El Diablo sabe más por viejo que por Diablo

El Exorcista, la serie producida por FOX y transmitida por FX en Argentina terminó su primera temporada con alto nivel artístico pero una audiencia en declive.

Por Miguel Vilche

Se dice en la jerga cinéfila que hay películas que envejecen bien y otra que envejecen mal. Es un recurso que por lo general se usa para explicar si un filme antiguo puede o no ser disfrutado en la actualidad de la misma forma que en sus años mozos. El Exorcista (William Friedkin, 1973) sin dudas entra en la columna de las películas que al día de hoy siguen generando las mismas sensaciones que en los setenta porque hablamos de quizás la mejor película de terror de la historia. Y es en esa vigencia donde se apoyó Jeremy Slater (The Lazarus Effect, Fantastic Four, Death Note) para desarrollar la serie del mismo nombre, claro, sin dejar de lado sus múltiples cualidades ya descritas en cuanta crítica o reseña se haya hecho sobre ella.

Era obvio que el escepticismo iba a imponerse ante el proyecto de su paso a este formato (a pesar que otras películas de culto ya fueron adaptadas con éxito a la pantalla chica como Westworld, The Dead Zone y hasta Hannibal), pero todas esas dudas fueron despejándose a medida que los capítulos de la serie se iban desarrollando. La adaptación de la novela de William Peter Blatty se estrenó el 23 de septiembre en FOX para Estados Unidos y en FX para América Latina llenando las pantallas de los hogares con el mismo terror que su obra germinal había sembrado; un miedo cinematográfico que, generado desde un producto televisivo, es mucho decir.

A esta altura ya es vox populi que el género de terror es usado para plantear metafóricamente algunas críticas sociales con analogías y simbolismos varios, y esta serie no queda exenta de esa perspectiva más allá que su estructura formal claramente está al servicio del entretenimiento. El director Rupert Wyatt (El origen del planeta de los simios) fue el encargado de plasmar en imágenes el primer capítulo y sus reconocidos atributos pueden verse no solo en el mismo sino en el devenir de la temporada: una puesta en escena elegante y prolija, con paletas que respetan en texturas a la obra original (muchos tonos grises y azules) y que sirven para conjugar un ambiente opresivo, aletargado, ideal para contar historias desesperanzadoras. Ese primer plano que abre la serie es descaradamente un homenaje a la película, incluso a su legendario afiche, y esa abundancia de guiños a los clásicos del terror es una invitación al goce de los amantes del género. Hasta la partitura original y ya legendaria del órgano no pierde oportunidad de sonar.

exorcista cast

El reparto es sin lugar a dudas uno de sus máximos aciertos: Tomás Ortega, el joven cura al que toca enfrentarse al demonio está interpretado en forma rabiosa por el mexicano Alfonso Herrera, mientras el británico Ben Daniels le da un espaldarazo gigante en la piel del excomulgado cura Marcus Keane, con su pesimista gesto de crooner religioso y un acento magnético; para colmo la química es brillante y se trasluce en cada plano compartido donde muestran sus dudas humanas acerca de la fe y la doctrina, sus luchas internas y sus debilidades ante las tentaciones. Hannah Kasulka (Casey Rance) compone a la adolescente poseída que no hace otra cosa que generar tanta empatía como rechazo dependiendo del alter ego que aparezca en escena: la niña tierna y reservada o la mujer seductora y agresiva. Pero es Geena Davis la que se lleva todas las palmas en un papel análogo al de Ellen Burstyn en la película. Una mujer angustiada y desesperada hasta las vísceras, mezclando esas sensaciones con el miedo y el coraje que las madres suelen tener ante el sufrimiento de una hija. Completan el elenco Brianne Howey como Kath Rance y Alan Ruck como el padre de las hermanas, Henry Rance. Ambos sólidos con sus semblantes combinando temor con desesperanza en partes iguales.

La trama es tan fluida como equilibrada, sin efectismos o recursos pretenciosos. Se nota que está pensada para expandir el universo narrativo de la película y por eso abre varios frentes. Que se desarrolle en los suburbios de Chicago no es casual ya que es una ciudad tan grande como ideal para mostrar las miserias sociales de las grandes urbes. Pobres que son usados por los adoradores de Satán encarnados en las clases acomodadas -¿una metáfora teológica-social?-, siendo incluso hasta descuartizados para los ritos paganos. Un Papa misterioso que aparece en carteles que avisan sobre su visita con un sugestivo “He is coming” (“Él viene”) estando siempre de espaldas y ocultando su rostro haciendo que los latinos hagamos referencia instantánea a Francisco pero también al Ángel Caído. Son apenas algunos de los matices de una batería de ideas que El Exorcista pone sobre la mesa de la mano de un cuidado esqueleto formal que se ampara en los detalles para reforzar su propuesta plagada de clasicismo pero sin descuidar ciertas estéticas modernas.

Extrañamente en un año muy nutritivo en cuanto a series de terror y a pesar de las críticas positivas de especialistas y público (Rotten Tomatoes por ejemplo le dio 92% en el score positivo de audiencia y un 78% en el de los críticos) la serie fue perdiendo audiencia con el correr de los capítulos sin poder quedar en claro el motivo de esa paulatina baja al punto que la segunda temporada había sido cancelada. Pero podría decirse que El Exorcista es la serie que mejor describe el escenario virtual de los medios ya que esa segunda temporada fue finalmente puesta en marcha gracias a la presión de los fanáticos a través de las redes, con sus algoritmos y tendencias mundiales que llegaron incluso a realizar campañas como la lanzada por el mismo Slater con el hashtag  #RenewTheExorcist.

Una buena oportunidad para pensar con optimismo que el buen arte (o los buenos artistas para no entrar en un debate tan laxo) siempre se imponen por encima de los simples e inhumanos números comerciales y superficiales. El Diablo no pudo meter la cola está vez ¿O sí?//∆z

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