Fútbol: un poco de arte para escaparle a la muerte

 

Bajo la consigna de exorcizar un poco al popular juego, una recorrida por las expresiones culturales que lo reivindican como lo que es: el deporte más maravilloso de mundo

Por Emmanuel Gentile

Hay momentos, como este, por ejemplo, en que el fútbol huele a muerte. La pelota se mancha de sangre y todo lo que tiene que ver con ella, inexorablemente, pierde sentido. Más aún en estos tiempos en que el deporte más popular se ha transformado en un negocio millonario, donde los protagonistas dejan de ser jugadores para pasar a ser celebridades. Donde las multitudes confunden sus propias pasiones y las hinchadas se transforman en ejércitos guerreros.

Pero hay dos maneras –o quizás más- de ver y sentir este tipo de situaciones socialmente deleznables. Están quienes, como yo, aman al fútbol. Lo necesitan. Lo disfrutan, y por tanto, sufren doblemente estas atrocidades. Sienten como si la vieja malvada de la casa de al lado le clavara un cuchillo a la pelota.

Por otro lado están los que no se interesan por nada que tenga que ver con la redonda. Definitivamente, donde otros ven belleza ellos no observan más que 22 tipos corriendo detrás de una pelota de cuero. Para ellos quizás pueda ser una muerte igual de dolorosa y repudiable, pero no la sentirán tan cercana.

Lejos del análisis social que se pueda hacer del reciente hecho policial (policía y fútbol definitivamente no combinan), quisiera aprovechar este gol en contra para parar la pelota y salir jugando. Buscar ese pase bochinesco que deje anonadada a la cruenta marca de la violencia. Remontar un barrilete cósmico para escaparle a la muerte. Dicho de otra manera, refugiarse en el arte futbolero y rescatar la hermosura y la simpleza que resulta de llevar y ver llevar una pelota con los pies.

Pintura, literatura, música, cine, toda expresión artística se ha pegado una vuelta por el mundo del fútbol. Muchas de esas obras son enteramente recomendables, tanto más para los amantes del potrero y la tribuna.

La literatura argentina cuenta con destacados escritores que dejaron pasear su pluma por el verde césped. Relatos que se leen ágilmente, con una cuota de nostalgia y mucho humor. Con ardua originalidad para describir situaciones que pueden parecer triviales para quienes no comparten el mágico mundillo potreril.

Osvaldo Soriano nos ha dejado una importante cantidad de cuentos donde plasma sus propias vivencias de pueblo, su frustrado intento por ser futbolista y toda su imaginación y vuelo literario: “En el potrero donde habíamos fundado el Sportivo Almafuerte, había un chico de sobrenombre Cacho que imitaba al maravilloso Fioravanti. Uno tomaba la pelota y escuchaba, al instante nomás, a Cacho que relataba desde la raya: “‘¡Alcanza la pelota Soriano, elude a Carreño… se perfila, cuidado…va a tirar al arco…!’ y con eso yo era feliz”. Historias como esta pueden encontrarse recopiladas en Arqueros, ilusionistas y goleadores.

El rosarino Roberto Fontanarrosa ha estado emparentado al mundo del fútbol a lo largo de toda su obra. Desde sus libros de cuentos, El fútbol es sagrado, Fontanarrosa de penal, Puro Fútbol y sus crónicas periodísticas en Fontanarrosa es Mundial, el escritor e historietista ha dejado una imborrable marca en la red. Retrató al hincha argentino como nadie y desnudó su pasión por Rosario Central. Uno de sus mejores cuentos, Viejo con árbol, resulta imperdible. Trata de un hombre misterioso que desde un costado de la cancha de tierra, describe a los protagonistas del juego equiparándolos con diversas expresiones artísticas: “A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.”

Juan Sasturain tiene lo propio. Porque además de historietista, periodista y escritor, es amante del fútbol. En 1986 editó su libro El día del arquero y como director del suplemento deportivo de Página/12 publicó diversos cuentos sobre el tema que fueron recopilados en Picado Grueso. Utiliza con notable exactitud el lenguaje del tablón: “Este tres no agarra una vaca en un baño”, o “Cuidaban el empate como a un hijo”.

Las artes plásticas tienen también sus representantes futboleros. Pérez Celis dedicó parte de su obra a su pasión por Boca Juniors. Pintó un extenso mural en la Bombonera, y para el centenario del club de La Ribera realizó una muestra en el museo Benito Quinquela Martín de La Boca. Entre sus lienzos en azul y oro se destaca Energía Xeneize.

Otro artista plástico fanático del fútbol, al punto tal que terminó dedicando su obra a las hinchadas, se llama Ricardo Martínez Gálvez y nació en diciembre de 1955. Sus cuadros transmiten las emociones de este deporte popular por excelencia, sobre todo con la mirada puesta en la tribuna y sin distinción de colores. Pueden verse reproducciones de sus obras en su página web.

Por su parte, los cineastas no se quedaron afuera y dedicaron sus esfuerzos a retratar esa profunda pasión. El director Adrián Caetano expresó su amor por Independiente en Sangre Roja. En ella desarrolla los gloriosos 100 años de la institución de Avellaneda, con testimonios, documentos históricos e imágenes de todas las épocas.

No menos interesante resulta el cortometraje Lo llevo en la sangre, de Pablo Pérez, relata la historia de un pibe nacido en el seno de una familia “funebrera” hasta la médula, que, a punto de debutar en la primera de Chacarita, debe realizarse un absurdo análisis de sangre “muy utilizado en Europa” que determinará si realmente es hincha del club de San Martín. El film cuenta con las actuaciones de Roly Serrano y Juan Manuel Tenuta, y los inigualables relatos de Víctor Hugo Morales.

Mucho más atrás en el tiempo, Enrique Santos Discépolo, en su papel protagónico de la clásica película El hincha, define con una frase su idiosincrasia, invadida, evidentemente, por el ánimo futbolero: “primero son los colores del club, después los macaneos amorosos”. Y va mucho más allá: ¿Y para qué trabaja uno si no es para ir los domingos y romperse los pulmones a las tribunas hinchando por un ideal?… ¿Que sería del fútbol sin el hincha?…El hincha es todo en la vida…”

Las melodías y el fútbol se han cruzado permanentemente, más aún en los últimos tiempos, en los que el rock y la tribuna, al menos en Argentina, casi que van de la mano.

El rock aparece en los tablones en forma de cántico y bandera. El fútbol aflora en los recitales escabulléndose en tarareos colectivos más dignos de la popular que de un show musical.

Pero además, los trapos pintados con consignas rockeras son una constante en los alambrados del país y de América del Sur. Se pueden citar miles, pero recordemos algunos: Mi único héroe en este lío; No puedo sacarte de mi mente; Preso de tu ilusión; De nuevo aquí para encontrarnos, y miles más. Sin olvidar las que portan la tipografía de bandas, como Iron Maiden, Los Redondos o Ataque 77, o simplemente algún símbolo identificatorio de determinado grupo o solista: la lengua de los Stones; la cara de Bob Marley; el inconfundible piojo, entre otros.

No obstante, no solo son los meros consumidores de arte y fútbol los que alimentan este cruce de pasiones. Los músicos suelen hacer referencia a este deporte multitudinario. Un caso extremo podría ser Fútbol, un trío de rock experimental cuya segunda placa lleva el nombre “Más bambino que nunca”, donde dedican uno de sus temas al nunca bien detestado Elio Rossi.

Pero además, como no podía ser de otra manera, Diego Armando Maradona ha sido la musa inspiradora de más de un músico, de aquí y de afuera: Andrés Calamaro, Ratones Paranoicos, Manu Chao, entre otros.

Ataque 77, por ejemplo, se define abiertamente bostero en Sola en la cancha, con un estribillo tribunero: “Dale Boca que acá no pasa nada, los huevos del equipo, los huevos de la hinchada…”

Pues bien, más allá de las preferencias partidarias de tal o cuál color, de esta o aquélla camiseta, el universo de referencias artísticas al fútbol es aún más amplio. Y viene bien, en estos casos, en momentos sombríos como este, en que la fatalidad y la desidia ensombrecen nuestro amor por la pelota, desahogarse un poco y echarle un sano cebo a nuestro acerbo generado por la violencia y la muerte. Brilla tu luz para mí.

Arecia_Septiembre

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