Hell on Wheels: la americanidad entre la civilización y la barbarie

El retorno del western a las pantallas de televisión viene de la mano de “Hell On Wheels”, una coproducción canadiense-norteamericana que emite la exitosa cadena AMC. La serie reactualiza el discurso sobre el “lejano oeste” y el nacimiento de la nación norteamericana produciendo una crítica radical no solo sobre las representaciones ficcionales de la historia sino del discurso mismo sobre la construcción de la americanidad.

Por Luis García Fanlo

Cada tanto la ficción cinematográfica y televisiva norteamericana hace revisionismo histórico y produce una crítica radical del relato sobre su historia nacional, y por alguna razón que se me escapa parece que ha llegado el momento de deconstruir las narraciones sobre el mito de la conquista del Oeste, la guerra civil y la construcción de la nación. Estoy hablando de la serie de televisión “Hell On Wheels” una coproducción canadiense-norteamericana creada y escrita por los hermanos Joe y Tony Gayton, cuyo episodio piloto fue emitido por la cadena AMC el pasado 6 de noviembre de 2011 y ya se ha convertido en un éxito de audiencia y en el centro de una polémica que excede el marco artístico para instalarse en el debate político de actualidad. Interpretada por Anson Mount (Cullen Bohannan), Colm Meaney (Thomas ‘Doc’ Durant) y Common (Elam) la serie narra la historia de un ex soldado confederado que busca venganza por la violación y asesinato de su esposa en manos de un destacamento militar del ejército federal, lo que lo lleva a un destacamento de avanzada de la empresa que está construyendo el famoso ferrocarril Union Pacific, bautizado como “Hell On Wheels” (“infierno sobre ruedas”).

El discurso sobre el ferrocarril como fetiche del progreso, la civilización y la grandeza futura de los Estados Unidos contrasta con el aquelarre en el que cual “corte de los milagros” se entrecruzan esclavos libertos que trabajan por una mísera paga, aventureros en busca de hacer ganancias, miserables trabajadores inmigrantes, prostitutas, un pastor evangelista que intenta redimir a esas almas sin pena ni gloria, conviviendo en un lugar nómada cuya única ley y orden es impuesto por la seguridad de la empresa ferrocarrilera, y amenazados por los Chayanne que resisten la ocupación de su territorio. Desde luego que ese discurso civilizatorio no es otra cosa que una máscara que utiliza Thomas Durant (el dueño del ferrocarril) para comprar senadores, recibir subsidios escandalosos y sin control, amasar una gigantesca fortuna, y no menos importante, conducir las conductas de los trabajadores para que acepten las paupérrimas condiciones de trabajo y existencia que rigen sus contratos en nombre de ser los “hacedores” del “sueño americano” y el “destino de grandeza” que Dios ha reservado a los Estados Unidos.

Pero además, Hell On Wheels no es un clásico western sino un anti-western, ya que por su concepción y composición dramática y artística implica una crítica radical a las narraciones y representaciones estilo Hollywood del clásico género norteamericano de películas del “Lejano Oeste” y lo hace en un doble sentido. En primer lugar porque politiza el género convirtiéndolo en un thriller de suspenso que sostiene una crítica al discurso histórico-político fundacional de la americanidad, y en segundo lugar porque se abstiene de todos los lugares comunes que han estereotipado a las historias de vaqueros y pistoleros naturalizando en forma maniquea las representaciones del bien y el mal que le son fundacionales.

Si el cine moderno tiene como primer antecedente el famoso filme “El nacimiento de una nación” de David Wark Griffith (1915) la serie de televisión “Hell On Wheels” aparece como su reverso y su némesis discursiva, inaugurando una contra-historia del género que al reactualizarlo lo niega y lo refunda.//z 

Arecia_Octubre

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