Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie

La nueva edición bilingüe editada por Colihue sirve para revisitar un clásico. ¿Por qué es importante leerlo hoy en día? ArteZeta hace un análisis de su legado. 

Por Alan Ojeda

Algunas obras buscan organizar el mundo como si las palabras, que a duras penas pueden designar las cosas, fueran capaces de crear, de forma certera y concreta, un sistema que explique la vida y el universo. Fenomenología del espíritu, El ser y el tiempo o Crítica de la razón pura intimidan y sorprenden más por su volumen y complejidad que por haber otorgado una respuesta. Tenemos nostalgia del absoluto, buscamos, como la raza de seres pandimensionales de la Guía del autoestopista galáctico, “el sentido de la vida, el universo y todo lo demás”. Hay quienes prefieren aceptar una idea y tomarla como una biblia. Rápidamente eso se degenera en el cáncer del pensamiento: el dogma. Nada más lejano de la vida, de ese “arder en preguntas” de Artaud. ¿Qué encontramos en el lado opuesto a esta gran ficción de la filosofía? Lo abierto, lo incompleto, lo cuestionador, en definitiva, el ensayo.

Ciertos temas convocan su propia forma, ya sea porque esquivan la respuesta o porque el autor, sincero en su proyecto, no busca concluir de forma soberbia una reflexión tan basta, que tiene por fin movilizar el espíritu más que enlazarlo. Uno de esos ejemplos es Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie.  Publicado a mediados del siglo XVI este breve ensayo, con el que La Boétie se ganó el respeto de Montaigne, y en consecuencia también su amistad, ha circulado a través de los siglos sin descanso, primero de mano en mano, luego, ya consagrado, en una edición formal. Junto con algunos poemas, es parte del breve legado de una de las mentes jóvenes más brillantes de su tiempo. La nueva edición bilingüe crítica editada por Colihue en su Colección Clásica nos permite acercarnos no sólo al texto en sí, sino también a muchas de sus lecturas a través del tiempo. Alejandra Adela González, responsable de la traducción, la introducción y las notas de esta edición, nos expone como un clásico siempre dice lo que tiene para decir o, en este caso, para cuestionar. Las preguntas que invoca el texto parecen sencillas ¿por qué elegimos ser esclavos o servir al tirano, habiendo nacido libres, estando en nuestra naturaleza la libertad? ¿Por qué vamos en contra de nuestra naturaleza si no nos otorga ningún beneficio real sino que nos rebaja? Estos cuestionamientos, la reflexión misma de La Boétie no ha llevado a una respuesta única. Lejos de cerrarse sobre sí mismo se abre a cada nueva época, a cada sujeto. Alejandra González nos dice en la introducción: “El problema consistiría en que el Discurso toca un punto de angustia fundamental: el corazón de la subjetividad política. ¿Por qué te has sometido cuando estás naturalmente provisto de subjetividad? Por eso el Discurso es un clásico, porque cada quien puede encontrar en él su propio dolor, cualquiera sea la época en que esté situado quien lo enuncie. Siempre nos interroga por las condiciones en que hemos entregado, vendido, traicionado, olvidado nuestro deseo de libertad.”

Para La Boétie el problema de la libertad y la servidumbre no debe buscar su respuesta en el afuera de la sociedad. El poder no se impone mágicamente sobre un grupo determinado de gente y se mantiene así sin razones. Hay un diálogo mudo entre el tirano y el sometido, entre aquello que viene de afuera y eso que se acepta. Si algo mantiene el pie pesado de la tiranía, es la voluntad de sus sirvientes. Pero ¿en qué se sostiene esa voluntad? Existe de parte del esclavizado un goce perverso. El sometido proyecta en él sus deseos de dominio. Incluso algunas teorías que durante los últimos siglos han sido símbolo de la lucha por la liberación no han hecho otra cosa que duplicar la violencia en el sentido inverso. ¿Entonces, qué es la dictadura del proletariado? La liberación no nace de un proceso dialéctico entre amo y esclavo. La libertad es, un hecho de valentía y desobediencia (¿civil?). Como diría Camus, quien da media vuelta, mira a su amo y dice “No”, también afirma desde el primer paso.

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Varias estrategias tienen los poderosos para contentar a sus ciervos. “Los tiranos romanos descubrieron también otro modo: festejar frecuentes festines públicos, abusando como podían de estas decurias que se dejan llevar más que otra cosa por el placer de la boca. […] daba lástima oir gritar ¡Viva el Rey!, cuando los tontos no se daban cuenta de que apenas recobraban algo esto mismo que recobraban, el tirano no se los daba sin antes habérselos quitado”, dice La Boétie, a lo que agrega: “El populacho siempre ha sido así: abierto y dispuesto al placer que, honestamente, no puede recibir, insensible al daño y al dolor que, honestamente, puede sufrir”. Los sistemas de dominación no son sino auto-engaños, expresión de la mediocridad de una sociedad incapaz de apropiarse de su sueño, que sólo es capaz de gozar los momentos de gracia fingida que parecen disfrazarse de fiesta.

En contraposición a la actitud mezquina, el culto a la sumisión y el dominio se encuentra la relación libre entre iguales, la amistad. La amistad escapa de la lógica capitalista de costo-beneficio, del usufructo. “La amistad es un nombre sagrado, es una cosa santa, ella no se da más que entre gentes de bien, y no se toma más que por una mutua estima. Se mantiene no tanto por los beneficios, sino por la buena vida. […] No puede haber amistad allí donde hay crueldad, allí donde hay deslealtad, donde hay injusticia. Cuando se reúnen los mezquinos hay un complot, no una compañía”, declara La Boétie, describiendo por anticipado lo que será su relación con otro de los genios de la modernidad, Michel de Montaigne. En todo el desarrollo de su pensamiento pueden encontrarse los atisbos de un pensamiento anarquista y ácrata. El dilema es entre el Uno y la Unión, entre la monopolización y la red social humana que, tiempo después intentará constituir la república universal.

La presente edición no sólo nos ofrece una extensa introducción crítica que nos permite recorrer desde las cuestiones biográficas del autor y su obra, sino que también incluye un análisis de las diversas lecturas que generó el texto. Pero tampoco concluye ahí este hermoso resultado de la filología. El lector también se encontrará un apéndice que incluye, primero, un estudio que realizó especialmente para esta edición Miguel Abensour, quien estuvo a cargo de la edición francesa del Discurso, publicada por Payot. También encontrará una sección llamada “En torno al Discurso”, que está integrada por uno de los veintinueve sonetos de La Boétie, dos textos de Michel de Montaigne (una fragmento de una carta a su padre donde habla de la muerte de su amigo y su ensayo “De la amistad”) y textos preliminares de diversas ediciones del Discurso durante el siglo XIX.

La publicación de esta edición monumental no es caprichosa. Es el origen de la voluntad de un trabajo filológico que, como señala Hans Gumbrecht, está atado sobre todo a tres tareas: identificar fragmentos, editar textos, comentarlos históricamente. En ese trabajo nos enseña, como dice Nietzsche en Aurora, “a leer bien, es decir, a leer despacio, profundamente, mirando cautelosamente antes y después, con reservas, con puertas entreabiertas, con ojos y dedos delicados”. Despacio, profundamente, sin precipitarse, como pocos, en un mundo que busca precipitarnos a la acción irreflexiva, han buscado la libertad hasta ahora.//z

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