El tiempo recobrado

En The Hunting Party, Linkin Park retorna al nü metal de sus inicios y le sale bárbaro, pero ¿para qué?

Por Santiago Farrell

Linkin Park combina dos tendencias contradictorias. Por un lado, una grandilocuencia en los lanzamientos, delatora de un espíritu perfeccionista y ambicioso. Meteora (2003) venía con un documental de diecisiete minutos sobre cómo se hizo el arte del disco; en las entrevistas de A Thousand Suns (2010), la banda  menciona como influencias al Bhagavad Gita y a Robert Oppenheimer, el padre de la bomba atómica. Por el otro —y acá reside la paradoja de la banda—, una adherencia casi total a clichés de época. En Hybrid Theory (2000) y Meteora fueron arquetipos del nü metal: furia adolescente, distorsión pseudometalera, un rapero, un DJ, etc. Luego, la banda se asoció a Rick Rubin y a partir de Minutes to Midnight (2007) emprendieron otro cliché, el pase a la electrónica sensiblera. En ambos casos tuvieron éxito comercial pero no salieron bien parados musicalmente: su etapa inicial se avejentó rápidamente y los discos subsiguientes, si bien dotados de una saludable voluntad de experimentar, dieron resultados frágiles.

La paradoja sigue en The Hunting Party, que en su intento de cambiar, mantiene intactas ciertas líneas. El sonido pos-Meteora fue un divisor de aguas y la propia banda sintió que seguir haciendo baladas etéreas con piano tal vezfuera demasiado, así que en el nuevo disco se promociona con bombos y platillos un tercer cliché: el regreso a las raíces. Esta vez se trata de un “disco de rock”, según el rapero y guitarrista Mike Shinoda, pero también una crítica a las bandas contemporáneas que “tratan de ser otras bandas y van a lo seguro”. Y el mensaje queda claro en “Keys to the Kingdom”, donde los alaridos distorsionados de Chester Bennington dan paso a una cordillera de guitarras, pausas dramáticas y sonido ambiente que deleitarán a quien extrañe los dos primeros discos, pero difícilmente a alguien más.

Sucede que The Hunting Party de hecho cumple con lo prometido, al reconectar a Linkin Park con sus raíces nü metaleras. ¿Pero quién puede querer eso? El nü metal fue en su gran mayoría un engendro lamentable, hijo bastardo y white trash del rap metal de Rage Against The Machine y los peores defectos del grunge. De atractivo en gran parte preadolescente, representó con pocas luces la disolución de la escena del noventa. No en vano sus máximos representantes se esfumaron en segundos o abandonaron la escena, como la propia Linkin Park. Acá el cálculo de los californianos no falla y reproducen pluscuamperfectamente el sonido de sus inicios, y el resultado es ¡como se esperaba! poco atractivo, un refrito de 1999 en pleno 2014.

Hay que reconocer que la banda tiene —como tenía entonces— más credenciales y laburo encima que sus contemporáneos. Se nota en la precisión neumática de los riffs y a veces hasta es disfrutable, como cuando las volteretas de “Mark the Graves” desembocan en un segmento à la U2 que ofrece un respiro melódico. Pero son a lo sumo chispazos. Casi todo el resto se resume a elementos tan gastados que quedaron en offside en el híper autoconsciente siglo XXI: letras trilladas sobre guerra, revolución y alguna otra Gran Temática Gran, gritos catárticos en clave emo, guitarras que entendieron mal a Deftones, rapeos “rockeros”… hasta los beats vienen en sepia. Temas como el punk de “War”, la electrónica “Until It’s Gone”, “Wastelands” y “All For Nothing” son antiguallas genéricas que no aportan nada.

Para colmo, cualquier cosa fuera de este esquema falla, como los invitados: Daron Malakian regala un riff digno de lado B de su System Of A Down en “Rebellion” y se las toma, y Tom Morello es criminalmente desaprovechado en “Crowbar”. Lo mismo vale para la alegada improvisación de la banda en el estudio, reducida al cliché (otro más, y van…) de intercalar fragmentos de sonido ambiente en los temas. La ya mencionada grandilocuencia hace agua por todas partes, ya que la banda termina mandándose de cabeza a su curiosa versión de lo seguro. ¿O acaso “volver a las raíces” no tiene aunque sea un poco de eso?

Claro está que la paradoja de Linkin Park nunca los privó de apilar éxitos de ventas, y eso no tiene por qué cambiar para The Hunting Party. Pero el disco torna la contradicción más evidente que nunca, y nos presenta un impecable museo de cera de un estilo que da muy pocas razones para hacerse extrañar. ¿Misión cumplida, entonces? Supuestamente, sí, pero… No todo lo que es vintage es oro, muchachos.

Arecia_Octubre

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