La belleza duele

Todo el año es navidad es el último documental de Néstor Frenkel. Una mirada sobre el mundo de aquellas personas que nacieron para ser Papá Noel.

Por Ignacio Barragan

Existen tiendas en las grandes ciudades del mundo que venden artículos navideños todo el año. Uno puede estar en Roma o Nueva York en pleno verano y comprarse todo tipo de adornos relacionados con estas festividades. La navidad es aquella celebración cristiana de la cual Coca Cola se ha apoderado hace años y de la que ha logrado culto a Papá Noel y sus regalos mágicos. Es este el primer punto de contacto entre el cine de Néstor Frenkel y la temática navideña, el concepto de magia. La alusión más evidente es El gran simulador (2013), pero tanto en Buscando a Reynols (2004) como Amateur (2011) se habla del cine y de la música como elementos mágicos, incomprensibles y del orden de lo irreal. Las tiendas navideñas abiertas todo el año y el cine de Frenkel son eso, un espacio donde se subvierten los cánones de la realidad y todo puede pasar.

Todo el año es navidad (2018) ofrece un catálogo de distintas personalidades que de alguna manera u otra encajan en el physique du rôle  del protagonista navideño y viven de interpretar su personaje. Lo que parece un conjunto homogéneo de personas que se visten con trajes de Santa Claus es convertido, a través de la lente de Frenkel, en una serie de hombres individualizados con sus propios gustos y preferencias que solo comparte entre sí la pasión por ser Papá Noel. Porque si algo queda claro de estas personas es el verdadero amor que sienten por la profesión.El variado y extravagante repertorio de papás noeles que se expone a lo largo de la película es un muestrario de una humanidad profusa y contradictoria. Están aquellos hombres gordos y barbudos que encuentran el oficio únicamente por el parecido anatómico pero también están los que han visto en la interpretación del personaje un modo de vida. Un concepto que se repite en ellos es el de destino, llegando a rozar de a momentos con cierto espíritu esotérico o religioso. No se hace sino que se nace; uno es Papá Noel porque lo tiene en la sangre, no por una simple casualidad. Desde el militante del Partido Obrero que participó en el Cordobazo hasta el motociclista que practica artes marciales, vemos cómo todos ellos encuentran una enorme satisfacción en el hecho de interpretar al dueño de la navidad.

El cine de Néstor Frenkel hace una operación inversa de lo que Diane Arbus realiza con su fotografía. La artista estadounidense toma a personas y las vuelve un personaje. Desde una visión burguesa institucionalizada, lo que hace ella es marginalizar aún más lo que se cree raro, lo diferente. Destacarlos en el contorno y ponerlos en primer plano para la construcción de un algo monstruoso que horrorice al espectador, igual de aburguesado que la artista. Frenkel hace lo contrario: toma personajes y los vuelve personas. Lo que la mirada clase mediera considera como bizarro o anormal es humanizado por el director. Los protagonistas de su filmografía son iguales al espectador que los juzga: seres patéticos y desesperados con deseos de trascender en algún ámbito de la vida. Lo que Frenkel intenta decir es que es igual de triste ponerse un traje caro de saco y corbata que un disfraz de Papá Noel comprado en el Once. Al fin y al cabo cada uno se vende a su manera.

Lamentablemente, el director de Construcción de una ciudad (2008) desnuda en su obra los distintos mecanismos de la ilusión. Las temáticas de sus películas suelen estar enfocadas en los entretelones de una pasión. Ya sea el cine, la música o un concurso, lo que se muestra de ello es la puesta en escena de una ficción que mantiene un halo de ilusión en todo lo que la rodea. En una escena de Todo el año es navidad podemos ver a un Papá Noel sufrir por el hecho de tener que ir todos los años a la peluquería para colorear su barba y su pelo. En un momento desliza el lugar común de que “la belleza duele”. En esta línea tenemos otra de las claves de la filmografía de Frenkel: la belleza, o más bien la verdad, duelen. Detrás de una máscara siempre habrá una realidad carente de brillos y maquillaje.

Por último, es interesante destacar que el director practica una suerte de travestismo nominal involuntario en los medios de comunicación. Quien para nosotros es Néstor Frenkel ha aparecido como Diego Frenkel en Radio Cinefilia, Nicolás Frenkel en Ámbito Financiero o Pablo Frenkel en revista Viva. Estos simples equívocos que parecen ser del orden la proscripción de un nombre como Néstor, que casualmente es el mismo que el de un ex presidente, no solo son motivo de risa sino que parecen salidos de la mismísima cosmogonía del director. Una prueba más de que el mundo de Frenkel no solo nos rodea sino que nos incluye. //∆z

Arecia_Diciembre

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