Mi remera, como el amor, tardó en llegar

Por Romina Zanellato

Era primavera y yo tenía 9 años. Era uno de esos pocos días de primavera en que no había viento en la ciudad de Neuquén. Íbamos en el Renault 12 rojo de mi mamá, yo iba en el asiento de acompañante y sonaba el cassette Romance de Luis Miguel, el primero de esa serie que hizo sobre boleros. Hacía dos años que lo escuchábamos todos los días durante las 50 cuadras que separaban mi escuela de nuestra casa, en la punta oeste de la ciudad. Era el único cassette que teníamos y sólo lo cambiamos cuando al fin compramos el Romance II.

A mi mamá no le gustaba que bajara la ventanilla pero yo lo hacía igual, me gustaba hacer el coro de i-nol-vi-da-ble hacia afuera del auto, imaginando que ahí había una multitud de mujeres despechadas.

He besado otras bocas buscando nuevas ansiedades/ y otros brazos extraños me estrechan llenos de emoción/ pero sólo consiguen hacerme, recordar los tuyos/ que inolvidablemente, vivirán en mí.

No entendía muy bien qué quería decir en realidad. Me gustaba el ritmo oculto de esas palabras, enganchadas unas a las otras, en un mensaje indescifrable para mi niñez pero ineludiblemente romántico.

Ese día mi mamá me dijo que Luismi iba a tocar en Buenos Aires y que le gustaría que fuéramos, pero no podíamos. Buenos Aires estaba lejos y yo tenía que ir a la escuela. Lo vimos por televisión desde el sillón de mi casa. Yo quería la remera de Luismi, la vinchita, bailar despacito un bolero con mi mamá. Ese día decidí que tenía que estar donde quería estar. No perderme ninguna oportunidad.

Dicen que la distancia es el olvido/ pero yo no concibo esa razón/ porque yo seguiré siendo el cautivo/ de los caprichos de tu corazón.

A los 18 me vine a vivir a Buenos Aires con la excusa de ir a la universidad. Durante esos años había abandonado a Luismi y sus boleros, había abrazado otros sonidos que incluían nuevas formas de amor.

No me acuerdo muy bien cómo pasó pero pasó en esa época del no-tiempo que es la adolescencia. Mis amigos porteños me regalaron un descubrimiento inolvidable para mí. Mi nuevo romance, que habría de escuchar de manera sistemática, como un mantra, durante muchos años después: Led Zeppelin III.

El cuarto tema, “Since I’ve been loving you”, me rompió el corazón ni bien lo escuché. Me pasaba horas con el repeat en esa canción, que me producía el mismo enigma y fascinación que esas palabras de amor adulto que no entendía de niña.

La oscuridad y el hondo dolor de ese disco me convirtieron en una fanática instantánea de Zeppelin, tal vez el único camino posible para una adolescente con ese nivel de drama como era.

Ese verano de 2004, a pocos días de haber vuelto a Neuquén a pasar las vacaciones con mi familia, encontré en un perchero de un local diminuto una hermosa remera gris con la cara de mis adorados cuatro. Diez años después, la sigo usando cada vez que puedo, como un mantra, como una filosofía, aunque ya no los escuche, aunque no me gusten las remeras rockeras.

Y no hay ningún gritito que me guste hacer más, mientras manejo con la ventanilla baja, que la última estrofa: Oh, my tears they fell like rain, Don’t you hear them, Don’t you hear them falling?//z

Romina Zanellato es periodista, neuquina y nómade. Se mudó demasiadas veces de casa, algunas de provincia y una de país.  Le gusta leer y escribir. Cultiva la amistad. Escribe como freelance en varios medios, tiene un blog sobre gente y siempre busca algo más. http://perfilesanonimos.tumblr.com/

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