Quien pierde paga, de Stephen King

En la segunda entrega de la trilogía de Bill Hodges, King vuelve a esquivar el género que lo consagró para construir un nuevo policial clásico que esta vez homenajea a Misery.

Por Pablo Díaz Marenghi

Dice Fabián Casas que “un escritor debe escribir en contra de su propia facilidad”. Se podría decir que este enunciado provocador es llevado al extremo en la última novela de Stephen King, Quien pierde paga (Plaza & Janés), que integra la trilogía policial del célebre maestro del terror. En este caso, el autor construye un relato que se enmarca dentro del género con sus figuras más arquetípicas: el investigador que resuelve el caso con su intelecto, las pistas desperdigadas a lo largo de la novela, el villano estereotipado y maniático casi a niveles paródicos. Cualquier conocedor de la obra de King sabrá que este autor, más allá de adornar las bateas de los best sellers, suele ahondar en sus obsesiones más profundas para escribir sus libros. Detrás de un hotel fantasma, de un apocalipsis zombie o de una adolescente telekinética, se esconden las paranoias y los miedos de uno de los escritores más prolíficos de todos los tiempos. En este caso, al igual que en novelas anteriores, todo gira en torno a la propia literatura.

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Para empezar, vale aclarar que las tres novelas que forman esta trilogía son autoconclusivas. Es decir, pueden leerse de manera autónoma. Por supuesto, los que hayan leído Mr.Mercedes contarán con mayores datos que enriquecerán su lectura. Esta segunda entrega de la saga protagonizada por el detective retirado Bill Hodges contiene un guiño más que evidente a Misery. Vuelve a aparecer un escritor consagrado (antes Paul Sheldon, ahora John Rochstein) y vuelve a aparecer un fan stalker con un fuerte instinto asesino (antes la enfermera Anny Wilkes y ahora el desquiciado Morris Bellamy). El inicio es vertiginoso, al igual que en la primera parte de esta trilogía que presentaba al asesino Brady Hartsfield. Este escritor consagrado se distingue del Sheldon con el que King parodiaba a los hacedores de best sellers románticos: aquí este escritor se emparenta más bien con la tradición de la narrativa norteamericana (Philip Roth, John Updike, J.D. Salinger). De hecho es con Salinger con quien guarda mayores similitudes: recluido en el ostracismo de una casa de campo, Rochstein abandona la publicación hace años y se convierte en un ermitaño, al igual que el autor de El guardián entre el centeno. Allí llega Bellamy, con una patrulla de derrotados, queriendo obligar al gran escritor a que publique nuevas historias de su personaje de culto Jimmy Gold (una especie de antihéroe norteamericano que pasó de ser un bohemio a una estrella del mercado publicitario). En otro homenaje a Misery, se repite la decepción del lector obsesivo, que se siente traicionado por el viraje que su escritor favorito decidió para su querido héroe literario.

La primera parte de esta novela cuenta la historia de Bellamy, expone las razones por las cuales se convierte en un lector radicalizado, los cuales parecen aterrorizar a King más que el payaso Pennywise a los niños que todavía sueñan con It. El otro personaje clave de esta historia es Pete Saubers, un joven que sueña con ser crítico literario y que también se ve obnubilado por las historias de Jimmy Gold. Un hecho fortuito los entrecruza a ambos y aquí está el nudo central de la novela: ambos personajes con un pasado truculento y cargado de tragedias van recorriendo, en líneas paralelas, diferentes caminos hasta que no les quedará otra opción que chocar de frente a máxima velocidad, como dos locomotoras en un problema de Física. Hodges -junto a su compañeros Holly y Jerome (aliados en Mr. Mercedes)– reaparece en mitad del relato para, una vez más, tratar de ser el héroe en esta historia. Brady, el autor de la Matanza del Centro Cívico, el asesino del Mercedes, acecha como un fantasma. Como un tumor maligno que aguarda, en silencio, hasta que ya es demasiado tarde para hacerlo desaparecer.

Retomando la frase de Casas, King va en contra de su experticia. A punto de cumplir 70 años, el autor de infinidad de clásicos llevados al cine y de historias que se han inscripto en la cultura popular (El Resplandor, Carrie, Misery, It, Cementerio de Animales) no necesita demostrarle nada a nadie. Marginado por el canon literario norteamericano, por un lado esta novela sirve para presentar un policial electrizante (con todos los condimentos del género) y con las características propias de su narrativa: una construcción de los climas y los escenarios bella pero minimalista, una especial atención a los monólogos internos de los personajes y sus tonos, un ritmo que jamás se cae sino que permanece bien arriba –como un in crescendo que nunca termina. En resumen, un modo de describir y narrar la acción que evidencia –si no miramos sólo el ingrediente de lo sobrenatural- el rol de King en la narrativa norteamericana hablando de grandes tragedias humanas, con puntos en común entre su obra y la de Raymond Carver, John Cheever o el propio Roth, sin barroquismos innecesarios. Por otra parte, también funciona para dar cuenta de la erudición del autor a la hora de citar obras, novelas, cuentos y autores de culto (algo que fascinará a cualquier amante de la literatura y le pasará de largo a los advenedizos). Conociendo a King uno cree que esto no es casual, sino que él tiene en cuenta la puerta de entrada que le puede significar a un lector (sobre todo a un lector joven) leer en boca de los personajes de sus historias favoritas referencias literarias.

Por otra parte, Quien pierde paga –cuya traducción, hasta en el título, es endeble, el original es Finders Keepers, nombre de la agencia de investigación de Hodges- sirve para engrosar el estante que King le dedica a su propio obsesionario; en este caso, funciona como apéndice de Misery, reflejando otro nivel de paranoia entre lector y autor. Resta esperar por la tercera parte de esta trilogía, que en Estados Unidos se publicó en 2016 bajo el nombre de End of Watch y ver qué le depara al protagonista de estas historias. En las últimas páginas de la novela se entrevé que la obsesión de Hodges por Brady Hartsfield recrudece. Y parece también que King le da rienda suelta a su predilección por lo sobrenatural y lo fantástico. En una primera parte más sujeta a la formalidad del policial y en una segunda parte centrada en las obsesiones literarias de King, quizás el final de esta saga funcione como una suerte de empate entre ambos caminos. No es posible saber si King profundizará aún más su intento por salirse de lo que le es más conocido. O si volverá a las novelas de terror, que lo catapultaron a la cima de ventas desde la primera edición de Carrie, en 1974. La única certeza es que, mientras tanto, el rey seguirá escribiendo.//∆z

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