Grandes distorsiones (Parte II)

Segunda mitad de esta selección en base a uno de los elementos fundacionales del rock. Porque no sólo de volumen vive el hombre.

Por Santiago Farrell

“Them Bones” de Dirt, Alice in Chains

Jerry Cantrell entendió particularmente bien que la distorsión es una extensión del ejecutante, y aplicó esto a un contexto más metalero. Es así como su trabajo en Alice in Chains —y especialmente en Dirt (1992) — suena aplastante. Es que la gracia está no sólo en esa distorsión maciza que pega de frente como un ladrillo, sino en cómo la usa para acentuar el carácter dantesco de sus riffs, como en la estrofa de este tema, donde la guitarra parece estar friéndose en napalm mientras dispara progresiones cromáticas siniestras que acentúan a la perfección el infierno espectral de Layne Stanley. Cantrell también supo combinar el efecto con el wah wah y la palanca, con resultados demoledores en ese solo ominoso que termina dando vueltas cual avión en caída libre, obra maestra de la desesperanza.

“Death and Destruction” de Maladroit, Weezer

Puede sonar extraño, pero Rivers Cuomo, heraldo del pop emo, es un auténtico erudito de la distorsión; discos como Pinkerton (1996) tienen más válvulas que la fábrica de Marshall. Weezer llega a la perfección en Maladroit(2001), grabado directamente desde la consola. Valen todos los temas, pero el momento donde más se nota el cuidado puntilloso con la distorsión viene en el estribillo de este, cuando un power chord incandescente arrasa con la calma de las estrofas mientras una guitarra pasea por la escala, seguidos por las estiradas salvajes del solo doblado. Parafraseando a un viejo amigo, “el tipo canta sobre lo mal que le va con la novia con una guitarra atrás capaz de abatatar a Metallica”.

“Bulls On Parade” de Evil Empire, Rage Against The Machine

RATM tenía pirotecnia sónica de sobra con Tom Morello, artesano de los pedales, que demuestra lo suyo con ese solo de DJ-guitarra, pero en lo que a distorsión respecta el héroe en esta estampida es el bajista Tim Commerford, un obsesivo de la ecualización. “Bulls On Parade” es un buen ejemplo de lo que una distorsión buen puesta hace en las cuatro cuerdas; el bajo directamente ruge con un groove endiablado, como Godzilla en celo, especialmente sobre el final, cuando sus pisotones casi que te obligan a punta de pistola a sacudir la cabeza y salir a derribar al capitalismo.

“Head Down” de The Slip, Nine Inch Nails

La tecnología le quitó a las cuerdas el monopolio de la distorsión, y Trent Reznor es un referente en el tema. NIN hace maravillas como convertir sintetizadores y hasta baterías en vehículos de agresión, y “Head Down” lo exhibe sin fisuras: desde el primer hasta el último segundo todo está distorsionado, y te subyuga a palazos con un riff demoníaco. El talento de Reznor consiste en la forma en que va variando los niveles de distorsión de cada pista, una orgía para auriculares. Súbanlo con todo para escuchar esos graves hermosos rasgando el track en la coda.

“The Diamond Sea” de Washing Machine, Sonic Youth

Para terminar, no se puede hablar de distorsión como concepto sin pensar en los reyes del noise, con los que se entrevé el puente entre el efecto y otros estilos fuera del rock (dos de sus miembros fueron parte de la orquesta de Glenn Branca). La relación entre la juventud sónica y la distorsión pasa más por su efecto colateral, el acople, pero en este mamut de 19 minutos, muestran su metodología completa: estrofas pop, distorsión melódica, distorsión caótica, cuelgue ruidoso, estrofa pop más lenta y unos 12 minutos de un drone que se va pudriendo gradualmente hasta convertirse en una columna de ruido equivalente a guitarras prendidas fuego (tal vez estén prendidas fuego de verdad, conociéndolos). Distorsión de vanguardia, podríamos decir.//z

Arecia_Octubre

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