Jardín de gente

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En el documental El Bosco, el jardín de los sueños el director español José Luis López Linares se propone dialogar, junto a diversos científicos, artistas, escritores y músicos, con la obra cumbre del pintor flamenco El Bosco.

Por Omar Sisterna

Los primeros planos del documental encierran toda la problemática que va a recorrer los 85 minutos que dura el film: la mirada del espectador. En la actualidad son miles de personas las que recorren el Museo del Prado para detenerse frente a esta pintura. Un sinfín de miradas y múltiples interpretaciones que paradójicamente se encuadran en la experiencia íntima y solitaria que es enfrentarse a una obra de arte.

En el documental las interpretaciones que se van sucediendo tienen como único fundamento su propio parecer, y esto se debe a una segunda problemática que se desprende de la mirada del espectador, la nebulosa que gira en torno al autor y su obra.

el bosco

El Bosco (Países Bajos, ca. 1450-1516) es el apodo de Jheronimus van Aken, y el propio Museo del Prado reconoce que su biografía está plagada de lagunas. No sabemos cómo fue su rostro porque no se encontraron retratos suyos, y los dibujos que llegaron hasta nosotros tampoco dan fiabilidad al respecto. Los pocos datos que se saben sobre su vida fueron extraídos de los registros de la Cofradía de la que formó parte. Esto, sin dudas, crea un halo de misterio e incrementa el enigma sobre las motivaciones que lo llevaron a pintar el célebre tríptico.

Por eso, mientras que El Bosco queda encerrado en su propia oscuridad biográfica, la pintura emerge como único hecho concreto de su existencia, y de esta manera “El jardín de las delicias” se constituye como única protagonista del documental.

El tríptico del jardín de las delicias es el título completo de este óleo pintado entre 1490 y 1500. Sus dimensiones: 205,6 cm. de alto por 386 cm. de ancho, incluyendo el marco. En la época de El Bosco los trípticos permanecían cerrados y se abrían para ocasiones especiales. Cuando permanece cerrado se observa la representación del tercer día de la Creación del mundo, y con el tríptico abierto vemos tres escenas: en la izquierda, el edén de Adán y Eva, en el panel central una gran escena repleta de situaciones de lujuria y en el panel derecho, el infierno.

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Lo particular de esta obra es la gran inventiva que tuvo el autor para crear personajes humanos y fantásticos inmersos en una polifonía de situaciones que rozan todo el tiempo lo irónico y lo descabellado. El espectador se encuentra ante el asombro y el desconcierto y queda afectado por una ambigüedad de sensaciones que la escritora brasileña Nélida Piñón resume, frente a cámara: “Para aclarar lo que esto quiere decir hay que inventar palabras”.

El mérito del director José Luis López Linares es lograr que el espectador del documental se convierta también en espectador de la pintura. Lo logra gracias al recorrido de la cámara, que va ampliando los detalles sobre gran parte del cuadro. Así, las micro-escenas se expanden hasta abarcar la totalidad de la pantalla. Uno siente que respira sobre las capas de óleo cuarteadas por el paso del  tiempo.

Pero en ese punto radica lo esencial de la película, y también del tríptico de El Bosco. Con el correr de los minutos, y a medida que van transcurriendo los primerísimos primeros planos sobre la pintura, pareciera que se llega al conocimiento de cada situación escénica retratada. Pero, cuando se abre el plano, se redescubren escenas nunca antes vistas. “El Jardín de las delicias” nos resulta inabarcable. El documental muestra pero también oculta.

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A 500 años de su muerte la trascendencia de la obra de El Bosco sigue intacta a pesar de que se trate de uno de los pintores menos conocido biográficamente. “El jardín de las delicias” atrae a sus espectadores magnéticamente al mismo tiempo que se aleja de ellos.

Hay algo en la pintura que se nos escapa. En este sentido, la narrativa construida por el documental se acerca a los conceptos de “mundo” y “tierra” desarrollados por Martin Heidegger en El origen de la obra de arte, parte de su teoría estética que se interesa en definir el ser de la obra de arte.

El significado del concepto de “mundo”, según Joseph Sadzik, es “la atmósfera espiritual de una epoca determinada: las corrientes culturales, sociales y politicas por las que atraviesa una época histórica concreta; el conjunto de ideas, creencias y costumbres; todo aquello de que se nutre tal época, lo que vive el individuo en ella”.

El mundo que muestra una obra se va haciendo en cada lectura del espectador, en una cadena interminable de interpretaciones.

La obra también revela la “tierra”, permite ver todo lo que existe y también oculta. Es misterio y ocultación. Sobre esta idea, la académica argentina Elena Oliveras escribe en Estetica. La cuestión del arte: “Tenemos que entender que la obra de arte como “tierra” no sólo oculta; también muestra que oculta. Hay algo que sabemos está en ella – su enigma- pero que no podemos entender. En tanto “tierra”, la obra es una reserva permanente de significados que en cada receptor, y nunca definitivamente, podrán ser explícitos”.

Estas ideas parecen amalgamarse a la trama descriptiva del documental: la piedra angular de El jardín de los sueños es poner énfasis en la mirada del espectador y darle voz a las múltiples interpretaciones en clave de asociación libre.

Mirar un documental sobre una pintura no garantiza el entretenimiento, por eso el acierto de López Linares es llevar al espectador, en poco más de hora y media, a un recorrido entre la observación como receptor directo de la obra y el acto de reflexionar a la par de su reparto. De esta manera se borran los límites de la pantalla y la persona que mire la película termina compartiendo las mismas preguntas e incógnitas sobre la pintura, que nos llama poderosamente la atención aunque nunca podamos descifrarla del todo.//∆z

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