es chica, porque acá todo es distinto, porque es como otro mundo, no es el mundo real. Su visión del asunto me reconforta y me ofrece otra perspectiva.

Se oye una música lejos. Suena fuerte en el lugar de donde viene y llega disuelta hasta nosotras en un acto irreverente. Se coló. Es un ritmo tropical que no distingo; para mí son todos iguales. Como los chinos, como los distintos tonos de blanco que  un esquimal percibe como  miles; para mí una cumbia y una bachata son exactamente lo mismo. Nos miramos esperando que alguien la apague. Como eso no sucede, Tatiana aprovecha esta invasión sonora; tiene algo en el cuerpo que responde a la música. Las caderas se le van. Menea su tutú hecho para otro ritmo y por un momento siento que estoy en otra parte.

Cuando entra el doctor Arozamendi se encuentra con esa postal: una mini Maya Plisestkaya tropical dando vueltas alrededor de una reina de la primavera inmóvil. Creo que agradece de alguna manera ese recreo visual, pero, como era de esperar, la música se detiene repentinamente y todos nos convertimos en calabazas.

El doctor Arozamendi me pregunta cómo estoy, cómo me siento, si noto alguna diferencia desde la última vez que nos vimos, si me acuerdo de algo más. Me escribe con su letra incomprensible, en una hoja de receta, si prefiero que se vaya Tatiana antes de que sigamos hablando. Me enternece su gesto, que la conozca, que sepa su nombre, que nos cuide. Debe ser un padre excelente, si es que tiene hijos.  Yo niego con la cabeza.

Ella igual se va, ya sea porque se fue acostumbrando a que la echen o porque encontró algo mejor que hacer. Se desliza nuevamente hacia afuera, dejando todo en mi habitación: una garantía de que va a volver.

Le cuento a Arozamendi que ahora tengo unas imágenes un poco más precisas de los momentos previos a la caída. Algunos detalles, cosas puntuales. Me da cierto alivio ver que las está anotando, que está tomando registro por si llegan a escaparse nuevamente. Aparecieron en mi cabeza como implantadas en un momento impreciso, transitando la fina línea entre la ensoñación y la memoria. Él me dice que no me preocupe ahora por catalogar la veracidad de esas imágenes. Que si están ahí, nos conectemos con ellas. Que ya habrá tiempo de definir qué son.

Yo le digo entonces que me acuerdo de una larga cola al sol (¿Importa eso? Todo sirve), un avión pasando demasiado bajo. Unas cervezas tibias, doradas y espesas. Las ganas de que esas cervezas estuviesen frías. Unos hielos en la nuca, la transpiración ajena, el cielo haciéndose de noche.

¿Algo más?, pregunta. No te esfuerces.

Entonces aparece, sé que la imagen no estaba y ahora entra tajante: me veo en el escenario y no puedo entender cómo llegué ahí. Porque hasta ahora me lo habían contado. Cien veces repetimos la rutina desde que recuperé la conciencia. ¿Dónde estoy? En el hospital. ¿Qué día es? Domingo. ¿Qué me pasó? Te caíste. ¿Me caí? Sí, te caíste. ¿De dónde? De un escenario. Antes me lo contaban, ahora me veo ahí.

Es un avance muy importante, me dice el doctor. No importa que no sepas cómo llegaste. Ya vamos a ahondar en eso.

Él habla en plural. Dice que es sumamente alentador que esté empezando a mover los brazos. Y que cuando venga el doctor Morgan y hagamos el estudio vamos a tener un panorama mucho más claro.

A mamá no le gusta Arozamendi. En realidad no es que no le guste. Dice que hay algo, un tema de piel. Una intuición que le dice “no”, a ella que es tan intuitiva.

Vuelve a la habitación y se saludan. Doctor, Señora. Él me dice que descanse, que ya está bien por hoy, que mejor me deja estar con mi mamá y vuelve mañana. Se va como otro personaje de esta obra de teatro de la que soy la única espectadora; una aparición fugaz que le da paso al personaje Madre.

Madre se da cuenta de todo lo que tengo adherido al pelo y comienza a sacar los accesorios uno por uno. Comenta que desde la cafetería se oyó una música como esa que suena en los autos que van escuchando música fuerte con las ventanillas bajas.

Nadie sabía de dónde provenía. ¿La oíste? Cuando creyeron que la tenían identificada, paró. Un misterio.

Me pregunta cómo me fue con el médico. Una pregunta casi de cortesía; para ella, él apenas existe. Espera a mañana, cuando venga su especialista lleno de diplomas, que hará un pase mágico y me dejará bailando en una pata. Me cuenta que llamó Pitu de nuevo a su casa. Llama todos los días y me pregunta qué novedades hay.

¿Qué nombre es ese, Pitu? ¿Corresponde a algún nombre en particular, como Paco a Francisco?

Yo le digo que no sé. Pitu es Fernando, pero nadie lo conoce por su nombre. Pasaron seis meses desde que lo conocí hasta que supe que se llamaba así, cuando llamaron a mi casa porque dejó mi teléfono de referencia para un trabajo. Casi les corto. Después lo olvidé, hasta ahora. Me causa gracia cuando oigo a mamá decirle Pitu. Aparentemente ellos dos se entienden muy bien. Una dupla impensada. Llama todos los días a mi madre para saber las novedades y conocer los avances. Según ella, está muy perturbado por todo lo que pasó.

Me hace muy bien hablar con Pitu, comenta mamá. Es un muchacho encantador. Y está tan preocupado por vos.

¿Por qué no viene? ¿Le preguntaste por qué no viene?

No está listo, me dice. Todo esto lo afectó mucho. Él siente… bueno, no sé si lo entenderías. A él le hace muy mal verte así. Todavía no puede.

Pitu estaba conmigo en el estadio. Lo veo en la cola, luego al lado de un parlante gritándome algo que no llego a oír. Recuerdo su cara feliz y desbordada cuando salió la banda al escenario, una botella de plástico llena de agua que le cayó encima y lo empapó, unos besos, y después nada más.

Arozamendi dice que sería importante para mí, que me puede ayudar a recordar.

¿Le dijiste eso, mamá?

Mamá desvía la vista, suspira, se enrolla el pelo, va hacia la ventana, se pone los zapatos, se va.

Pitu aparece unos días después, con un ramo de flores raras con un olor más raro aún. Al principio no me mira directamente. Camina en círculos por la habitación, busca algo con la mirada que parece no encontrar. Después se sienta en el sofá que hay a un costado, frota sus manos contra el jean repetidamente hacia arriba y hacia abajo hasta que se detiene y saca un papel impreso del bolsillo trasero.

Tengo todo anotado acá, me dice. Y extiende el papel.

A Pitu le gusta reforzar gestualmente todo lo que cuenta. Llena permanentemente el aire de ademanes.

Tu mamá me dijo que necesitabas saber qué pasó, así que hice una lista para que no se me escape nada. Si querés te la dejo para que la leas, o te la leo yo si vos no podés, o se la dejo a tu mamá, como prefieras.

Como no digo nada, apoya el papel sobre la mesa de luz. Muero por saber qué dice la lista. No porque me dé ansiedad conocer su contenido, quiero ver qué forma le dio a la sucesión de hechos que ocurrieron ese día. Curiosidad literaria. La miro de reojo pero no alcanzo a leer nada. Me reiría si no tuviera unas ganas tremendas de llorar. Pero como no quiero espantarlo… es como un animalito débil al que cualquier gesto ampuloso puede ahuyentar y temo que desaparezca, me trago todas mis muecas y le pido que acerque una silla al lado de mi cama así podemos conversar.

Por él confirmo que la idea de subir al escenario no fue mía. Había algo en ese hecho puntual y supuestamente objetivo que no reconocía como propio, aunque no tuviera el recuerdo. Me cuenta que Bob, el cantante, comenzó a filmar a las chicas que se encontraban próximas al escenario con una camarita que transmitía directamente a las pantallas laterales. Se detenía en algunos rostros, pasaba otros de largo. Sucedió antes de los bises. La multitud excitada coreaba y repetía las pocas frases sin sentido que Bob decía en un español precario, recién aprendido. Había estado lloviendo un rato pero luego paró, y el cielo quedó rojo. Bob detuvo la cámara y mi cara entera y enorme apareció en la pantalla. Fue Pitu el primero en darse cuenta. Dice que yo estaba hermosa. Lo cuenta y creo que lo está viviendo de nuevo.

La gente empezó a pedir que subiera y Bob preguntó mi nombre:

What’s your name. Pitu se lo dijo y el estadio entero empezó a corearlo. Vibraba el suelo. Después fue Bob quien pidió que subiera. Pareció que me estaba haciendo rogar, pero soy tímida. No lo recuerdo, pero estoy segura de que fue así.

Come on!, repetía Bob. Así que Pitu me agarró del culo y me propulsó hacia el escenario. Mi cara ocupaba ahora las dos pantallas.

Pitu mira la lista sobre la mesa de luz, repasa en su cabeza los hechos, recuenta a ver si se está olvidando de algo y yo le lanzo una mirada helada. Entonces comienza a sonar nuevamente la música del día anterior. No sé si es el mismo tema, pero seguro que viene del mismo lado. Esa cadencia latina impertinente que nos desencaja a todos. Él se ríe y yo también. Imposible no reírse. La música se detiene como al minuto, el tiempo suficiente para que su emisor no sea descubierto.

Pitu se afloja, su cuerpo ahora se ve distinto. Incluso hay un cambio en su tono de voz que lo planta más seguro. Parece haber tomado conciencia repentinamente del rol que juega en esta intriga médico-detectivesca; se siente protagonista. Entonces se para, cual maestro de ceremonias, y continúa su relato casi actuándolo. Revive el momento del recital al tiempo que lo cuenta. Hace todos los personajes.

Dice que verme sobre el escenario fue como un sueño; que Bob me hubiera elegido a mí, era, de alguna manera, como si lo hubiera elegido a él. Que al principio tuvo un poco de miedo; en realidad, más que miedo, una especie de remordimiento. Me vio tan desamparada ahí arriba, tan queriendo no estar; con Bob tocándome un poco y las cincuenta mil personas abajo. La banda en una zapada eterna prolongando el instante. Pero que después parecí apoderarme del momento. Fue como ese shock inicial que produce el primer contacto con el agua fría al tirarse de cabeza en una pileta helada. Después ya está.

Bob me pasó la camarita y me incitó a que lo filmara a él. Agarró nuevamente el micrófono y la banda tocó “She’s So Pretty” en una versión acústica que luego dio paso a su versión rockera original. El estadio temblaba.

Un pico muy alto en mi vida, acota Pitu.

Yo había dejado a un lado mi timidez y ahora estaba filmando planos de todo tipo: del público, de los instrumentos, de cada integrante de la banda.

Se te veía exultante, me dice.

Pitu hace una pausa. Toma agua. No entiendo muy bien si es que la necesita para contarme lo que sigue o pretende darle un énfasis dramático a su actuación, ahora que asumió este nuevo rol. Me pregunta si estoy bien, si quiero que continúe. Yo, que siempre odié el suspenso, le digo que sí. Entonces me cuenta que pisé un cable grueso, y que después se me cayó la cámara. En las pantallas se vio el suelo del escenario y unas luces giratorias que estaban a ras del piso, lo que provocó un efecto muy loco, me cuenta. Y que inmediatamente fue como si me quebrara; como una marioneta a la que le sueltan los hilos, toda la fuerza que me mantenía erguida desapareció en un segundo. Y me caí. Sobre la gente, y luego al pasto.

Los dos nos quedamos en silencio. Él va a la ventana y prende un cigarrillo. Trato de recordar lo que me cuenta Pitu. Las imágenes me resultan ajenas, pero puedo identificar la sensación de fragilidad, de romperse, de pasar de la magia a la tragedia en un instante.

No habría una razón clínica para que no te acuerdes de lo que pasó, concluye Arozamendi luego de oír, a través mío, el relato de Pitu. De a poco tendrías que ir recordando los hechos completamente. El hueco parece ser producto de la experiencia traumática.

Aún no decido si esto me deja tranquila o me inquieta aún más. Todo depende de mí.

Pitu me pregunta si quiero que me traiga  algo. “Algo”, ¿me entendés? Y hace unas morisquetas, arquea las cejas, como para insinuar que está hablando en código. Hay palabras que siente que acá no puede pronunciar. Sigue jugando al agente secreto. Yo le digo que no, gracias. Sólo de imaginar la situación me siento ridícula. Le pido, en cambio, si puede ir a casa y buscar el ipod que mamá no encuentra, que necesito desesperadamente oír un poco de música más que “algo”.

Vuelve al tiempo con el ipod. La diferencia de conocer lo que se está buscando y hacer un tanteo a ciegas como el de mi madre. Tatiana dice que nos viene bárbaro. Que ahora no sólo podemos escuchar música, sino que también podemos grabar canciones que inventemos, o pensamientos, o la lista de palabras raras que empezamos a confeccionar. Palabras que habitan este lugar. Toca el botón de REC y dice aséptico, pronunciando la pe fuerte, apretando los labios y haciéndolos explotar, sonando como una pelota de tenis recién golpeada por una raqueta.

Apareció luego de varios días de ausencia. Supe por su madre que estaba demasiado cansada como para levantarse. La envió de mensajera, misión que cumplió con cierta vergüenza. Le pidió que me avisara, que no creyera que ella había desaparecido, era muy importante avisarle a la gente que una no desapareció así nomás. Me mandaba, mientras, un walkie talkie de Hello Kitty para que nos mantuviéramos comunicadas. Que lo usáramos para lo imprescindible, aclaraba. Nada de charlar mucho, ya que el presupuesto mensual de pilas estaba casi agotado.

Pronto vuelvo; cambio. Pitu es raro; cambio. Me gusta más el doctor lindo; cambio.

Me cuenta que su mamá le pidió… no, mejor dicho le rogó, que estuviera un poco más quieta por unos días, para recuperar energía. Le parece que su mamá se preocupa demasiado. En su habitación se aburre, me dice. Y además, ¿quién me va a traer las noticias?

Ayer entró un perro sarnoso (¿qué es sarnoso?). REC: sarnoso. Por la puerta principal, sin que nadie se diera cuenta. Llegó hasta el comedor del personal, se armó un escándalo por las infecciones y todo eso. Parece que una señora lo filmó con el teléfono, y después estaban tratando de convencerla de que lo borre para que no saliera en la tele ni en ningún otro lado. Al final lo atrapó el doctor lindo, que se llevó el aplauso de todas las enfermeras.

Y después tenemos el tema del loco de la cumbia.

A ese no lo pueden atrapar, me dice. Pero yo creo un poco que se están haciendo los distraídos, que su terrorismo musical es una sorpresa mágica que estamos todos esperando cada día. Tatiana me cuenta que hace dos días la música sonó más tiempo que el habitual, y la pista llevó a una empleada de limpieza hasta la habitación de un viejito que duerme todo el día.

Coma, se dice; cuando uno duerme todo el día, me aclara. Como punto y coma.

La chica entró al cuarto y la música estaba a todo volumen pero no encontraba de dónde venía. Parecía salir del cuerpo mismo del señor. Entonces empezó a revisar y apareció un mp3 escondido entre las sábanas. Al aparatito se lo quedaron. Pero al día siguiente volvió a sonar igual. Así que el misterio continúa.

¿Y tus noticias cuáles son?, me pregunta. ¿Ya saben lo que tenés?

Mañana me hacen el estudio para el que me tienen que sedar. Tuve que firmar una autorización que no quise leer por temor a que dijera cosas en las que prefiero no pensar. Hice un garabato rápido, una estocada de espadachín. Me inquieta la idea de estar inconsciente, sin voluntad. De irme de este cuerpo quieto quedando a merced de otros. Pero me entusiasma la posibilidad del trayecto. De salir de esta habitación por un rato, de transportarme, de ver formas moviéndose a los costados para luego ir quedándose atrás.

Tatiana me arregla para la salida. Vuelve a ponerme todas sus hebillas, que enseguida me sacarán para meterme dentro de la máquina.

No importa, me aclara. Hay que estar linda. Aunque sólo sea por un momento.

Mamá me da un beso en la frente y me aprieta la mano fuerte. Dice que me espera, y luego me va soltando de a poco. Me suben a una camilla y Tatiana se sube también. Le pide al camillero si puede ir rápido, lo más rápido posible.

Tomamos velocidad de a poco hasta que las ruedas parecen flotar sobre el piso brillante. Comienza a sonar la música despacito y luego cada vez más fuerte. Nosotros vamos hacia ella.

Las Cosas que se arreglan sola.Valeria Groisman

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