LO MEJOR DE 2018: Discos nacionales

Empezamos nuestra selección personal de lo más destacado del año con diez álbumes nacionales.

Ilustración por Martina Mounier

10- El camino no elegido – Las Armas Bs. As.

En su segundo disco, la banda oriunda de La Plata ratifica el imaginario desplegado en su antecesor, Vol. I: riffs de guitarra potentes, escenarios de carreteras y un sonido enraizado en la tradición clásica del blues. Hay mayores sutilezas sonoras y una mejora en cuanto a la técnica de grabación y mezcla. Aquí se entrecruzan sonidos más garageros, que remiten a los Black Keys, con guitarras acompasadas que solean en un trip valvular; “La Habitación” remite a los Arctic Monkeys de la época de AM (2013). También le abren la puerta a otros ritmos poco explorados en sus canciones anteriores, como el soul, profundizando su interés por el groove de la música negra. El ejemplo de esto es “Lo bueno de estar solo”, que comienza con un efecto casi de música disco y no le teme al coqueteo con el glam-pop.  La producción estuvo a cargo de Lucas Gregorini, quien también aportó teclados y se convirtió en el cuarto integrante de este trío rockero. También resuena Elvis Presley, del cual Ramiro “Mister” García Morete (voz y guitarra) es fanático. En cuanto a las líricas, también expanden sus tópicos ya frecuentes, de convites ruteros y excursiones por los caminos de la provincia de Buenos Aires, eso que les gusta reivindicar como rock bonaerense. En “El hit del momento”, se inspiran en uno de los tantos casos de gatillo fácil para devolverle al rock su lugar contestatario y liberador. En “El futuro es una mujer negra” le cantan de manera explícita a la emancipación femenina. Otras influencias, como Creedence o la versión más eléctrica de Bob Dylan, se hacen presentes en este álbum mientras un diddley bow, instrumento casero emblema del blues norteamericano, entrelaza lo viejo y lo nuevo, lo clásico y lo moderno; arcilla sobre la cual Las Armas esculpen sus canciones.

Pablo Díaz Marenghi

9- Boleros y Canciones – Poli y Prietto

Maxi Prietto es un artista inquieto y ecléctico. Siempre influenciado por el rock psicodélico y una peculiar manera de cantar, faceta que explotó en Prietto viaja al Cosmos con Mariano, también demostró un interés por la canción popular. Una prueba de esto es su banda, Los Espíritus, que cruza el blues con la canción chamánica y los ritmos afrolatinos. De gran trascendencia internacional, Prietto no se detiene. Recientemente renovó su interés por el bolero, género que había explorado en su disco La última noche (2013) y grabó Boleros y Canciones junto con Natalia Politano (alias Poli), la voz de la banda platense Sr. Tomate. Este pequeño gran disco reúne clásicos (“Historia de un amor”, “Perfidia”, “El día que me quieras”) con composiciones inéditas (“Cigarrillos”, “Témpanos Lejanos”). Prietto, con su habitual tonalidad deforme, acompasada y magnética. Poli, con una voz edulcorada y dolida, que ubicada dentro de estas melodías remite a cantantes mexicanas como Julieta Venegas o Natalia Lafourcade. El sonido oscila entre lo tropical, lo tanguero y la canción folk despojada. Los arreglos de cuerdas, a cargo de Charly Pacini (Orquesta Típica Fernández Fierro) enaltecen el sonido del álbum y revitalizan a un género que suele relacionarse con el pasado. Las guitarras, instrumento al cual Prietto sabe sacarle jugo, cobran la preponderancia necesaria en un género donde son protagonistas. Además de la voz del Salmón, que también aportó algunos coros, se le sumó Gustavo Santaolalla con su mágico charango en la canción “Veinte Años” y el mastering estuvo a cargo de Gavin Lurssen, quien trabajó en discos de Tom Waits y Leonard Cohen. Las voces de ambos se entrecruzan en un diálogo que conserva la fibra iniciática del bolero. Un pulso interpretativo sufrido, que le canta al dolor de la ruptura amorosa, a la pasión más febril y desesperada.

Pablo Díaz Marenghi

8 – Historias de pescadores y ladrones de la Pampa argentina – Gabo Ferro y Sergio Ch

Desde hace un tiempo –primero con la disolución de Los Natas y luego asumiendo en Ararat su rol como bajista- que Sergio Ch abandonó el sonido eléctrico y pesado de su guitarra. Y hay algunos antecedentes -los coqueteos con el folcklore en Toba Trance Vol 1 y 2 (2004), el disco solista 1974 (2015), las canciones acústicas de Todo lo sólido se desvanece en el aire (2006)- para pensar en este disco a dúo junto a Gabo Ferro, que respira sobre la base de guitarras criollas tratadas con amplificadores valvulares de los ’70, apenas acompañadas a veces por algún piano o colchón de sintetizadores como trasfondo musical. Pero la raíz de esta unión puede entenderse en realidad como resultado de una sensibilidad compartida: “Somos dos personas a las que la vida las sacude y arremete. Y nosotros en nuestra música traducimos eso. La música que componemos y grabamos queremos que sacuda y arremeta”, le digo Sergio Ch a este medio. Poco antes de juntarse con Gabo a componer estas canciones, Sergio Ch redescubrió el catálogo de Atahualpa Yupanqui y José Larralde desde una radio AM, dato que puede sumarse a la condición de historiador de Gabo para pensar en este disco que narra historias de caza, pesca, gauchos, animales heridos, ríos, sangre seca en la tierra, cuchillos clavados en el piso y vasos de vino para atravesar vendavales. El diálogo y los contrapuntos de las criollas siempre mandan (potenciadas por el maridaje entre la voz rota y misteriosa de Sergio Ch junto al registro lírico y dramático de Gabo), y regalan distintos colores: desde el stoner acústico con guitarras apuradas que invitan al galope sobre las llanuras pampeanas en “Cruz del sur invertida”, hasta el blues vía versión “Personal Jesus” de Johnny Cash en “El pescador” o el folk de guitarras sufrientes (con algo de “The House of the Rising Sun”) en “1974”. “Yo que era fuerte, ya no lo soy / Pero no extraño tu distorsión”, canta Sergio Ch como resumen conceptual en “El pescador”: la clave está en sumergirse en la riqueza de esos rasgueos (“Guitarras muy picantes, tienen mucha sal, mucha pimienta, mucho orégano, tienen pimentón, putaparió”, según Sergio) y en entender que la potencia está en la tocada y no en el volumen.

Matías Roveta

7- Best Seller – Juan Ingaramo

El auge de la denominada “música urbana” es innegable. Ritmos como el trap o el hip hop trepan a la cima de los rankings y cada vez son más los artistas que deciden innovar con sonidos propios de la música negra, el soul o el funk y efectos como el auto-tune. El rock y el pop no permanecen ajenos a estos fenómenos. Quizás uno de los exponentes argentinos que ha sacado más provecho de dicho contexto sea el cordobés Juan Ingaramo. En una entrevista reciente afirma: “Considero fundamental alinear la obra a la era en la que uno la genera, pues inevitablemente es y será hija de ella”. Dicha intención se cristaliza en su último disco. Ocho canciones hijas de un mestizaje promiscuo entre sonidos bailables, como el reggaeton, y líricas rockeras propias de la música popular. Mientras el trap se consolida como la banda sonora por excelencia de la juventud contemporánea, Ingaramo parecería decir: “Mi educación sentimental es el rock y el pop pero me dejaré contaminar por los sonidos de las nuevas generaciones a ver qué pasa”. Así lo canta en “Que suene el ritmo boreal/ El de la gente normal/ Suena en la calle /  El baile / La vida real”. En algunos tracks todo se vuelve más trapero, con efectos de auto-tune, métricas aletargadas y acompasadas, como en “Fobia”. También emerge el electro-pop (“El Compositor”) o sonidos latinos tamizados por efectos y máquinas (“Hace Calor”). Se destacan exponentes del trap como invitados (Neo Pistea, Dakillah y Ca7riel) y el todo terreno Louta. A la vez, emergen las raíces cordobesas de Ingaramo en el cover de “Fuego y Pasión”, del potro cordobés Rodrigo, con el aporte de Elsa y Elmar en voz. Productores de renombre (Nico Cotton y Rafa Arcaute) estilizaron todavía más la arquitectura sonora. El cantautor y multi intrumentista se emparenta a otros artistas locales (Louta, Francisca y los Exploradores, Simón Saieg) que no se suben al mismo tren de fenómenos masivos como Duki o Paulo Londra sino que, más bien, se atreven a re-significar ritmos actuales en alza para armar su propia versión musical de los hechos.

Pablo Díaz Marenghi

6- El ruiseñor, el amor y la muerte – Indio Solari

“La muerte, esa tonta, me vino a buscar ayer / Vestida de negro se vino a llevar mi piel / Con una falda floreada quizá le hubiera aceptado / Dijo: ‘De a poquito comienzo’”, canta con elegancia y cercano al crooner el Indio Solari en “La moda no es vanguardia”, un soberbio rock mid tempo de guitarras sentidas. En “La oscuridad” el cantante dice que los fantasmas lo acechan en forma de viejos recuerdos y conocidos ahora lejanos que se acercan para despedirse él, tal vez como consciente de que todo puede terminar. Solari mira al pasado con el peso de la amargura de viejas cuentas sin saldar (“Vos fuiste la derrota que mi alma no soportó”) y deja una pregunta de cara al final: “¿Habrá después?”, mientras una guitarra corta el aire y un solo de trompeta carga con reminiscencias a Patricio Rey. No es la primera vez que el Indio habla de la parca (en su debut solista de 2004 directamente nombró una canción con el título de “La muerte y yo”) pero, a la luz de que él hizo público su estado de salud y de que bastante en El ruiseñor, el amor y la muerte –su mejor disco solista a la fecha- suena a despedida, todo cobra otro peso. “Pedís que no mire hacia atrás”, sigue cantando el Indio en esa canción, pero ese es justamente el tipo de consejo que el cantante ignora en buena parte de su nuevo álbum: está la portada –una hermosa fotografía en blanco y negro de sus padres, José y Chicha- como homenaje en plan nostalgia dulce a las personas que lo formaron y colaboraron “a convertirlo en quién es”, y además hay recuerdos de juventud y de viejos amores (el amor “fugaz y turístico” como fantasía de verano en “Ostende Hotel”, el amor real y duradero en la gran balada que da nombre al disco y que tal vez tenga como destinataria a su esposa Virginia, y el amor como memoria adolescente en “La pequeña mamba”), pero también guiños a su formación en la psicodelia en tiempos de contracultura platense de los ’70 (“El tío Alberto y el día de la bicicleta”, casi un folk rock con giros de pop optimista que pone en primer plano las palmas, las guitarras acústicas y el formato cancionero como sello novedoso del álbum, sin las saturaciones digitales ni las texturas sobrecargadas de arreglos que eran una constante en sus anteriores discos solistas). Solari tampoco pierde del todo de vista sus viejos trucos (la certera mirada política que se actualiza en “Strangerdanger”, los climas orientales en “Canción para un terrorista bonito” y la fascinación por los personajes de cómic en “Panasonic y el mundo a sus pies”), pero también David Bowie se perfila en el horizonte como influencia: el aura resplandeciente de las guitarras eléctricas en “El martillo de las brujas (Malleus Maleficarum)” invita a pensar en “Heroes”, y el tono de posible final que respira El ruiseñor… sugiere el disco Blackstar (2016), por el cual el Indio confesó en varias entrevistas su admiración. ¿Habrá después?, por citar una de sus preguntas. ¿Habrá show vía streaming?, ¿será cierto que ya prepara un nuevo álbum? Por lo pronto, Solari editó su mejor disco y deja una frase con sabor a adiós: “Perdí lo que no tuve, gané lo que nunca merecí… y más”.    

Matías Roveta

5- Discutible – Babasónicos

El play que conduce instantáneamente a un nuevo mundo, a una nueva etapa en la vida de la banda. Ese efecto generan los primeros segundos de “La pregunta”, la canción que abre Discutible, el excelente nuevo álbum de Babasónicos. Y la sensación es conocida: es una apertura de disco sobresaliente que rompe con cualquier lugar común en la carrera del grupo, del mismo modo a como lo hizo “Los calientes” en Jessico (2001). Aquella obra clave de Babasónicos se gestó mientras la economía del país se desintegraba luego de años de feroz neoliberalismo: ahora Adrián Dárgelos suelta lo que parecen ser descripciones sobre vivir en tiempos de crisis y ajuste (“Disfrutá este trago porque al terminarlo habrá que pagar / Y quizá pagarlo de más”). La canción avanza con calma con algunas sutilezas de sintetizadores en un clima de electrónica oscura y glacial que remite a Massive Attack, una marcada línea de bajo post punk sostiene toda la estructura como esqueleto principal y recién sobre el final aparecen algunas guitarras machacantes de Mariano Roger con pulso bailable para dar rienda suelta a un desenlace de techno rock cercano a Depeche Mode, mientras que Dárgelos dispara preguntas simples que interpelan con tono combativo en el estribillo: “¿Quién está dispuesto a matar?, ¿quién está dispuesto a morir? (…) ¿Quién está dispuesto a luchar?, ¿quién está dispuesto a pelear?”. Es un presente que tiene rasgos de aquel pasado tormentoso pero, por lo jugado de su apuesta artística, Babasónicos está mirando hacia adelante. El disco también exhibe actualidad en otros aspectos: influencias de discos claves editados en estos últimos años, coqueteos con recursos sonoros de estos tiempos y algunas cruzas entre la música negra y la electrónica (en “Bestia pequeña” vuelven los guiños a Depeche Mode junto a las voces tratadas con auto-tune, pero también hay reminiscencias a LCD Soundsystem y American Dream y en canciones como “Teóricos” o “Ingrediente” Dárgelos canta con su voz procesada rodeado de guitarras funkies que invitan a pensar en Random Access Memories de Daft Punk). Otras canciones desnudan elementos que son viejos recursos conocidos (el glam rock en “Trans-Algo”, el rock sónico de tinte punk en “Cretino”), pero Discutible parece dejar en claro que abre un nuevo camino de reinvención para la banda. ¿Hasta dónde puede llegar el afán de un grupo de seguir buscándole la vuelta a su sonido o de seguir probando nuevas formas de sorprender? Ante eso, Dárgelos canta en “Un pálpito” a modo de respuesta: “Esto recién empieza”.

Matías Roveta    

4- Fuego Artificial – Las Ligas Menores

Cuatro años después de su disco debut, Fuego Artificial ratifica el camino recorrido y encuentra a la banda con más experiencia y soltura en cuanto a lo instrumental. Estas trece nuevas canciones exploran universos temáticos recurrentes para el grupo: el desamor, la amistad, la incertidumbre, la introspección y las erupciones post adolescentes. En cuanto a lo sonoro, se mantiene esa fibra nerviosa que remite al indie norteamericano, al patrón rítmico motorik y al shoegazing. La fibra punk del grupo, más propia de sus catárticos shows en vivo, aquí se vuelve un poco más sutil y armónica, dejando entrever diferentes texturas y colchones sonoros. Se percibe una superioridad técnica en la grabación, una mayor nitidez en las voces y un incremento en el uso de percusiones y efectos, en temas como “Luces y Carteles” o “Fin de año”. Esta mayor amplitud en el espectro de la banda es, en parte, gracias al trabajo de Lucas Rossetto (asistente de grabación y sonidista de El Mató a un Policía Motorizado) en la grabación y de Tom Quintans (Bestia Bebé) en la producción. Varios temas oscilan entre la duda y la incertidumbre. Como “Peces en el mar” o “Contando lunas”. Representan el intento, muchas veces frustrado, de canalizar ciertas derrotas amorosas o de afrontar peligros cotidianos. El amor y el desamor es otro componente que atraviesa su obra. Al igual que en “Renault Fuego”, del disco anterior, aquí se manifiesta en “La Paciencia” o “En invierno”. “No gano nunca nada, más que ganas de perder” cantan en “A tres colores” y agregan una frase más en el diccionario del rock independiente de La Plata. Aquellas emociones propias de los marginados, los nerds, los raros, los excluidos de la escuela o los incomprendidos por la sociedad que se juntaron en las calles platenses para hacer música. El Mató supo bautizar a estos sentimientos como “la depresión sin épica” y 107 Faunos fue tajante: “Ser el mejor en lo peor, toda una misión cumplida”. Las Ligas aportan su cuota a este imaginario que oscila entre la comedia negra, el manifiesto generacional y la reflexión existencialista.

Pablo Díaz Marenghi

3- Cargar la suerte – Andrés Calamaro

Volumen 11 (2016), el último disco de Andrés Calamaro, tenía una impronta cercana a El Salmón (2000): la abundancia, un disco de largo aliento, el torbellino compositivo. Cargar la suerte, en cambio, conecta con las melodías perfectas y las canciones redondas de Alta Suciedad (1997), y se perfila como un disco para ubicar bien arriba en el catálogo de Calamaro (para pensar en otro posible lazo con Alta Suciedad, Cargar la suerte fue grabado en Estados Unidos -Los Ángeles- con producción de Gustavo Borner y una nutrida selección de sesionistas profesionales). Buena parte de lo mejor de Cargar la suerte está atravesado por la idea de viaje, la sensación de tráfico permanente para un artista que divide su tiempo entre Buenos Aires, Madrid y las giras. En “Tránsito Lento”, con aires soul y arreglos de vientos, Calamaro parece estar hablando del tiempo perdido entre tantas escalas en aeropuertos, y en “Cuarteles de Invierno” mira a la distancia a su país, se pregunta con qué Argentina se encontrará y avisa que viene con una gran cosecha de canciones (el oficio de compositor vuelve junto al aroma country rock de “Diego Armando Canciones”, titulo con un juego de palabras a mitad de camino entre su amor por el astro futbolístico y su propio talento para la canción). No es difícil pensar (una vez más) en Bob Dylan y esa intro en el documental No Direction Home (2005), en la que Mr. Zimmerman cuenta que alguna vez salió a la ruta para encontrar el hogar que había dejado hacía tanto tiempo: “Nací muy lejos de donde se supone que debo estar y por lo tanto voy camino a mí hogar”, dice Bob, tomado por la cámara de Scorsese. En el cierre del disco a cargo de la balada “Voy a Volver”, Calamaro dice que va a regresar al lugar al que nació, que salir al mundo le permitió aprender a vivir y que –entre tanto movimiento- es importante saber qué se está buscando. Y ese ir y venir le permite a Calamaro tomar distancia y reencontrarse con su lugar (un poco de Honestidad Brutal en este caso) , esa Argentina turbulenta descripta en “Las Rimas”: el aura emotiva de “Paloma” y una melodía apurada en la que el cantante acumula las frases casi al borde del rap cuando habla del “amor en tiempos de Ibuprofeno” y de “gas pimienta en la escalera del Congreso”, al tiempo que llama a despertar a los cerebros dormidos y pide que vuelvan “los hijos y los nietos perdidos”. Una especie de “Clonazepán y Circo” versión 2018, un himno para pintar un país hiriente y agrandar la extensa colección de clásicos.

Matías Roveta

2- Prender un fuego – Marilina Bertoldi

“Quiero avisarles algo / Estaba enojada y ahora estoy preparada, ¿o no?”. Con ese nivel de determinación y seguridad canta Marilina Bertoldi, a bordo de unas de guitarras densas y deudoras del grunge como marca de estilo, en “¿O No?, la canción que abre Prender un fuego: la vara había quedado muy alta con Sexo con modelos (2016), pero el nuevo disco de Bertoldi viene a confirmar un presente solista excelente. Y la apuesta ahora parece estar más enfocada en el groove, los climas nocturnos y la influencia del funk, que nace del fraseo siempre virtuoso de su guitarra: en Prender un fuego Marilina Bertoldi compone, canta y produce (con ayuda de Brian Taylor) sus canciones, pero ella es además una excelente guitarrista, que teje las armonías con swing en canciones como “Fumar de Día”, “La Casa de A” o “Nunca”, para luego rematar los temas con solos heroicos (jugando con el blues y a mitad de camino entre la técnica y el sentimiento, permitiendo ubicar a Annie Clark como posible referencia). Sin techo a la vista y consolidando una carrera que no para de crecer, Prender un fuego también se expande a nuevos sonidos y es posible rastrear otras influencias en el horizonte sonoro de Bertoldi, como por ejemplo Gustavo Cerati y Bocanada (1999) en “China” (con sus ruidismos de sintetizadores, una batería pesada, aires lounge y otro punteo de guitarra para recordar), Radiohead en “Techo” (una base electrónica acompañada por una guitarra suave y arpegiada alla Jonny Greenwood) o PJ Harvey en “Correte”, con el rasgueo limpio de su viola y claves en la letra para entender parte de su proceso compositivo: “Canto todo lo que creo cantando / Que es nada más que convencernos de lo que pensamos / Y si no hay amor, que no haya ni un carajo”.

Matías Roveta

1- El Nene Minado – Nahuel Briones

“¿Te acordás de mí? / Soy el del disco anterior”, canta Nahuel Briones cerca del final de El Nene Minado, sumergido en una canción oscura que va creciendo en intensidad lentamente a partir de unos arpegios de guitarras lúgubres y un piano de tono misterioso, hasta que todo decanta en unos fraseos sensuales de saxo. Pero más allá de esa línea, Nahuel Briones cambia, evoluciona y crece. El resto de la letra sirve, incluso, como autorefutación y deja en claro la búsqueda artística del disco: “La comodidad es la puerta de entrada a todas las drogas que te puedas imaginar (…) Prefiero el precipicio”. La idea de salto al vacío tiene mucho sentido porque, en poco tiempo y bajo presión (poco después de la edición de Guerrera/Soldado, el músico fue premiado en La Bienal Arte Joven 2017, logro que contempló la financiación de un nuevo disco pero también plazos de entrega), Briones armó una pequeña obra maestra que nació a partir de descartar cualquier canción vieja y empezar a componer material nuevo contrarreloj: el proceso fue tortuoso (“El resultado estuvo bueno, pero la experiencia no tanto, de hecho lo cuento ahora y me angustio”, le explicó Briones en una entrevista a este medio), pero dio como resultado el mejor disco suyo a la fecha. Y en buena medida, esto tiene que ver con la poderosa expansión de sonidos y estilos que ofrece El Nene Minado, que apuesta al riesgo y hace convivir géneros sin prejuicios: cada canción funciona en sí misma y es un pequeño mundo para descubrir, desde la mezcla de funk y ritmos latinos en “Los nuevos monitores” o arreglos de cuerdas y hip-hop en “Bases y condiciones”, hasta reminiscencias a Depeche Mode, Talking Heads, Charly García y Los Redondos. Entre la inspiración y el estado de gracia, rock para bailar y letras para recordar, Briones regaló además “Bailamos”, un pequeño himno de techno rock y cuarteto que resume el espíritu de su época con un estribillo imbatible: “Bailamos, bailamos, como si hubiesen separado la Iglesia del Estado”. //∆z

Matías Roveta

 

 

 

 

 

 

 

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