Génesis remixado

La última película de Aronofsky es tan dispar como su filmografía. Que hace agua por todos lados, es cierto; que merece ser vista en cine, también.

Por Martín Escribano

Cuando aparecieron en pantalla los créditos finales, luego de dos horas y diez minutos de ese particular pastiche que es “Noé”, hubo algún que otro aplauso perdido en la lejanía y también uno o dos tímidos abucheos. La reacción del público fue tan ambivalente como sincera: es muy difícil definir qué se siente frente a un film que, de tan ambicioso, termina siendo indefinible. Estamos ante uno de esos casos en los que podemos perder amistades si recomendamos su visionado, pero tampoco podemos decirle que no así nomás a la primera incursión en la épica bíblica de Darren Aronofsky.

La historia la sabemos todos: el Creador (ojito, que la palabra Dios no aparece en toda la película) le anuncia a Noé que enviará un diluvio para resetear el mundo y empezar todo otra vez. Tanto él como su familia deberán construir un arca para poder paliar la tempestad y salvar a los animales que, a diferencia de los hombres, no se han corrompido.

Russell Crowe (patriarca a más no poder) y  Jennifer Connelly (a quien le agradecemos su retorno a la pantalla grande después de un 2013 sabático) vuelven a hacer de marido y mujer luego de la ya lejana “Una mente brillante” y serán los que velen por la seguridad de sus hijos Sem, Cam, Jafet y su hija adoptiva Ila. Algunos gigantes de piedra (!), tan aparatosos y nobles como los ents de la Tierra Media, se sumarán al proyecto y le harán frente a la tribu de Tubalcaín, quien hace oídos sordos al mensaje ecofriendly del film: si Noé le enseña a sus hijos a no cortar las flores porque sí, Tubalcaín le responde que el hombre domina la naturaleza y puede disponer de ella a su antojo (homicidio y  antropofagia incluídos).

Si a esto le sumamos segmentos dignos de MTV que ilustran pasajes del Génesis como la historia de Caín y Abel y tomas de la vida animal que bien podrían encontrarse en documentales de la National Geographic, no será el diluvio lo único que ahogue al espectador.

Refranes como “nos tapó el agua” circulan por la web para describir la experiencia de ver la sexta película del director de “El cisne negro”, pero quizás el más adecuado sea el que dice que muchas manos en un plato hacen mucho garabato. “Quien mucho abarca, poco aprieta” también se aplica.

Y es que a la “Noé” de Aronofsky le pasa lo que al “Árbol de la vida” de Malick: sus grandes momentos quedan neutralizados por otros francamente ridículos. La filosofía new-age y la música, abrumadora y redundante, hacen de esta una comida exótica, sí, pero excesivamente condimentada.

Aronofsky, como el Creador, también ha fallado, pero es una falla nacida del riesgo, de ahí que pueda generar cierto atractivo. Que Noé, cual John McClane, se cargue él solito a una decena de malos, es novedoso. Que su esposa pregunte si es realmente necesario que las víboras se salven logra arrancarnos una sonrisa. Pequeños fragmentos, como hilos de agua aflorando de la tierra seca, que prueban que este apocalipsis del pasado merecía ser contado con menor gravedad.//z

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