“El reclutador”, de Celso Lunghi

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Compartimos un cuento del autor de Me verás volver (2013) y Seis Buitres (2016).

Todos ocupamos un lugar que ya fue ocupado y que alguien, en nuestra ausencia, se encargará de ocupar. La vida, en síntesis, se reduce a una simple apropiación de espacios y de roles, a un ejercicio de aprendizaje y repetición. Cada uno de nosotros existió siempre: antes (en un principio o apenas unos años atrás), nos llamábamos de otra manera, nos interpelaban de un modo diferente, pero, en rigor, existimos siempre. A pesar de que Germán era consciente de eso, a pesar de que le repetían incansablemente que el grupo funcionaba a la perfección desde el comienzo y que seguiría funcionando el día que él no estuviera (porque en alguna época él no había estado y en algún momento iba a dejar de estar), se había propuesto demostrarles que era (y que iba a ser) el mejor. Se trataba de una cuestión de orgullo y de vanidad. Le molestaba que no le reconocieran sus méritos y, por eso, esa noche, les iba a refregar en la cara quién era y, fundamentalmente, lo que podía llegar a lograr, lo que era capaz de conseguir. Se había propuesto hacer honor al papel que desempeñaba. Se había impuesto la necesidad de que, en un futuro, su nombre se asociara indefectiblemente al título de reclutador, de que ambos términos fueran sinónimos, de que su nombre estuviera ligado a una habilidad en específico. Quería, en el fondo, marcar una huella y que esa huella fuera imborrable y, por extensión, prácticamente imposible de superar para sus sucesores. Su objetivo, en definitiva, era sentar un precedente.

Pedir descuento es muy menemista. Eso fue lo primero que le escuchó decir. Y eso fue también lo que lo obligó a concentrarse en él. Eugenio estaba hablando con una chica cuando la carcajada de Germán lo distrajo y desvió el eje de su atención. Instantáneamente, sin dudarlo ni un segundo, hizo a un lado a su compañía y, con una amplia sonrisa dibujada en los labios, se acercó a él. Hola, le dijo y le extendió la mano izquierda, que Germán, enseguida, enérgico, estrechó con fuerza. ¿Nos conocemos? Calculo que no. Nunca había venido, le contestó Germán y, de un trago, vació el porrón de Heineken que se acababa de comprar. Eugenio, en cambio, era habitué. No se lo dijo (no venía al caso) pero Babilonia era el bar que invariablemente elegía para encontrarse con sus conquistas del Tinder. El ambiente era lo suficientemente relajado y distendido como para dispersar el concepto de cita: había gente parada tomando cerveza alrededor de la mesa y eso hacía que se borrara cualquier rastro de solemnidad. A la mayoría, se las había llevado a su departamento, que estaba a cinco cuadras. Tres o cuatro veces nomás ni él ni la otra parte habían mostrado interés y la cosa había muerto en Babilonia. Con ninguna había coordinado un segundo encuentro. Eso no entraba en su lógica. Eugenio repartía corazones indiscriminadamente y después filtraba: le respondía a la que realmente le gustaba. Todavía no había formado un grupo en Capital. Hacía dos meses se había venido de Pergamino a estudiar Abogacía y eso era lo único que lamentaba. No había pegado onda con sus compañeros de cursada y sus amigos se habían ido para La Plata. Le faltaba la barra que, tal como él estaba acostumbrado, le hiciera la segunda, que lo acompañara a encarar. Una madrugada se había animado y había salido por su cuenta y le había resultado una experiencia tristísima: se había quedado acodado en la barra y no había intercambiado ni una palabra con nadie. Solo, definitivamente, no podía. Entonces se refugiaba en el Tinder, que era una herramienta válida, aunque arrastraba sus dificultades. ¿Sabés cuál es el problema?, le había comentado, en una oportunidad, a Ramiro, uno de los chicos, vía Skype. Que las minas se confunden y lo usan para ponerse de novio. Eso, por ejemplo, le había pasado con esta chica. Habían chateado durante una semana entera y él, cansado de forzar las conversaciones, le había insistido para coincidir. Ella había accedido y, a la media hora de haberse saludado, le había dicho que su mayor ambición era una relación estable y que y que y que. De ahí en adelante, no había podido remontar la conversación y, encima, se había despachado con esa pavada. Claro, boludo, le diría más tarde a Germán. Voy a pagar los tragos y ella se mete para preguntar si trabajan con 365 o con Club La Nación. Es increíble: menemistas todavía hay. Estaban sentados en el cordón de la vereda y, de repente, la vieron pasar. La chica ni siquiera les dedicó una mirada: quince minutos le habían bastado para comprender que Eugenio no iba a volver junto a ella. Sus tacos resonaron con la intensidad de la rabia y el ruido, paulatinamente, se fue perdiendo entre los autos que circulaban por la avenida Córdoba. ¿Te va?, le preguntó Germán, ni bien se recuperó del ataque de risa, mientras abría un papelito de metal que, con cierta dificultad, recién había sacado de uno de los bolsillos de su pantalón. Eugenio supuso que le iba a ofrecer merca pero se equivocó: el cartoncito de colores estaba cortado en dos mitades iguales. ¿Te copa? Jamás probé, le contestó Eugenio y, entusiasmado, aceptó la mitad que le correspondía. Poneteló abajo de la lengua, procedió a indicarle Germán y él obedeció. Vas a sentir un gusto amargo, repugnante, se apuró por adelantarle y su advertencia y el gesto de asco fueron en simultáneo. Un ratito y lo tragás. Seguro que lo vas a perder adentro de la boca, pero vos, tranquilo, que el ácido se la aguanta. Son las tres. Tres y media, vamos a estar los dos en otra dimensión, en otra galaxia, le prometió. Y no le mentía.

La propuesta y la afirmación de Eugenio se produjeron casi al mismo tiempo: el sí no se hizo esperar. Llevame, le dijo, convencido, apenas el otro le preguntó, en tono de misterio, si lo quería acompañar a “un lugar.” Tengo ganas de ir con vos. En serio, Germán: por favor, llevame, le rogó. Habían hablado sin parar durante casi dos horas. A Eugenio le había extrañado porque, en general, no sabía de qué hablar con la gente y los silencios incómodos eran una constante en sus conversaciones, ya fuera en un grupo que supuestamente compartía sus intereses (sus compañeros de la facultad) o en el ascensor con sus vecinos, que amagaban a sacarle charla y él se limitaba a emitir monosílabos o a asentir con discretos movimientos de cabeza. Con Germán, en cambio, había fluido y habían tocado temas muy diversos: desde su infancia en Pergamino y la imposición familiar de estudiar lo que habían estudiado los Ledezma a partir de su abuelo paterno hasta lo flojas que habían sido las temporadas tres, cuatro y cinco de American Horror Story (en especial la de los freaks) y el hartazgo que generaban los usuarios de Tinder y Happn. Habían ido de un tema al otro y, por supuesto, no habían terminado de desarrollar ninguno. Hacía mucho que no le pasaba eso. Muchísimo. La última vez había sido con Dámaso, su amigo de la adolescencia, que se había muerto en un accidente el día que cumplía los diecisiete. En relación con las aplicaciones, Germán le había comentado que Grindr era la mejor, que la gente tenía en claro para qué la usaba y que iban directo al grano. Un chat, en Grindr, le había explicado, dura diez o quince minutos: abrís la ventana del que te gusta, lo saludás, le pasás una foto, le pedís una y, si hay onda, te pasa y arreglás. Al toque, estás cogiendo y, después, a otra cosa. Si hubo demasiada onda, te ves de vuelta y, si no, seguís en la tuya. Es fija: un puto te lleva a otro. Así conocí a los chicos. ¿A qué chicos? La curiosidad se reflejaba en los ojos de Eugenio. Jamás se había sentido atraído por un hombre y decidió, sin embargo, no cuestionarse al respecto. Entonces Germán le había formulado la propuesta y él, de inmediato, había aceptado. Eran las cinco en punto y el sol amenazaba con aparecer con la violencia con la que suele hacerlo. Germán, ni bien obtuvo el sí, le indicó que se levantara y lo arrastró por Córdoba.

El PH quedaba en la calle Guardia Vieja, es decir, a menos de dos cuadras. Las ventanas estaban cerradas de tal forma que no se filtraba ni un rayo de luz. A Eugenio le costó que su vista se adaptara a la oscuridad y, por ese motivo, permaneció un rato apoyado contra la pared, al lado de la puerta. Fue una mano desconocida la que, frente a su inercia, se acercó y lo invitó a internarse en las sombras. Germán, sin decirle nada, había avanzado y Eugenio le había perdido el rastro. De hecho, no lo identificaba entre esos diez hombres que ahora lo rodeaban y que, en silencio, con lentitud, se abocaron a desvestirlo. A pesar de que no distinguía al detalle los rasgos de sus caras, estaba convencido de que Germán no formaba parte del grupo, de que no estaba presente. ¿Dónde se habría metido? De fondo, sobaba una canción de ritmo pausado y monocorde cuyo idioma no lograba identificar y que lo remitió a la imagen de esas agrupaciones católicas que, en los noventa, cuando él era chico, iban a los programas de televisión a decir que ciertas letras, reproducidas al revés, transmitían mensajes satánicos. La música que estaban escuchando sonaba exactamente igual a eso, a una voz que se reproducía a la inversa. Eugenio ignoraba qué atribuir al efecto del ácido y qué no. Estaba desbordado de energía, eso era innegable, pero él esperaba alucinaciones. Tenía la expectativa de que la pared chorreara colores o de que un sonido transportara su lengua a determinado sabor (le habían dicho que era lo que pasaba) y, lejos de eso, el mundo no había ganado ni un poco de magia. Quizás, se le ocurrió, es como con el porro y el primero no pega demasiado. Aunque, por otra parte, los dedos que lo estaban acariciando parecían irradiarle ligeros toques de electricidad y no creía que eso fuera posible sin un ácido de por medio. Qué abuso, por favor, pensó, mientras se tiraba sobre uno de los colchones que estaban dispuestos en el suelo: era una expresión que se le había pegado de sus amigos cordobeses. Una orgía. Nunca se había fijado en un hombre y, de pronto, estaba con diez. La idea le causó gracia y no pudo reprimir la carcajada, que uno de ellos, rápidamente, se encargó de acallar con un beso: ese no era el marco adecuado para la risa. Eugenio retribuyó el beso sin que le importara a quién pertenecían esos labios y esa lengua y llevó una mano a la nuca de la persona que se le había abalanzado y apretó fuerte. Otros labios y otra lengua le chupaban los pies y otros, el doble de habilidosos que los dos anteriores, hacían lo propio con su pija, que no había tardado en pararse. La escena que viene a continuación se reduce a un simple encadenamiento de acciones, a una sencilla enumeración de verbos en infinitivo: disfrutar, incorporarse, palpar, mover un puño temeroso hacia adelante y hacia atrás, respirar entrecortadamente, inclinar el cuello en señal de placer, agacharse, lamer con timidez, mover la lengua en círculos, complacerse por haber logrado el goce del otro, sobresaltarse por una presencia a sus espaldas, relajarse, seguir con su tarea, resoplar, emitir un quejido, experimentar un ligero dolor y al instante una profunda satisfacción, tensar las piernas, gemir más y más y más fuerte, eyacular, esparcir con sus propias manos el esperma de otros en su pecho, derrochar una inigualable felicidad. No estaba en condiciones de afirmar que había besado ni que había recibido el semen de los diez (eso era todavía menos probable) pero sí que su lengua había captado seis sabores diferentes y que su piel se había irritado por tres o cuatro barbas de longitudes irregulares y que sus palmas habían tanteado tamaños diversos. Al principio, se había propuesto contar, pero, a los diez minutos, lo había juzgado un ejercicio inútil y se había detenido en tres. Prendieron la luz y Eugenio no pudo evitar preguntarse con cuál de ellos se habría besado y, en particular, cuál lo habría penetrado. ¿Había sido uno? No estaba seguro. ¿Habría sido… Germán? Se había preguntado, en el transcurso de la escena, si él estaría participando, si se habría arrepentido y habría vuelto, pero no lo había reconocido en ninguna de las voces que habían murmurado frases a sus oídos. El resplandor del foco lo impulsó a pegar un salto y a rastrear su ropa y a apurarse por ponerse los calzoncillos y la remera sin limpiarse. Tranquilo, le dijo uno de ellos, y se adelantó un paso. Nadie se había vestido y a Eugenio le daba vergüenza bajar la vista, así que la mantuvo concentrada en sus caras, que, a diferencia del chico que lo había interpelado, no demostraban emoción alguna. ¿Te gustó? ¿Lo disfrutaste?, lo interrogó, sonriendo. Él no atinaba a responderle: lo habían intimidado. ¿Necesitás algo? ¿Una aspirina? ¿Un vaso de agua? Estás blanco. No, le contestó, tajante, seco. Soy pálido nomás. El chico que se había adelantado buscó de reojo a los otros. ¿Siempre fuiste pálido?, le formuló. ¿A qué venía esa pregunta? Eugenio se desconcertó por completo. Estaba incómodo y, tras unos segundos de indefinición, que se le hicieron eternos, se puso el pantalón a los tumbos, agarró las zapatillas y avanzó en dirección a la puerta. Un cuerpo desnudo le bloqueó la salida. Su irrupción fue tan inesperada, tan abrupta, que Eugenio estuvo a punto de agarrarle la pija. Fue ahí que se dio cuenta de que la cerradura estaba cubierta con cartulina negra y abundante cinta de embalar. No podemos permitir que entre la luz, escuchó, detrás de él. Nos mataría. Y el desconcierto cedió ante el miedo. ¿Qué carajo se le había cruzado por la cabeza? No lo entendía. Se había ido con cualquiera, se había metido a una casa ajena y había cogido con diez tipos que, ahora, no lo dejaban irse. Por donde se lo analizara, era una locura, un despropósito. Germán apareció, de repente, con la mirada gacha y las manos en los bolsillos. Caminaba despacio y se ubicó justo enfrente de él, en la pared opuesta, con una expresión imperturbable. La verdad que impresionante, realmente, lo tuyo, eh, lo felicitó, con un dejo de ironía, el chico que se había adelantado y le palmeó el pecho. Germán era el mayor de los once. A Eugenio se le había escapado el detalle de la edad pero calculaba que andaría alrededor de los treinta y cinco: lo delataban las canas de la barba. El resto no pasaba de los treinta. Eugenio tenía ganas de llorar. Los ojos se le habían inundado de lágrimas y se esforzó por contenerlas. Aspiraba a no mostrar signos de debilidad, aunque, en esas condiciones, él mismo se había convertido en una representación perfecta de la debilidad. O, mejor dicho, lo habían reducido a eso. ¿Quiénes eran esos hijos de puta? ¿Qué mierda pretendían de él? Su única convicción era que lo iban a matar. Que su destino estaba marcado. Y que iba a correr sangre. Mucha. Y de la suya. Si esto fuera una película de terror, se le ocurrió, en el límite de su angustia, de su desesperación, alguien, en estas circunstancias, me daría una explicación. Antes de matarme, para que el público no se vaya decepcionado, para que la historia cierre, para que no estorben los cabos sueltos, uno de ellos me diría qué es lo que está pasando. Invariablemente, esos monólogos le resultaban inverosímiles, forzados, un exceso (un asesino te mata y listo: no te va a exponer sus motivos, le había expresado, en una oportunidad, a uno de sus amigos, a la salida del cine), pero, en ese contexto, dependía de esa explicación y, por supuesto, no los notaba dispuestos a ofrecerle una: dos lo habían inmovilizado y lo mantenían cautivo contra la pared y los otros, exceptuando a Germán, que no abandonaba su posición, se habían abocado a preparar el inminente ritual. Si ese hubiera sido el argumento de una película de terror, tampoco se habría privado de cuestionar lo que en la escuela le habían enseñado que se llama subtexto y que él, sin tanto tecnicismo, lisa y llanamente denominaba moralina. El pibe del interior que, encima, se acuesta en la semana con varias minas sale una noche de joda, se droga (y con ácido), coge (y, para colmo, con otros varones y, por si con uno no fuera suficiente, lo hace con diez) y, obviamente, lo terminan matando. Con esos ingredientes, era inevitable que no se resolviera de esa manera, habría dicho y sus amigos le habrían recriminado que era insoportable. ¿No se dan cuenta?, habría arremetido él, irritado. Es un castigo a la “promiscuidad.” Y habría pronunciado esa palabra con otro tono y habría hecho las comillas con sus dedos. Eso era lo que le molestaba del género, que desembocara, inevitablemente, en la corrección política, en la legitimación de pautas y conductas que eran consideradas valores. Esto, no obstante, no era una película de terror. Esto era la vida real y, en la vida real, por definición, no hay espacio para los condicionales. No había vuelta que darle: se había mandado una cagada del tamaño de un planeta. ¿Para qué complicarlo? Se había metido donde no se tenía que meter y lo iban a matar. Fin. Las personas se mandan cagadas permanentemente y pagan las consecuencias o salen ilesas. Eso es lo que mueve al mundo. Esa es una situación básica de la que no se puede escapar. Vos había asumido un compromiso con nosotros, le dijo a Germán el chico que se había adelantado, tras contemplar satisfecho cómo habían ambientado la habitación para la purificación: ni un centímetro de pared fuera del nylon (chupar los restos que se mezclaban con la pintura era un asco) y el incienso repartido estratégicamente. Habías asumido un compromiso y nos fallaste: a mí, a ellos y, fundamentalmente, a los que están allá afuera, padeciendo, a los que dependían de tu poder. ¿Vos te das una idea, Germán, de cuántos de nuestros hermanos están sufriendo lo que vos sufriste? ¿Vos te das una idea de cuántos están desfilando de médico en médico, frustrados, sin una respuesta que los convenza, sin un tratamiento que los sane? ¿Vos te das una idea de cuántos se estarán prendiendo fuego con la salida del sol? La nuestra es una misión que nos enorgullece: tenemos que rastrear a esos hermanos y traerlos con nosotros, los tenemos que ubicar y decirles que pertenecen a una raza antigua, ancestral, que fue, que es y que va a ser perseguida y que, más allá de eso, resiste, que no se resigna. Les tenemos que dar refugio y que ese refugio (este, el nuestro, el que construimos con tanto sacrificio) se convierta en un hogar para ellos. Este pobre chico no es de nuestra especie. Nos confundió con el asunto de la palidez, es cierto (ese suele ser un buen indicador), pero había bastado con que cruzara la puerta para que nos diéramos cuenta y, en el transcurso de la ceremonia, lo terminamos de confirmar. Ni siquiera amagó a buscarnos las venas. Y lo peor es que vos eras consciente de eso. Lo peor es que vos lo metiste a esta casa con la convicción de que te habías equivocado y no te importó exponernos. Ni un poquito te importó. Por eso te fuiste. Por eso te escabulliste como una rata. No te animaste a enfrentar tu error. Porque vos, con tu estupidez, nos pusiste y nos ponés permanentemente en peligro. ¿Vos te imaginás lo que sería que la prensa se enterara de nuestra existencia? ¿Vos te imaginás lo que sería que nos descubrieran? Decime, imbécil, ¿vos te lo podés llegar a imaginar? Otro que arda y van a empezar a sospechar y no les va a costar llegar a una conclusión: los síntomas no van a coincidir con ningún cuadro clínico que exista pero sí con una vieja superstición. Y nos van a liquidar. Es una lástima que, en tu derrota, arrastres a un inocente, es una lástima que este chico pague tus culpas, pero no hay otra opción: si te atajé fue para que asumas las consecuencias. Nuestra máxima preocupación, de acá en adelante, va a ser identificar a tu reemplazante, a un reclutador que esté a la altura de la tarea que tiene que cumplir y que reúna a los nuestros que ignoran quiénes son. Esta era tu oportunidad, Germán, y la desaprovechaste. Te dimos la chance de que probaras que eras el indicado para este puesto, de que no nos habíamos equivocado al designarte, pero te conformaste con decepcionarnos. Supongo que no hace falta que agregue nada. Germán, displicente, aceptó su destino con resignación y se expuso por su propia cuenta a los rayos del sol, que no tardaron en convertirlo en cenizas. Eugenio, por su parte, fue testigo del ritual, que consistía en desparramar el incienso por los rincones y en cantar, completamente desbordados, esa letra impronunciable. Y, al ritmo de esa música, lo fueron rodeando. Como en ningún momento les crecieron los colmillos y, para vaciarlo de sangre, hacían cortes estratégicos en su cuerpo y succionaban con intensidad, se murió sin saber si eran o no eran vampiros. En caso de que lo fueran, pensó (y este se convertiría en su último pensamiento: el dolor, en el acto, lo abarcaría todo), se trataba de una especie rara, particular, distinta a la que presentaban los libros, las series y las películas, porque, además de saciar su sed con la sangre de Eugenio, sin desperdiciar ni una sola gota (lamieron, incluso, desesperados, las que habían salpicado el nylon), en el éxtasis de la purificación, empezaron a trozarle los miembros con sus propias manos y a comer de su carne, hasta reducirlo a una pila de huesos blancos, brillosos, relucientes de tan limpios.//∆z

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