“Perros muertos”, de Camila Fabbri

Presentamos un cuento de Los accidentes, primer libro de relatos de Fabbri coeditado por Emecé y Notanpuan. 

1.

Hola Lisa, ¿cómo estás? Yo muy bien, gracias. Acomodándome.

Hoy me dieron la habitación de hotel. Tiene una montaña de jabones gratis.

Tengo una televisión de catorce pulgadas que dejo prendida siempre. La dejo muda porque me gusta que haya colores. Me alegra que Simón haya pasado el duelo, o al menos esté empezando a dormir un poco más. A los perros está bien enterrarlos ni bien están muertos, si no después se ponen rígidos y no los levantás con nada.

No te imagino levantando un perro muerto, Lisa.

No te olvides por favor de llamar al fumigador esta semana, mirá que esos huesos enseguida dan olor.

Hoy vi cinco chicos adolescentes jugando a la pelota en una cancha improvisada en plena calle. Un potrero.

Siete camisetas de colores se movieron en un pasto medio seco y a mí me temblaron las piernas porque pensé en vos, Lisa. Pensé en vos y en Simón, y en el perro muerto también pensé. Muy temprano empecé a extrañarte. ¿Simón juega con su avión amarillo? Acá pronto empieza el torneo. La gente del pueblo llenó los balcones con banderas del más grande. Te mando una foto. Mostrásela a Simón a ver si de lejos logro inventarle una sonrisa. Beso.

2.

Nunca me gustó escribir, pero lo que más hago desde que llegué acá es escribir.

Estar volviéndome escritor. Convertirme en escritor durante un viaje, o algo parecido. Como si fuese una religión. Algo que tuviera que militar, o defender con un poco de delirio.

Convertirme en periodista deportivo como un Dios que todo lo ve, pero que a nadie le importa. El partido, sin mí, también sigue. Cuando tenía diecisiete el fútbol me ponía delirante. Las últimas veces que deliré por la fiebre pedía que me pasaran la pelota, o que le pasaran la pelota a los que tenía al lado. Que de algún modo la pelota estuviese cerca de mí.

En esos delirios nunca metí un gol.

El delirio con el fútbol y la pelota se me está yendo. ¿Eso es perder virilidad? ¿Ganar vejez? ¿Me estoy haciendo muchas preguntas? Estar volviéndome escritor por hacerme muchas preguntas.

Claro.Siempre hurgando en los jugadores. Soy un escapista. Me armo una nueva persona.

Acá adentro, o delante de mí. Esto es impune. Termino hablando de mí.

Quiero empezar a hablar del otro.

Nadie sabe cómo hablar de otro.

3.

Hola Lisa, ¿cómo estás?

Acá son ya las tres de la mañana. Recién logro encontrar internet. Terminé de cubrir el último partido y vine corriendo a la habitación. La gente está exaltada. Se pintan las caras de colores chillones, se transpiran las camisetas sin siquiera haber corrido. Es la euforia, Lisa. Yo escribo lo que veo. Te escribo, boca abajo, desde una cama color hueso. Eso me recuerda al perro.

¿Dieron olor los restos?

No estoy tan acostumbrado a los hoteles. Vos sabés. Acá las paredes parecen de papel. En la habitación de al lado mío hay una pareja joven con un bebé. No lo saben cuidar. Le hablan de actualidad y  le cantan canciones. Hacen eso para dormirlo. El bebé les responde con gritos pelados. Creo que en un rato les voy a golpear la puerta. No me puedo dormir pensando en Simón. Es tan chiquito y redondo.

Soñé que el perro muerto se dejaba ver y Simón descubría un pedazo de pierna peluda entre el pasto que salía del suelo.

No pude dormir más, Lisa. ¿Por qué el perro se muere justo cuando yo me voy?

Ayer empecé a cubrir el torneo. Doce jugadores entraron a la cancha. Uno de ellos, el menor, se llama Luciano Paredes. ¿Te hablé de él? Está lista mi ducha, ahí vengo.

Tiene catorce años y parece de muchos más. Me hace acordar a Simón porque tiene los ojos como mantarraya. Es la gran promesa del pueblo. Me dijeron que lo mire solamente a él. Que trate de mirar qué es lo que hace en cada jugada. Cómo son precisamente sus movimientos para terminar definiendo siempre tan bien. Cabecea, patea, gambetea, para la pelota. Te corre, te espera y te vuelve a hacer el caño.

Caños, Lisa, exactamente eso. Caños.

Estuve muy cerca de Luciano Paredes, que estaba serio, como si le hubiesen pisoteado la cara pero con cariño. En la tribuna, bastante gente, y yo por encima de todos. Cuando tenés el palco más caro de la cancha te sentís Dios.

Lisa, quiero escribirte breve para que me leas todo.

Entraron a correr y transpiraron las camisetas. Once figuras amarillas y mojadas. Lo que vi fueron estrategias. Luciano Paredes se quedó quieto en el medio del campo. Creo que lo que hacía era pensar. El resto usaba el cuerpo y se mojaba.

Luciano Paredes intacto, con entrecejo de ganador. Corrió dos pasos y lo que hizo con la pelota no lo quiero nombrar. El ejercicio de la técnica me dejó paralizado. Se quedó quieto y pensó, a diferencia de los demás. Se convirtió en un súper héroe de su país y de su propio cuerpo. Cuando distingo que alguien hace eso ya no quiero hablar.

Un poco de envidia y una angustia tan evidente que no me permite llorar. Un periodista deportivo se calla. Me voy a dormir. Chau, Lisa.

No dejes que el perro muerto se deje ver nunca.

4.

Hola Lisa, ¿cómo estás?

Hoy no tengo mucho para decir.

Por favor, que Simón no pierda su avión amarillo.

Chau.

5.

Anoche caminé solo por la calle. Otra vez. Algunas personas me reconocían, querían sacarse fotos conmigo. Que les cubriera los partidos, que les hablara que les opinara sobre el jugador del momento.

Yo no quise.

Entré a un bar y me pedí un cortado: en plena madrugada, un cortado al mozo blanco y negro. Fue un segundo que las cosas parecieron entrar en detención, al bar entró Luciano Paredes. No llevaba puesta la camiseta, ahora era un civil. Un profeta del deporte, vestido de civil. Un jugador promesa es un proyectil. Vi peligro. Se había escapado de la concentración para venir al bar. No termino de entender todavía por qué, o para qué hizo eso. Me pidió permiso y se sentó en mi mesa. Le dije que sí. Los dos nos quedamos en silencio. El resto de los hombres del bar lo miraban y se reían. Yo no entraba en la óptica. Se transpiraban de solo ver al preadolescente sentado cerca mío. Oliéndome. Serían alrededor de diez tipos tomando alguna cosa fría. Ya sabían quién era.  Querían tocarlo pero no se animaban. En los ojos de los hombres mayores estaban, impresas, todas las jugadas. Él elegía sobrarlos a todos. Les daba la nuca. El mozo también quería acercarse a traerme lo mío pero algo se lo impedía. Una especie de magnetismo. Paredes eligió sentarse en mi mesa. Me eligió, de algún modo. Me miraba y me aplicaba una fórmula. Al lado del nenito sabio me sentí menos.

La sabiduría le pertenece, ahora, al jugador.

Yo ya no ejerzo

Yo ya no tengo nada que decir.

Yo ya soy adulto.

Luciano Paredes me sonríe y en ese gesto, entiendo que su extraordinaria táctica es adentro, pero también afuera de la cancha. Pago el cortado y me voy. No lo saludo.

Lo odio.

Nunca dejé de pensar en el perro muerto.

Me pongo adulto y me despersonalizo.

Me pongo adulto y pierdo la persona.

6.

Hola Lisa, ¿cómo estás?

Yo muy bien. Hoy maté un cascarudo.

No tengo fotos mías de acá. Salen todas negras. No termino de entender la cámara del celular que me prestaste. Estoy trabajando mucho. Decile a Simón que lo quiero. Que me busque en los aviones.

Sigue habiendo mucha gente en el pueblo. No hablo con nadie. Tengo estudiado el movimiento de mi hotel. Antes de ayer hablé con la pareja joven en el desayuno. El bebé que tienen grita todo el tiempo. Ya no hay nada que hacer. Ya está todo perdido. Y yo que pensé que todavía estaban a tiempo. Son tan jóvenes que se chupan los dedos. El nene no. Ellos.

No me pidas más fotos. ¿No te alcanza con lo que digo?

Te quiero.

Chau.

7.

Me olvidé de decirte que mañana es la final. Intenté cubrir el último partido pero no pude.

8.

Una vez en el hotel me viene el insomnio. Pienso en mi hijo.

No quiero que Simón se entere de que su padre, sin querer, ya desatendió el juego.

Tiene los ojos como mantarraya.//∆z

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