Lo mejor de 2018: Cine internacional

Estas son nuestras películas internacionales elegidas de este año.

Ilustración por Martina Mounier

Sorry To Bother You, de Boots Riley

2018 en EE.UU ofreció tres películas de esas que meteríamos en el cajón de las comprometidas: Blackkklansman, de Spike LeeIf Beale Street Could Talk, adaptación de una novela de James Baldwin escrita y dirigida por el ganador del Oscar 2017 a mejor película con Moonlight; y Sorry To Bother You, de Boots Riley, un desconocido que apenas compuso el soundtrack de Superbad, si queremos rescatar algo de su carrera. Acá no la vamos a hipsterear recomendando lo menos conocido. Sorry To Bother You es buenísima. Es, de las tres, la única película que no pretende explicarle al público blanco cómo es ser negro, simplemente el guión elige delirarnos. Cash (Lakeith Stanfield, el flaco alto de Atlanta) es un treintañero sin laburo, precarizadísimo a nivel espiritual, que consigue entrar en un callcenter. Su problema es simple: tiene mucha voz de negro, por lo que ningún cliente confía en él. Un veterano de la venta (Danny Glover, el de Duro de Matar) le explica que tiene que encontrar su voz de blanco para triunfar. Y Cash triunfa. Y de ahí en más, quien tipea cree que no hubo a la fecha mejor crítica al capitalismo contemporáneo, salvo quizás The Big Short. Pero al menos con Sorry To Bother You te reís de verdad y te cagás de miedo por la imaginación macabra que tiene Boots Riley. Sebastián Rodríguez Mora


Roma, de Alfonso Cuarón

Todavía está en alguna que otra sala de Buenos Aires, corran ya a verla y no se dejen tentar por la netflixación de la vida. Cuarón tiene el caballo presupuestario del comisario y decide rodear una historia mínima de un universo, logrando el milagro de que lo único que podamos mirar sea esa historia, con el beneficio para nuestros ojos. Es sin dudas un canto a la opulencia: todo lo que ocurra en distancias medias y lejanas de cada plano es un despliegue de arte propio de los clásicos, pero centrado en acompañar una historia que pretende ser, a veces con acierto y a veces forzando por demás, abarcadora de una época mexicana. Se engaña el espectador si cree que lo que protagoniza es lo popular, representado en Cleo (Yalitza Aparicio), empleada con cama adentro de una familia de clase media profesional de las de antes, una familia que se resquebraja. El relato tiene todo para ser una película progre: se habla por momentos en mixteco, una de las escenas centrales discurre durante la masacre de Tlatelolco, las riendas y el sufrimiento son de las mujeres, los ricos son exagerados y paternalistas, los pobres son brutos pero tienen dignidad. Sin embargo, algo queda ahí de maravilla poética, de mostración y no sugerencia, eso que cada tanto precisamos para no perder referencia de qué es una buena película. Debería ganar el Oscar, lo cual sería el primero para el monstruo del entretenimiento por streaming.  Sebastián Rodríguez Mora


You were never really here, de Lynne Ramsay

Estrenada en el 70° Festival de Cannes 2017, ganadora de los premios a Mejor Guión y Mejor Actor, esta película homenajea a Taxi Driver de la mejor manera y consagra a Joaquín Phoenix como uno de los mejores actores de su generación. Lo último de la realizadora canadiense, que ya había conmovido con Tenemos que hablar de Kevin (2011), cuenta la historia de Joe, un morrudo ex agente del FBI y veterano de la Guerra de Irak que padece un estres postraumático severo. Su forma de canalizarlo: revienta los sesos a martillazos de las personas responsables de explotar sexualmente a menores de edad. Como Robert de Niro en la piel del inolvidable Travis Bickle, Joe hará hasta lo imposible para rescatar a Nina, la hija de un senador de Nueva York, mientras sufre de alucinaciones y practica la asfixia autoerótica. Desde lo visual, Ramsay plantea un escenario nocturno, que encaja con películas como Drive o Nightcrawler: antihéroes misántropos que deambulan en la soledad más profunda, en escenarios nocturnos con poca luminosidad, y que canalizan su desequilibrio mental mediante la violencia más brutalista. Toda esta atmósfera onírica se corona con una exquisita banda sonora a cargo del guitarrista de Radiohead, Jonny Greenwood. Mediante flashbacks y planos muy cerrados que insertan al espectador casi dentro de la mente atribulada de Joe, la directora construye un universo desolador, que deja cabos sueltos en pos de la sugestión, por encima de la explicación innecesaria. Pablo Díaz Marenghi


Lucky, de John Carroll Lynch

En Lucky, Harry Dean Stanton es un hombre de noventa años que fuma y toma Bloody Maries, hace crucigramas y lee definiciones de un diccionario enorme, saluda al dueño de la cafetería donde desayuna cada día con un no eres nada y camina por el pueblo en sus botas de cowboy gastadas en el desierto. Nunca tuvo un problema de salud pero, de pronto, un desmayo sin diagnóstico subyacente lo hace tomar conciencia de que se acerca a la muerte.

No hay nada que podamos conocer sin proyectarle nuestra sombra. Todos tenemos una sombra. Si coincidimos en estas dos cosas la historia de Lucky servirá de espejo luminoso para toda experiencia de fragilidad: cantar en un idioma extranjero, en medio de una fiesta en la que no conocemos a nadie o antes, haber decidido ir a esa fiesta, compartir la felicidad de otros. Por fin, un remedio contra el patriarcado que puede ser tan o más eficaz que cualquier otro, la amistad entre varones que se dicen te quiero. La banda de sonido es hermosa y nos regala una escena que concentra todo lo que la película quiere decir: Lucky está solo en su casa y es de noche, tiene miedo, a la soledad, a la muerte, a todo lo que se deshace, intenta llamar a su amigo pero nadie atiende. Fuma un cigarrillo y se acuesta con las piernas dobladas, mientras suena la voz profunda de Johny Cash:

Lucky hace crucigramas todos los días, pero la práctica no lo vuelve infalible y entonces la respuesta puede tenerla una desconocida al otro lado de la mesa, el que sirve el café, a veces no hay respuesta. Frente a sus amigos Lucky fuma y dice todo se va, ustedes y yo y este cigarrillo, hacia la oscuridad, hacia el vacío. ¿Y qué podés hacer con eso? Sonreír.

Te quiero, amigo. Te necesito, amigo. Eso es todo. Por más cowboys de noventa años que nos muestren la belleza y la fragilidad de lo que, por ahora, aún late. Paula Vázquez


A Star Is Born, de Bradley Cooper

Quizás lo hayan visto pasar en redes sociales: Lady Gaga diciendo que de 100 tipos en un salón, el único que había confiado en ella era Bradley Cooper. Él la dirige y también coprotagoniza esta remake del clásico de 1976 protagonizado por Barbra Streisand y Kris Kristofferson: un famoso y autodestructivo cantante de country rock conoce de pura suerte a una camarera que despunta el vicio de la comedia musical en un bar con sus amigues drags. La cámara ama a Gaga y Bradley, nosotros los amamos a la vez, quizás más y mejor que a Emma Stone y Ryan Gosling en La La Land porque acá son imperfectos en serio, no con filtros de Instagram. La enorme y maravillosa nariz de ella, sus leves pero evidentes retoques quirúrgicos, todo eso está puesto en primerísimo primer plano, y se la banca, es parte esencial del relato de esta película que debe tener el mejor soundtrack de los últimos años. Después al guión no le podemos pedir mucho, y si la ven tampoco esperen tanto. Una historia trágica e hiperedulcorada, pero qué nariz maravillosa, qué voz, qué bueno que está Bradley Cooper, a ver cuándo saca un disco él solo. Sebastián Rodríguez Mora


Phantom Thread, de Paul Thomas Anderson

Que en su octava película Anderson (PTA en adelante) elija salir por primera vez de suelo estadounidense es un primer indicio de por qué Phantom thread es (algo) diferente a todo lo que filmó el californiano anteriormente. Reynolds Woodcock -un papel escrito exclusivamente a la medida de Daniel Day-Lewis- es un prestigioso modisto en la Inglaterra de los ’50 que se encarga, junto a su hermana Cyril, de vestir a mujeres de la familia real, actrices de cine y celebridades de la alta sociedad. Como suele suceder en el cine de PTA, y en donde puede notarse su gusto por la narrativa clásica, es en las primeras escenas de la película donde aparece algo de la psicología de los personajes y donde se puede intuir, en este caso, que esa relación simbiótica entre hermanos que llevan adelante un negocio familiar tiene su lado retorcido. Si en sus anteriores obras, sobre todo a partir de Magnolia, PTA fue dejándose llevar por la grandilocuencia (una destreza estilística que reforzaba con una fotografía impecable y una banda sonora muy importante para el manejo de la tensión), en Phantom thread apela al minimalismo. La historia transcurre casi siempre en lugares cerrados, sobre todo en la mansión en la que viven y trabajan los Woodcock, y en las pocas salidas que hacen -restaurantes lujosos, fiestas de la alta alcurnia- a los personajes se los nota fuera de lugar, como si fueran arrastrados por una vida acostumbrada al respeto por las convenciones sociales. El elemento disruptivo en la trama, con el que PTA refuerza sus obsesiones y lo que lo emparenta al resto de su trabajo, se llama Alma, una joven que trabaja en una cafetería y que Reynolds conoce cuando va a descansar unos días a un pueblo en las afueras de Londres. Alma empieza a servirle a Reynolds, que ha llegado a la mitad de su vida siendo un soltero irrenunciable, como musa para sus diseños. Llevada por la inocencia y la búsqueda de cambio en su vida, otro elemento muy presente en los personajes de PTA, la joven deja que Woodcock la lleve a vivir con él y se genere entre ellos una relación de dominio que, en apariencia, ejerce el hombre. Si tanto en Sydney/ Hard Eight, Boogie nights, There will be blood o en The Master la figura paternal tenía un peso (casi siempre opresivo) sobre los personajes principales, en Phantom thread es la madre, en este caso su recuerdo, la que funciona como el eje sobre el que Reynolds ha formado su personalidad y sobre el que puede entenderse la relación con las mujeres que pasaron por su vida. En Magnolia, en una de las tantas escenas inolvidables en la obra del californiano, el policía que interpreta John C. Reilly le toca el timbre a una mujer. Y lo que ella, pasada de merca y desesperada, en verdad está queriendo cuando lo invita a pasar y a estar un rato con él es lo que todos los personajes de PTA buscan en algún momento, alguien que los rescate y los saque de una vida construida a base de malas elecciones. Y aunque la relación entre Alma y Reynolds tenga aspectos enfermizos quizás no haya en toda la obra de PTA una historia de amor tan genuina como la de Phantom thread. Alejo Vivacqua


The shape of water, de  Guillermo del Toro

El agua toma la forma de las superficies que recorre. Adopta distintos estados. Es ella la que se adapta. De eso es lo que habla el director Guillermo del Toro en su nueva obra, la décima de su filmografía. Es la historia de Elisa Esposito (interpretada por una superlativa Sally Hawkins), la encargada de limpieza de un laboratorio militar en el Baltimore de los sesenta que se encuentra con algo que la inquieta. En un tanque permanece capturado un anfibio antromórfico que el ejército norteamericano secuestró de las profundidades del Amazonas brasileño. Elisa comparte su ansiedad con Zelda (Octavia Spencer), una compañera de trabajo que es discriminada por sus superiores por ser afroamericana, y con Giles (Richard Jenkins), un vecino que dibuja y está enamorado del vendedor de dulces  de su barrio. Hablar de del Toro es hablar de un director que se diferencia de otros realizadores mexicanos que también juegan en terreno hollywoodense. Entre otras cosas, se aparta de Alfonso Cuarón o Alejandro González Iñárritu porque siempre optó por el género estrictamente fantástico. Del Toro asume su referencia como realizador entrenado en este tipo de historias, aquellas en las que el mundo real se mezcla con lo inhóspito y lo simbólico, lo que juega en los bordes de lo conocido.La narración no teme en mantenerse por la senda correcta. En La Forma del Agua cada elemento está perfectamente colocado. La cinematografía, a cargo de Dan Laustsen, es clásica, con robustos travellings que presentan a la suntuosa decoración comandada por Jeffrey Melvin y Shane Vieau, todo bajo la musicalización de las notas de Alexandre Desplat. No hay riesgos por correr en la película, del Toro va a lo seguro y en ningún momento hay desbordes cuando se trata de un cuento de hadas. Y, quizá lo mejor, en estos momentos en el que el otro corre tanto peligro, lo mejor que nos queda es soñar. Iván Piroso Soler


Call Me By Your Name, de Luca Guadagnino

Quien diga que la vio venir, miente, porque nadie podía pronosticar que lo último de Luca Guadagnino (The Protagonists, I Am Love, A Bigger Splash) se convertiría en un clásico instantáneo. Extraordinaria, fuera de serie, una trompada asestada con la intensidad y el timing preciso, Call Me By Your Name ya es una de las mejores cintas que entregó el nuevo siglo. En una villa italiana de la zona de Liguria, durante un verano de principios de los ochenta (1983 en la novela de André Aciman en la que se basa) Elio (Timothée Chalamet), de 17 años, conoce a Oliver (Armie Hammer), un estudiante norteamericano mayor que él y “becario” del padre de Elio (Michael Stuhlbarg), profesor especializado en cultura grecorromana. Si hablamos de los griegos, de quienes aprendimos que al amor se lo puede nombrar de muchas maneras, viene bien decir que habrá aquí un erastés (un amante) y un erómenos (un  amado). El primero, por su condición, no sabe lo que le falta, pero algo le falta; el segundo no sabe lo que tiene, porque lo tiene escondido, incluso para sí mismo. El punto es que se encuentran y ese encuentro genera efectos. La casona familiar, en la que prima un ambiente intelectual y bastante liberal para la época, oficiará de paraíso donde empezará a circular de manera creciente el deseo entre ambos. No es fácil filmar esa energía invisible, y la demora necesaria para que esta se despliegue, pero el guión del veterano James Ivory (de 89 años, quien originalmente iba a codirigir) le infunde a sus personajes un respeto pocas veces visto y la cámara de Guadagnino dota al relato de una sensualidad insólita. La cuarta película del director nacido en Palermo desnuda la verdadera naturaleza de esa fuerza continua e indestructible, que causa a ambos personajes y los empuja a vivir incluso, y sobre todo, a pesar de ellos mismos. Call Me By Your Name es el registro de la existencia del Paraíso y también el de su nostalgia Sin ánimos de revelar lo que acontece hay que decir que cerca del final, este coming of age clásico y sensorial, al que cualquier premio le queda chico, hay una escena entre Elio y su padre que contiene uno de los mejores diálogos padre-hijo en la historia del cine. Citaremos esa escena por el resto de nuestras vidas. Martín Escribano


Avengers: Infinity War, de Anthony y Joe Russo

Hace una década nadie hubiera imaginado que Marvel iba a ser amo y señor del entretenimiento. En un mundo cada vez más acelerado, que una productora proyecte un plan a largo plazo y le salga bien es una locura. Todo empezó con el estreno de Iron Man (2008) y culminó con Avengers: Infinity War (2018). Si en su momento la novela se vio influenciada por el lenguaje cinematográfico (con la utilización del montaje), ahora encontramos que Marvel trasladó conceptos del comic al cine. Las películas no se piensan como una unidad sino que son macroeventos, llenos de tie-ins (historias laterales que están relacionadas con la historia principal). En la última Avengers no paran de desfilar personajes y, al contrario de lo que sucede con su principal competidora (DC Comics), Marvel sabe cómo hacerlo. El guión está muy bien construido, es dinámico y eso se debe al talento de los directores, los hermanos Anthony y Joe Russo. La historia es simple, la lucha del bien contra el mal. No hay nada nuevo. Lo importante es cómo se construye esa pelea. Josh Brolin le da vida a Thanos, un personaje muy complejo que cree que los recursos del universo no alcanzan para todos y por eso debería dejar de existir el 50 % de la población. Ese es su objetivo: reducir, cuantificar. El único modo de obtenerlo es a través de las Gemas del Infinito, unas piedritas que fueron apareciendo a lo largo de diez años en las diferentes producciones de Marvel. Al parecer, Thanos cumple su objetivo y los Avengers están destruidos. ¿Cómo sigue la historia? Avengers: Endgame, abril 2019. Joel Vargas


Three billboards outside Ebbing, Missouri, de Martin McDonagh

El comienzo de la última película de Martin McDonagh (Londres, 1970) tiene algo de instalación artística de denuncia que se vuelve efectiva. Mildred Hayes (Frances McDormand)  decide colocar tres carteles en una ruta poco transitada en los que se leen las frases “Violada mientras moría”, “¿Y todavía no hay detenidos?” y “¿Cómo puede ser, jefe Willoughby?” en grandes letras negras con un fondo rojo. Los anuncios no solo logran incomodar al jefe de policía mencionado sino que provocan un malestar general en todo el pueblo de Missouri donde transcurre la historia. En Ebbing nadie quiere hablar sobre el asesinato, y la mayoría de sus habitantes preferiría no ver los carteles que fueron colocados en el lugar exacto donde fue asesinada la hija de Mildred. A partir de esta premisa es entonces que se abre una partida de ajedrez donde la violencia desmedida de sus piezas crea una serie de eventos motivados por la venganza y la intolerancia. McDonagh es un inglés que conoce muy bien a la sociedad norteamericana y la retrata de una manera exacerbada para lograr un impacto en el espectador. Más allá de la siempre estricta e injusta agenda de la temporada de premios, en la que Tres anuncios por un crimen viene arrasando, no es exagerado calificar a este filme como una obra maestra que tiene ciertas reminiscencias a Pulp Fiction (1994) y a toda esa violencia que nos acostumbramos a ver en el cine estadounidense. No se puede sentir más que empatía por el anti héroe encarnado por Mildred Hayes y por estos personajes que en un principio aparecen como un cliché pero que más tarde, con el correr de la trama, se muestran con la complejidad con la que fueron pensados. Sin dudas hay que celebrar a Tres anuncios por un crimen no solo por visibilizar la lucha, a veces desesperada, de todas esas madres que han perdido a sus hijas sino también por poner el dedo en la llaga y mostrar que la verdad, lejos de ser algo confortable, duele y molesta. Ignacio Barragan


BlacKkKlansman, de Spike Lee

El director de Haz lo correcto, La hora 25 y Un Plan Perfecto retoma sus tópicos habituales (la segregación racial y los derechos de los afroamericanos en EE.UU) y le agrega una pátina de homenajes cinéfilos (al cine de los setenta y al blaxploitation), tintes narrativos tarantineanos, notables actuaciones y un manejo fluido del montaje narrativo para forjar una de sus mejores películas. Por supuesto que sus bajadas de línea no dejan de subrayarse un segundo y algunos aspectos se explicitan por demás, al punto tal de que el final parecería un trabajo práctico de un estudiante de escuela secundaria sobre la discriminación. Sin embargo, el verdadero valor agregado de esta cinta radica en el toque que Spike Lee aporta como autor. El director hace lo que quiere y se da el lujo de ser megalómano, irónico, ácido y gracioso sin perder el eje en una causa noble: la denuncia de la desigualdad histórica y la opresión blanca. El protagonista de esta historia es Ron Stallworth (John David Washington, hijo de Denzel) quien se convierte en el primer policía negro de la división de Colorado Springs y, junto con Flip Zimmerman (Adam Driver), decide infiltrarse en el Ku Klux Klan, aquella organización que pugna por la supremacía de la raza blanca, famosa por sus capuchas blancas, su quema de cruces y su ideología racista extrema. El resultado es desopilante e impacta por partida doble al estar basado, salvo algunas licencias, en un caso ciento por ciento real. ¿Algunos diálogos, que tienden puentes al presente, podrían haberse omitido? Sí, claro. ¿La moralina del director se torna, por momentos, excesivamente pedagógica? Puede ser. Sin embargo esto no opaca la construcción de una notable obra de uno de los directores que más hizo a través de su arte en pos de la lucha por la igualdad. Por todo eso, y por la confección de un barniz estético y retórico admirable, sus excesos, en tiempos de pobreza discursiva 2.0, son bienvenidos. Pablo Díaz Marenghi


Florida Project, de Sean Baker

Moonee es una nena de seis años que vive en un conglomerado de habitaciones en las afueras del Magic Kingdom, el titán turístico del ratón Mickey. En una escena, mientras se atraganta con las delicias que ofrece el buffet de un lujoso hotel del centro de Florida, su madre, la veinteañera Halley, la mira complacida, canchera, segura.  Claramente no pagaron un centavo por hospedarse en ese lugar. Lo que comen, básicamente, está siendo robado. Ambas pertenecen a una periferia a la que fueron echadas, y se están dando un lujo para volver a ser, de alguna manera, expulsadas de vuelta a su hogar, las habitaciones del Magic Castle, un edificio barato que emerge a las sombras de Disney World. Este es el mundo que nos presenta Sean Baker en The Project Florida, un relato que flota sobre los pantanos húmedos del sur de un Estados Unidos que no decide qué hacer con su destino manifiesto.

Baker representa sabiamente este universo. Sin fisuras y de manera clara, genera la amenaza que ronda la cabeza de los chicos como ese helicóptero que en la película aparece cada tanto sobrevolando el hotel. La amenaza, claro, es superestructural. Los niños van a vivir relegados en un mundo que todavía no conocen, pero ellos se la rebuscan. A su edad, Moonee, en el cuerpo de esa promesa que es la ínfima actriz Broklynn Prince, sabe cómo manguear un helado en un puestito callejero y se las ingenia para que su amiga Jancey pueda salir a jugar aunque esté castigada. Quizá, por una de esas cuestiones, alguna que otra vez se desata una catástrofe, pero ¿qué puede significar eso en un mundo que no la perdona? Iván Piroso Soler


Mandy, de Panos Cosmatos

Imaginen una historia alternativa del cine, lo que equivale a una historia alternativa de la cultura, de la economía, de la política, del mundo. No importan ahora los detalles. Proyecten el futuro de esa historia. Mandy irrumpe en nuestro presente como un náufrago de ese futuro (¿un mensaje en una botella? ¿Un Robinson Crusoe varado en una isla de basura?), tan nostálgico de los ochentas (de sus ochentas) como los realizadores de Stranger Things de los nuestros. ¿Por qué de los ochentas? Bueno, ahí hay una buena pregunta.

Bienvenidos al retroweird.

El futuro no será como lo esperábamos, especialmente ahora que hemos aprendido a no esperarlo.

Pues bien, a desaprender.

Mandy es pura narración de agujeros, de plotholes, de cambios repentinos de género, de inversión fondo/figura y medios/fin. La criaron y educaron en la familia de Lost y de Cyclonopedia. No hay una historia bien contada: hay muchas, o nadie cuenta y las historias están ahí no para que vos las mires, como árboles en la noche. Si se trata de “ver”, bueno, pueden ver eso que los cinéfilos (irremediablemente envejecidos, tanto como los amantes del jazz) llaman “buen cine”, o pueden meterse en una película viva; moverse a favor de la corriente de la cultura de este aburrido siglo XXI es dejar de percibir el agua: si quieren que la cosa salte hacia ustedes, se espese en su incognoscibilidad esencial, en su otredad y en su a todas luces existencia, su estar-ahí, pues Mandy. Ahí está el weird: lo que vemos no lo entendemos, pero nos golpea la cara con su presencia indudable. El hecho de que transcurra en 1983 sólo debería inquietarnos más. Quizá nos hemos perdido de algo. Ramiro Sanchiz


Isle of Dogs, de Wes Anderson

Wes Anderson transformó su estética en una moda. Instagram y sus imitadores lo demuestran. En este momento seguro hay alguien tratando de copiar su paleta de colores y sus planos. Pero no solo eso, también hay un modo de narrar a lo Wes Anderson, un tanto accidentado. Historias dentro de historias: micromomentos absurdos que se han vuelto cliché. Hasta él mismo empezó a abusar de eso. The Grand Hotel Budapest (2014) es un ejemplo. Si bien Isle of Dogs tiene un poco de eso, se podría hablar de una reinvención de Anderson por la ambición de la técnica de animación. En un mundo donde los gatos son estrellas de las redes sociales, Anderson decide poner como villanos a los amantes de los felinos. Todo sucede en una sociedad oriental. El alcalde decide confinar a los perros a una isla de basura por una supuesta gripe canina. Lo que sigue después es un ejercicio de maestría narrativa. La clave está en cómo esos parias vuelven a ser los amigos del hombre. Joel Vargas


Annihilation, de Alex Garland

Siempre habrá algún ingenuo que crea que puede sostener que la ciencia ficción está “agotada” y quedar como un tipo inteligente, pero basta con unos minutos de mano a mano con la IA (o sea con Google) que vive en nuestro planeta (y, amigos, no es humana) para saberse muy lejos de esa situación. De hecho, la situación en sí es tan absurda (o tan inevitable, pero ahí estamos ya hablando de otra cosa) como pensar que podrá agotarse la literatura. ¿No me creen? Vean Annihilation. Entre las tres o cuatro tendencias más importantes de la ciencia ficción hoy (ciencia ficción neo-dura, ficción del cambio climático y alguna más) quizá la más interesante sea el regreso weird en todas sus nuevas variantes: retroweird, neoweird, weird en tanto realismo del Cthulhuceno, lo que quieran.

En última instancia el weird se basa en la idea, quizá a contrapelo de eso que podemos llamar “la historia de la filosofía”, de que el idealismo es una tontería y que a partir de Kant las cosas terminaron de pudrirse. El mundo físico está ahí, y si la filosofía no logra hacerse cargo de esa idea (y, de paso, si sigue sin capaz de entender cómo funciona la ciencia), peor para la filosofía. En esencia, el universo es indudablemente real y más extraño no sólo de lo que imaginamos sino de lo que podemos imaginar. Esto lo entendió Lovecraft más que nadie. La filosofía, como siempre, llegó tarde.

El weird es el nombre que se le da, desde la narrativa, al antiantropocentrismo. En otras palabras: a nadie (a nada) en el universo le importa si entendés o no.

Ahora imaginá que ese Verdadero Afuera intersecta eso tan lindo que llamamos “naturaleza” (y que hasta que las cosas se compliquen de verdad con el cambio climático vamos a seguir pensando como algo hecho-para-el-ser-humano), y de paso nos intersecta a nosotros, que en lo que al Afuera respecta no somos tan diferentes a una planta. Imaginá de paso que el Sistema de Seguridad Humano (eso que vela por el antropocentrismo que estima necesario para que -¡mentira!- no se derrumbe la civilización), disfrazado del ejército imperial, interviene (porque obviamente tiene que hacerlo) para poner orden, para ampliar El Orden Del Mundo. Pero al final (spoiler alert), toda intervención equivale a contagio y el futuro es la plaga definitiva. Como dijo Nick Land hace treinta años, nada de lo humano va a salir con vida. Ramiro Sanchiz


Black Panther, de Ryan Coogler

Black Panther es la primera película masiva y popular de un héroe negro. Si bien en el pasado ya hubo adaptaciones cinematográficas de Blade, protagonizada por Wesley Snipes en tres ocasiones, nunca antes un film de superhéroes había sido tan exitoso con un protagonista negro. Fue un récord en taquillas y consiguió ser nominada a varios Globos de Oro (Mejor película dramática, entre otros), y su banda sonora (hecha por Kendrick Lamar) también se hizo de varias nominaciones importantes: disco del año en los Grammys, y “All the Stars”, mejor composición. Este reconocimiento de la industria se debe a varios factores. Algunos podrán decir que son políticamente correctos destacando a una película sobre la cultura negra -algo que podría ser cierto- pero eso sería desmerecerla. Black Panther es un drama shakesperiano disfrazado de película de superhéroes. La creación de Stan Lee y Jack Kirby tiene una carga simbólica muy fuerte. T’Challa (Black Panther) es el rey y protector de Wakanda, una nación ficticia de África dueña de una tecnología sin igual en el Universo Marvel: el metal Vibranium. Por eso mismo, es un país aislacionista. Son muy recelosos, sus recursos no pueden ser conocidos. En la adaptación de Ryan Coogler no falta nada: nos cuentan cómo T’Challa llega a ser un monarca y su posterior lucha por el trono. En términos narrativos no hay ninguna innovación, simplemente es una buena historia. Un hit inmediato. Lo más importante es lo que generó. Muchísimas personas diciendo “Wakanda Forever” en redes sociales, o futbolistas festejando goles de ese modo (Jesse Lingard y Paul Pogba). En tiempos donde la discriminación es cada vez más fuerte, con el avance de una derecha más extrema, Black Panther reivindica a la cultura negra. Joel Vargas//∆z

 

Arecia_Diciembre

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