Nos estalla el calefón

Cultura rockera, adolescencia precoz, la fuckin’ iglesia católica, la decadencia del Pity como reflejo de la sociedad, la discusión por el aborto legal, la recesión económica, el despiadado vaciamiento de la cultura en manos de unos cueles empresarios: una sociedad pisoteada y angustiada a punto de estallar. Un ensayo hecho de tracks musicales, el repertorio musical de una generación parida por la tecnología.

Por Denis Fernández

Track 3 – “Bien alto” – La Renga – La Renga

Desde pre-escolar hasta el fin de la secundaria fui a un colegio de monjas. Fueron trece años: primaria y polimodal entre estatuas de santos, vírgenes de cerámica, misas agotadoras y La Biblia, siempre La Biblia amedrentándonos. De todas formas, más allá de ese claustrofóbico catolicismo, no fue complicado transitar el colegio. Mi hermana hizo el mismo camino (mis papás nos incentivaron desde muy chicos a juntarnos en los mismos lugares, a tener los mismos amigos). Las monjas eran de una congregación cordobesa que tenía sucursal en Banfield: Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas. Devotas a San Francisco de Asís y a la Madre Tránsito de Cabanillas de Jesús Sacramentado, la fundadora de la institución. Más de una década de misas, confesiones y canciones religiosas, sermones y la palabra del Señor. Señor: siempre con mayúscula, igual que la Virgen y el Espíritu Santo. Qué pavada. El colegio quedaba a quince minutos en colectivo. Durante muchos años mi mamá nos llevó todos los días hasta la puerta. Eso pasó hasta que vendieron uno de los autos. Estaba todo raro en mi casa. Las cosas andaban turbias, pasaban cosas. Bueno, decía que cantábamos canciones de alabanza a Dios y a la Virgen y al Espíritu Santo, lo llevábamos internalizado como mantras. Por supuesto no era la música que elegíamos, pero estaba impuesta en nuestra educación. Pero esa obligación se terminó cuando empezamos a elegir cuál música escuchar. Ahí empezamos a transgredir las normas religiosas que nos querían meter en la cabeza. Y de alguna forma las borramos de nuestro repertorio (aunque aún hoy puedo cantarlas de memoria). Estoy convencido de que somos una generación sobreadaptada a los acontecimientos. Nos dimos cuenta de que estábamos preparados para ir demoliendo los preconceptos y las enseñanzas institucionales. Nuestros comportamientos son consecuencia de nuestro poder de elección. Nos conectamos con el auge de la tecnología. Y nos convertimos en una generación que comprendió el rock de los orígenes y al mismo tiempo asimiló los nuevos sonidos como sintonía propia. Como si nosotros hubiésemos sido los que inventamos el nuevo sonido. Hay algo de cierto en eso: procesamos información en cantidad, la reciclamos y la reutilizamos una y otra vez. Y cuando no tenemos la información, la buscamos. Por eso digo que transitar el colegio (rodeado de monjas y la cara de Cristo como un espejo donde debíamos reflejarnos), fue bastante fácil: habíamos nacido sobreadaptados al ecosistema y solo teníamos que hacer oídos sordos a las enseñanzas religiosas. Un gen inclasificable que resignificó los símbolos y los conceptos. No les creímos cuando nos decían que la salvación estaba en el cielo. Por eso ahora cuando escucho a los pro-vida decir tantas pavadas sobre el aborto (poniendo a Dios por encima de la salud de las mujeres) puedo comprender de dónde viene todo ese conservadurismo hipócrita. Años y años de lavar cerebros en nombre de una institución llena de valores demagógicos y miserables. Separación Iglesia-Estado debería ser nuestra nueva batalla. Estoy seguro de que eso ya vendrá.

Track 7- “Ella debe estar tan linda” – Un baión para el ojo idiota – Los Redondos

Ya en el colegio el rock me rompía la cabeza. La cumbia también, pero el rock era un modo de sobrevivir, un modo de caminar, de nombrar a las bandas, de cantar las canciones. Lo escuchaba todo el día: en el walkman, en el discman, en el estéreo del auto de mis viejos, en el equipo de música amarillo de mi hermana, en la casa de alguno de los pibes del barrio, en el living de Santi, en el auto de Germán, en mi cuarto, en mi casa, en mi cama. Mucho rock nacional: Los Piojos, Los Redondos, Sumo, Viejas Locas, La Renga, Bersuit, La Renga, Charly, Spinetta. También los Stones, Nirvana, Queen, Los Beatles. Creo que el primer casete de rock que escuché completo fue el “Greatest Hits 2”, de Queen. Era un casete original. Yo tenía nueve o diez años. Era de la hermana de un amigo, una familia vecina. Natalia le llevaba tres años a Javier; Javier me llevaba tres años a mí; y yo le llevaba tres años a Pablito, el hermano más chico de ellos. Lo escuchábamos en el equipo de música del living de la casa de Javier, cuando Natalia no estaba, y lo volvíamos a rebobinar para que no se diera cuenta de que lo habíamos usado. El segundo álbum que escuché fue Un baión para el ojo idiota, un disco zarpado de Los Redondos. Estaba grabado, era de Mendi, mi vecino de enfrente (después fue el novio de mi hermana durante once años. Todavía lo sigo viendo, todos los días de forma continua, de escritorio a escritorio. Él maneja la música en la oficina: es un fundamentalista de su origen, le hace culto a la música sagrada que escuchábamos en ese casete de Un baión para el ojo idiota grabado, hace diecisiete años atrás, en Lanús. Lo escuchábamos después de jugar durante horas al fútbol en la calle, corriéndonos para que pasaran los autos, enchastrados de agua de zanja. Mendi, en ese momento, ya usaba remeras de Sumo y varias con la cara del Indio y la palabra Oktubre. Fue el novio de mi hermana muchos años. Después se separaron, formaron familias cada uno por su lado. Lo sigo viendo todos los días y su culto a ese preciso momento de su vida es inagotable. Da gusto verlo escuchar el mismo sonido cada día, como si el día anterior no hubiese existido. Su culto contagia. Y cuando él se va de la oficina sigo escuchando a Viejas Locas y a La Renga y cada tanto recuerdo esa infancia entre fútbol, chizitos y casetes grabados). El tercer álbum que escuché no sé cuál fue. Podría inventar: Nevermind” o Ritual o cualquier otro. Cualquiera pudo haber sido importante en el origen de mis gustos musicales. Y en ese momento mis viejos no entendían mis gustos. En mi casa había discos de Mercedes Sosa, Cafrune, Air Supply, Pavarotti, Luis Miguel. Eso era música para ellos. Lo mío: ruido fuerte. Estaban sorprendidos porque nosotros teníamos información que ellos desconocían: dominábamos un nuevo y extraño lenguaje para comunicarnos. Es que nacimos en la misma época en que los avances científicos y tecnológicos comenzaron a expandirse a nivel popular. Nos parió la tecnología. O tal vez la intensa energía de nuestro espíritu sagrado emergió de la tierra y nos salvó: colisionó con alguna lámina delicada del planeta y los conocimientos se expandieron por las mentes. Podría ser, no lo descarto. Como tampoco descarto que los alienígenas ancestrales nos hayan dado las herramientas para evolucionar como seres conectados a un universo que está más allá. El flujo sanguíneo, el flujo de información geométrica del nuevo universo, el flujo de información binaria que corre por las redes. Ese flujo: renovado. Altruistas de la información.

Track 5 – “Sin disfraz” – Locura – Virus

Nuestros padres nacieron cuando el rock estaba en su estado más puro. Pero nosotros, dos o tres décadas después, consumimos el rock desmembrado, amoldado a los nuevos sonidos de la naturaleza, de las ciudades, de las voces de los pueblos. Las bandas estaban flasheando con los ritmos de la electrónica, el rock se abrió en mil pedazos y quedamos todos asombrados. Y en la vida las cosas también empezaron a sonar así: en los bares, en la calle, en los colegios, en las publicidades. Nos pusimos técnos. Nos compramos los iphones, las mochilas ergonómicas, las zapatillas con aislamiento de aire para mantener una mejor postura al correr. Subimos hasta arriba de todo del sonido sin siquiera tropezarnos. Y nos mantuvimos levantando los brazos con nuevos discos y nuevas drogas. El primer disco que compramos. El primer disco que nos prestaron. Al estado actual de la música podría sintetizarlo así: todas las pistas de todos los discos juntas en una carpeta en el escritorio de una láptop guardada en la valija de una chica con una remera de Boy George que camina por Floresta escuchando el último disco de Juana Molina y no presta atención al semáforo y cruza igual y por suerte en ese momento no pasa ningún auto entonces ella se salva y toda la vida sigue su rumbo con la música al palo, en cada auricular y en cada parlante, sin mosquearnos. El cerebro puesto en función de los sonidos. (Acá algo que me corroe: no entiendo cómo funciona el cerebro. No comprendo ese conocimiento. Para mí es ciencia ficción. Por eso cuando veo una película donde las máquinas tienen mayor capacidad de aprendizaje que los humanos me siento tranquilo. Y respiro y pongo Youtube y espero que un algoritmo se conecte con mi cerebro y encuentre en la red el disco que necesito escuchar).

Track 4 – “Las cosas que no se tocan” – Otro día en el Planeta Tierra – Intoxicados

Hace más o menos dos años, quizás un poco menos, fuimos con Charly y Mica a ver a Viejas Locas al auditorio de Pompeya. Un sábado de calor súper intenso. Chorreaba la transpiración en todos lados. Habíamos sacado cuatro entradas. Yo iba a ir con una chica que me gustaba pero a último momento me dijo que tenía otra cosa. Quise ubicar la entrada que sobraba pero ninguno de los pibes quiso venir. Así que fuimos los tres, re sacaditos por ver al Pity cantar. La última vez que lo había visto fue con Intoxicados en un Pepsi Music o en un Quilmes Rock en el Club Ciudad. También habían tocado los Ratones Paranoicos  y Spinetta. El Pity subió un rato nomás. Lo más hermoso de ese recital fue cuando apareció el coro de chicos (eran más de treinta segurísimo) y cantaron el tema “Niños” (un tema de Viejas Locas, no de Intoxicados). ¡Qué increíbles “El árbol de la vida”, “Chico de la Oculta”, “Caminando con las piedras”, “Puente La Noria”, “Todo terminó”! Por favor, ¡qué temazos! Qué poeta popular el Pity (el precursor de la cumbia villera). ¡Qué magia tienen sus palabras simples y precisas! Bueno: el coro de bajitos estuvo más de diez minutos en el escenario cantando al unísono con el Pity, que arengaba como el rockero que es, que fue y será siempre. Les daba el micrófono para que cantaran con todas sus ganas una de las canciones más hermosas del rock nacional. La cuestión es que la noche del recital de Viejas Locas en el auditorio de Pompeya llegamos un rato antes del horario que anunciaba la entrada. Compramos latas de cerveza y esperamos afuera: la congregación de rollingas estaban desde temprano en la puerta haciendo el aguante hasta que el Pity saliera al escenario. Ese momento me trajo muchos recuerdos, por supuesto. Quería mostrar el tatuaje de Ay Ay Ay del hombro, quería volver a esos años donde íbamos a verlos con Santi y escurríamos el sudor de las remeras cuando el show terminaba, cuando caminábamos a buscar paradas de bondi vacías para volver a nuestras casas en el conurbano. Pero no hacía falta recordar: estábamos ahí, esperando a que saliera el Pity. Al rato entramos; nos metimos en un sauna con olor a porro y transpiración y galpón y cerveza en el piso y cantos incesantes cada vez que el Pity iba amagaba con salir al escenario. Tomamos mucha birra. Nos paramos. Nos sentamos. Bailamos. Nos fastidiamos. Cantábamos “que salga el Pity la puta de lo parió, que salga el Pity la puta que lo parió”. Pero el Pity no salía. La gente se iba impacientando (nosotros nos íbamos impacientando) pero igual la congregación de rollingas seguía comprando birra y bailando y gritando y abrazándose. Era una fiesta interminable. Se hicieron las dos de la mañana. Después de mucho discutir (Charly se quería quedar; Mica y yo queríamos irnos), dijimos “listo, nos vamos”. Charly salió puteando. Nosotros aliviados, pero con la carga (al menos yo) de saber que me estaba yendo de una fiesta que todavía no había empezado. Sabiendo que al otro día, y a las semanas, y a los meses, y hoy, mientras lo escribo, me iba a arrepentir y me iba a sentir un boludo por haberme ido así: ¡tan cobarde fui! Y sabía, además, que el reproche (y la boludeada posterior) iba a ser infinito. Cuando estábamos por arrancar el auto para irnos de Pompeya, Charly nos frenó y nos propuso volver. No podíamos irnos así, “sin ver al Pity”, dijo. Volvimos a decir que no y nos fuimos. Ahí nomás vi un mensaje de Joaco. Estaba en la casa con Vicky, nos invitaba a pasar un rato. Caímos al toque. Había preparado sushi, mucho sushi. Lo comimos hasta que se terminó. Cuando la adrenalina disminuyó nos miramos con Charly y Mica y ninguno de los tres pudo entender cómo estábamos ahí comiendo sushi y no estábamos viendo a Intoxicados en el Auditorio de Pompeya. En un momento, Charly me miró a los ojos y me dijo ‘no te merecés “Las cosas que no se tocan”, gato’. En realidad no sé si me dijo eso, pero ahora lo pienso y queda perfecto para la anécdota. Estoy seguro, igual, que algo parecido a eso pensó. Recuerdo todo esto mientras miro al Pity en la televisión doblando una manta en la sala de espera de una comisaría, a punto de ser encerrado en una celda. Uno de los poetas más grandes que el rock nos dio se convirtió en un asesino. La delincuencia le comió la vida. La sociedad lo expulsó (un poco se auto-expulsó solito) y le hizo brotar su rostro más duro: el rostro de los suburbios contaminados por la droga y la delincuencia. Qué pena, qué duro verlo así. Intentaré seguir pensándolo arriba de un escenario, cantando los temas que en la adolescencia me volvían loco, esas canciones tan bellas que aún sigo cantando.

Track 07 – “Strange and unproductive thinking” – Crazy clown time – David Lynch

Ahora estoy caminando adentro de mi casa de acá para allá. Pienso en alguna cosa que me haga salir de este desconcierto de casa nueva, de barrio nuevo, de olores nuevos. Pienso en alguna cosa pero no pienso en nada. Reviso Instagram dos o tres veces seguidas mientras caliento la sopa que me trajo mi vieja en un táper. Me armo un cigarrillo y lo fumo viendo cómo el humo de la sopa sale por la ventana. Los libros todavía están adentro de las cajas y la impresora está sobre el lavarropas, en medio de la sala. Me doy cuenta de que no hay música y vengo hasta la computadora y pongo play en el disco que estaba escuchando. Unproductive thinking. Unproductive thinking. Si voy a la cocina, el sonido llega rebotando. Pienso en la chica con la remera de Boy George caminando por Floresta. Nunca la vi, nunca me contaron sobre ella, nunca nadie vio quizás a esa chica. Solo me vino esa imagen. La imagino bailando con los ojos cerrados. Está oscuro. Está todo más oscuro. Son mis ojos que ven más oscuro desde los ojos de la chica bailando. Qué ilusión fascinante esta de imaginar. Verá esta conversación que estoy dialogando conmigo para no dejar de escribir, para seguir el ritmo de las canciones con los dedos, con los ojos, mientras ordeno el placard y compruebo que todo ahí adentro está acomodado: cada jean en su percha, cada remera en su pila. Acá adentro pareciera estar todo en calma, funciona casi todo, pero afuera la cosa está enquilombada. El gobierno de Macri reprime, vacía la cultura, raja gente de los ministerios, de Télam, de las empresas. Las pymes quiebran. El dólar no para de subir. La gente se muere de hambre. Las movilizaciones contra el ajuste son cada vez más convocantes. El país es un caos. Se pone oscuro todo (encima ahora les darán un nuevo rol a las Fuerzas Armadas para asegurar la “seguridad interna”). El Incaa vaciado, la cultura vaciada, las editoriales del sector independiente al borde de la desaparición física. El país es un desastre, los políticos que nos gobiernan se nos ríen en la cara. Pero bueno, aún nos quedan batallas: nos queda luchar por la proclamación de la Ley del Aborto legal. Nos queda salir a la calle para que los milicos no ganen terreno. Nos queda seguir apostando por la difusión de la cultura. Ojalá algún día lleguemos a meter en el Congreso una ley que separe el Estado de la fuckin Iglesia Católica; ojalá algún día podamos legalizar la marihuana. Nos quedan vidas más allá de la oscuridad. Mientras tanto, Lynch no para de recitar su mantra y yo me contagio y me siento en el sillón y miro para afuera y repito sus palabras. Los autos siguen marchando, los cables de cobre siguen transfiriendo la información que necesitamos para ablandar el camino. Algo así como darle forma a la almohada cuando apoyo la cabeza. Ese momento en que sé que me voy a quedar dormido. Ese momento. //∆z

Denis Fernández (1986) Es poeta, editor en el sello Marciana y autor del libro de relatos Monstruos geométricos (17 Grises), y de la novela Cero gausss (Notanpuan editorial).

Este texto formará parte de la segunda parte de la antología Una remera rockera, que se presentará en septiembre en el Centro Cultural Recoleta.

Arecia_Octubre

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