Necktie Youth: sábados de angustia suburbana

Presentada en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, la película del jovencísimo sudafricano Sibs Shongwe-LeMer acompaña la desazón generacional de unos chicos en la suburbia de Johannesburgo.

Por Santiago Berisso

La imagen que contiene el catálogo del festival muestra a dos jóvenes entre sentados y recostados sobre un sofá de almohadones blancos y un trabajado detalle en su madera. Uno de esos que cualquier madre pediría encarecidamente no estropear. Él y ella están sonriendo. Sin embargo, una vez que recuerden su incómoda existencia, esa sonrisa se les borrará.

Sibs Shongwe-La Mer es un joven sudafricano  nacido en 1991, en la ciudad Johannesburgo (o Joburg, apodo que parece haberse ganado en el terreno más juvenil). Es quien dirige Necktie Youth, realización que en su narrativa juega con la ficción y el apunte documental. Integra la sección Panorama/Nuevos Autores en el Festival Internacional de Mar del Plata.

Sin muchas vueltas, la película comienza con una chica llevando una escalerita y una soga al jardín de su casa para colgarse de un árbol. Lo hace con la certeza y banalidad de quien está untando manteca en una tostada. Y de ese mismo modo se expone audiovisualmente. Mientras, desde su habitación, una cámara transmite vía streaming todo el acontecimiento.

Con la excepción de algún que otro fragmento flashback en Super 8mm, la película es en blanco y negro. Jabz y September son amigos y recorren la ciudad capital, dan vueltas con el auto, visitan amigos. Uno de ellos con un vestido de novia durante todo el film. Cigarrillo en una mano, botella en la otra. Y somníferos a plena luz del día.

Situaciones, diálogos que se van desarrollando, siempre con el protagonismo de un grupo de chicos que transita una especie de sábado eterno, en el que a pesar de la naturaleza del día, la están pasando mal. Casi todos conocían a Emily, la chica que se suicidó. O al menos sabían quién era.

La ciudad capital, sus calles, esquinas, su slang y, fundamentalmente, sus pudientes suburbios acompañan el retrato colectivo de una juventud que puede preguntarse cuánto pesaría internet si fuese tangible. Al mismo tiempo, no le encuentran una gota de sentido a sus vidas y observan con inquebrantable escepticismo casi todo que la rodea (política, familia, ciudad, etc.).

Lo que podría haber sido diagnosticado apresuradamente como una nueva película de reviente, aburrimiento adinerado, vasos descartables rojos y música al palo, se presenta como una honesta mirada de la angustia en el siglo XXI. Jóvenes que no se jactan de escudarse en las drogas, ni de pensar el suicidio como unas vacaciones infinitas, pero es que, al momento, nada les indica que el futuro tenga algo que ver con el regocijo.//∆z

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