Unjustice for All

Por Noah Cicero

No puedo creer que alguna vez fui joven: 24 años atrás tenía doce. Decimos a veces “siento que fue hace mucho tiempo”, pero no se siente así. Me cuesta mucho recordar lo que era tener doce años. Pero pasó, hay evidencia fotográfica de cuando era niño. Cualquiera que quiera perder tiempo y dinero puede encontrar documentos médicos y escolares que prueban mi existencia en 1992. A decir verdad, nunca pienso en ello, no pienso en mi infancia. De hecho, odio pensar en mi infancia. No me hace para nada feliz. Lo cual es probable que por eso no me haya convertido en un escritor adolescente. Nunca me salió escribir sobre eso. Nunca pensé en tener hijos, ni me gusta ver películas en las que actúen niños. Pongo Netflix y si aparece un chico en los primeros cinco minutos de película, la saco inmediatamente. Mi infancia es algo que realmente mantengo guardado. Pero para contar esta historia tengo que volver a mi infancia.

Crecí en un pequeño pueblo del Nuevo Mundo, lo que significa en un lugar sin nombre en el gigantesco mapa de Estados Unidos. No teníamos templos o edificios de gobierno. No había bellas artes o estatuas de grandes generales en nuestro pueblo: había graneros viejos, casitas hechas de ladrillo y campos de maíz y soja. Había mapaches, comadrejas, ardillas, venados de cola blanca, pero ningún local decente de comida asiática.

Casi muero cuando tenía doce años. Fue lo más cerca que estuve de la muerte. Tenía meningitis. Me dolía la cabeza, pero no era un dolor normal: sentía como si hubiera algo en mi cabeza y trataba de salir, un animal que ferozmente intentaba escapar y tuvieron que llevarme al hospital. Recuerdo a mi padre poniéndome un repasador húmedo sobre la cabeza. Ya en el hospital me hicieron una punción espinal. El doctor hacía desastres y le erraba a mi espina dorsal o lo que sea que hacen. Fue lo más doloroso que experimenté en mi vida, gritaba. Fue la única vez que grité de dolor en mi vida entera. Mi temperatura subió a 41,1º, dejándome al borde del daño cerebral o la muerte. Nadie me dijo que podía morir. De habérmelo dicho no sé si me hubiera enojado. “Noah, podes morirte pronto” ¿Hubiera importado? Decidieron que no, que era mejor que muera sin miedo a morirme. No recuerdo que mis hermanos me hayan visitado o que se mostraran preocupados estando yo al borde de la muerte. Hace años que no hablo con ellos, esa sea probablemente una de tantas razones.

Obviamente pude ponerme mejor, porque sigo vivo. En una de esas realidades alternativas de las que hablan los científicos, estoy muerto.

Después de eso volví a jugar al fútbol americano y a golpear gente dentro del campo de juego. Me gustaba mucho jugar al fútbol. Me ponía las hombreras y el casco y parecía un guerrero. Me gustaba embestir mi cuerpo contra otro lo más duro posible. La violencia me sienta bien, como el cálido abrazo de una madre afectuosa.

Durante ese periodo de mi vida en el que estuve al borde de la muerte, donde la única emoción que tenía era jugar al fútbol y golpear a otros sin piedad, donde vivía en un pueblo sin nombre y sin cultura, Metallica se convirtió en mi banda favorita. A mi mejor amigo Chris, que jugaba conmigo al fútbol, también le gustaba. Nos sentábamos en su cuarto a escucharlos. Sin hablar, sólo escuchando. Era lo único que nos calmaba. No sé cuáles eras mis canciones favoritas de Metallica cuando tenía doce años, pero todavía los escucho: tengo Kill’em All, Ride the Lightning, Master of Puppets y And Justice for All, y los escucho todo el tiempo. En los últimos años, mi amigo me regalaba una remera de Metallica en cada Navidad.

Ahora mismo estoy escuchando “Dyers Eve”. Puedo escuchar esa poderosa sensación de Apocalipsis, la violencia, el horror de ser humano, de que todo se cae a pedazos, y eso es la vida: que te despedacen una y otra vez, hasta que finalmente estás muerto.

Estas líneas: Dear Mother / Dear Father / What is this hell you have put me through. Aquello sonaba muy bien a mis doce años. Sentía que estaba en una prisión, atrapado entre la prisión de la escuela y de mi hogar.

Always censoring my every move
Children are seen but are not heard
Tear out everything inspired

La frase “Tear out everything inspired” (“destruyen todo lo inspirado”) me mata. Imaginen a un pibe de doce años, llegando a la pubertad, y todo lo que quiere ese chico es sentirse inspirado, esperanzado, que le gusten las cosas y disfrutar la vida que tiene y que a todo lo que le gusta a ese chico sus padres le griten “¡Sos un maldito idiota porque te gustan esas cosas!”.

I can’t believe I was ever young, I was 12-years-old 24 years years ago. We often say “It feels like such a long time ago,” But it doesn’t feel like that. I have a hard time remembering being 12-years-old. But it happened, there is photographic evidence of me being young. A person, if they wanted to spend the money and time could find medical and school documents proving my existence in 1992. But I honestly don’t think about it, I never think about my childhood, I actually hate thinking about my childhood. It doesn’t make me happy at all. Which is probably why, I never became a young adult writer. I have never felt like writing about my childhood, I have never thought about having kids. I don’t even like to watch movies with kids in them, sometimes, I’ll put a movie on Netflix, and if a kid shows up in the first five minutes, I turn the movie off. Honestly, my childhood is a thing, I usually keep hidden away. But for this story, I will go back, to my childhood.

I grew up in a small town in The New World, which means I grew up in a nameless spot on the giant map of America. We didn’t have temples or ancient government buildings, we didn’t have fine art, or statues of great generals from our town. There were old barns, small brick houses, corn and soybean fields. There were raccoons, possums, squirrels, whitetail deer, and no good Asian food restaurants.

When I was 12, I almost died, the closest I ever came to death. I had Spinal meningitis, my head hurt, it wasn’t a normal headache, it felt like something was inside my head, and it was trying to get out. It felt like there was an animal inside my head and it was trying to viciously escape my head, they had to bring me to the hospital. I remember my father putting a wet dish towel on my forehead. In the hospital they gave me a spinal tap, the doctor kept messing up and not hitting my spinal cord or whatever they do. It was the most painful thing I have ever experienced in my life. I screamed. It was probably the only time I ever screamed sincerely from physical pain in my entire life. My temperature got to 41.1, I was very close to brain damage/death. Nobody told me I might die, I don’t know whether to be mad at them or not, should they have told me, “Noah, you might die soon.” Would it have mattered? They decided it didn’t matter, it would be cooler if I died without concern for dying. I don’t remember my brothers coming to visit me, or expressing any concern over me being on the verge of death. I haven’t spoken to them in years, that’s probably one of the many reasons.

Obviously, I eventually got better, because I’m still alive. In one of the alternate bubble realities scientists talk about, I am dead.

After I got better I went back to playing football, and smashing people on the football field. I really liked playing football, I liked putting on pads and a helmet, I felt like a warrior. I loved slamming my body as hard as possible into other people. Violence feels so good to me, like a warm embrace from a loving mother.

During this time in my life, where I came close to death, where the biggest thrill in my life was to play football and hit other boys ruthlessly, and living in a small nameless cultureless town, Metallica become my favorite band. My best friend Chris who played football with me also loved Metallica. We would sit in his room and play Metallica, without speaking, just listening, it was the only thing that could smooth us. I don’t know what my favorite Metallica songs were when I was 12-years-old, but I still listen to Metallica, I own Kill Em All, Ride the Lightning, Master of Puppets, and And Justice for All, and listen to them all the time. For the last few years, my friend has gotten me a new Metallica shirt for Christmas every year.

I’m listening to Metallica’s Dyer’ Eve right now, I can hear it, that powerful sense of doom, the violence, the horror of being a human, that everything is crushing, and this is life, to be crushed over and over again, until you are finally crushed and dead.

These lines: Dear Mother / Dear Father / What is this hell you have put me through

That sounded really good when I was 12, I felt like I was in a prison, I was trapped between prisons, the prison of school and the prison of home.

Always censoring my every move
Children are seen but are not heard
Tear out everything inspired

The line “Tear out everything inspired” kills me. Imagine a little 12-year-old, they are on the verge of puberty, and all this child wants, is to feel inspired, to feel hope, to like things, to want to enjoy the life they have, and everything the child enjoys the parent screams “You are fucking stupid for even liking that.”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *