Érase una vez en Sarandí

Se estrena El origen de la tristeza, la adaptación al cine que el director Oscar Frenkel hizo de la novela homónima de Pablo Ramos.

Por Pablo Díaz Marenghi

Gabriel Reyes es un adolescente que atraviesa el complejo tránsito hacia la adultez, esa etapa de la vida que en la crítica de cine se bautizó como “coming of age”. Gabriel vive en los márgenes del sur del conurbano bonaerense. Más precisamente en el Viaducto de Sarandí, en el partido de Avellaneda. Deambula junto a su barra de amigos: andan en bicicleta, juegan al fútbol y se zambullen en el arroyo. También pasea entre las tumbas del cementerio con su amigo Rolando, el cuidador, un intelectual empapado de alcohol. Se muere de amor por Marisa y sufre por el silencio de su padre que se cristaliza en una ausencia perpetua. Ese es el universo de El origen de la tristeza (2017), película de Oscar Frenkel basada en la novela de Pablo Ramos, también autor del guion.

En el comienzo del filme, con escenas que remiten al final del libro, Ramos lee, en voz en off: “Nunca aprendí a usar el torno revólver. Nunca pude volver el tiempo atrás”. De este modo se inicia una historia agridulce, la añoranza de una época de iniciación, cargada de recuerdos que ya no volverán.

La película contaba con materia prima para convertirse en una versión local y bonaerense de Cuenta conmigo (1986). Sin embargo, no logra generar empatía con el espectador y construye climas y atmósferas que no se explotan al máximo, pese a una notable fotografía a cargo de Eduardo Pinto. La narración se estructura a partir del relato del mismo Ramos, algo que interrumpe la narración audiovisual y convierte a la película en una lectura de fragmentos de la novela con imágenes alusivas.

Se respetan los principales momentos de la novela: la explosión en el Viaducto (cameo de Ramos como bombero), la excursión a la quinta de los Mellizos (el pasaje más sólido del filme, que emula la potencia emotiva de la novela y genera una mayor cercanía con los personajes) y el giro del final, el certificado de defunción de la infancia de Gabriel. Esto último, por una construcción endeble, poco sugerida y alusiva en exceso, termina siendo brusco y demasiado inesperado.

Otro punto cuestionable de la película es la cantidad de referencias a mujeres desde una óptica masculina, como objetos de deseo: los pósters de mujeres con poca ropa en el taller del padre de Gabriel, la “sexy” madre del Tumbeta (amigo de Gabriel), las alucinaciones a la chica semi desnuda de la cual Gabriel se “enamora” luego de verla en un cartel del taller y de masturbarse más de una vez. Estas construcciones femeninas son entendibles en el contexto de un adolescente criado en los ochenta descubriendo su sexualidad. Pero hoy, vistas en una pantalla grande, en tiempos de reivindicaciones feministas y de un justo empoderamiento de las mujeres, hacen ruido.

La producción artística se destaca, como se mencionó anteriormente, en la fotografía (notable tratamiento del color en las escenas de la explosión y de las aventuras nocturnas de los chicos al costado del arroyo) y en el casting, muy logrado en los niños; todos oriundos de Sarandí, no tenían experiencia actoral y se muestran verosímiles en sus roles, sobre todo Gabriel y su amiga/amor Marisa.

La película sería mucho más atractiva sin un uso excesivo de la voz en off, recurso complejo y difícil de explotar en función de la narración. En este caso, esto entorpece y detiene al relato, reduciendo al director a un segundo plano como conductor del avance de la trama. En lugar de otorgarle un rol primordial a las acciones ejecutadas por los personajes, todo se sobrecarga por una voz en off literaria. Por ejemplo, en las escenas donde se intenta dar a entender la ausencia del padre de Gabriel o en los momentos en que este interactúa con su amigo Rolando, algo también poco abordado.

Al igual que en Cuenta conmigo, la voz en off intenta generar un acercamiento con el protagonista, que narra su infancia ya de adulto. En este caso, sin embargo, no se explica que el narrador (Ramos) fue Gabriel. Uno ata estos cabos si ya conoce la vida del escritor y conoce su novela.

El origen… quizás sea del agrado de aquellos que busquen una película con una impronta literaria, mediante el recurso de la voz en off -algo mucho mejor desarrollado en, por ejemplo, Historias Extraordinarias, de Mariano Llinás, ya que allí este recurso se complementa con las imágenes-. Y quizás también funcione para los que, a pesar de que en este caso el componente emocional no termine de despegar, busquen un testimonio, en primera persona, de un joven obligado por la vida a crecer de golpe. //∆z

Arecia_Octubre

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