La teoría de lo etéreo y la práctica de lo terrenal

El nuevo disco de Sigur Ros, Kveikur, es una apuesta radical en su discografía. El grupo islandés  ha conseguido con el tiempo salir de la constante del post rock para abrirse camino en la búsqueda de nuevos sonidos.

Por Pablo Mendez

Sigur Ros es una banda única. No sólo por la esencia de su música, que la diferencia de otras bandas de post rock, también por el concepto que ha amasado durante los años, desde el punto de vista estético hasta el mensaje global que hace llegar con sus decisiones artísticas. Su trabajo anterior, Valtari, quizás el más  encriptado de toda su discografía (sobre todo para la crítica propensa a las reflexiones parciales), tuvo la fortuna de estar acompañado por una estrategia comunicacional que tenía como objeto hacer partícipe al público. La convocatoria radicaba en crear cortometrajes para cada tema del disco que luego de una selección eran puestos a cuentagotas en las redes sociales y en la web de la banda. Lo que se dice inteligencia en el arte de comunicar.
Kveikur ha puesto las fichas en otro lado, la urgencia de multiplicar el modelo, el que han mantenido lo largo de su historia, y explayarse en otros ambientes musicales. Desde el primer tema se denota  el riesgo asumido. Brennisteinn es el mejor ejemplo de cómo han explorado sus virtudes y trabajado sobre la inseguridad de sonidos ajenos a su instinto. Una base industrial (un sampler que ordena el ruido encapsulado y loops de batería ateridos en lo circunstancial) entra en duelo con la voz siempre tenue de Jonsi. Lo interesante y lo que impera es la contraposición: la fuerza de la música en un rincón y la exótica voz del cantante en el otro. El tema que da nombre al disco, “Kveikur”,  así como “Blapradur”, “Hrafntinna”, “Yfirbord”, son el choque perfecto de lo antes mencionado. El uso de la tecnología con la vista ubicada en la vereda que los ha identificado: la cualidad melódica, los distintos registros vocales de su cantante, y la composición en estricta evocación con lo autóctono.
“Isjaki” y “Stormur” son las canciones que podrían ser extraídas por su intención compositiva de cualquier disco anterior de la banda, donde se refleja la mejor definición de su música: world music con estribillo siempre acorde al tono épico, lindante con lo barroco, nunca alejado de la especulación redentora.

“Var”, “Hryggjarsula” y “Ofbrita” son las tres composiciones que culminan el disco. Cada tema genera un ambiente distinto, que no sería errado ubicarlas como posibles incidencias en alguna película, como factor de tensión narrativo. Cuestión no ajena a la banda que ha compuesto y regalado su material para películas de Hollywood, como las de Cameron Crowe y Danny Boyle.

Sigur Ros siempre optó por una música que despierta  sentimientos abigarrados en lo esperanzador. Es imposible no pensar en paisajes cuando se escucha su música, cada canción es un viaje, siempre desde la altura, a varios centímetros del suelo. La música de Sigur Ros es etérea. Kveikur es un oxímorón: la mente puesta en las alturas pero con los pies estaqueados en la tierra.//z

Arecia_Octubre

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