Las sobras del realismo mágico

The Leftovers reclama a gritos la tradición de la ciencia ficción hiperrealista. Con su elenco de lujo, con su dupla creativa conformada por Damon Lindelof y Tom Perrotta y una tercera temporada anunciada para este año, la serie sobre una humanidad que se desangra silenciosa y misteriosamente apuesta a tomar el cielo por asalto.

Por Iván Piroso Soler

La serie de ciencia ficción de bajo perfil de HBO bastante tiene en común con otras series de su género y, sin embargo, guarda importantes y valorables diferencias. Como otras ficciones contemporáneas, mantiene un misterio que atraviesa toda su estructura generando que el espectador se mantenga en vilo capítulo a capítulo; posee el entramado de personajes que genera un tejido lo suficientemente denso como para que el punto de vista vaya de una historia a otra. Sin embargo, no tiene miedo de jugar con la paciencia del espectador. En la serie, el 2% de la humanidad desapareció de un día para el otro sin dejar rastro. Te lo cuenta en su episodio piloto y se tomará el tiempo para decirte, muy de a poco, qué ocurrió.

Mapleton, una pequeña ciudad del Estado de Nueva York, fue uno de los tantos aglomerados poblacionales que perdió tres años atrás una gran cantidad de sus habitantes en un evento mundial bautizado The Rapture -la ascensión- en el que más de 140 millones de personas desaparecieron sin más. Ahora Kevin Garvey (Justin Theroux) es un policía que, como nexo entre Estado y sociedad civil, debe coordinar las diferentes patas de la sociedad para que esta no se desintegre ante tal suceso. Mientras tanto, debe armar ese rompecabezas que es su vida luego de una crisis nerviosa luego de la Ascensión, el encierro de su padre en un instituto mental, la rebeldía adolescente de su hija y el abandono de su esposa a manos de una secta que apareció tras el extraño fenómeno que tomó por sorpresa al mundo entero.

“Es, simplemente, el mejor episodio de The Twilight Zone que hayas visto nunca”. Poco se puede agregar si se tiene en cuanta que las palabras son de Stephen King, referente indiscutido de la ciencia ficción. La realidad es que el cumplido fue dirigido a la obra literaria homónima en la que está basada la serie, escrita por Tom Perrotta, quien también la produce. La adaptación televisiva narra los sucesos del libro en su primera temporada, siendo los de la segunda una creación totalmente original.

Crónica de una desaparición anunciada

Al igual que en Lost, la otra gran apuesta que tuvo Lindelof, The Leftovers no necesita de grandes excusas como para hacerse espacio en un género plagado de monstruos y elementos sobrenaturales explícitos. La súbita desaparición de una gran porción de la población es algo tan denso como intangible; es pesado pero lo suficientemente sutil como para no respirar en la nuca del espectador capítulo tras capítulo. Esto da lugar a varias subtramas que se reparten a lo largo de la primera temporada y se van desanudando en la segunda. La historia del reverendo Matt Jamison es una de ellas, un sacerdote que intenta separar al suceso de cualquier tipo de connotación religiosa, alegando que algunos de los que supuestamente ascendieron al paraíso eran viles pecadores, por lo que la teoría de la Ascensión quedaría totalmente descartada. La subtrama de la Guilty Remnant, una secta surgida tras la Ascensión, es quizá una de las más llamativas. Este grupo inquietantes de personas vestidas completamente de blanco sostiene que aquellos desaparecidos ya no tienen retorno y no hay por qué estar preocupados por ellos. La comunidad de Mapleton les guarda poco aprecio y no dudan en hacérselos notar.

Aún con estas razones narrativas, con los nombres que se encuentran en el pizarrón de productores y guionistas y un casting que poco tiene que envidiarle a series de la marquesina actual, The Leftovers siempre se mantuvo en la delgada línea de la interrupción prematura. El modesto millón de espectadores con los que contó su primera temporada en promedio (número que se puede apreciar mejor si tenemos en cuenta los 9 millones por episodio de Game of Thornes) encuentra su razón en el tratamiento que tiene la serie. Sus personajes no buscan con frenesí las respuestas que puedan dar con la razón de la desaparición de sus familiares. Abrazan su condición de soledad en silencio y con gestos duros. El silencio predomina en cada capítulo sólo interrumpido por la magnánima musicalización de Max Ritcher. La cámara, aún en mano, vaga por los rincones de Mapleton pacientemente. Aquí no hay zombies de quien escapar o laboratorios de metanfetamina volando por los aires. Sólo hay respuestas esperando por quien las busque.//∆z

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