Estación imposible, de Sebastián Benedetti y Martín E. Graziano

La biografía de Expreso Imaginario, revista clave en la historia del periodismo, la contracultura y el rock argentino, se desarrolla en las páginas de este libro con solidez y elegancia, a través de testimonios directos, material de archivo y un notable análisis historiográfico

Por Pablo Díaz Marenghi

“No hay hechos, sólo interpretaciones”, dijo Friedrich Nietzsche dejando en claro que los relatos sobre el mundo que nos rodea son, muchas veces, tanto o más importantes que la misma realidad. En el caso del rock argentino y sus orígenes, el hippismo, la contracultura, la resistencia ante la represión de la Dictadura del 76, dio origen a muchas voces que trataron de darle coherencia, análisis, difusión y narración a aquello que estaba pasando. La Revolución Cubana de 1959, el Mayo Francés de 1968, la psicodelia de la mano de los Beatles y Pink Floyd, el movimiento ecologista, la influencia de pensamientos orientales (como el budismo, el hinduismo o la filosofía zen), los nuevos sonidos de la libertad encarnados por Pappo, Moris, Manal, Litto Nebbia, Luis Alberto Spinetta, Los Jaivas, Miguel Abuelo y tantos otros. Esta catarata irrefrenable que se manifestaba contra lo establecido, tuvo su principal representante en la revista Expreso Imaginario, fundada por Jorge Pistocchi y Pipo Lernoud en 1976. Los periodistas Benedetti y Graziano reconstruyen en este libro la historia de una revista que quedó asociada fuertemente al movimiento del “Rock Nacional” pero que trasciende, por lejos, aquella etiqueta. Este trabajo fue su tesis de posgrado en la Universidad de la Plata, de donde son graduados, editado en formato libro en 2007 por Marcelo Héctor Oliveri Editor y reeditado este año por Gourmet Musical. Repasar su nacimiento, auge y caída permite al lector encontrarse con retazos de la historia del periodismo argentino en épocas de plomo. Desde cómo sortear la censura militar a través de metáforas, hasta artículos que relatan de manera fantástica la historia de un parto, analizan el impacto del desarrollo tecnológico en épocas pre-smartphones o alertan sobre el peligro de la contaminación y el cambio climático en tiempos en donde Greenpeace era una pequeña asociación civil con cinco años de vida.

El libro divide la historia de esta publicación emblemática en tres etapas: la primera desde sus orígenes, en agosto de 1976 hasta septiembre de 1979. Pistocchi venía de trabajar en la revista Pelo (antecedente clave en lo que luego sería el Expreso) y de dirigir Mordisco, que era exclusivamente musical, luego se convertiría en el suplemento rockero del Expreso y en el espacio de fogueo de unos pibes que recién empezaban a hacer sus armas en el periodismo musical y luego serían consagrados: Alfredo Rosso y Claudio Kleiman. El libro cuenta lo trascendental del encuentro entre Pistocchi y Lernoud, que por aquel entonces era un poeta que se codeaba con los pioneros del rock vernáculo, la bohemia porteña y hasta se había dado el lujo de componer varias letras para Miguel Abuelo (“Estoy aquí parado, sentado y acostado”) y Moris (con el que también había hecho un fanzine llamado La Mano). Junto con Rosso, Alberto Ohanian (abogado, representante y productor de conciertos, la persona que aportaría el capital necesario), Fernando Basabrú y Horacio Fontova a cargo de las ilustraciones y el diseño gráfico, nacería esta revista fuera de lo común. En el libro se relatan algunas de las temáticas desarrolladas, los primeros artículos, complicaciones editoriales y artistas abordados. Todo esto acompañado de un material de archivo formidable, desde las tapas y el interior de las páginas hasta afiches o fotos de la época.

La segunda etapa, de octubre de 1979 a febrero de 1981 marca la salida de Pistocchi como director. Quedaba Pipo Lernoud como única cabeza de la revista y aparecerían algunos cambios que se relatan en el libro: nuevo formato y diseño, más fotografía antes que las psicodélicas ilustraciones que caracterizaron la época anterior y continuidad de las temáticas ecologistas/ latinoamericanistas/humanistas. Respecto a lo musical, se le daría trascendencia a la música brasileña (Egberto Gismonti), al folklore local (con una entrevista y tapa dedicada a Atahualpa Yupanqui) y se tocaría el resurgimiento del rock argentino en los 80, con la vuelta de Almendra, Manal y Moris y la consolidación de Serú Girán y Spinetta Jade. El tercer período, de marzo de 1981 hasta enero de 1983, quedará marcado como la caída de la revista. Luego de su apogeo psicodélico y contracultural, se volcaría –con Roberto Petinatto como director– casi exclusivamente a lo musical y se dejaría llevar por la tendencia del new wave de la época. La oscuridad de los ochentas, el “No future” resonando luego del apogeo punk y una “juventud más cínica”, serían los lineamientos que dirigirían a la revista que debería competir con muchas otras similares ya existentes (El Porteño, Uno Mismo, Banana) y con la nueva joya creada por Pistocchi, Pan Caliente, que incluía muchos aspectos de la vieja esencia del Expreso. Ohanian, el principal responsable de financiar la revista, ya abocado a la producción musical, decidió cerrarla en 1983. Como bien mencionan los autores del libro, se cumplía la profecía de Kleinman: “El Expreso nació con el Proceso y morirá con el Proceso”.

Algunas de las secciones que pasaron a la historia fueron –además del suplemento Mordisco– la Guía práctica para habitar el planeta Tierra, a cargo de Lernoud, en donde daba “consejos para la conservación de alimentos, recetas fáciles para hacer pan casero, instrucciones para estampar telas, nociones básicas de masajes Do-In”. Era prácticamente un manual de instrucciones hippie que hoy bien podría encajar en la ideología new age palermitana. En aquel momento, le hablaba a un nicho agobiado por la represión en todos los ámbitos de la sociedad y atento a una conexión más profunda con la naturaleza. El libro relata en profundidad todos los aspectos referidos a lo musical, uno de los puntales de este medio. El Expreso se diferenció de Pelo y otras publicaciones al abordar géneros marginados, como el punk, al estar atentos a las vanguardias de la época y al hacer reseñas y coberturas con la influencia de las más importantes revistas musicales de Occidente, como Melody Maker o New Musical Express. Aquí se lucían Kleiman y Rosso. Había un espacio para las llamadas Revistas Subterráneas, publicaciones artesanales o mimeografeadas que recorrían los confines de Buenos Aires y el conurbano difundiendo diversas expresiones artísticas/culturales. “El rincón de los fenicios” era un espacio de intercambio entre los lectores que servía para que ofrecer compra/venta de instrumentos y hasta mensajes que intentaban “entablar vínculos personales y colectivos”. Todo esto, acompañado de historietas (algunas propias y otras rescatadas, como Tournette y Los Místicos) y de las editoriales firmadas por Pistocchi, en donde se explayaba con absoluta autonomía respecto al clima de época, sorteando la censura militar a través de alegorías o hasta con máximas de Lao- Tse. Como afirman los autores: “la revista (…) fue vital para una generación porque logró llevar esas mismas palabras hasta lugares que las revistas subterráneas jamás hubieran alcanzado (…) eso la convirtió en una revista alternativa, no subte: provocaba al sistema desde afuera, pero intentaba poner las preguntas por dentro”.

Es interesante el análisis que hacen los autores en los apartados “Antes” y “Después” del Expreso. Mencionan que la revista fue “relativamente ignorada por el poder y ninguneada por la izquierda. Desconocida por la gran mayoría, pero diametralmente cómplice inseparable del crecimiento de una minoría influyente”. Sergio Pujol, en el prólogo de esta edición, también hace referencia a la cuestión de las revistas que pasaron a la historia como las que resistieron al poder militar: Humor y Punto de Vista. Sin embargo, señala, que el Expreso también le dio batalla -de un modo alternativo y más disimulado- a la Junta Militar y sus tijeras censuradoras. Eran épocas en donde se estaba construyendo la noción de “joven peligroso”, tan en boga hoy en día. A través de metáforas y temas que no eran habitualmente abordados por la prensa -como la cuestión indígena, terapias alternativas, el chamanismo o la astrología- la revista pasaba desapercibida por el poder dictatorial y podía ser vendida en todos los kioskos. Por supuesto, la calma no fue absoluta: en el libro también se relatan dos episodios de detención y tortura a dos miembros de la revista (uno el mismo Lernoud) que dan cuenta del terror que se vivía durante el Gobierno de Facto. Otro punto fuerte fue el Correo de lectores, devenido en una especie de red social en donde chicas y muchachos se iban respondiendo carta a carta, los mismos redactores del Expreso incluían falsos mensajes para generar polémica y donde aparecieron dos personajes muy jovencitos que luego serían parte central del medio: Sandra Russo y Roberto Petinatto.

Dijo Juan Carlos Onetti en El pozo: “Los hechos están desprovistos del alma de los hechos”. Fue el cuerpo de redactores del Expreso quien, junto a su público y el caldo de cultivo revolucionario que se vivió en la segunda mitad del siglo XX en materia cultural, dotaron de significación a lo que estaba pasando. Este libro tiene un gran valor como documento histórico que certifica este proceso. Como bien dice Pujol en el prólogo: “Nos sitúa en el contexto de la contracultura versión argentina, con sus fanzines, sus bocetos, sus búsquedas universales (…) contraponiendo al discurso del autoritarismo y el miedo el aliento de una vida que aún latía”.//∆z

expreso

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *