Lo mejor de 2018: Cine Nacional

Esta es nuestra selección del cine nacional de 2018.

Ilustración de Martina Mounier

El Ángel, de Luis Ortega

El comienzo de la película es claro: Carlitos entiende que la vida hay que vivirla en libertad. Libertad para elegir, para andar, para tomar y regalar. Esto comprende tanto calles como casas y objetos. Autos, joyas, discos. Cualquier cosa pierde los bordes entre lo privado y lo común. Esta distorsión ideológica, casi ontológica, lo lo lleva a entrar a casas de su barrio y hacer lo que le plazca: desde tomar la moto de un garaje y salir a dar una vuelta hasta regalarle los relojes a sus amigos o novias. Su familia no está al tanto de esto -o finge no estarlo- pero entiende que algo anda mal con el joven de bucles dorados. Su madre (Cecilia Roth) se preocupa mucho pero no tiene idea de qué hacer y no cuenta con la total atención de su rutinario marido (Luis Gnecco). Este gusto de Carlitos por la serenidad que le transmite vivir la vida de otros lo lleva a conocer -de una manera tan intensa como inobjetable- a Ramón (un excepcional Chino Darín), un compañero del colegio, hijo de una pareja de ladrones de oficio. El dúo no hará más que hacerse de las delicias mundanas de la delincuencia calenturienta.

Ramón y Carlitos construyen en la obra de Ortega un dúo que dejará un rastro difícil de olvidar en el cine argentino. Sus personalidades tan disimiles no configuran una pareja dispareja caricaturizada, sino que se entrelazan de un modo armonioso que logra imprimirle un incómodo humor negro que empuja a la película afuera del riesgo videoclipero que sugerían los trailers. Aún así, la constante (por momentos tediosa) banda sonora tienta a la trama a caer en una estética pop, condimentada por la fotografía espesa de Julián Apeztoguia, quien no duda en entramar los rojos y verdes que tanto gusta en el cine argentino desde hace algún tiempo.

Desde hace un tiempo se viene dando un fenómeno particular en el habitus cinematográfico local. Se produce un dispositivo de desplazamiento del público y la crítica hacia las obras. Previo a su estreno, se les pone una responsabilidad a las películas casi mesiánica: si una película se estrena y no es la obra definitiva o maestra, es un fiasco sin precedentes. Cada film debe ser nominado a los Oscar o condenado al olvido. La quinta obra de Luis Ortega, histórico del cine independiente, terminó su primera semana con casi 500 mil espectadores en un número de salas récord, luego de su paso por Cannes a principios de 2018. Puede quedarse tranquila con eso. Es una obra correcta, con planos memorables y actuaciones más que elocuentes. Es difícil saber qué le depara a su recorrido, pero sin embargo presenta las credenciales propias de una historia que se escribió mucho antes de que comenzara su guión. Iván Piroso Soler

La Flor, de Mariano Llinás

Mariano Llinás es uno de los mejores directores de la historia del cine argentino. La Flor lo confirmó. Es una obra descomunal y épica, sus catorce horas de duración la hacen difícil de abarcar en una crítica veloz. Entonces, esta se transforma en una lectura provisoria. La película está conformada por seis historias, casi todas protagonizadas por el colectivo Piel de Lava (Elisa Carricajo, Valeria Correa, Pilar Gamboa y Laura Paredes), uno de los grupos teatrales más destacado de la escena porteña. Cada episodio experimenta con diferentes géneros del cine clase B: hay terror, misterio, aventuras y espías. Este último es el más destacado: durante seis horas Llinás nos cuenta, con su característica narración en off, la vida, obra, sueños y esperanzas de cuatro espías internacionales destinadas a una misión suicida. El film está plagado de intertextos (un ejemplo: la cita del Martín Fierro al final del episodio tres: “Cruz no consiente que se cometa el delito de matar ansí un valiente”), homenajes (la “remake” de Une partie de champagne, de Jean Renoir en el quinto episodio) y metatextos (el cuarto episodio es una sátira sobre la filmación y la relación de Llinás con las actrices). La Flor es algo más que una película, es una experiencia. Joel Vargas

Mi obra maestra, de Gastón Duprat

Arturo (Guillermo Francella) tiene una galería de arte en el centro porteño y encaja con el estereotipo del comerciante de arte inescrupuloso. Seductor, elegante, encantador; hará todo lo posible para vender sus cuadros al precio más caro. En el otro extremo de esta historia se encuentra su viejo amigo Renzo (Luis Brandoni) un pintor que supo tener su época de gloria pero que se volvió un ermitaño, reacio al contacto social y que mantiene un estilo de vida austero. El “maestro” sobrevive “enseñándole” a un pupilo de artista, el joven Alex (Raúl Arévalo). Asociado a Dudú (Andrea Frigerio), una destacada coleccionista internacional, Arturo intentará reflotar la carrera de Renzo mediante un plan arriesgado y delirante. En el medio, el filme se permite una reflexión sobre la amistad (algo edulcorada), y sobre el valor puro de la obra de arte, si es que algo así existe. Aquello que el filósofo alemán Walter Benjamin bautizó “aura”. Gastón Duprat (Bahía Blanca, 1969) se destacó por películas que reflexionan acerca del mundo del arte, codirigidas por Mariano Cohn (en este filme es productor) y escritas por su hermano Andrés Duprat, director del Museo Nacional de Bellas Artes. El cine de la factoría Cohn/Duprat expone la civilización y la barbarie en partes iguales y se ríe de la frivolidad del mundo del arte; esta vez representados en los arquetipos del galerista fanfarrón y el artista bohemio, que inmola su existencia hasta las últimas consecuencias en función de la creación artística. Pablo Díaz Marenghi

Rojo, de Benjamín Naishtat

Multipremiada en festivales internacionales y con un rebote notable en nuestro país, Rojo, la tercera obra de Benjamín Naishtat, habla de los márgenes de una clase media argentina circa 1975, que dice más con sus silencios y omisiones que con sus acciones concretas.

La realidad es inocultable: Benjamín Naishtat (Buenos Aires, 1986) es un director que se arriesga. Lejos de quedarse en lo declamatorio, lleva su cosmovisión de la ideología a la pantalla. Tanto en su ópera prima (Historias del miedo, 2015) como en su tercer film, habla de lo que todos hablan pero no se arriesgan a decir: lucha de clases, la incoherencia de la clase media vernácula, la desigualdad. En Rojo, nos sitúa en un pueblo del interior de Córdoba en 1975. Un reconocido abogado del lugar (un superlativo Darío Grandinetti) elige un restaurante para cenar con su esposa. Un altercado que tiene con un hombre dispara la historia hacia un thriller policial que lo une a un investigador chileno que viaja a investigar una misteriosa desaparición. En el medio, se van revelando tramas de corrupción en el marco del advenimiento del Golpe Militar de 1976.

El reparto (Grandinetti, Cremonesi, Frigerio) pinta un retrato de época que genera reminiscencias inobjetables entre ese pasado que queda congelado en la memoria y este presente gris, pegajoso, que confunde a tantos realizadores. El mérito de Naishtat es no juzgar tanto a los personajes como al público que va a mirar la película. Rojo nos mira desde la pantalla y nos obliga a reflexionar, a mirarnos con nuestras miserias y nuestros compromisos. En esta obra no hay héroes ni villanos, no hay guerrilleros setentistas heroicos y cargados de discursos rimbombantes, así como no hay militares viles y despiadados cuyo único fin es la tortura y la violación. Quizá, hay algo peor. Iván Piroso Soler 

La vendedora de fósforos, de Alejo Moguillansky

El comienzo de la película funciona como el dramatis personae de una obra de teatro. Es decir, se presentan los personajes y se le agregan las acciones que llevarán a cabo en el transcurso del filme. Desde ese punto de vista, el espectador es advertido de lo que va a ocurrir. La vendedora de fósforos es un largometraje sobre una ópera del alemán Helmut Lachenmann basada en una obra de Hans Christian Andersen. En torno al trabajo de puesta en escena que se hace alrededor de ella está el matrimonio de Walter (Walter Jakob) y Marie (María Villar), que trabajan en la escenografía del espectáculo. También están la pianista Margarita Fernández, la Orquesta sinfónica del Teatro Colón y la hija de la pareja, llamada Cleo. El motivo por el cual estos personajes interactúan no es la música sino una palpable crisis económica.

Existen dos conflictos sindicales en el filme: por un lado tenemos una huelga de transporte invisible que obliga a los personajes a cambiar sus itinerarios, y por el otro, una protesta de los trabajadores del Teatro Colón en busca de mejoras laborales. Los conflictos con la patronal son una constante y no solo se remiten a las grandes dirigencias. Marie no solo lucha contra la burocracia del Gobierno de la Ciudad para recibir un contrato sino que también le exige a Margarita Fernández, a quien cuida, un aumento de sueldo. Ella, impoluta, se hace la distraída y cambia de tema hacia las melodías de Schubert.

La vendedora de fósforos se pregunta por las relaciones entre política, vanguardia y música. ¿Es acaso la ópera disruptiva de Helmut Lachenmann una obra revolucionaria? Más allá de los contactos que el compositor tuvo con el partido comunista alemán en la década del setenta,  ¿se puede afirmar el carácter subversivo en su arte, o en el de Moguillansky? Si se piensa que ambos trabajos se realizan en espacios institucionalizados de las clases altas, como lo son el Malba y el Teatro Colon, ¿sus reclamos políticos son efectivos?

La respuesta queda en suspenso y será siempre motivo de discusión en la izquierda. El único personaje que se anima a esbozar una conclusión hacia el final de la película es Margarita Fernández. Dice, finalmente, que no, que todo eso de vanguardias artísticas en relación con el poder de turno en realidad es un juego de niños, un simple kinderspiel. Ignacio Barragán

La educación del Rey, de Santiago Esteves

Resulta extraño encontrar a La educación del Rey entre una de las obras más renombradas del cine nacional de este año. Escapa de todas las discusiones que están sobre la mesa en la actualidad y, se sabe, el cine nacional tiene la característica especial de empaparse de coyuntura al momento de cada estreno. La ópera prima de Santiago Esteves puede ser puesta en tela de juicio por dos asuntos que saltan a la vista en un primer momento: la delincuencia como eje transversal de la trama, y la ausencia casi total de mujeres en la narración.

La educación… sorprende por su doble operación de película iniciática y thriller policial. Con un rol protagónico que destaca por su naturalismo neorrealista y un papel consagratorio para Germán Da Silva, las calles mendocinas se tiñen de enseñanzas y tiros alrededor del inabarcable asunto de la inseguridad y la delincuencia juvenil.

Reynaldo (Matías Encinas) es un joven mendocino que, en su primer intento de robo, escapa con lo justo del operativo y cae en un patio tras saltar varios techos. La casa en la que termina pertenece a Carlos, un ex-agente de seguridad retirado que transita sus primeros días de jubilación. En lugar de entregarlo a la policía, Carlos se encarga de enseñarle a Reynaldo un oficio, y algunas cosas más.

La educación del rey recibió un aluvión de críticas positivas. Producida inicialmente como miniserie y estrenada en la TV Pública en dos partes, fue estrenada en agosto como largometraje. Iván Piroso Soler

Piazzolla, los años del tiburón, de Daniel Rosenfeld

Daniel Rosenfeld, director del film, dice que es una película sobre padres e hijos. Rara vez un artista es tan poco reacio a explicar su arte. Quien busque biopic en Piazzolla, los años del tiburón (2018) no encontrará Wikipedia.

Daniel Piazzolla en una habitación derruida. ¿Será casa propia o locación elegida ad hoc? Poco importa si el gesto semántico es deliberado o no: le da potencia al artificio. Un hombre exhibiendo sus marcas y cicatrices de vida: no estuvo en la guerra, sus marcas son las que tendremos todos, las del envejecimiento; sus cicatrices son un padre y una hermana ya fallecidos, sus ausencias y los desencuentros, variados y generosos en vida. Cine es igual a artificio.

Lo que no hace falta es conocer siquiera treinta segundos de la obra de Astor Piazzolla para apreciar la película. Esto es un film sobre las alegrías, tristezas, luchas, traiciones, encuentros, desencuentros y reencuentros de un padre y sus dos hijos. No es poco. Gabriel Reymann

Familia sumergida, de María Alché

Marcela afronta la imprevista muerte de su hermana Rina. Entre una crisis emocional y un irreductible estado de shock, comienza el vaciamiento de esa casa repleta de plantas, fotos y recuerdos. La ópera prima de María Alché, protagonista de La niña santa (2004) de Lucrecia Martel, hace brillar a Mercedes Morán en uno de los trabajos más logrados de toda su carrera. Marcela sigue con el día a día cotidiano como cualquiera, sin embargo hay algo en su mirada, en sus lapsus de pensamientos casi de limbo, que no la dejan superar lo acontecido. Su marido (Marcelo Subiotto) parte en un viaje de trabajo; sus dos hijas y su hijo (Laila Maltz, Ia Arteta y Federico Sack) siguen con la vida bastante más ajenos que ella –por momentos se manifiesta un sutil tono incestuoso similar al de La Ciénaga (2001)–; Nacho (Esteban Bigliardi), un amigo de la mayor de sus hijas, irrumpe en la vida de Marcela de casualidad. Los dos están perdidos, en una suerte de stand-by inquebrantable, y por eso conectan. El film avanza a una velocidad particular y se disloca de un momento a otro. El mundo real se entremezcla y yuxtapone con el mundo onírico. Emerge el pasado, tanto en sentido literal como figurado. El espectador no sabe cuando Marcela está verdaderamente viendo todo lo que ve. Se activan diversas percepciones. Hélène Louvart, la directora de fotografía, quien ha trabajado junto a Wim Wenders, Agnès Varda y Mia Hansen-Løve, entre tantos, es una pieza clave para lograr la atmósfera de la película, que se desliza entre arrebatos de luz refractada y un dossier de matices fantasmagóricos. Premiada en San Sebastián, Familia Sumergida es una obra iniciática tan arriesgada como sólida, con un tono estético y visual muy personal. Juan Martín Nacinovich

Animal, de Armando Bo

¿Harías cualquier cosa para no morirte? Animal, de Armando Bo explora esa pregunta. El segundo film de este director nos muestra la transformación de Antonio Decoud (un cada vez más brillante Guillermo Francella), un hombre de familia exitoso que hace todo lo que puede para aferrarse a la vida. Luego de estar dos años en la lista de espera para recibir un trasplante de riñón decide comprar uno en el mercado negro. A partir de eso, empieza un leve descenso hacia la oscuridad. La historia transcurre en Mar del Plata, una de las ciudades más cinematográficas de Argentina. Sin ir más lejos, en 2018 se estrenaron tres películas donde varias de sus escenas son en La Feliz: La Flor, de Llinás; Rojo, de Naishtat; y Animal. Bo construye en cada plano una oda a la ciudad balneario. Un ejemplo: el plano secuencia del principio que culmina con Francella corriendo por la costa. Una escena deudora del cine de González Iñárritu. Bo es un habitual colaborador del mexicano (en 2015 ganó el Oscar a mejor guión por Birdman junto con Nicolás Giacobone).

Animal no falla. Algunos podrán considerarla aburrida pero Bo y Giacobone tejen un guión implosivo. La procesión va por dentro, pareciera ser la frase que mejor le queda a Decoud en el film. En realidad, el personaje es una bomba de tiempo. Y no vas a querer estar cerca cuando estalle. Joel Vargas

Bonus track:

La noche de los 12 años, de Álvaro Brechner

¿Queda algo de la violencia política de los ’70 capaz de emocionar en la forma de un producto cultural? Mientras en nuestro continente los presidentes se esfuerzan por ver quién se ve más neoliberal y dependiente de EEUU o sus órganos de crédito, el cine uruguayo produjo el año pasado una película con todos los visos de la atemporalidad. Es difícil producir y filmar una historia que relate el pasado y no quede encajada en la lectura contemporánea de lo que pasó (La historia oficial es el ejemplo argentino paradigmático). El film (coproducción argentina uruguaya) dirigido por Álvaro Blechner realiza una operación astuta pero arriesgada para triunfar: acercarse al máximo a sus protagonistas para no ser un documental educativo, para conmover desde el registro de lo humano. Doce años de cautiverio y concienzuda tortura soportaron el ex presidente José Pepe Mujica, Mauricio Rosencof -sorprende el Chino Darín aquí- y Eleuterio Fernández Huidobro, miembros de Tupamaros durante la larga dictadura oriental. En una significativa relación con el tamaño del país, los militares despliegan todo su poder bélico contra el cuerpo y la mente de estos tres individuos. El registro de esos pormenores y la lucha grupal pero sobre todo solitaria de ellos por conservar el delgadísimo hilo que los une con lo humano, lejos de la simple conmiseración, es donde la trama se destaca y ofrece algo universalizable, un mensaje de dolor, de paz y de justicia que trasciende los ampulosos manotazos de nuestra derecha latinoamericana rebooteada en las urnas y las redes sociales. Sebastián Rodríguez Mora

Arecia_Diciembre

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