Paula Puebla: “Creo que la imposibilidad de lucrar hace más rico el momento creativo”

Hablamos con la autora de Una vida en presente, una novela que va por su tercera reimpresión y que aborda, desde el personaje central de una prostituta “poco estereotipada”, temas como el feminismo, la masculinidad y el ejercicio de poder en las relaciones y el trabajo.

Por Marvel Aguilera

Fotos por Eloy Rodríguez Tale

En la esquina de Lavalle y Callao un abrupto diluvio repliega a los peatones debajo de las lonas de los comercios, a pocos minutos de las cinco de la tarde. A metros de la puerta del Instituto Quirúrgico, un pibe sostiene un chango de supermercado repleto de paltas. Encima hay un cartel de cartón que dice “dos por cuarenta”. Una florista entra a su puesto los helechos mojados que rodean dos pañuelos colgados, uno verde, del “aborto, legal seguro y gratuito”, el otro el celeste de “salvemos las dos vidas”. El bar Los Galgos está repleto. Sobre la pared, un cuadro de dos perros mirándose fijo y una chapa antigua con el lema “bochas”. Paula Puebla llega luego de algunos minutos. Pide disculpas por la demora del colectivo. Deja su abrigo y se acerca a la barra con familiaridad para consultar sobre las fotos. Aclara, luego, que no siempre escribió, incluso que retomó la lectura de grande. Destaca al inglés Martin Amis como uno de los puntos de inflexión en su oficio. “Hay que romper con el mito de que para ser escritor tenés que tener ciertas lecturas”, dice.

Paula Puebla tiene estudios en Diseño y ocupa buena parte de su tiempo en los sets de televisión trabajando como vestuarista. Su nombre supo cobrar resonancia en la pluma insidiosa de sus artículos periodísticos aparecidos en diversos medios, en particular los de la revista Paco. Ácida, controvertida y aguda, Puebla pudo capitalizar su posición respecto a los estereotipos del feminismo y a las miserias del hombre patriarcal en su primera novela, Una vida en presente (2018) que, bajo el sello bahiense 17 Grises, va camino a su cuarta tirada tras pocos meses de haberse publicado.

La protagonista, María Guevara, una escort seductora e inteligente, vive bajo el influjo de la mercantilización sexual de la sociedad, amortiguada por los fármacos y el consumo sibarita. El sexo es la forma de imponer decisiones en un mundo programado para los privilegios varoniles. Los hombres que se relacionan con ella resaltan los rasgos más decadentes de una masculinidad derruida y expuesta por el avance femenino. Fuera del mundo privado donde elige pasar sus noches, las diferencias con su hermana, una ama de casa conservadora que sostiene un matrimonio resquebrajado, y la cercanía con sus sobrinas la hacen replantear su lugar en una sociedad hipócrita, acomodaticia y repleta de máscaras que hacen permisiva la imposibilidad de concretarse desde la autenticidad.

AZ: ¿Se puede pensar Una vida en presente desde la imposibilidad de proyectar una vida donde el sexo y el dinero son las premisas de identidad?

PP: Se puede proyectar una vida pero muy en el corto plazo, más por lo sexual que por el dinero. Hay gente que está “forrada” en guita y se puede dar el lujo de vivir el día a día sin ningún tipo de proyección. Sí hay una imposibilidad en el largo plazo de sostener un ritmo o estilo de vida así, sobre todo por los vacíos que genera, en este caso en el personaje. En un momento de la historia, ella – María Guevara empieza a tener otras inquietudes del tipo más sentimental o románticas – en el sentido estricto de la palabra – y se empieza a hacer algunas preguntas como, ¿qué pasaría si salgo de esto? No porque le genere algún tipo de trauma, ella no se ve afectada por su situación, sino que su fantasía en determinado momento pasó por encajar en una sociedad que está armada de otro modo. Donde las mujeres deben cumplir otro rol: familiar, social, profesional. Hay un montón de estándares en los que ella no encaja, y lo que la lleva a tener esas inquietudes es la aparición del amor o lo que ella cree que es eso. Es la ausencia del amor que, cuando aparece, te lleva a recuperar una idea de futuro.

AZ: En ese acercamiento con sus sobrinas, las gemelas, hay un coqueteo con la idea de la maternidad, y eso parece espantarla o al menos sacarla de su lugar de comodidad.

PP: Sí, totalmente. Es otra de las formas del amor. Sus sobrinas son un especie de cable a tierra, las que la conectan con otra realidad fuera de la sordidez y de lo estrictamente comercial y sexual. En ellas María ve primero una infancia que no pudo tener; una relación de hermanazgo que a ella le cuesta tener con su propia hermana; y ve inocencia, pureza; muchas cosas que ella fue perdiendo con el paso de los años. Entonces se deja llevar con los encuentros que tiene con las chicas. En esos laberintos de inocencia se desconecta de la matriz.

AZ: ¿Existe en la mujer actual una resignificación del rol materno?

PP: Sí, lo hay. El primer estereotipo de la mujer es la madre. El primer estereotipo del hombre es el trabajador. Todavía no logramos resignificar del todo eso, pero sí hay un laburo sobre lo que es la maternidad. En otras generaciones tenías que ser madre sí o sí. Y si no lo eras pasabas a ser una oveja negra absoluta. Hoy eso se fue licuando un poco, cuestionando ese “deber”: ¿quiero ser madre o esto es producto de una presión social? ¿En qué condiciones quiero serlo? ¿Cómo hago con la carrera y el trabajo si tengo un hijo ahora?, etc. Anticonceptivos, planificación de la maternidad, ahora la ley del aborto: se están haciendo un montón de cosas y se han hecho muchas otras para mitigar y desarticular ese imperativo. Eso en la novela, a través del “tiazgo” se ve mucho. Si uno scrollea en Instagram muchas de las fotos de niños y fines de semana, no aparecen solo con los padres sino con los tíos o los padrinos. Ahí las mujeres que no somos madres tenemos nuestros momentos de maternidad, con nuestros hijastros o ahijados. Como si dijéramos “puedo ser madre, pero no lo soy”.

AZ: La protagonista, María Guevara, ¿busca usar el sexo como una forma de detentar el poder contra los varones que se relacionan con ella?

PP: Absolutamente, sobre todo porque está mercantilizado ese ejercicio de poder. Aunque cuando no hay dinero de por medio, pasa lo mismo. En este caso, hay un ida y vuelta: un tipo que le compra su departamento; otro que le pide plata: otro que le suministra pastillas. Ella se siente bien en ese rol. Me interesó enfáticamente no construir la imagen de una prostituta trillada, de la mujer de tacos rojos y medias de red, de la mujer que para en la esquina. No porque eso tengo algo de malo, sino porque me parecía bueno retratar el sexo y la prostitución en los espacios de poder. Tuve la necesidad de romper con los estereotipos. ¿Quién es el consumidor de prostitución? ¿Por qué siempre pensamos que el hombre que la consume es un violento o un ogro? Muchos son políticos, personas de familia, notables de la sociedad. Entonces, hay que empezar a meter el dedo en esos pequeños agujeros y hacerlos más grande, para que entre la luz.

AZ: ¿Considerás que es una hipocresía entonces que no se legalice el trabajo sexual?

PP: Sí. Creo que es un gran tabú, un tema que incluso dentro del feminismo se sigue escondiendo debajo de la alfombra, en un intento por invisibilizar la situación de las trabajadoras, ignorar el mercado, etcétera. Por supuesto que tiene sus bemoles, que simplificar la discusión es impertinente y riesgoso. Pero me sale la peronista: donde existe una necesidad, nace un derecho. No quisiera yo apropiarme la voz de las trabajadoras sexuales -apenas hice un abordaje desde lo literario- pero el tema necesita ser pensado. Creo que en AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina) están haciendo un trabajo interesante, delineando estrategias, áreas de interés y límites. Muchos de los sindicatos constituidos y sus respectivas comisiones de género -si es que las poseen- tienen bastante que envidiarle a esta asociación. Eso es para subrayar.

AZ: ¿Y darle validez al trabajo sexual no implica filtrar un micromachismo, al permitirle al hombre conservar el privilegio de que haya una labor solo para satisfacerlo?

PP: Cualquier mujer que logre capitalizar el machismo a su favor está siendo astuta, utiliza la fuerza del otro en favor de una. No va a dejar de existir el consumo por el solo hecho de pensar que es machista. Al mismo tiempo, creo que ha habido un cambio en los tipos de masculinidad. Cuando, por ejemplo, se habla del “macho”, hay una construcción gigante allí. Sí los hay, los que matan a las pibas, golpean, violan, pero el común denominador del hombre de hoy no es el demonio que supo ser. Creo que es necesario sacarle esa dimensión monstruosa incluso como una estrategia, para dejar de conferirles tanto poder.

AZ: Comentaste hace poco que en el movimiento feminista existen fisuras y pusiste como ejemplo las diferencias respecto a la consideración del trabajo sexual, pero ¿no es bueno que haya disidencias dentro de un colectivo amplio y que puedan ponerse de acuerdo en causas significativas como lo fue el tratamiento del aborto en Diputados?

PP: Me parece saludable y vital que haya diferencias dentro de los movimientos, porque es lo que genera que haya una discusión, sino terminas siendo “Corea del Norte”: no hay discusión posible, y lo que pienso yo es “la verdad”, aunque no te guste. El problema aparece cuando una parte quiere avasallar a la otra, desmerecer la lucha del otro o incluso no reconocerla. A mí la disidencia, la diferencia y la pluralidad me parecen fundamentales. El tema es que hay mucha hipocresía detrás de esas banderas y lo cierto es que no hay lugar para todas.

AZ: ¿Te referís a la sororidad?

PP: Bueno, la sororidad muchas veces es usada como excusa y pretexto para no generar este tipo de discusiones. Si viene una chica a decirme “A” pero yo le digo “A pero también B”, enseguida aparece la tarjeta de la sororidad para indicarme que no puedo contradecir. Lo mismo ocurre con la transversalidad. Es verdad, en la marcha (del aborto) había gente liberal, kirchnerista, de izquierda, y es importante que haya una unidad, pero “no hay que comprar pescado podrido”. Hay quienes dieron su voto positivo en diputados para la ley de IVE, pero también votaron y votan el ajuste. Es decir, están a favor de que podamos abortar en el hospital que ellos mismos se encargan de desfinanciar. Están a favor de ampliar los derechos de las mujeres que ellos mismos empobrecen. Como dijo Emilio Monzó: “es matemática”.

AZ: ¿La puesta de personajes masculinos en la novela intenta mostrar que bajo las reglas del patriarcado el hombre no logra hacer confluir el amor y el sexo, como supo decir Michel Houellebecq?

PP: Lo que intento mostrar de esas masculinidades, básicamente, es la miseria, lo inconfesable. Creo que todos los hombres de la novela son víctimas de su propia imagen: Rubinztein es un tipo de familia. El político es uno de los tantos que nos toca tener a nosotros, un garca. Más allá de eso, no creo que el amor y el sexo no puedan combinarse, más bien al contrario. Es verdad que es una cuestión que hoy está en tela de juicio: hay un enfrentamiento con el “amor romántico”. Es decir, hay una idea de que es también una construcción patriarcal y que, como tal, hay que desmantelarla: porque causa celos, porque se la considera errónea y eminentemente heterosexual, con el hombre en una posición de poder, porque la mujer tiene el deber de ser madre; pero en el fondo creo que se reniega del amor porque causa incomodidad. Y hoy la incomodidad es inadmisible. Es preferible mandar por teléfono una foto “en bolas” antes de que te pase algo con alguien de verdad; es preferible hablar por Tinder antes de acercarse a invitar un café a una mina en un bar o que ella te invite a ver una muestra en el Malba. Entonces, la mediación tecnológica opera como buffer, como un colchón. Tenemos pánico de que nos toquen, “tocar” en el sentido amplio: poder exponernos a que nos pase algo. Lo cierto es que el amor y el sexo se conjugan y se abren camino.

AZ: La hermana, Julia, ‘representa a la mujer domesticada por la tradición?

PP: Julia es la antagonista de María. Me gustó poner en espejo esas dos personalidades. Una, una mujer solitaria, con un laburo cuestionado. Y la otra, una mujer de familia – una familia acomodada – que es ama de casa. Ahí están los miedos de ambas en convertirse en la otra. Pero, además, la vida de Julia también esta signada por una relación con un hombre. No es un matrimonio feliz y, sin embargo, ella lo sostiene: se niega a romperlo, pone la otra mejilla. Porque hay una cuestión de domesticación y comodidad. Hay algo de obsoleto en Julia que no puede ostentar de su independencia económica, y eso es un condicionante, siempre. La puedo imaginar preguntándose “y si me voy: ¿cómo me voy a mantener? ¿Adónde voy a vivir? ¿Qué va a pasar con los chicos?”. Está cautiva del ingreso de su hombre.

AZ: Hablás de María y Julia como antagonistas, sin embargo las dos se sostienen económicamente por los hombres, una como trabajadora sexual y otra como ama de casa, ¿en dónde crees que radica la diferencia?

PP: En el contrato social. Si te mantiene un tipo con el que pasaste por el registro civil a firmar un papel, está bien. Si te mantiene un tipo que te cogés, está mal. Si hay amor, sí. Si no hay amor, no.

AZ: Hay una frase de la protagonista que dice “con dinero y determinación se puede conseguir cualquier cosa”. ¿Cómo confluye la idea del dinero con el proceso creativo en un autor?

PP: Es interesante mezclar la dimensión del escritor con la del trabajo y la productividad. Creo que la imposibilidad de lucrar hace más rico el momento creativo, al menos en mi caso. El hecho de que la guita no incida, que no tenga determinaciones ni bajadas de línea ni responder a un parámetro, ni siquiera la necesidad de cumplir una fecha, hace que las ideas que tenga sean genuinas. Hay mucha más libertad. Y como ya escribís sabiendo que lo que hacés es casi una cuestión de gratificación personal o de objetivos – cada escritor tendrá el suyo-, cuando terminás el libro “es tuyo”. Después, si te va bien o se reimprime o si se reseña o si viene otra editorial a ofrecerte contrato, es casi como un plus. En mi caso, la idea era escribir un libro que a mí me gustara, que me dejara conforme. Y así fue.

AZ: Comentaste que tuviste un momento de bloqueo al escribir la novela y que estuviste recluida en soledad para terminarla, ¿qué pasó en ese lapso para que pudieras encontrar el hilo del relato?

PP: Estuve sin trabajo un par de meses. Trabajo freelance en televisión y es un rubro que fluctúa muchísimo. En un momento tomé una decisión, me dije “qué hago”. Tenía la opción de pasármela en las redes sociales twitteando y pelotudeando o hacer algo productivo, con lo que tenía muchas ganas desde hacía tiempo. Me recluí. Estuve bastante encerrada durante esos cuatro meses, en una especie de “base Marambio mental”, tratando de no ver a mucha gente ni de salir. Días enteros en pijama, como el Gran Lebowski. Y escribía. No todo el día, pero sí me ponía en mente escribir determinadas carillas. Por supuesto, casi nunca cumplía el objetivo, pero escribía. Un jueves a la noche le puse punto final y fue el desempleo mejor invertido de mi vida. Mientras tengo un trabajo fijo, no puedo escribir. No tengo resto para activar esa parte creativa del cerebro después de jornadas tan largas.

AZ: Hay muchos escritores, entre ellos Kike Ferrari, que critican la falta de reconocimiento de la escritura como un trabajo.

PP: No sé. Si te gusta hacerlo lo hacés. Voy a hacer una comparación bastante boluda pero la hago igual, creo que la escritura es como la maternidad. Dicen que tener un hijo da mucho trabajo: parirlo, darle la teta, bañarlo, llevarlo al médico, etc. Pocas cosas en esta sociedad son más reconocidas que el ser madre y sin embargo maternar no está remunerado. La remuneración es la gratificación que te da esa criatura. Ahora tracemos la parábola: no sé si la literatura seguiría siendo la misma si se reconociera como un trabajo, para mí seguro que no. Entiendo la posición de autores como Kike, que es un laburante: tenemos un trabajo, que posiblemente es una mierda, y después volvemos a casa reventados atenerque seguir trabajando. A mí me es imposible equiparar y desvincular esas dos instancias. Si no trabajo me vuelvo loca, si no leo o escribo también. ¿Cuántos son los escritores en Argentina que pueden “trabajar de escritores”?

AZ: ¿Una vida en presente es una novela política?

PP: Creo que todo texto es político, aunque no haya sido el principal motor. Yo solamente quería contar una historia. Pero sí, se puede abordar desde muchos lugares: el feminista; desde la definición de las masculinidades; desde el mercado sexual. Es posible hacer ese abordaje, sí.

AZ: Parecés no necesitar estar permanentemente en el ámbito literario, como si hubieras entrado al presentar tu novela y rápidamente salido, ¿por qué?

PP: No estoy en el ambiente literario porque, para ser honesta, me parece bastante antiliterario. Primero porque no tengo tiempo. Pero, más alla de eso, lo que a mí me interesa de la literatura es escribir y contar una buena historia. Y para poder hacer eso tengo que estar en mi casa, sola, con mi computadora y mi gata. Eso me encanta. Si voy a alguna presentación es porque tengo afecto por alguna persona que vaya a presentar su libro. Sé que hay gente que se dedica expresa y casi exclusivamente a ir a presentaciones, a llevar su libro o proyecto y tratar de conseguir sponsor, editorial y todo eso. No tengo vocación de ese tipo, soy bastante huraña y me gusta estar sola. Es bastante detestable la actividad paraliteraria.

AZ: ¿Pero no es necesaria en las condiciones del mercado actual?

PP: Es lo que me dice todo el mundo: “Paula, andá”. Prefiero que lo escribo haga su propio camino. Tengo la certeza de que si el libro es bueno, el libro se va a vender, va a circular, la gente lo va a comentar. No necesito el pico y la pala adelante del libro para abrirme un túnel, no me interesa. Igual respeto mucho a la gente que se dedica a “rosquear”, pero no es lo mío. ¿Dije que los respeto? Me desdigo, no los respeto. Es mentira.

AZ: Dijiste en una nota que durante la etapa kirchnerista hubo una homogeneización de la escritura, que terminó adaptándose al relato político. ¿Crees que la literatura en todo ese tiempo no fue crítica?

PP: Creo que hubo una sobreadaptación cuando no una sobreactuación. Se forjó una generación de escritores con muchas dificultades para abordar posiciones críticas. Por supuesto, hay excepciones. Pero en líneas generales el relato “progre”, el de la corrección política, se trasplantó directamente a la narrativa. Se escribió negativamente sobre lo que el consenso dice que es malo, se escribió positivamente sobre lo que el consenso dice que es bueno. Sin dudas, sin preguntas, sin cuestionamientos, sin riesgos: todo certeza. También podríamos hablar del tema siempre callado de la pauta. Pero dejémoslo ahí. //∆z

 

Arecia_Octubre

One thought on “Paula Puebla: “Creo que la imposibilidad de lucrar hace más rico el momento creativo”

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.