Niñas bonitas del Rock n’ roll

Por Micaela Ortelli

Pasaron varias remeras de rock por mi vida. Sobre todo pintadas. El otro día buscaba la de Las Pelotas con el feto de Para Qué; le había hecho los sombreados y todo, con resultado más que aceptable. También pinté una de La Mancha de Rolando y una de La Covacha, que usé en el camino de ida a Bariloche, en 2002. Pero la primera fue la de Los Piojos, perfecta ella: blanca con la cara del piojo en negro –el mejor de todos, el de Ay Ay Ay–. Aunque en verdad todo empezó con Ritual, el disco en vivo de 1999 recordado por las versiones de “Tan Solo” y “Ando Ganas”. El del coro Chiquicanto de Mataderos. Donde el Diego dejó grabada una de sus frases: “Todos necesitamos cariño”.

Yo soy de Chivilcoy –una ciudad llena de prejuicios y encerrada en sí misma que amo de todos modos–, iba a escuela de monjas, no se me caía una idea. Para mis quince me fui de viaje a Disney, Miami y un crucero por las Bahamas con Funtime, la empresa con la que viajó para los suyos Marcela Kloosterboer y promocionaba Tinelli. Hubo dos reuniones previas al viaje: se suponía que en la primera te hacías tu grupo de amigas (de cuatro porque era por habitación) y en la segunda lo afianzabas. Así, porque en la primera reunión nos sentamos al lado porque llegamos al mismo tiempo, quedó armado mi grupo: Priscila de Capital, Vanesa de Pompeya y Verónica de San Fernando. Priscila era una chica rubia, diminuta y alegre que se peinaba con media cola y usaba taquitos. No me llamaba la atención. Vanesa y Verónica, por otro lado, desafiaron mi humanidad tan virgen. Vanesa estaba teñida de rojo y usaba bermudas de San Lorenzo y Toppers; era machona y ricotera. Verónica me resultaba más llamativa todavía: era alta y escuálida, de piel blanca con una lengua tatuada en la espalda, pelo enrulado negro y aparatos de metal que no ocultaba porque andaba siempre a las risotadas. “A mí un pibe en el boliche me chupa un poquito el cuello y ya me lo transo”, dijo un día de confesiones y el mundo se hizo más grande para mí.

Un mediodía en el barco estábamos haciendo la fila para la comida o algo así y la veo: una chica de otro grupo con una remera de Los Piojos, de Ritual, con el piojo ya degenerado –con cuatro dientes, ojos saltones y cuernos–. No sé qué me impactó tanto –era una chica discreta por lo demás–, sólo supe inmediatamente que eso que veía en ella lo quería también para mí. (La música es un amor tardío en mi vida; en ese momento todavía no me había atravesado. Había jugado de niña grabando cassettes, había sido fan de las Spice Girls y los Backstreet Boys, conocía a Los Redondos por un cuñado y nombres básicos por MTV y un compilado Now que había en casa. Cuando llegué a Miami en el 2000, con 15 recién cumplidos, estaba escuchando Los Rodríguez, y allá por alguna razón me compré Cross Road de Bon Jovi. Así.) Creo que de Candela me hice amiga ese mismo día; creo que hicimos planes para ir a ver a Los Piojos. Su mail era @latinmail y el mío –que usaba mi papá en su negocio con una conexión muy precaria– @infovia; no me acuerdo si alguna vez nos escribimos. Pero hoy lo pienso y siento que por ella y su remera me hice rockera. Porque volví y compré Ritual y Verde paisaje del infierno (2000) y los anteriores en un Locuras de Mar del Plata; pinté mi remera del piojo y fui a mi primer recital, en remis desde Chivilcoy con dos amigos y una amiga, al estadio Atlanta.

Y ya está. No hay clímax en esta historia. El hechizo del rock nacional desapareció como el de los Backstreet: un día –no había cumplido 20– simplemente ya no pude escuchar más y seguí adelante con otra cosa. Y a mis remeras preferidas de entonces no las encuentro (en un momento estuve muy enojada con mi adolescencia, quizá las tiré; sé que hice eso con mi diario de la época). Pero hoy, a los 29, ya podría ponerme otra vez la del piojo o la del feto. E iría sin dudarlo si se juntaran Los Piojos. Y ya volví a los recitales de Las Pelotas. En fin. No me enorgullece mi historia de remeras rockeras porque me parece que delata superficialidad (no por las bandas sino por mí, por no haber sido más indagadora); me habría gustado contar una anécdota con una remera de Sleater Kinney. O de Nirvana, para no ser tan pretenciosa. Me gustaría tener una banda en realidad.

Ahora que releo no sé si la música fue un amor tardío en vida; depende en qué sentido y yo ya estoy un poco perdida en mi propio relato. Sé que tuve experiencias vitales relacionadas con la música desde muy temprano, pero aisladas y desorganizadas (con mi familia salíamos de vacaciones en una traffic y escuchábamos Lola de Raffaella Carrá y Física y Química de Sabina; los videos de “Mis Documentos” y “Zoom”, que pasaban por Big Channel, que era de dibujitos, me hipnotizaban culposamente: “Quiero ser el único que te muerda la boca”, decía Andrés, y en el de Soda, el beso de la pareja que está tirada ella para un lado y él para el otro: todo era muy sensual y yo estaba de pantuflas de perritos). Quiero decir, antes de ponerme una remera de rock la música ya me había hecho sentir; lo que cambió entonces fue que empecé a hacer algo al respecto, sólo que no aprender a tocar un instrumento o cantar, o instruirme simplemente, que habría sido más lúcido. Pero bueno, empezar a usar remeras de bandas e ir a recitales fue un modo de cambiar y expresarme –y hacer eso siempre está bien–: se ve que en mi caso estaba muy contenida que terminó siendo revelador (o rebelador) un inofensivo viaje de 15.//z

Micaela Ortelli (1985). Colabora en Radar (suplemento cultural de Página 12) y Hecho en Buenos Aires. Tradujo nombres grosos para Ediciones Godot (todavía no lo puede creer). Tiene muchas plantas, trabajo fijo, y gracias a éste, auto.

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