La batalla del movimiento

Defórmica presenta su tercer disco, una nueva muestra de todo el poder de sus composiciones instrumentales. Prog-rock para divertirse: precisión milimétrica, la opulencia de los intérpretes y cuarenta minutos de música que te obligan a mover el cuerpo. Primordial el equilibrio para no caer.

Por Gabriel Feldman

No fue el primero, no fue el segundo, el tercero fue el vencido. El disco homónimo de Defórmica es el tercero. Y qué tiene eso de importante, o relevante, se preguntará usted. A priori algo estrictamente nominal podría no llamarnos la atención. Pero tratándose de ellos por qué no. El no-nombre, o ponerle a un disco sencillamente el nombre de la banda –a veces es el primer caso, a veces el segundo– ya nos dice algo. Pasaron tres años desde Páramo (2010) y la banda no ha dejado de crecer; de alguna forma plantearse un no-nombre (o el nombre de la banda) como título del disco es presentarse de nuevo. Plantar bandera en lo más alto de la montaña que se pueda. “Acá estamos, esto somos y este es nuestro disco que no tiene nombre (o se llama como nuestra banda). Sencillamente nosotros, a cara lavada”. La ilustración de Lucas Martí, quien es también es el productor de la placa, enfatiza esa energía. Dibujo a un color sin tanto detalle sobre un fondo negro, como los que se hacen en la carpeta del colegio con el nombre de la banda que nos gusta. Hacemos el primer boceto y después lo repasamos y lo rellenamos: un muchacho que por lo menos intuimos que está inconsciente y a merced de lo que provenga de los cielos. De la(s) garra(s) de una fuerza superior: sí, Defórmica. ¿Así quedaremos después de escuchar el disco?

Todavía no le des play. No aún. Mirá el dibujo una vez más. Mirate a vos en el futuro. En esa ilusión que es el futuro. Porque esa ventanita que se abrió ya es ahora. Empezó a correr. Mirate tirado después del asedio del quinteto del oeste. Aguantate un ratito más antes de perder la conciencia. Repasa el tracklist, ya va a haber tiempo para desnucarse con el sonido. Primero detengámonos en los detalles de esa lista, ¿viste? También en esos nueve títulos se configura la cara lavada, la honestidad brutal.

Hay algo especial en las bandas instrumentales, sobre todo las que dominan las artes de crear interpretaciones vertiginosas, piezas que le deben tanto a la arquitectura y la precisión quirúrgica como a la música, como bien es el caso. Esas composiciones que se podrían discutir en una mesa de los galanes compuesta por Robert Fripp, Fred Frith, Mike Banfield, Omar Rodríguez-López y Leo Ghernetti. Será a veces por un eje central que recorre el disco, por la creación de ambientes que matiza muy bien la música, por chistes internos o porque sí, los títulos son todo un objeto de debate aparte. Quiero decir, el nombre de la canción es un título, pero esa carta de presentación dice mucho. Y mientras las canciones brillan por sus laberínticos pasajes, idas, vueltas, secuencias cinematográficas de acción, los nombres llaman la atención por lo gráfico y casi desinteresado, burlando un poco la solemnidad que por demás atañe al rock-progresivo y sus derivados: 1.Sirena / 2.PaTunTum / 3.Pirrriiuum / 4.Rumba / 5.TurunPá / 6.Toms / 7.¡¡!!! / 8.Tamtam / 9.Motero. Pero en ese gesto, una jugarreta no tan estrictamente nominal, ya se arma todo lo que el disco y la banda son. La clave está en la rítmica. En el movimiento: un impulso que nos hace bailar. Interpretaciones llenas de dramatismo e intensidad, con momentos más pesados de los que nos tenían acostumbrados, y una fuerza motora que les impide frenar en casi cuarenta minutos de música.

Diálogos de batería y bajo que tensan un fino cable entre dos edificios a treinta metros de distancia mientras las guitarras y el teclado caminan en el aire yendo de un punto al otro sin red que los sostenga. Debajo el asfalto y los que siguen estupefactos, como cuando los ves por primera vez en vivo y no sabés los nombres de lo que están tocando pero te acordás algunas partes, viste: “Pa tun tum”, recordás que hacía la bata en la parte de más adrenalina y quedó; “Pirrriiuum”, anotás rápido en el celular antes de que la canción se vaya a otro terreno y pierdas el hilo conductor; “TurunPá”, te quedas cantando como si fueran una onomatopeya de carne y hueso; “Tamtam”, por un lado con las guitarras batiéndose a duelo en el espacio o la de los “Toms” resumis, para simplificar arbitrariamente todo el despliegue en el agrupamiento de una serie de golpes. Y esta otra es más pistera, “Motero”, y esta otra, te anotás en el ayuda-memoria, es la más movediza: “Rumba”, señores; y sin que medien las  palabras anotás atónito “¡¡!!!”, porque así se describe el orden que puede significar el entrelazamiento del caos.

Seguimos sus pasos y aplaudimos emocionados. Una tormenta se avecina y amparados por el éxtasis subimos hasta lo más alto del edificio. Cinco, diez, veinte, treinta pisos, los que hagan falta. Continuamos. Los tenemos enfrente nuestro yendo y viniendo por la cuerda floja, hábiles equilibristas contorneándose en el borde de las alturas. El primer paso es el que más cuesta, lo sabemos. Cerramos los ojos y nos dejamos llevar. Qué nos podría pasar si lo intentáramos, caer ya no importa. El pie derecho aquí, el pie izquierdo acá, no hay vuelta atrás. Cabeza, hombros, rodillas y pies, mover el cuerpo sin parar un momento. Quizás, si tenemos suerte, nos salve la garra.

Arecia_Diciembre

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