La Diversidad de los Deseos

The Residents, la celebre banda anónima de San Francisco se presentó por primera vez en el país. Su show circense y macabrotecnosónico tomó por asalto Niceto. Crónica y notas de un cerebro afectado.

Por Pablo Lakatos

Fotos de Lucio Castelnuovo

Sobre el escenario hay suspendida una bola blanca grande. Lechosa, mate como la luna, flota entre dos pabellones ajedrezados que decoran un escenario por demás despojado. Sobre la luna se proyecta el logotipo de Shadowland, la gira que trae por primera vez a Buenos Aires a la Banda-Misterio The Residents. 46 años y 66 (aprox) discos. El enigma del anonimato. El globo ocular con galera.

Hasta hace poco Los Residents me eludían. Una de esas bandas que te suenan de algún lado, de las que algo creés que escuchaste o leíste en alguna parte de la internet prehistórica. De esas que saltan cuando estás charlando con amigos de King Crimson, de David Lynch, de Primus o de la peli Freaks, del ácido o del cajón donde guardaba las Cazador tu tío joven, o tu primo misionero, que vio en vivo a Sumo y a Flema, y ahora es cura.

-¿Nunca escuchaste Los Residents?, uhhh escuchalos. ¡Escuchalos!

Lautaro, que es fan de Sabbath y de Bowie, y tiene un Resident tatuado a la altura del riñón, me dice: vos tenés tarjeta ¿no? Sí Lauti, tengo. ¿Vas a ir a Los Residents? Sí, supongo… Dale, tenés que venir, vienen Nano y Juán, ¡te van a encantar! Bueno, dale. ¡Genial! Cuando saques, ¿me sacás? Después te paso la guita, ¡gracias!

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Sobre la luna se proyecta “The Residents – Shadowland”. Con los pibes imaginamos el ojo que le van a proyectar durante el show, amenazante, parpadeante, con la pupila asesina. Imaginamos en vano, no hay ojo gigante a la vista.

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Se demoran, pasan 45 minutos; Niceto se va llenando de a poco. Por allá está Inti, de la facultad, seguro que se cruza con Facu. La amiga de una amiga se nos une, Nuria me saluda fríamente y se va y a Cassandra ni la veo, dudo incluso si fue. Supongo que le puedo decir chau a mis medias. Cuando me cruzo a Ceci y Ariel saltamos los tres de alegría. ¡Que lindo vernos acá! Cuando le digo que nunca los escuché ni los conozco me dicen que no importa, porque supe que es la banda que le gusta a todos los músicos que nos gustan. Los Abuelos de Todos los Raros. La raíz retorcida, podrida del rock. El hermano deforme, cínico, índigo y menor de Los Beatles, Los Rolling, Los Kinks, La Velvet. El único que no se vendió y/o murió. Gabriel, Zappa, Patton, una línea del rock que siempre empujó los límites, bordeando lo teatral, lo circense, el espectáculo de variedades macabras a un lado de la ruta polvorienta. Y acercándose por la tangente, la línea negra, teñida de café y ceniza de Tom Waits y Nick Cave. Pasan 45 minutos más y la banda aún no sale. La música de ambientación (protorock, rockabilly, finales de los 50, principios de los 60, todo con el toque justo de rarefacción, surf deforme) desaparece y deja lugar a la esperanza. Nano y Juan son callados, no suelen decir nada, pero Lautaro, que se tomó una pepa conmigo se retuerce de la ansiedad, siente taquicardia, que se va a morir, que se quiere morir. En todo este tiempo la luna nos imanta, nos hipnotiza, de cierta forma en la luna nos vamos, en la luna depositamos la espera.

Entrando veo que el tipo canoso de Niceto (el que te recibe las entradas, el que suelo felicitar cuando lo veo con la remera de Discipline de King Crimson) tiene el pelo largo, le hago un comentario amistoso, el hombre sonríe y me dice “Hoy estamos todos, están todos allá adentro. Esta es nuestra noche.” El glorioso Gaby Feldman justifica su ausencia: “Es el cumpleaños de mi hermanita. Quizás ella sea uno de los Residents.”

Sonidos tibetanos filtrados por procesador de audio se acercan de lejos. La masa se compacta levemente, se mueve intranquila. Oms milenarios sintetizados a base de bits y bites, los 0s y 1s dando vida a tambores y zumbidos como mantras. La ansiedad sube, la música amaga, va, vuelve. Finalmente las luces bajan y lubricados por los aullidos de admiración que se elevan del público los Residents se dejan ver por primera vez en Buenos Aires.

Esta vez nos dicen que el cuarteto mítico de San Francisco se presenta en formato trío (?). Se trata de Chuck (batería electrónica, teclados), Randy (voz, batería electrónica) y Bob (guitarra) interpretando la parte final de su trilogía.

Primero fue la muerte en la gira Talking Light. Segundo el amor y el sexo en la gira The Wonder of Wierd. Shadowland en cambio se centra en el nacimiento, el renacimiento, las vidas pasadas y las experiencias cercanas a la muerte. “La vida en reverso, ¿no es un concepto estupendo?” Se ríe Randy detrás de su máscara de calavera cornada

La propuesta revisita el inmenso catálogo de la banda para conformar el show, unos temas de aquí, unos temas de allá, todo mezcladito, construyendo el concepto. Pero la música ya no es original (“ni ellos se la acuerdan” arriesga Ariel al final), cada tema ha sido actualizado, aggiornado, frankesteineado, retrabajado con tecnología y propuestas musicales y sonoras nuevas.

CHUCKORICOEl concepto, además de estar construido a partir del setlist, está trabajado y reforzado de forma audiovisual. Esa luna lechosa que imaginábamos como futura pupila gigante, funciona en cambio como pantalla. Sobre ella se proyectan una serie de videos perturbantes y perturbados. En ellos, distintos personajes -el carnicero, la libertina, el hombre de la basura- relatan historias que entran dentro de las categorías mencionadas antes. El carnicero ha vuelto de la muerte y sin embargo no hay paz, no hay belleza en el mundo. La libertina controla el deseo de los hombres a través de los tiempos. El CEO de una importante tabacalera, sentado un día en su bañadera, recuerda repentinamente que una vida pasada fue recolector de basura, mucho más plena y bella. Las historias se estiran por sobre lo esperado, superando siempre el beat natural que marcaría un posible final, retorciéndose, complicándose, tiñendo Niceto de una atmósfera truculenta en la que la dicción inglesa y la cadencia de los relatos conspira con el decorado cuadrillé para transportarnos a alguna dimensión terrorífica. Lyncheana.

Entonces me pregunto qué hacemos con los videos, y los largos discursos de Randy, si no terminamos de entender bien el inglés. Randy es un demonio cadavérico de malla enteriza con músculos dibujados, sunga a cuadros (hace juego con los banderones sobre el escenario) y largo saco de lentejuelas blancas y rojas. Baila con poca gracia, camina como una gallina, o un dinosaurio viejo (que dinosaurio no es viejo) sobre el escenario. Cuando baila, lo que baila de él son sus brazos, sus manos. Sus piernas parecen atornilladas al suelo. Cuando termina el primer tema se quita el antifaz de calavera y debajo… Hay otro antifaz, este de nariz larga y rasgos ancianos. Con el pelo gris que le sale como parapetos triangulares hacia abajo del antifaz Randy es un Tio Sam pandemónico, psico-infernal.

Randy tiene una voz cavernosa, gastada. Vieja, pero no vieja de edad. Algo de lo plano, chato de Morrisey. El balbuceo farfullante de Damo Suzuki. Lo teatral de Cave o lo ebrio (delirium tremens) de Waits. Cierta atonalidad buscada, cierta fobia por la armonía. A sus lados, Bob y Chuck (o Rico, porque parece que a Chuck hubo que reemplazarlo por Rico) son dos Predators intergalácticos. Máscaras que son cruzas entre calaveras y anti-gas, antiparras, rastas blancas de plástico que cuelgan abundantes. De sus instrumentos se dispara una música sorprendente, paralizante. El mundo se funde, y como en ningún recital, me desaparece la gente alrededor. Una chica se ríe de mis anotaciones y dibujos. Quiero contestarle pero no puedo.

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La música de los Residents es la música que está detrás de las cosas. Música que habita detrás de una finísima cortina que llamamos realidad, sobre la que se dibuja todo lo que existe. Y detrás de la cortina, detrás habitan los sueños y las pesadillas que persiguen a los hombres. Monstruos inmateriales que toman las formas de lo que existe, o leves perversiones, o mezclas incoherentes. La música de Los Residents suena a algo que ya escuchaste, algo que habitaba en tu cabeza sin que estuvieras al tanto. Y a la vez, suena a todas las cosas, pero nada suena igual. Son escasas y singulares las bandas que pueden conjurar esta sensación; en torno a ellas, inevitablemente, se teje una trama de misterio. Música demasiado pendiente, atenta a la forma canción y a la melodía como para ser progresiva o avant garde, pero que sin embargo en ningún momento se permite ser pasatista, o pasar inavdertida. Ritmos espásticos, complejos, disparados desde la computadora de Chuck (o Rico) se atolondran urgentes, no decididos entre invitarnos a bailar o a derretirnos en nuestros lugares. Las guitarras de Bob sintetizadas, punzantes, venenosamente digitales comparten las textura sonora que podría invocar el Steve Vai de una dimensión paralela -una en la que Steve Vai la rompe- a su vez conjurando la inmediatez, la ácida (del ácido del que te quema, no del que te pega) potencia del mejor y más en forma Adrian Belew.

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Aquí podríamos establecer una conexión, quizás una de las dos más potentes. Si en la estructura de sus canciones –a saber, un complejísimo balance alquímico de pop y avant garde, progrock y electrónica, new wave y los gruñidos de un monstruo dormido. Los Residents parecieran ser todo aquello que a los Flaming Lips les cuesta horrores; Los Residents podrían llamarse Los Flaming Lips de Verdad. Si ese es el trabajo en lo que compete a la estructura canción, el sonido en cambio pareciera repetir a la máquina de matar que supo ser King Crimson en su iteración dosmilera. Ya desde el comienzo del show con las baterías electrónicas de “Fever Dream” (tambores acústicos, profundos y lo que parecen gotas de agua cayendo en el fondo de cada beat), hasta los momentos finales en los que la guitarra se incendia y enloquece en el solo de “Forty-Four”, Los Residents se asemejan a las texturas analógico-digitales y  los colores azulados cristal líquido y negro de cobertor de cable que el tándem de Robert Fripp supo trabajar. Y se asemejan bien, como se asemejan los grandes artistas, tocándose poquito, tirándose besos a la distancia, copiándose apenas segundos para después disparar para otro lado, parecidos, pero infinitamente distintos.

Me entristecen estas comparaciones. Siento que he reducido, petrificado, simplificado todo lo que pasó el viernes para de alguna manera convertirlo en sentido, en mensaje. Y que en la comparación debo revindicar a los Residents, y que para ellos tengo que rebajar a las otras bandas, bandas hermosas, bellas, potentes. Pero no, es apenas un ejercicio de estilo, un garabato sobre una hoja digital (o analógica) intentando encontrarle pies o alguna de todas sus cabezas a un monstruo que no es animal, si no una catarata de sensaciones, de impactos de arterrorismo.

Es new wave de las cavernas infernales, progrock sensual, pop-anti-pop y rock prehistórico adelantado a su tiempo, adelantado a todos los tiempos. El show de los Residents termina como terminan todas las cosas: medio anunciado, medio imprevisto, medio temido y medio deseado. La atmósfera de Niceto se empasta de dudas. ¿Qué hemos visto? ¿Quiénes eran estos tipos? ¿Existe música como esta? ¿Cómo es que existe música de elementos tan parecidos pero ninguna que los conjure, que los conjugue o los yuxtaponga de tal forma? Nuestra noche fue exactamente lo que queríamos. Nos dejó con una perturbación que se disfruta tener.

“The diversity of desire is endless” dice la libertina, hace horas, en su video. La diversidad del deseo es infinita. En esa frase habitan Los Residents. Encontrando o creando el deseo, el placer, ahí donde ningún otro se anima.//z

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