La remera de Zeppelin

Por Julia González 

Tenía 16 años cuando decidí qué remera escucharía el resto de mi vida. Y fue un fallo inamovible, un decreto a todas las luces autoritario aunque también vanidoso: Zeppelin me hacía imaginar.

Sabía a ciencia cierta que era la mejor banda del mundo. Y no hubo vuelta atrás. Me emputecí escuchando hasta morir la banda del dios rubio y conocí mil historias de magia negra de Jimmy Page en su castillo con el monstruo del Lago Ness. Supe de memoria los diálogos de The song remains the same y las vueltas raras e inentendibles de las canciones en vivo; compré toda revista que trajera pósters y letras de canciones en inglés y traducidas. Mi padre estampó la cara de Robert Plant en un almohadón que abrazaba por las noches, y volví loca a mi madre con el vhs de los videos truchos que compré por catálogo en La Mula, el local rockero del barrio. A los 19 lloré en la parte que Jimmy Page sube la montaña y señala al brujo que es él mismo; pero cuando el tiempo vuelve atrás, Page deviene en feto y renace luego, a través de unos rayos poderosos. Era tremenda esta escena para mí.

A los 16 fui a ver a Page y Plant a Ferro. Vimos primero a Black Crowes y comí un Sin Parar sentada como indio en el campo, acompañada por mi novio de ese entonces, el culpable de mi fanatismo zepp. No podía moverme mucho porque esa tarde andaba dando vueltas un punto rojo que me dejó los ojos del mismo color y los sentidos alterados aunque en paz, lista para ser abducida por la música. La noche anterior al show de Ferro soñé con ellos. Page me abrazaba y me envolvía en un sobretodo negro, largo, igual al que usa en el último recital de Londres. Cuando vi ese dvd flashé; era igual a mi sueño de casi veinte años atrás.

Llevaba siempre en el morral el Phisical Grafitti para ponerlo en los bares o en los pooles de San Martín. Houses of the holy, y el Zeppelin II también. A los 18 bauticé mi cuarto como Recintos de lo sagrado; así también le habíamos puesto al sótano del colegio, donde bajábamos a fumar y donde de vez en cuando nos venía a buscar la Riviere. “Pero no nos gusta matemáticas”, le decíamos apagando el cigarro. Así nos la llevamos. Pero teníamos que negociar, entonces en las clases de la Riviere sonaba Zeppelin III, el más acústico. Así al menos nos mantenían mansitas. Nos quedábamos en la clase escuchando música mientras jugábamos al truco.

Pero a pesar de mi fanatismo nunca tuve una puta remera de Zeppelin. No conseguía. O no buscaba. Mi atuendo se reducía a un par de camisas de bambula o a trajecitos cuando a los 19 empecé a trabajar en oficinas con tacos y demás. Hasta que cumplí los 30 y mi amiga Cesiones me dio mi regalo: una caja de zapatos enorme con treinta regalos dentro, uno por año, entre ellos (claro que sí!) mi primera y única remera de Zeppelin. Y la primera novela de Haruki Murakami, La caza del carnero salvaje, imposible de conseguir en ese entonces. Cuenta la leyenda que Cesiones recorrió mil casas de remeras rockeras, buscó por internet y preguntó a todo el mundo a fin de dar con una zeppeliana linda, femenina y chiquita. En esta foto estoy posando con un disco de Los Stones, la única remera rockera que tuve en mi adolescencia pero como me quedaba grande, estaba colgada en una pared en mi cuarto, mi preciado recinto de lo sagrado.//z

Julia González es periodista y poeta. Desde 2005 es redactora del Suplemento Joven NO de Página/12 y actualmente también escribe en Espectáculos. Editó la revista The Gallery y colaboró para varias publicaciones como Lonely Planet y Cielos Argentinos. Escribió en la revista La Mano y fundó en 2005, junto a un grupo de amigos, la desaparecida El Silencio, una web de rock y cultura under. Organizó ciclos de poesía, como Cronotopo en el Club Cultural Matienzo, y llevó a cabo ¡Que viva la poesía! en el Bar de Rodney. Full of love es su primer libro de poesía, el cual sigue presentando en las diversas lecturas de Buenos Aires. Conduce también Rock & Text, programa de poesía y rock, por radio La Rocker. Actualmente está corrigiendo su segundo poemario, Capilla.

Foto de Lina Etchesuri


 

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.