Mapas terminales, de Lucila Grossman

Compartimos el primer capítulo de Mapas terminales, la primer novela de Grossman editada por Marciana.

0.1                                          El silencio sólido

Cómo explicarle a los perros que me arden las muñecas (las iluminaciones de la furia deberían, ya, haberse callado) y mi cabeza todavía trenza un tiktik volcánico.

Abro los ojos y en cada pupila un reptil, arrancado del agua, sus raíces medio venas, queriendo mover, invertir el paisaje.

Desde que resucité, la primera vez, esta mañana, en este cuarto gris y negro con olor a humedad, el escenario que inventé para la catástrofe, pienso que nada de esto tiene sentido. Por eso sigo durmiendo. En mi cabeza resuenan frases y escenas mezcladas, que retumban, como el eco de un témpano de hielo que cae. Lejos, en el desierto, en cualquier lado. Se quiebra en mil pedazos sobre un piso maíz rajado de seco. Y se derrite.

El agua helada entra por las fisuras.

Lloro porque me despierto. Traté de levantarme y se me cayó la cabeza y rodó por el suelo. El mismo suelo con grietas que son pasadizos al centro caliente del mundo. Quise pisarla, dos veces, y no me pude levantar. Me inunda un chirrido, balbuceos que salen de un embudo de miel agria.

Tengo un estallido subterráneo enhebrado entre las sienes.

A las cuatro de la tarde veo dos posibilidades: seguir haciéndome creer que estoy muerta, mientras duermo desorbitada en este colchón de escarcha con manchas de sustancia, o levantarme y ocuparme de hacer, creer que hago algo.

Me paro como en yoga: en último lugar la cabeza. Cada molécula que me roza me asfixia. El aire: baba, pesa como si hubieran llovido o fueran a llover infinitos litros de pintura. La respiro. Doy tres pasos para adelante y dos para atrás. Al menos no retrocedo. Mis piernas son dos víboras de cascabel naranjas y se odian tanto que se pican entre ellas. Hacen presión desde las rodillas hacia el piso. Me caigo. El cuerpo es algo inútil. Me levanto. Voy al baño. Me cuesta mear porque se levanta un ardor desde la punta de mi clítoris hasta el riñón izquierdo cada vez que cae una gota. Tengo olor a perro.

El cuerpo es algo muy inútil. Y la noche es perro.

Me miro las manos y veo en la izquierda una plumita verde tornasol clavada en una herida, que parece, es de ayer, porque está abierta. Me la saco y la miro unos sesenta y cinco segundos atentamente. Le digo “hola plumita, y vos qué hacías ahí?” y la tiro al inodoro. Si alguien me viera pensaría  en lo idiota que soy hablándole a una pluma.

Nadie me ve porque casi no existo.

Las posibilidades rebotan en mi cráneo con un registro gravísimo, tibetano, cuando trato de entender cómo llegué anoche. Lo de la pluma me obliga a pensar qué hice antes de llegar y caer con la fuerza de un jabalí tieso, vestida, en la cama o lo que es lo mismo, qué hice después de ir al “Café de los Siervos”. Me acuerdo de que la música armaba círculos concéntricos de sonido mientras Laura agitaba los brazos. Me acuerdo de que las luces violetas vibraban. Me acuerdo de una pared que tenía uno de esos viejos tubos de led que si movés la cabeza rápido se transforma en el camello de Camel. Creo que nos echaron, de la fiesta, creo que un pibe tiraba botellas, al final, si terminó todo mal, no me acuerdo.

Toco la puerta del cuarto de Marcos, no está en casa, eso no es raro. Voy al living, me acuesto boca arriba, en el piso que transpira, con las piernas que transpiran, levantadas en la pared. Se me ocurre llamar a alguien a ver si el contacto humano me revive en algún sentido suave. No encuentro el celular por ningún lado, solo sé de memoria mi número y no tengo computadora porque nos cortaron la luz hace unos días. Quizás eso sea parte del escenario. Abro las persianas y miro por la ventana.

Veo figuras caprichosas sobre la vía pública.

Entra el sonido que es una ola uniforme de colectivos que van a cualquier lado, bocinas y voces que se hamacan todas juntas al mismo volumen, construcciones o deconstrucciones de edificios o caños o postes de luz o casas o megasupermercados, sirenas de bomberos o policías o ambulancias o gorjeos de millones de palomas que están colgadas en fila a la misma altura que yo estoy colgada, pero enfrente de mi casa.

Lo que se escucha es el silencio sólido.

Cierro las persianas. La absoluta sensación de vacío con ecos gravísimos se transforma rápido en desesperación negra: me siento empapada de muerte culposa sin referente y un alacrán sube por mis tobillos mordiendo pedacito a pedacito. Deja dos líneas cruzadas. Agarro un libro. Pretendo que leo. A los pocos minutos decido cambiarme la remera y arrancar para Parque Chas, ahí vive Laura.

Salgo a la calle a ver si se ilumina, la mueca, igual, ya sé, no puedo.

Toco el timbre un par de veces, me abre la abuela y dice que Laura se fue de viaje hace dos horas. Me quiero matar. Me perdí como todas las veces que vengo y estuve cuarenta minutos dando vueltas por Berlín. Berlín y Berlín. Laura vive en una calle circular. Recién ahora me acuerdo de su voz diciéndonos, ayer, que no quería dormir porque se iba hoy con su abuelo que se está por morir y los invitó a ella y a su hermano a pasear por las cavernas erosionadas de Capadocia. Capadocia es un pueblo de Turquía construido entre cuevitas fálicas hechas de piedra lunar con agujeros de pedazos que se quiebran y se caen por todas partes, a veces, sobre las cabezas de la gente. Parece que un día cada aproximadamente veinte años las cuevas se derrumban formando enormes montañas de piedra lunar porque no aguantan el peso de la civilización que las conquistó. Los habitantes, héroes anacrónicos, encaprichados, duplican el pueblo en las cuevas de al lado, hasta que en algún momento se derrumban de nuevo.

Capadocia me hace acordar a mi cerebro.

Me imagino a Laura subiendo al avión, arriba de una camioneta de excursión con un turco, paseando por los criaderos de gusanos de seda. Me río sola.

La abuela de Laura dice “¿estás bien?”. Me doy cuenta de que seguimos ahí. Le digo “sí” mientras trato de sonreír para sonar convincente pero se ve que no logro convencerla o es que ella se siente muy sola y me pregunta si quiero tomar un café. Le digo que me encantaría pero tengo que irme corriendo al trabajo. La mitad de su cara se frunce resaltando los surcos que tiene en la frente y nos despedimos, pero parece que ella se queda en la puerta mirando como me alejo porque cuando cruzo la calle un auto me esquiva tocando bocina y escucho que la señora grita “cuidate”. Sigo caminando.

En dos horas entro a laburar, tengo que hacer tiempo, así que me pierdo a propósito y cuando encuentro Blanco Encalada camino y después me mareo así que me tomo el 114. Estoy un poco paranoica. Un señor enorme con cara de rinoceronte se sienta al lado mío. A las seis cuadras dice sin mirarme “me estás codeando”. Le digo “no”. Me pregunta si lo hago para molestar. Nos miramos mal.

Paso por la puerta de la casa de Pablo, el eterno retorno, y me lo imagino saliendo y parando el bondi. Todo se pone rojo. Pablo sube y se resbala porque siempre fue torpe y la escalera tiene grasa. Corro y lo levanto, nos miramos a los ojos en esa subida y a una ventana del colectivo le crece una enredadera, que tiene en cada hoja una bola como de navidad pero es un planeta reducido y adentro de la que está más a la izquierda hay una guerra mundial. Me río sola. La gente me mira. El señor enorme bufa y se cambia de asiento.

Pienso que probablemente mi familia nunca me escuchó reírme a carcajadas.

Se sube un pibe que vende medias. Dice que se está recuperando de la droga, que antes era chorro pero ahora quiere trabajar. Pide ayuda. Siempre sueño que me vienen a robar y me hago amiga del chorro. Le pido que me devuelva el chip del celular y le doy todo lo demás pero al final resulta que es un buen tipo y me devuelve también el documento. El chico se para al lado del conductor y le empieza a hablar a una mina que parece que milita y quiere ser maestra, veo que hacen caras y se ríen. Los ojos de ella dicen “me voy a enamorar de este rocho. Quiero ser su mamá para aliviar mi culpa en general”. Me bajo.

Se hace de noche y sube la temperatura. Hay un gato gordo y naranja que se retuerce en un balcón del piso uno, mira para abajo. Guiña un ojo. Le sonrío. Llego a la puerta del trabajo.

Me doy cuenta de que no voy a ir a trabajar. Nunca más.

No voy a volver a la productora a surfear malos flashes ni a buscar archivos de programas que hablan de lo miserable con un criterio de búsqueda todavía más miserable. Hace meses que un conductor aborto de magnate de la televisión, muy petiso, con  dentadura falsa, cara de hiena y la boca llena de gritos histéricos aparece obsesivamente en mis pensamientos: entra a mi cuarto en pijama. Mientras me ducho. Toma merca en cuclillas con dos minas en el baño de un boliche en Puerto Madero. En cuatro patas.

Ahora mi plan es no ver la televisión hasta que me muera.

Me siento en una escalerita de edificio y respiro. Pienso en cualquier cosa. Mi mirada está un poco borrosa y en la esquina un borracho le da cátedra a una ronda de perros. Querría  ser uno de ellos. Siento pena por mí.

Veo pilas de cuerpos corriendo atrás o adelante o sobre sí mismos.

Voy a un locutorio y llamo a Edenor para ver si al menos puedo resolver el tema de la luz en mi casa. Me dicen que en los próximos dos días, tal vez, de 8 a.m. a 8p.m., va a pasar un tipo para ver qué es lo que anda mal. “Amplio espectro, ¿no?”, pero qué importa si ahora soy desocupada y voy a tener tiempo para estar tirada en el sillón esperando al mesías. Aprovecho y me quedo media hora boludeando en el cyber. Entro a Mercado Libre, busco bases para sommier, busco zapatillas. Después me doy cuenta de que no tengo plata y me voy.

Me tomo un taxi porque me pesa la cabeza y si cierro los ojos, la mitad de mi cuerpo es desproporcionadamente más chica. Paso por el bar y está cerrado, es lunes. El auto tiene unas cintas rojas colgadas contra el mal de ojo que se mueven y en el espejito parecen un tipo que se cruza y se descruza de brazos.

Entro al edificio, subo el ascensor, prendo la linterna que está al lado de la puerta y empiezo a sentirme culpable por estar incomunicada, hasta que llega Marcos envuelto en un tubo subterráneo a quinientos kilómetros por hora desde un telo con velas y el pelo mojado. Me cuenta que ayer se fue con un pibe temprano y se enamoró. Con Marcos nos conocimos hace seis años y somos como hermanos, es adorable, siempre bailamos, y bailamos bien, y cuando no sabemos de qué hablar deformamos palabras y nos hacemos los idiotas.

Le cuento que dejé el laburo. Me río y después lloro, con calma. Le pregunto si sabe qué pasó ayer. Me dice que no tiene idea, que aunque se hubiera quedado no podría decirme porque no veía nada. Le digo “buenísimo”. Me pregunta por qué. No respondo. El cuarto se llueve de nuevo de pintura. Respiro. Marcos me pregunta otra vez por qué con un tono más solemne y dice “no corras en círculos” porque ya sabe.

Yo le digo que no, que hace un tiempo que corro así:

“Qué sé yo si es mejor”. Nos reimos. Se despide porque hoy trabaja en la barra de un boliche por Palermo, de esos que lavan guita. Está muy dulce. Abre la puerta y me habla de un sueño que tuvo ayer pero yo ya no lo escucho y con el ruido sordo del portazo mi columna estalla y las vértebras forman una órbita alrededor de mi cerebro que es la tierra, o el sol, dañado, deseje.

Lo escucho freírse. Hago un minuto de silencio por él.

Prendo unas velas y apago la linterna que se está quedando sin batería. Solo hay whisky y banana. Meto la banana en el whisky, me la como. Después meto un dedo en el whisky e intento comérmelo. Me duele. Tomo whisky solo.

Cierro los ojos. Quizá me convendría salir pero afuera no hay nada. Soy el centro mismo de lo audible, me aturdo y quiero tener ganas de comer algo, me duele el cuerpo pero no voy a ir al médico porque los odio y no los necesito.

Los microbios son como los perros o los humanos o los fantasmas: si los ignoras dejan de molestarte.

Si al menos quisiera comer y comer, o coger y coger, distraerme, saber qué pasó ayer. Pero me olvidé. Ya fue. Qué me importa. No hay memoria. Hace tiempo. Me perdí lo importante  porque la luna se puso rosa y un aeroplano caía en picada al río justo en el momento en que debería haber leído la escena o tengo miedo  de acordarme o me gusta paniquearme, ver cómo todo se retuerce y el mapa se funde, me gusta el elemento disruptivo que transforma la línea en triángulo y sí sí sí, sigo tomando, no entiendo si soy una especie alucinante de ermitaña con la lengua llena de frutos o ya debería haberme muerto en un accidente irrelevante. Un auto que choca en la ruta contra una vaca, un tiro mal dirigido, una serpiente venenosa en la quinta de un amigo.

La luna se va, quema y raja la ventana y yo estoy arriba de la mesa, bailando con una kataniiita muy finiiiiita casi nula.

La estoy malviviendo, todos deberían verme. Podría ponerme linda, maquillarme y hacerme unas trenzas de boxeador. Después matarme y ser un lindo muerto. ¿Para los chicos del cementerio? No me animo. Estoy re mareada y me duele el cuerpo. Estoy sucia, sí, y siento los ovarios muertos, el útero muerto, se hace de día y me quedo dormida.

Golpean la puerta fuerte, más fuerte, no sé cuánto tiempo hace que están golpeando. Agarro una cuchilla y me la guardo abajo del buzo. Transpiro y la pared transpira. Esto es muy denso. Me tiembla el cuerpo. Tengo miedo.

Salgo empuñando el cuchillo preparada para usarlo y un señor con un casco y un traje de Edenor sonríe. Respiro hondo. Escondo la cuchilla y lo hago pasar. Sigo temblando. El tipo habla mucho y no escucho. Me tiro en el sillón. El toca algo y se enciende la heladera como un motor de auto viejo. Cuando se agacha veo que de la raya que se le escapa del pantalón sale una lagartija de colores sureños que camina por su espalda. Le pregunto “¿estamos bien?”. Observo.

Me quedo sola y prendo la computadora. Paseo por bandcamp y escucho miles de banditas y leo las letras de sus temas. Sé que me las voy a olvidar. Tengo sueño pero cierro los ojos y me lleno de imágenes turbias, así que los vuelvo a abrir. Cuando levanto la vista, el living es un boliche con forma de capilla y las luces azules multiplicadas en espejos me inyectan la córnea. Veo sombras. Los ruidos me asustan y corro hasta la puerta y espero. Después ya no me puedo levantar de la cama. Pongo play a una serie online de cinco temporadas. Me muevo para apretar “continuar” mientras la página me pregunta “¿todavía seguís ahí, idiota?”, pero con la diplomacia característica de la virtualidad.

Estoy a oscuras viendo cómo se da vuelta la noche y el día y la noche de nuevo. Empecé a cultivar un tic: abro y cierro los ojos apretando alrededor de quince veces por minuto. Marcos entra y sale cada tanto y yo fumo y fumo. Soy una película patética de stop motion en loop.

Pierdo mis contornos.//∆z

tapa alta

Arecia_Octubre

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