El fuego que hemos construido

Una fotógrafa de ArteZeta asistió al festival Afrikaburn en Sudáfrica, donde el público participa en la organización del evento y al final quema todas las instalaciones en un gran fuego final.

Por Gisela Arevalos

Honestamente cuando llegué a este festival no sabía mucho acerca del tema. Había escuchado sobre Burning Man y habré tenido conversaciones al respecto en alguna que otra ocasión, pero cualquier conocimiento random sobre el tema no podría llegar a asegurarme nada tangible.

Llegué a Cape Town, Sudáfrica, por la noche. A la mañana siguiente estaba encarando el viaje hacia el desierto a través de una ciudad de playa y montaña. Los edificios fueron transformándose en casas y las casas en rutas desiertas. Rodeando montañas gigantes, la mañana que habíamos dejado en la ciudad ahora era casi un atardecer. Doblamos a la derecha como podríamos haber doblado en cualquier otra dirección. La realidad es que eso era parte del juego.

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Afrikaburn, como cualquier otro Burn, es un juego para gente grande. Una oportunidad para alejarse de las reglas del mundo real para ver como funcionaria todo si las cosas hubieran tomado otro rumbo. Este festival dura una semana y es la versión regional de Burning man que fue creado a mediados de los 80s en Estados Unidos. Existen 10 principios básicos para participar. Yo personalmente quiero repasar solo algunos de ellos o al menos los que creo que llamaron más mi atención al principio.

No existe el intercambio de dinero. Esto quiere decir que no hay plata dando vueltas en al festival. Tenés que llevar lo necesario para sobrevivir y compartir con quien quieras por una semana. Ese ridículo pedazo de papel que tenés en la billetera deja de tener sentido a los pocos días. Si bien lo usaste para entrar o comprar cosas antes de llegar, el mero hecho de no necesitarlo nunca durante 24 horas por 7 días seguidos de verdad te hace dar cuenta de que lo que realmente necesitás es un lugar para dormir (a veces), comida, cerveza (reemplazar por tu bebida favorita) y amigos (cualquier persona puede ocupar ese lugar en este ambiente en particular). Todos son parte, todos vinimos juntos, todos respetamos al otro sin conocerlo.

La gente regala cosas, actos. Lo que puedas, quieras o sepas hacer. Un momento, un baile, una charla, un chupetín, limonadas de 10 a 12, panqueques a la mañana para los que pasen por ahí caminando, tostados en una pista de baile. Lo que tengas ganas. Regalar es parte y te hace sentir muy bien, tanto hacerlo como recibirlo. Hay una gran sensación de agradecimiento todo el tiempo, se está más predispuesto, se siente raro pero más feliz.

No hay auspiciantes. Nada de marcas queriendo robarnos el protagonismo. Nadie va a sacar provecho ni datos para usar después. Nadie te está vigilando para ver tu comportamiento, a nadie le importa lo que hagas o dejes de hacer.

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Expresate, hace o deja de hacer, vestite como quieras, disfrázate o anda desnudo por la vida. No se juzga al otro, no se critica. Vi los más lindos, locos, jugados outfits por lejos en este festival. Y la imaginación va a diez mil por hora. Disfrazá tu bici, hacé un auto con forma de rinoceronte tirando fuego, lo que sea. La ciudad se llena de estos autos locos que te llevan de un punto a otro pasando música y dejando sonrisas y charlas con extraños que probablemente vas a volver a saludar mañana en una pista de baile. Ahora sí, a hacer cosas, participar. Obras de arte descomunales se levantan en la arena central del festival como nunca vi antes.

Ser parte de la creación de algo también cambia bastante el juego en sí. Por mi lado fui parte del departamento de obras públicas. Este departamento está a cargo de la creación de la ciudad. Marcar las rutas, poner las luces en las calles, la señalización, los baños públicos hechos de madera. La sensación de haber trabajado tanto y ver el resultado es satisfacción garantizada.

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Las pistas de baile, los theme camps o campamentos temáticos varían como varían los gustos de la gente en general. Desde Willy wonka y la fábrica de chocolate o un sofisticado faro sueco hecho de madera y lucecitas blancas, hasta un cine con aires de los años 20. Todo es posible en las inmediaciones del festival y acá también hay gente trabajando para hacerlo posible. Imagínate poder tener tu bar o bolichín con tus amigos por una semana. Sueño cumplido seguro. La gente lleva sus propias bebidas como una fiesta con amigos donde vos pones tu casa y la decoras como querés.

Lo que llego se va con vos. El cigarrillo que acabas de fumar también, nada de colillas ni papeles en el suelo. Las semanas que le siguen al festival, como voluntario del evento, constan principalmente de eso. Levantar cosas del interminable suelo del desierto. Arroz, pulseras, ropa interior, todo. Por eso se alienta a la gente a no hacerlo desde el primer día y a levantar lo que veas que no pertenece al entorno. No hay fuegos artificiales tampoco no nada que pueda dañar el lugar que ocupamos pero que no nos pertenece, estamos temporalmente (en todos lados en realidad).

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Afrikaburn no es pagar la entrada y pararte a ver qué pasa, es ser parte de algo, es participar. Hacer que pase o no. Es tu viaje personal por esta ciudad que dura y desaparece mágicamente a la semana. Porque parte primordial de esta experiencia es eso. A medida que van pasando los días la ciudad crece y van apareciendo cosas donde antes no las había, pero así como apareció también desapareció.

Al acercarse el fin de semana las obras de arte que reposan amigablemente en la arena central de la ciudad se van a ir prendiendo fuego para convertirse en ceniza. Cada Burn está planificada aunque la realidad es que sabés cuándo va a suceder por mero uso del boca en boca. Cada festival es diferente al otro y se siente cierta tensión en el aire, toda la comunidad de la ciudad rodea la obra en cuestión y espera la llegada del momento cumbre una a una.

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El clan es la obra más importante del festival, por lo general la más grande o la que más representa la temática elegida ese año para el evento. La quema del mismo es la cumbre de la fiesta. Por otro lado, el templo es el refugio a donde la gente asiste para encontrar paz o para dejar notas durante el evento. Está hecho para honrar a los que ya no están, esos que se fueron y extrañaremos para siempre. Por eso, la quema del templo es la única que se realiza en total silencio durante la última noche del festival.

Quemar las cosas que hicimos o que convivieron con nosotros durante este tiempo mágico en el medio del desierto tiene cierto aire de desapego. Es difícil que no te invada esta sensación de que todo es transitorio, nada es tan importante, ni dura para siempre, ni vale tanto.

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En Argentina se está trabajando para crear una versión del festival Burning Man y puedo imaginar que esto mismo viniendo de mi propia gente sería una maravilla para ver. Creo que es posible de todas formas. Lleva tiempo, esfuerzo pero también nos haría bastante bien tener esa oportunidad de huir de la sociedad por una semana para vivir con otras reglas. Esa sensación ayuda a ver las cosas de otra manera quieras o no. A mí en lo personal me cambio, puedo decirlo ahora. Me di cuenta de mis capacidades y de mis debilidades. Vi los atardeceres más hermosos. El uso total de mi libertad hizo que cambiara la forma de ver las cosas. Se puede empezar de nuevo, es posible, nada dura para siempre y seguro hay nueva gente y nuevas oportunidades en todos lados. Por eso decidí volver este año, y la experiencia fue otra totalmente. Así como todo cambia, yo había cambiado también.//z

Burn – An Afrikan Experience from Grand•Kids Collective on Vimeo.

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