MDQ FILM FEST 2016: dos posibles relatos históricos

En el contexto de la sección Panorama del Festival, rescatamos un documental argentino y una ficción afroamericana donde la narración histórica se pone al centro del debate.

Liebig (Christian Ercolano, Argentina, 2016)

Por M. Victoria Moreno

Año 1880. El país está unificado y Buenos Aires ha sido finalmente sometida. La política se construye en lo que la historiadora argentina Paula Alonso bautizó como “jardines secretos”, es decir, detrás de cámara, allí donde los poderosos que, vale aclarar, no son la elite económica, entretejen lazos que construyen poder. La determinación que caracterizó a los gobiernos del régimen conservador venció todas las variables que tuvo en contra: la falta de capital, la falta de población e, incluso, algunos testimonios de extranjeros visitantes que afirmaban con seguridad que nuestras tierras estaban destinadas a ser el suelo de espinosos e improductivos pastizales. Treinta años después, Argentina conocería el mayor apogeo económico de su historia, aquel que marcó nuestra identidad, aquel que construyó nuestra aristocracia, aquel que signó nuestro siglo XX de una forma tan definitiva como sólo logró hacerlo un miembro del ejército frente a una plaza, algún día de mediados de octubre.

En ese recuerdo nostálgico de triunfo económico se encuentra Liebig, una película documental que toma su nombre de un pueblo en Entre Ríos, construido utilitariamente alrededor de una fábrica de carne enlatada o, como le dicen los lugareños, cornebíf. La fábrica fue fundada en 1903 por los ingleses y cerró en 1980, cargando sobre sí varios años de desguaces, despidos, decadencia. Para entender esa historia, Christian Ercolano, el director, eligió a un grupo de ex empleados de la fábrica y habitantes del pueblo, quienes por su edad, eran niños cuando la industria conoció su apogeo, Segunda Guerra Mundial mediante. Fue en ese apogeo cuando Liebig llegó a faenar entre tres mil y cuatro mil cabezas de ganado por día, empleaba más de tres mil personas, fabricaba sus propios insumos industriales y poseía más 550.000 hectáreas.

Liebig 2

Sin necesidad de un gran despliegue técnico, aunque con un profundo trabajo de investigación y recopilación de testimonios, Ercolano logra reflejar en menos de setenta minutos algunos puntos característicos de la idiosincrasia nacional: la añoranza nostálgica de un pasado glorioso, el orgullo de haber formado parte de una industria que supo ser exitosa y el halo de fracaso que levita sobre un presente anodino y sin futuro. El trabajo sobre el recuerdo es la característica distintiva de Liebig: mientras el contador general de la empresa, un prolijo señor de noventa años, explica las bondades de los británicos [N. del A.: ¿fue otra construcción del relato histórico la oportuna idea del aceite hirviendo y la exitosa organización espontánea de milicias para expulsar las invasiones británicas?], un obrero especializado muestra sus recibos de sueldo, aclara cómo cambiaban a medida que ascendía, aunque después agrega que, cuando su mujer falleció, no pudo pagar su funeral. Es allí, en la sutileza que podría pasar desapercibida, donde el director demuestra su habilidad para marcar las contradicciones de un pasado siempre más diáfano que el presente.

Hoy, muchos años después, para los lugareños de Liebig, hay más perros que gente y el recuerdo parece el bien de consumo que mejor producen.

The Birth of a Nation (Nate Parker, Estados Unidos, 2016)

Por Sebastián Rodríguez Mora

¿Es posible que haya una película sobre la esclavitud peor que 12 Years a Slave, la ganadora del Oscar a mejor película en 2014? Parecía difícil, pero Nate Parker dejó la vida para lograrlo. Escribió, dirigió e interpretó el rol principal de esta historia sobre Nat Turner, esclavo y predicador afroamericano que en 1831 lideró en su Virginia natal una sangrienta rebelión contra propietarios blancos. Para un relato detallado de la historia, el contexto y las consecuencias que tuvo la vida del protagonista, se sugiere no recurrir a esta película. Suele ocurrir que uno de los mejores modos de narrar en el cine es a través de la mostración de los matices al interior de una historia. Eso es todo lo que decide no hacer Parker: los negros son buenos, infinitamente buenos, estúpidamente buenos; los blancos son malos, explotadores malvados, gentes malas.

Sabemos por los diarios que la cuestión racial en EEUU está en llamas de nuevo. Desde acá parece lógico que la reivindicación por parte de las artes acompañe al movimiento Black Lives Matter, a veces alcanzando niveles de oportunismo explícito. Es el caso de The Birth of a Nation, no quedan dudas que se aferra sin miedo al ridículo de todos y cada uno de los clichés narrativos para componer un drama histórico de esos para llorar. En perspectiva, el planteo se parece muchísimo al de El Patriota, esa de Mel Gibson que tantos soldados reclutó en la era Bush. Una vida feliz bajo el yugo de otro distinto y más poderoso; aires de libertad revoloteando; un amor por la paz y un amor familiar que repentinamente es arrancado de cuajo; la reacción violenta a la violencia de los otros. Nate Parker propone la historia de Nat Turner –sí, comparten hasta el nombre- del modo en que los blancos hablan sobre el heroísmo en Hollywood: paz primigenia, ataque del exterior que justifica la reacción, sangre a baldazos, triunfo o martirio. En este último punto, The Birth… está contada del mismo modo que otra película de Mel Gibson, la pochoclera Corazón Valiente, dado que el protagonista también finaliza sus días picado en juliana por sus enemigos. En el medio, una sucesión de símbolos bochornosos y cursis: cuando Nat Turner se enoja con sus propietarios blancos, una fogata reluce detrás de él, fuera de foco; el mismo sheriff que persigue a su padre –esclavo fugado- cuando Nat es niño, pasados los años viola y desfigura a su esposa, dando lugar al momento splasher de furia anti blancos; por último, con la soga del cadalso ya en el cuello, Nat mira al cielo y un ángel negro con alas blancas –de un mal gusto en el límite con la autoparodia- lo espera desde el cielo negro. Sólo faltó Morgan Freeman en la voz de Dios.

El nacimiento de una nación 1

¿Para qué sirve esta película? Al parecer, el festival Sundance amó este amasijo de golpes bajos y planos cortos de afroamericanos transpirados. Es posible que buena parte del progresismo yanqui no conozca del todo que los testimonios de la esclavitud durante el siglo XIX como los de Nat Turner, Frederick Douglass y Harriet Tubman fueron redactados con la estricta guía de tutores abolicionistas, para impresionar al Norte protestante con las capacidades del negro: podían escribir como el blanco y por tanto eran humanos. Muchos años después, The Birth of a Nation narra en la misma lamentable dirección. Por fuera del jueguito respecto al título del clásico de 1915 de D. W. Griffith, el director Nate Parker no logra desencadenarse del dictum hollywoodense de explicar lo negro con ojos blancos.//∆z

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