Manteniendo el fuego sagrado a cualquier precio

People, Hell and Angels es el nuevo disco póstumo de Jimi Hendrix. Una recopilación de grabaciones encontradas es la excusa para seguir lucrando con  el mito del guitar hero más grande de todos los tiempos.

Por Sebastián Rodríguez Mora

Definitivamente, somos recuerdo y herencia. Terminamos siendo el papelerío que dejamos en nuestros cajones, las fotos, la ropa con olor a nosotros, las deudas impagas (a veces impagables) o las mansiones en las que anduvimos respirando hasta antes del fin. Todos esos objetos que para los otros nos mantienen vivos en la memoria para bien o para mal, en el caso de Jimi Hendrix inmediatamente se transforman en el cálculo de la industria musical para hacerlo dinero contante y sonante.

En un día como hoy de 1969, quizás en paralelo a la redacción de este texto, el guitar hero grababa en New York con su amigo el saxofonista Lonnie Youngblood una jam titulada, más que nada por la repetitiva fórmula de la letra, “Let Me Move You”. Un funk febril y raro para lo que conocemos de su aparentemente infinito caudal creativo, que en esos momentos de quiebre con la formación que lo acompañó en sus tres discos de estudio centrales –Are You Experienced?, Axis: Bold As Love y Electric Ladyland, el sonido de la ola que crecía a un ritmo arrasador en los sesentas- marcaban de a poco una intención de ampliar el horizonte. Suena a ensayo, suena desprolijo, suena hermoso y nuevo. Pero, ¿es efectivamente nuevo? ¿Hay algo en este nuevo proyecto de recopilación que no haya sido editado en la catarata de bootlegs, en ese incompilable canon hendrixiano que quedó a medio camino en manos de su ingeniero de sonido, Eddie Kramer? Al parecer, todo lo que es Jimi brilla como el oro y cotiza por igual. Para ser sinceros y en esto no creo que exista adicto tal a su obra que lo contradiga, People Hell and Angels se asemeja a una venta de garaje de luxe, sólo que además de los muebles y electrodomésticos se ofrecen partes del cuerpo ya largamente mutilado del difunto. Googleando por ahí se puede encontrar una reseña irónica titulada “Exhumo por dinero”, y el autor la clava al ángulo con la descripción.

Sin embargo, no nos vamos a quedar con las manos vacías poniendo play. Este (re)ordenamiento de tracks sueltos se toma la precaución de mandar lo más rico al principio. En la primera mitad se encadenan una tras otra las partes de los temas que formarían parte de ese imposible cuarto disco de estudio. “Earth Blues” y su potencia más los coros agudos del estribillo; “Somewhere” que cuenta con la participación de Stephen Stills (Buffalo Springfield y Crosby Stills & Nash) en el bajo y suena a una versión quizás no terminada pero genial de esos blues que llevan el sello distintivo de la Stratocaster para zurdo, una imperdible versión de “Hear My Train A Coming” con todos los brillos que uno de sus deudores directos como es Stevie Ray Vaughan sabrían interpretar; una versión bastante libre de “Bleeding Heart” de Elmore James decorado acá y allá por el diálogo entre su voz y la guitarra. Luego viene el ya referido “Let Me Move You”, tal vez la canción de mayor atractivo, con la posibilidad de imaginarse a un Hendrix ucrónico funkadeliqueando.

A partir de ahí, empieza a notarse cómo poco a poco el nivel de las grabaciones se va haciendo más prematuro y la sensación es la de llegar antes a una fiesta sorpresa en plena organización para nosotros. Todo está a medio camino entre la zapada y la prueba, con temas pelados y arreglados con lo puesto. Sí, escuchamos un Hendrix que no resuelve magistralmente, que incluso se repite y se imita –tal vez allí sí hallemos algo sorprendente. Ciertamente cuesta dejarlo terminar, más cuando como bonus track aparece “Ezy Ryder”, un monstruo de solos encadenados de veinte minutos que va y viene entre genialidades y algunos pifies propios de versiones aún por madurar.

En resumen, un rejunte de los restos del naufragio, otro más en los últimos cuarenta y pico de años que pasaron desde la partida de Hendrix; al parecer la orilla seguirá llenándose de escombros. Quizás en algún momento esa hipotética habitación llena de cintas de grabación se vacíe, y hayamos exprimido del todo la producción avasallante y múltiple que en pocos años logró. Entre tanto, preferible quedarnos con lo que ya conocemos. Porque el mito es un mito si podemos abarcarlo, rodearlo y de esa manera ofrecerlo a los no iniciados. Despreocúpense, este disco no agrega nada imprescindible en en el culto del primer dios de la guitarra eléctrica, así que dormimos tranquilos si tal vez nunca llegue ni a nuestro mp3.//z

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