Nacido en los Ecos

Tras una pausa de cinco años, The Chemical Brothers regresa a las bateas con algo más que sorpresas. Sus nuevos big beats de Born in the Echoes declinan las sospechas de retiro, avasallan y se complementan con participaciones varias, de Beck a St. Vincent.

Por Walter Sebastián

De aquellos años en que el dúo de Manchester tenía la potestad de encender todas las pistas del planeta mucho ha pasado. Cuando creíamos que ya habían hecho los tramites de jubilación, vuelven a los estudios y con Born in the Echoes nos cierran la boca. Es verdad, no había pasado tanto desde su última aventura discográfica, el exilio recién llevaba cinco años, pero algo se había perdido en el medio. Por eso, la expectativa era nula. Sin embargo, a riesgos de picar con sobrevaluaciones, estamos frente a un disco sumamente interesante.

The Chemical Brothers es una banda que desde Exit Planet Dust (1995) a Further (2010), salvando excepciones, nos tuvo acostumbrados a un juego tríptico y pretensioso, con hilos narrativos sincréticos, bases que van desde la experimentación trance más ilícita a la explosión del big beat más tribunero, oscilando entre el VW Gol tuneado y la nave intergaláctica llena de conejitos estroboscópicos.

Su decimo álbum se acerca más a las naves espaciales pero se insiste, hasta puede hacer bailar a un viejo roble. Golpeando mejor que Skrillex o Calvin Harris -por nombrar a los nuevos cancilleres de la electrónica- Born in the Echoes hace que Tom Rowlands y Ed Simons puedan a llegar a tener el mundo a sus pies.

El flamante álbum inicia con “Sometimes I Feel So Deserted”, que es nada más y menos que una épica dance de cinco minutos que tiene como fin tal vez, marcar la cancha, posicionarnos en un juego que continuará en “Go”, con Q-Tip en modo crooner. Para los indies más insaciados está la voz de Annie Clark (St. Vincent en “Under Neon Lights”) haciéndonos favores bravos. Ella se transforma en un popper sofisticado y exótico que comunica profecías a través de beats incandescentes.

Cate Le Bon interpreta la canción que le da nombre al disco y también nos maravilla, aunque esta vez con recursos más baratos. “I’ll See You There” es su típica pieza corte The Electric Kool-Aid Acid Test -no llega a ser ni a palos “Let Forever Be” (Surrender circa 2000)- pero cuenta como una expedición psicodélica new age.

Antes cabe hacer mención de “EML Ritual”, que es el track más parodiable y marcial del disco, cortesía del diafragma de Ali Love. Born in the Echoes cierra con “Wide Open” que no parece una canción de los hermanos químicos, tiene sensibilidad propia de los New Order y es lo que podría hacer Thom Yorke si tuviese buenos amigos. Por suerte canta Beck para que fumes de su rubí. Temazo.

En resumen: en quince nuevos tracks los Chemical Brothers conducen toda su voluptuosidad ritual y hedonismo espiritual hacia un gran hipertexto. Eso es suficiente para acercarse a una obra de arte moderna, propia de tiempos líquidos que en su faceta sobria no pueden prescindir de benzodiacepinas.//z

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