El ritmo trastornado

Utopians hizo vibrar la noche de viernes en La Trastienda repasando temas de todos sus discos.

Por Luján Gambina

Fotos por Gonzalo Iglesias

La Trastienda se va llenando de a poco, y la esencia se va armando. Cada quien trae las ganas patentes de sentir el garage rabioso de Utopians, se nota en sus miradas desafiantes, en su espera pegadita a la vallas, en sus conversaciones que hablan de canciones que quieren escuchar o los trapos que van agitar.

Nueve en punto se abre el telón y del otro lado está Manza, solo con su guitarra, dispuesto a cantar algunos temas de Valle de Muñecas y Menos Que Cero. Sin intermediar palabra se mete de lleno en el sonido de sus cuerdas y la crudeza de su voz. Aplausos, presentación y sigue la ronda. Un repertorio pequeño y lujoso, para poner a la muchachada en clima y amenizar la espera.

Arrancan sin anestesia, y no se esperaba otra cosa. Utopians se larga de una, inyección de garage de la forma más bestial con “Nunca es Hoy”, un breve respiro, y de nuevo a la carga con el corte que da nombre a su último disco, Trastornados.

Llega el turno de “Dinamita” y el pogo es de lo más real, de lo más sentido: los pibes levantan las manos, las agitan en el aire como banderas flameando en lo alto de un cielo hecho de calor y sudor, cortándolo de golpe. Aplausos al ritmo de la batería, respuesta al reclamo de la banda que pide y provoca la ebullición. Imposible contenerse, el bombo obliga.

No se podría encontrar una descripción visual que transmita la conexión que hay entre los Utopians y sus seguidores, de esa ida y vuelta de energía que se genera de forma bidireccional, más que describiendo el cántico Utopians, Utopians, Utopians que le siguió pegadito al final de “No Estamos Mal”. Como fanáticos agitando en una final mundial, dispuestos a entregarlo todo y festejar.

La respuesta es inmediata y efectiva: el público pide, Utopians da. Entregan su rock despiadado sin restricciones, no se guardan nada y no dan tregua. Las luces se prenden en contadas ocasiones, lo que nos acompaña es la completa oscuridad, como no podría ser de otra manera.

“Hoy decidimos hacer un montón de canciones que no hacemos mucho”, anuncia Bárbara desde su mic, y todo indica que fue una decisión de lo más acertada. La seguidilla de canciones que pasean por sus tres discos marca el ritmo certero del show.

“Say Hello” es una explosión de sonido, y una fanática toma el escenario mientras el cuarteto se concentra en hacer estallar los parlantes. Son de lo más sólidos, no dejan espacio que no esté contaminado por el ruido destripado que emanan esas guitarras distorsionadas. Los parlantes están que revientan, los oídos derritiéndose de sonoridad en estado puro. La sangre hirviendo recorre el cuerpo levantando la temperatura y cargando el alma de éxtasis y acción.

Bárbara anuncia el final con un “vamos terminando, chicos”, y es claro que esa no es una opción. Todos ahí adentro sabemos que tienen mucho más para dar. Gustavo Fiocchi se entrega físicamente al público, mosh de lo más Old School, y empieza el desfile de fanáticos subiendo y bajando. Pero todos estamos ahí para verla pasearse sobre nuestras cabezas, reina entre todas, y no nos deja con las ganas porque sabe complacernos desde su guitarra, con su voz, y con esa actitud que es puro rock. Bárbara flotando por encima de todos, cruzando el océano de cuerpos de los que ya es ama y señora.

Como en un cambio de escena, ella no está más allí, y el espectáculo es sentir con los ojos abiertos de par en par la comunión sagrada que se da entre las cuerdas y la percusión, ver esa red invisible que forman los tres, que los mantiene perfectamente conectados y alineados, y entender entonces cuál es su secreto.

Pedir el bis cuesta, porque el trance que deja esa escena deja a todos suspendidos en el tiempo por un momento. Pero enseguida aúllan las voces feroces por una más, y la banda se desquita con una de Patti Smith. Utopians se despide de La Trastienda en un show que ratifica que su sonido es como dinamita para despertar.

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