La uruguaya, de Pedro Mairal

En la nueva novela de Mairal (Emecé) un escritor confiesa su debate entre lo ideal y lo real a fuerza de infidelidad, flacas cuentas bancarias y reflexiones ácidas sobre el oficio de ser padre.

Por Juan Alberto Crasci

Lucas Pereyra, escritor cuarentón, casado y con un hijo, es invitado a Valizas, a un festival de literatura. Allí conoce a Guerra, una joven de menos de treinta años de quien se enamora, o cree enamorarse, y con quien mantiene un fluido intercambio de mails desde Buenos Aires. La promesa de regresar a la otra orilla se cumple cuando le pagan un adelanto por dos libros que deberá escribir para editoriales españolas y colombianas, y, para evadir impuestos en Argentina, Lucas abre una cuenta bancaria en Montevideo y viaja a retirar el dinero. Las pocas horas pasadas en esa ciudad –los acontecimientos de la novela transcurren en un solo día– funcionan como detonador para su desgastada relación matrimonial, las nociones alrededor del concepto de familia y también su pertenencia de clase.

Lucas tuvo una vida acomodada y en los tiempos de la escasez de trabajo y del dólar blue –la plata no alcanza ni para las expensas– debe acomodarse a un nivel de vida inferior. El adelanto por los libros le permitirá vivir tranquilo casi un año. Podrá saldar sus abultadas deudas y dedicar sus horas a escribir, sin otras preocupaciones en la cabeza. Pero el Uruguay ideal, cercano a nosotros en sus referencias pop –Luis Suárez y Tiranos Temblad, por ejemplo–, no será el paraíso situado al otro lado del Río de la Plata –“nunca tan bien puesto el nombre”– que él tanto espera. La ciudad de Montevideo se tornará hostil y en pocas horas lo depositará en una realidad nueva, o mejor dicho, tendrá una nueva mirada sobre la realidad.

Su relación con Magalí Guerra Zabala recorrerá los límites de lo incierto y se mantendrá en el punto más alto del deseo para nunca concretarse. Y no se concretará porque así deberá suceder y servirá para verbalizar el desgaste de su matrimonio. La pérdida en todos los planos –material y afectiva– hará de Lucas una persona nueva. La incomodidad de su relación de pareja, la incomodidad de la pertenencia forzada a su clase y la obligación –o inercia– de mantener cierta forma de vida se verá replanteada por esos acontecimientos uruguayos. Uruguay, el lugar ideal, la ruta de escape, cuna de la infidelidad y la evasión, se transformará en una pared que no puede atravesar.

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Mairal también expresa algo poco frecuente en la literatura argentina: la dificultad y el cansancio de ser padre. “Tendría que haber un curso para criar hijos”, “Nadie te advierte lo duro que es no dormir, renunciar a vos mismo a cada rato, postergarte”, “No se perdió el libro del rinoceronte, lo escondí yo en un lugar imposible de encontrar, entre los cuadros sin colgar del placard, porque me tenía repodrido”.

Mientras esa historia personal se deshilacha, Mairal ofrece posibilidades de entender que los paradigmas están cambiando y las formas del amor no pueden ser encasilladas a ninguna ley o regla; tampoco pueden ser encasilladas las estructuras familiares. Comprende que una mujer que lo abandona por otra mujer –aunque en principio hiera su hombría– o un casamiento entre un hombre y dos mujeres embarazadas también son formas del querer y nuevas estructuras sociales en formación. Hacia el final de la novela, cuando cuenta que se está viendo con su profesora de yoga, dice: “A ella le gusta que la coja de parado. Ella inclinada sobre una especie de aparador, (…) es una especie de mueble donde tiene fotos de su familia, salvo su ex marido están todos, hijos, nueras, sus padres (…). En fin, a lo que voy es que lo que más la fascina es que la coja fuerte agarrándola de las caderas, o del pelo, y que el zarandeo vaya volteando todas esas fotos sobre la alfombra. Esa especie de altarcito familiar se va derrumbando y ella no acaba hasta que tira al suelo de un solo manotazo los pocos marcos que quedan sin caer”.

La novela, de gran ritmo y con un constante in crescendo, se torna luminosa hacia el final, cuando Lucas Pereyra, que lo ha perdido todo, ve que esa pérdida no es más que un nuevo comienzo, que tendrá que enfrentar con hidalguía y sabiduría.//∆z

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