¿Quedarse o partir?

Recorremos Lomas, el disco debut de Catukuá, la encarnación solista de la cantante y compositora Carolina Restuccia, un demorado comienzo que por fin ve la luz.

Por Gabriel Feldman

“Lomas” es el primer disco de Catukuá, el proyecto que encabeza la cantante y compositora Carolina Restuccia (Factor Burzaco, Kuk), y quizás porque es su debut solista, nos  invita a conocer un mundo íntimo, personal. Su propio mundo. Los elementos ya se nos aparecen en la tapa, la puerta de entrada privilegiada: el nombre de la banda que hace referencia a un apodo que le quedó desde chica como una firma manuscrita, el título del disco que nos ubica en un barrio y su rostro en primer plano mirándonos a los ojos, con su mirada recortada por el tendido de cables, destacada en ese mismo acto como el punto del cual partimos.

Ese mundo interno también emana desde la composición casi en su totalidad autónoma; y en  la producción que contó con su participación, la de su hermano Juani Restuccia, quien también es el guitarrista de la banda, así como Abel Gilbert, cerebro y motor de Factor Burzaco, que además participa en teclados, coros y en la mezcla del disco.

Pero si bajo el nombre de Factor Burzaco, Gilbert eligió ese barrio como una metáfora de la desolación,  en este caso Carolina nos lleva a un territorio concreto en donde transcurre la acción.. Lomas de Zamora, no muy lejos de allí, es el lugar geográfico, su hogar, en donde se van construyendo estas canciones “heterogéneas acaso atravesadas por el folclore” -como las define ella- que condensan esperanzas, sueños y miedos bajo el cielo cableado y las sombras de las casas bajas y almacenes. Todo sucede en esa cotidianeidad. Cada una como postales de un conurbano real y mágico, de una experiencia en primera persona. El paisaje atravesado por su mirada.

Si hay viento hay calma”, canta en “Chozas”, track inicial, entre guitarras que cortan el aire en seco. Y comprendemos dos cosas. Primero, su modesta definición nos oculta bajo heterogéneas  un abanico muy rico de sonidos, que irán desde el folclore hasta la canción pop y dulces baladas, tomando elementos del funk, el rock progresivo, el jazz, ribetes arabescos, delicadeza de la música de cámara y una cumbia oculta, por nombrar algunos. Elementos múltiples que se combinan en este barrio interior y exterior. Y entre el ensamble del trío guitarra-bajo-batería, con percusiones y ocasionales vientos, la presencia de su voz. Gigante. Su expresión y teatralidad: pronunciación enfática, la ges y jotas arrastradas, agresividad, dulzura, juegos onomatopéyicos (un instrumento de cuerda más), o experimentos en idioma del mundo antiguo. Segundo, en sintonía con esa búsqueda, la frase sintetiza como ninguna la fuerza de estas doce composiciones. En un proyecto autogestionado, amasado por años, el clima templado es una excepción. La quietud es entrega. La incomodidad (entendida ampliamente) es un ingrediente vital. El viento es movimiento, combustión grupal. El viento empuja, encanta o es vibración. Es hacer, experimentar, buscar. En el hacer y re-hacer está la calma. “Aunque no quieras decidirás, la vida entera decidirás / aunque así no lo entiendas, mi vida / Decidirás si restregar tu paladar, regatear, o fantasear o / despertar” (“Iuju”).

El sol pega en los techos grises, se ilumina el barrio. Se abren las calles y nos olvidamos de todo lo que creíamos saber. Recorrido de cuarenta minutos por delante. Un paseo con guías de lujo para ampliar nuestras propias fronteras.//z

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