Las chicas, de Emma Cline

Una novela inspirada en las jóvenes integrantes del Clan Manson es uno de los sucesos literarios del año.

Por Pablo Díaz Marenghi

¿Cómo narrar la adolescencia? Ese momento de quiebre en el que todo ser humano deja atrás la niñez para enfrentarse, como puede, al mundo adulto. Algunas representaciones, como El guardián entre el centeno (1951) de J.D. Salinger, exploran el costado más oscuro del asunto: la indecisión, el miedo, la disconformidad, la rabia ante reglas a seguir que parecen incomprensibles. Existe una pregunta que abarca una complejidad mayor: ¿Cómo narrar la adolescencia de una mujer? Eso que tan bien construyó Stephen King, siendo hombre, con Carrie (1974): el peso significante de la sangre en la primera menstruación, las risas a escondidas en el baño, las bromas que se deslizan entre la inocencia y la crueldad. Emma Cline, una novata en el mundillo literario, se ha despachado con una primera novela magistral: Las chicas (editada en español por Anagrama) es una historia iniciática que cuenta la vida de Evie, una preadolescente de 14 años que comienza a explorar su sexualidad, sus inquietudes, sus miedos y sus deseos al mismo tiempo que su vida da un giro de 180° al conocer a Sussane, una joven que integra un clan (inspirado en la Familia del célebre asesino serial estadounidense Charles Manson). Ella es una mujer aguerrida, despreocupada, a la que no le preocupa si su pelo está enredado, huele a pis de gato o si se le escapa un pezón a través de su blusa. La figura de Sussane la cautiva, la fascina y la succiona dentro de un mundo que trastocará su destino para siempre. Con una prosa envolvente y prolija, con un ritmo propio del mejor realismo sucio norteamericano, Cline construye una de las novelas más destacadas del 2016, cuyo valor agregado es doble: por un lado, la notable adaptación histórica y ficcionalización de sucesos que cautivan, ya desde un punto de vista historiográfico. Por el otro, el abordaje y el desarrollo en profundidad de la femineidad en su faceta de mayor introspección y búsqueda, que identificará a cualquier muchacha que haya sobrevivido a los terremotos de la adolescencia.

Crónica de una iniciada

Evie es una joven sacándose, como puede, el traje de niña. Su padre se fue con la secretaria y ella se quedó con su madre, quien no la entiende y la enviará pronto a un internado. El año: 1969. La primavera del amor está terminando y aún golpetean, contra los vidrios hinchados por el calor de California, las esquirlas de las bombas de la Guerra de Vietnam. La máxima diversión de Evie es fumar marihuana a escondidas robada al hermano de Connie, su mejor amiga. La atracción por el sexo opuesto comienza a aflorar en la protagonista de esta historia, al mismo tiempo que descubre y se deja llevar por las mieles de las chicas, estas jóvenes rebeldes que se llevan puesto todo lo que esté a su paso. La estructura de la novela va y viene entre este pasado y un presente que la encuentra a Evie como una señora de mediana edad, cercana a jóvenes  veinteañeros que saben disfrutar de las  drogas, el alcohol y el sexo sin culpa. Esto activa en su interior la chispa ya consumida de su oscura vida, sus meses en la comunidad de Russel (el alter ego de Manson en la novela), un personaje que está en un segundo plano pero sirve como figura que aglutina a estas muchachas rebeldes. Si uno conoce algo del caso que inspiró la novela, ya intuye un final trágico. Basta con recordar los asesinatos de siete personas, entre ellas la actriz Sharon Tate en Beverly Hills en 1969.  Con otros nombres, otros momentos y otras circunstancias, los hechos de la realidad se funden en esta ficción con una naturalidad notable. Al mismo tiempo, la narración en primera persona de Evie adulta recordando su pasado estructura el relato, evidenciando una gran decisión de la autora: las acciones son importantes pero son más importantes aún los monólogos internos y las reflexiones de Evie sobre este oscuro periodo de su vida.  En un momento, ensaya: “Pobres chicas. El mundo las engorda con la promesa de amor. Cuánto lo necesitan, y qué poco recibirán jamás la mayoría de ellas. Las canciones pop empalagosas, los vestidos descritos en los catálogos con palabras como atardecer y París. Y luego les arrebatan sus sueños con una fuerza violentísima; la mano tirando de los botones de los vaqueros, nadie mirando al hombre que le grita a su novia en el autobús”. A medida que avanza el relato, Evie se vuelve más fría, madura y consciente de su sexualidad. Las fantasías de los cuentos de hadas se hacen añicos.

Crecer de golpe

Sin dudas, uno de los puntos más fuertes de la novela es la relación entre Evie y Sussane. Entre ellas se da una especie de dialéctica de amo y esclavo, en términos hegelianos. Una, Evie, sumisa, frágil, dispuesta a dar todo por su amiga/objeto de deseo; la otra, Sussane, es todo lo opuesto: rebelde sin causa, despreocupada, segura, avanza tras los pasos de su mesías (Russel) casi sin mirar atrás. Su conexión va mutando a medida que avanzan las páginas: desde una primera relación más bien de admiración, hasta convertirse en una aparente amistad sincera y luego tornarse más sexual e intrigante hasta llegar a un momento final de absoluta decepción. La novela posee momentos de sexo explícito, algo muy complejo de narrar de manera verosímil sin caer en lo paródico o lo pornográgico, sin embargo la autora sale airosa centrándose en la mente de la protagonista en estas situaciones. Diferentes sensaciones sobrevuelan estas escenas: la inseguridad a la hora del primer encuentro sexual, el fantasma del abuso y la violencia siempre latente, la cuestión del poder y la fragilidad de los cuerpos.

Lo que primero son aventuras en patota, al calor del verano, se van poniendo cada vez más pesadas: incursiones en casa ajenas, robos, hasta llegar a la misión final y al desenlace que todos imaginan al empezar a leer la novela. Más allá del soporte en lo fáctico, Cline logra despegarse de esto para construir su propio entramado de acciones. Lo más valioso es como logra, por medio de metáforas y estructuras narrativas dignas de una experimentada, resaltar la trascendencia de la narradora: las reflexiones, los miedos y las peripecias que atraviesa Evie son casi las postas del camino del héroe, que desciende hasta los océanos ígneos del Hades para resurgir, incólume, con una transformación permanente en su ser. Esta escritora de 27 años (que ya tiene contrato para dos libros más) ha escrito una de las mejores novelas del año y que no por haber sido catalogada por gran parte de la crítica mundial como un boom literario, le resta peso simbólico a su obra. Porque aquí no se trata tan solo de una historia basada en hechos reales, eso se vuelve algo adyacente. Se trata de una obra que cala hondo en las fibras del ser humano en general y de las mujeres en particular. Cualquier relato que sirva para problematizar la existencia es digno de ser reivindicado y Las chicas es uno de ellos, sobre todo por excavar hasta lo profundo en las capas tectónicas de la adolescencia; explorando los confines inexplorados del reino de la incertidumbre.//z

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