Esto es más parecido a pasear

El trío de Quilmes publica su disco más convincente, poblado de “canciones que no suenan en la radio”, como dicen, pero que encantarán a quienes se arrimen.

Por Santiago Segura

“Somos 3. Hacemos canciones”, afirman en su página de Bandcamp. “SEGBA no es rock”, disparan desde Facebook. ¿Una banda de rock que niega su procedencia? ¿Otra reivindicación de la “canción” como género? Pueden ser ambas opciones, aunque asoma una mirada que desafía el supuesto valor que tiene “la autenticidad” de ser una banda de “rock”. Comillas al margen, el trío compuesto por Leo Acevedo, Damián Colmegna y Juan Pablo Furneri, con más de una década en el ruedo pero una carrera discografía breve y meteórica (cuatro discos en cinco años) pela su mejor álbum hasta la fecha. En otro camino, así se llama, es también su mejor paradoja, porque da como resultado una síntesis perfecta entre la canción… ¡y el rock! Es en ese equilibrio donde SEGBA sale ganador, entre las melodías en primer plano, cual vedettes; y el rock rajapiedras que mana de la vibra de un trío.

Se nota desde el comienzo del álbum, que hasta parece haber sido confeccionado a partir de esa dualidad: si se arranca por una canción, el tema que siga va a tornarse más pesado, y así. Ojo, que la fórmula esté a la vista no quita su efectividad (con que las canciones sean buenas es suficiente para sostener la atención en el tiempo). Tampoco todo es tan lineal como pueden sugerirlo un par de palabras, por suerte…

Pero sí, el díptico del inicio (“Distancia horizonte destino”-“Mucho tiempo atrás”) marca una pauta: cuando la protagonista sea la melodía, brillará sin cesar, estará bien al frente y se volverá indeleble tras unas pocas escuchas: para eso ayuda la brevedad de las letras, pero más que nada el impacto instantáneo de unos cuantos estribillos, que a veces son el núcleo y también la corteza, el centro y la periferia. Es decir: su importancia en la canción es elemental, tanto que hasta quizá explotan desde el comienzo mismo del tema. “Si me voy” es el ejemplo cabal, ¡una canción que es estribillo-estribillo y puente, sin estrofas! Marcan cuatro, la guitarra chisporrotea algunos compases en Sol mayor, y a la carga Barracas. Y marcha.

¿“Distancia horizonte destino” es un gran estribillo reproducido hasta el hartazgo o es todo lo contrario, una canción sin estribillo? Ambas posturas podrían encontrar su abogado defensor, lo cierto es que las voces diáfanas de Acevedo y Fede Cabral se entrecruzan para que la distancia, como cantan, “llegue desde mil caminos”. El juego melódico funciona acá y se repetirá con éxito otras veces (sin Fede, con Acevedo doblando o multiplicando su voz). Si la letra de “Distancia…” es repetitiva, despliega de a poco, la música también: a la usanza oriental, el tema se basa sobre un solo acorde, rompe y se renueva con la fructífera sonoridad de las cuerdas-cita de Manuloop; algo similar va ocurrir con “Mil causas perdidas”, en un plan más distorsión y riff.

“El próximo álbum va a tener un poco más de ‘música de raíz’. Va haber algo de blues, obviamente pasado por el filtro de SEGBA. En el disco se va a notar más que soy de origen negro”, declaraba Leo Acevedo a ArteZeta a fines de 2014. Hay algo de cierto en lo que decía el cantor, en especial en la parte negra, enfocada desde ciertas densidades del ámbito rítmico (“Sube”, “Mucho tiempo atrás”), más cerca de una visión hendrixiana o santanística del asunto que de un blues puro. La “música de raíz” da muestras a cuentagotas, en particular en el bello tema de cierre, el que da título al álbum. Así como escuchar un bandoneón nos referencia al tango, la textura dulcísima del acordeón de Carolina Bergallo linkea directamente con el chamamé en ese canto final digno de road movie, casi un arrullo. Por lo tanto, las aproximaciones a la raíz se dan al comienzo y al final, si imaginamos “Distancia horizonte destino” como una baguala que prefirió fugarse al rock modelo ’67 y abandonar su corte telúrico. Algo resuena.

La historia que se narra va sobre los viajes: literales, de mochila, en compañía; al propio interior del protagonista, en los sueños. Trama que, es hora de acotarlo, se vislumbra desde el mismísimo arte de tapa: entre pasado y presente también hay un enlace. Si en la portada de Luz y fuerza -el disco anterior de SEGBA- la iluminación era artificial, esta luna devoradora de En otro camino y ese auto en la ruta son la lumbre y el motor, la electricidad de la naturaleza, la perdición del viaje. “Y en todo lo que sueñe estarás vos/ quiero estar en todo lo que sueñes”, dice el estribillo de (otro cantábile tremendo) “Sueños”. Queda impregnado en el aire como lo que el tiempo nos deja recordar ante una travesía placentera.//z

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